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domingo, 18 de octubre de 2020

Jesús ora por los cristianos de todos los tiempos (Juan 17:20-26)

 

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos”.

Juan 17:20-26

INTRODUCCIÓN

               Al llegar al final de este capítulo encontramos la tercera parte de la oración que el evangelio según Juan nos presenta que Jesús realizó en el Getsemaní, la oración por los cristianos de todos los tiempos. Podemos ver como la oración de Jesús ha ido en ascenso hasta llegar a su clímax. Primero, comenzó a orar por sí mismo, para que el Padre le diera la fortaleza necesaria para enfrentar el martirio en la cruz del Calvario y ser así glorificado, luego rogó a su Padre celestial para que guardara a sus once discípulos de este mundo que los aborrecería, para que fueran uno y los santificara enviándolos como sus mensajeros del evangelio. Ahora, antes de finalizar su oración, ora por los cristianos de todos los tiempos, por todos aquellos que habrían de creer en su nombre por la predicación de su evangelio. De esta forma, nuestro Señor terminara su oración, justo antes que sus captores lleguen por Él.

 

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Jesús ora por los cristianos de todos los tiempos 

JESÚS ORA POR LA UNIDAD PERFECTA DE SU IGLESIA

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado”.

Juan 17:20-23

              El versículo 20 deja claro el hecho de que Jesús a dejado de pedir por sus 11 discípulos y ha comenzado a orar por los cristianos de todos los tiempos: Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos. Su petición es nuevamente por la unidad de todos ellos: para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. Aunque parezca increíble si había algo que les era difícil a los discípulos era el ser unidos ya que entre ellos había rivalidades ya que se discutían por ser el principal de todos: “Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor. Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve”, (Lucas 22:24-26). En cierta ocasión Jacobo y Juan se atrevieron a llevar a su madre para que esta convenciera a Jesús de que sus hijos se sentaran a su lado en el reino, y esto molesto a los otros discípulos: “Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo. Él le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda. Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Y ellos le dijeron: Podemos. Él les dijo: A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre. Cuando los diez oyeron esto, se enojaron contra los dos hermanos. Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor”, (Mateo 20:20-26). Así que como vemos, los discípulos eran todo menos unidos, pero ahora el Señor estaba orando para que estos y toda su iglesia en general fuesen unidos y que en ellos no hubiese divisiones y que, así como Él era uno con su Padre, así ellos también fueran uno y así el mundo creería que su Padre lo había enviado. De esta forma, la iglesia llego a conocerse en sus primeros días por la increíble unidad que existía entre ellos: “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad”, (Hechos 4:32-35). Hoy en día debemos luchar por mantener la unidad dentro de la iglesia y no permitir que algunas diferencias menores de liturgia e interpretaciones de la Biblia que no van en contra de las doctrinas fundamentales provoquen separaciones y para ello debemos seguir perseverando en la oración. Lamentablemente la iglesia a sufrido muchas divisiones y disputas que delante de mundo solo sirven de espectáculo y mal testimonio, por ello Pablo rogaba a los creyentes que buscaran la forma de resolver sus discusiones entre ellos mismos y no ser un mal testimonio para el mundo: “¿Osa alguno de vosotros, cuando tiene algo contra otro, ir a juicio delante de los injustos, y no delante de los santos? ¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas? ¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿Cuánto más las cosas de esta vida? Si, pues, tenéis juicios sobre cosas de esta vida, ¿ponéis para juzgar a los que son de menor estima en la iglesia? Para avergonzaros lo digo. ¿Pues qué, no hay entre vosotros sabio, ni aun uno, que pueda juzgar entre sus hermanos, sino que el hermano con el hermano pleitea en juicio, y esto ante los incrédulos? Así que, por cierto, es ya una falta en vosotros que tengáis pleitos entre vosotros mismos. ¿Por qué no sufrís más bien el agravio? ¿Por qué no sufrís más bien el ser defraudados? Pero vosotros cometéis el agravio, y defraudáis, y esto a los hermanos”, (1 Corintios 6:1-8). Muchas veces la credibilidad del evangelio se pierde cuando el mundo ve los pleitos internos que hay entre los creyentes, pero como hizo Jesús, la iglesia debe continuar orando por mantener la unidad y que esta unidad sea una evidencia más de que Cristo está con nosotros, por ello Jesús decía: La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. La iglesia es portadora de la misma gloria de Cristo y esta gloria permanece en la medida que mantenemos la unidad con Cristo y sus santos, de tal forma que cuando el mundo lo ve conoce que Dios esta con ella.

 

JESÚS ORA PARA QUE SU IGLESIA ESTE CON ÉL EN LOS CIELOS

“Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo”.

Juan 17:24

              Además, Jesús ora para que su iglesia este con Él en el cielo: Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. Como creyentes podemos estar seguros que si depositamos nuestra fe en Cristo tendremos vida eterna y un día estaremos delante de su gloria: “Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará”, (Juan 12:26). Esto llena nuestro corazón de gozo, el saber que aunque en este mundo tenemos luchas pero un día estaremos delante de la presencia de Dios en un lugar completamente diferente donde la muerte ya no tendrá más potestad sobre nuestros cuerpos ya que este se vestirá de gloria e incorrupción, tal y como Pablo lo aseguraba: “Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”, (1 Corintios 15:54-57).

 

JESÚS ORA PARA QUE SU IGLESIA RECIBA SU AMOR

“Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos”.

Juan 17:25-26

              Finalmente, nuestro Señor ora para que su iglesia reciba su amor: Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos. El mundo no conoce al Padre y por eso no le puede amar, pero Jesús lo conoce y le ama, ahora, nuestro Señor ora afirmando que Él les ha dado a conocer su nombre y lo hará aun más para que el amor que existe entre ellos dos también este en su iglesia. Si hay otra cosa por la cual los cristianos debemos regocijarnos es por el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por medio de su Espíritu Santo: “Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”, (Romanos 5:5). Por la fe en Cristo Jesús hemos llegado a ser amados por Dios y es este amor que transforma nuestras vidas y nos mantiene unidos en una perfecta relación con Él.

                De esta forma la labor de Jesús con sus discípulos había terminado en esta tierra, había estado todo este tiempo atrás con ellos enseñándoles e instruyéndoles en el camino correcto, ahora finalizaba su tarea orando por ellos, y no solo por ellos, sino por aquellos que creerían en Él gracias a la predicación de estos. Así, el momento de enfrentar el martirio finalmente había llegado y seria este medio por el cual seria glorificado alcanzando la victoria final sobre la muerte y el pecado.

 

Jesús ora por sus discípulos (Juan 17:6-19)

 

“He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado, proceden de ti; porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste. Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son, y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y he sido glorificado en ellos. Y ya no estoy en el mundo; más éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos. Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad”.

Juan 17:6-19

INTRODUCCIÓN

          Llegamos hoy a la parte de la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní donde pide por sus once discípulos. Recordemos que el momento de la muerte de nuestro Señor se está acercando y ahora nos encontramos en el Getsemaní, el lugar donde de acuerdo a los evangelios sinópticos Jesús eleva una oración a su Padre pidiendo fortaleza para enfrentar los martirios que le venían y poder así culminar con la obra redentora que se le había encomendado: “Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad que no entréis en tentación. Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra”, (Lucas 22:39-44). Su angustia fue notable y de alguna manera el nombre del lugar donde oro nos sugiere esto, ya que Getsemaní significa “prensa de aceite”, y esto es lo que precisamente esta pasando, nuestro Señor está siendo presionado por los acontecimientos que vendrán, pero que le dará la victoria final. Ahora tenemos la oportunidad de estudiar parte del contenido de aquella oración que dirigió en aquel lugar.

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Jesús ora por sus discípulos


HAN CONOCIDO TU NOMBRE

 “He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste…”.

Juan 17:6

                 La oración por los discípulos comienza con la afirmación de la obra que Jesús había realizado en ellos. Él le dice a su Padre: “He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste… Nuestro Señor dice que aquellos que del mundo le pertenecían al Padre y que el Padre le había dado a Jesús habían conocido su nombre porque se los había manifestado. Pero, ¿qué significa esto que ha manifestado su nombre? La Nueva Versión Internacional traduce este versículo dándole una traducción más dinámica a las palabras que nos pueden ayudar a entender su significado: “A los que me diste del mundo les he revelado quién eres. Eran tuyos; tú me los diste y ellos han obedecido tu palabra”, (Juan 17:6, NVI). Como lo traduce esta versión, cuando Jesús dice que les había manifestado su nombre, realmente estaba diciendo que les había revelado quién era Dios. Cuando la Biblia habla del “nombre”, no hace referencia tanto a un nombre propio por el cual llamarlo, sino más bien, hace referencia al carácter y atributos de la persona. Así podemos ver como en el Antiguo Testamento cada uno de los nombres que recibe Dios describe su carácter y atributos de su persona, de tal forma, que aquel que conoce su nombre, conoce quien es Dios: “Por tanto, mi pueblo sabrá mi nombre por esta causa en aquel día; porque yo mismo que hablo, he aquí estaré presente”, (Isaías 52:6). Ahora Jesús se regocija afirmando que les ha revelado a sus discípulos quien es Dios.

 

HAN RECIBIDO TU PALABRA Y ME HAN CONOCIDO

 “… y han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado, proceden de ti; porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste”.

Juan 17:6-8

                  Los discípulos no solo habían conocido quién es Dios, sino también habían conocido su palabra, palabra que les fue expuesta por el mismo Jesús y que al mismo tiempo les revelo quién era Él: … y han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado, proceden de ti; porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste. El Señor alababa a su Padre en esta oración porque por medio de la palabra que les había compartido sus discípulos entendían que Él procedía del Padre y que había sido enviado a este mundo con una misión específica. Con esto, el conocimiento de Dios estaba completo en ellos, porque no solo conocían al Padre, sino también al Hijo, ya que a través del conocimiento del Hijo se llega a conocer a Dios y Jesús les había transmitido ese conocimiento: “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar”, (Mateo 11:27).

 

ELLOS ME HAN GLORIFICADO

“Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son, y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y he sido glorificado en ellos”.

Juan 17:9.10

              El Señor Jesús comienza su oración rogando por la vida de sus discípulos, aquellos que le habían sido entregados por su Padre y ahora le pertenecían a Él: Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son, y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y he sido glorificado en ellos. En estas palabras podemos identificar tres detalles interesantes. La primera es que los discípulos son propiedad exclusiva de Dios. En la Biblia repetidas veces se hace referencia al pueblo de Señor y con esas palabras se entiende que su pueblo le pertenece: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia”, (1 Pedro 2:9-10). Lo segundo es que estos que han sido dados a Cristo por Dios no son de este mundo. Jesús no está orando por todo el mundo, Él ora por sus discípulos los cuales ya no son de este mundo, aunque todavía vivían en este mundo, de aquí que todos los cristianos sabemos que somos peregrinos en este mundo ya que nuestra ciudadanía está en los cielos: “Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma”, (1 Pedro 2:11). Finalmente, estos discípulos que son propiedad exclusiva de Dios y que han sido dados a Cristo lo glorifican a través de su discipulado. Seria a través de ellos que después de su resurrección su nombre seria anunciado y muchas obras milagrosas se harían dando testimonio que Jesús es el Unigénito Hijo de Dios: “Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo; y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón. De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos; más el pueblo los alababa grandemente”, (Hechos 5:12-13). Estos discípulos que Jesús había preparado serían los que anunciarían su nombre y muchas señales harían en su nombre de tal forma que su nombre seria glorificado a través de ellos.


GUÁRDALOS Y QUE SEAN UNO 

“Y ya no estoy en el mundo; más éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos. Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”.

Juan 17:11-16

            A continuación, nuestro Señor comienza a ora al Padre por sus discípulos y una de las cosas que pide para ellos es la protección divina: Y ya no estoy en el mundo; más éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre…. Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Sus discípulos tendrían un enemigo, Satanás, y este haría que el mundo los aborrecería porque este mundo no conoce a Dios, por ello serian perseguidos por su fe. Basta leer el libro de los Hechos de los Apóstoles para ver como los primeros discípulos fueron perseguidos, pero la iglesia fue preservada por el poder de Dios y creció en medio de grandes persecuciones: “Y convinieron con él; y llamando a los apóstoles, después de azotarlos, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús, y los pusieron en libertad. Y ellos salieron de la presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre. Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo”, (Hechos 5:40-42). Sin embargo, Jesús daba gracias a su Padre porque durante su tiempo en esta tierra Él los había cuidado y ninguno se había perdido a excepción del hijo de perdición: Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos. Este hijo de perdición es Judas Iscariotes, el traidor, y la palabra griega que aquí se traduce como “perdición” es apóleia (ἀπώλεια), palabra que sugiere una ruina total. Así, Judas Iscariote fue el hombre que traicionó a su Maestro y esto lo llevo a su ruina total lo cual ya había sido anunciado por las Escrituras: “Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alzó contra mí el calcañar”, (Salmo 41:9). Lo segundo que Jesús también pide en esta oración es por la unidad de sus discípulos: guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. Jesús pedía para que ellos fueran uno así como eran uno el Padre con el Hijo, y de igual forma pedía que sus discípulos fuesen de un mismo sentir, un mismo propósito, un mismo bautista y una misma fe y este principio fue pregonada por la iglesia desde sus primeros comienzos: “Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos”, (Efesios 4:2-6). La unidad en sus discípulos iba a ser clave para la misión que les esperaba.

 

SANTIFÍCALOS EN TU VERDAD

“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad”.

Juan 17:17-19

                Finalmente, el Señor pide por la santificación de sus discípulos: Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. La palabra “santifícalos” se traduce del griego jagiádso (ἁγιάζω), que literalmente significa poner aparte o ser sacado de en medio de algo para un propósito especial, y este propósito especial consistía en apartarlos para ser sus mensajeros del reino: Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Estas palabras, “los he enviado” se traduce de otra palabra griega que es apostélo (ἀποστέλλω), y de aquí deriva el termino apóstol por el cual llegaron a ser conocidos los 11 discípulos del Señor. De esta forma, los apóstoles fueron los enviados de Cristo a predicar su evangelio, y así como el Padre lo había enviado a Él, ahora Él estaba enviando a sus apóstoles para que cumplieran con su misión y por ello le pide a su Padre que los santifique: Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad. La santificación es esto, ser apartado por Dios para vivir y servirle a Él, ya que nada inmundo puede permanecer en su presencia, pero ahora el Señor los estaba santificando lo cual les daba la potestad de ser su propiedad exclusiva, sus instrumentos de justicia a través de los cuales llevaría el evangelio a este mundo perdido. Así fue como el Señor oró por sus discípulos sabiendo que la obra que inicio sus discípulos la continuarían.


domingo, 4 de octubre de 2020

Jesús ora por su glorificación (Juan 17:1-5)

 

“Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”.

Juan 17:1-5

INTRODUCCIÓN

               El capítulo 16 ha finalizado y con ello el discurso más largo dado por nuestro Señor Jesús que este registrado en los evangelios y ahora iniciamos el estudio del capítulo 17 el cual posee la oración más larga de Jesús registrada en los evangelios y que es exclusiva de este como muchas otras cosas más. Después de esta oración el Señor será capturado por sus enemigos e iniciará su martirio que terminará en la crucifixión. No olvidemos que todo esto inicio en el aposento alto donde tomó Jesús la cena pascual con sus discípulos y allá en el capítulo 13 inicio con un discurso hacia ellos con una serie de indicaciones que les ayudaría a enfrentar su muerte. Ahora después de este discurso que acaba de terminar en el capítulo 16 el Señor comienza a orar teniendo en mente tres peticiones importantes que veremos a lo largo del estudio de este capítulo.


Jesús-ora-glorificación
Jesús ora por su glorificación


JESÚS ORA

 “Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo…”

Juan 17:1

                 Justo después de haber terminado su gran discurso de despedida que abarca 4 capítulos de este evangelio, nuestro Señor se dispone a elevar una oración a su Padre la cual es considerada como la oración más larga que tenemos registrada en los evangelios: Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo. La vida de nuestro Señor se caracterizo por la oración, y así lo vemos orando en montes: “Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo”, (Mateo 14:23); durante la madrugada: “Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba”, (Marcos 1:35); y en general, en lugares desiertos: “Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba”, (Lucas 5:16). Ahora lo vemos aquí, en este evangelio orando, y esta oración que vemos aquí forma parte de la oración del Getsemaní, es decir, la última oración que Jesús hizo justo antes de ser capturado por sus enemigos y ser entregado al martirio y muerte en la cruz. En los evangelios sinópticos aparece este evento donde Jesús llega a un lugar llamado Getsemaní y ora: “Vinieron, pues, a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que yo oro. Y tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y comenzó a entristecerse y a angustiarse. Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad. Yéndose un poco adelante, se postró en tierra, y oró que, si fuese posible, pasase de él aquella hora”, (Marcos 14:32-35). Este lugar llamado Getsemaní estaba ubicado en el monte de los Olivos y en Lucas se nos da mayores detalles en cuanto a la angustia de nuestro Señor: “Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad que no entréis en tentación. Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra”, (Lucas 22:39-44). De acuerdo a los sinópticos la petición que Jesús tenia a su Padre era que si era posible pasase esa copa sin que la bebiese, pero que no se hiciese como Él decía, sino como su Padre quería. La copa a la que se refiere Jesús en esta oración era el hecho de sufrir el martirio en la cruz por nuestros pecados. Sin embargo, aquí en Juan tenemos otra parte de lo que Jesús oró en aquel momento de angustia y durante todo el capítulo 17 lo podemos estudiar.

 

                A esta oración que encontramos en el capítulo 17 de Juan se le ha llamado la oración sacerdotal de Jesús o la oración del Sumo Sacerdote o la oración de consagración, aunque esta última no contempla toda la amplitud de su contenido. Podríamos dividir el contenido de esta oración del capítulo 17 del evangelio según Juan en tres partes, la primera división seria la oración de Jesús por su propia glorificación, (Juan 17:1-5), en segundo lugar, tenemos la oración de Jesús por sus discípulos, (Juan 17:6-19) y finalmente, tenemos la oración de Jesús por las personas que habrían de convertirse en el futuro, (Juan 17:20-26). En esta oportunidad estudiaremos la primera parte de esta oración, la oración de Jesús por su glorificación.

 

JESÚS ORA POR SU PROPIA GLORIFICACIÓN

“... Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti…”

Juan 17:1

            Aquí vemos que lo primero por lo que Jesús ora es porque su Padre lo glorifique a Él, para que así Él mismo glorifique a su Padre al mismo tiempo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti. ¿A qué se refiere Jesús cuando habla de su propia glorificación? La glorificación de Cristo se refiere a su victoria en sobre el pecado, pero esta seria manifiesta a través de su muerte en la cruz del Calvario. Prácticamente lo que Jesús le esta pidiendo a su Padre es que le ayude a ir a morir a la cruz del Calvario, lo cual no era fácil ya que no solo enfrentaría torturas, dolor y burlas, sino también, los pecados caerían sobre Él por causa de nuestras rebeliones: “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados”, (1 Pedro 2:24). Aunque durante el momento de su crucifixión lo más que ganaría seria el desprecio y burla de sus enemigos, así como el lamento de sus amigos; pero lo cierto es que cuando Cristo resucitara de la muerte, el Padre lo glorificaría haciéndolo Señor de todo lo que existe en el universo y dándole potestad para perdonar los pecados y dar vida eterna a los que creyeran en Él: “Y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia”, (Efesios 1:19-22).

 

JESÚS ORA PARA QUE MUCHOS CONOZCAN LO QUE SIGNIFICA LA VIDA ETERNA

“… como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”.

Juan 17:2-3

              En su oración Jesús afirma la potestad que ha recibido de su Padre sobre toda carne para dar vida eterna: como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste. La palabra griega que la versión RV60 traduce como potestad es exousía (ἐξουσία), la cual se refiere al poder y autoridad que se le da a una persona para ejercer una actividad que por derecho le corresponde, y en este sentido, a Jesús se le ha dado toda autoridad y poder para perdonar pecados y dar vida eterna, fuera de Él no hay otro que pueda hacerlo: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”, (Hechos 4:12). Solamente Jesús puede otorgar perdón de pecados y por ende la vida eterna, pero, ¿qué es la vida eterna? Bueno, aquí en Juan se nos da una buena definición de lo que es la vida eterna: Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. La vida eterna es esto, llegar a conocer a Dios como el único y verdadero Dios, y a Jesucristo como Señor y Salvador. La eternidad es algo difícil de traducir, no es cuestión de tiempo, no podríamos decir que es por los siglos de los siglos porque allí estamos involucrando el factor tiempo. La eternidad no tiene principio ni fin y es una característica de Dios, ya que Él es un ser eterno. En el libro de Apocalipsis se nos da una idea de cómo será la eternidad: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron …  La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera…  No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero.”, (Apocalipsis 21:1-4, 23, 27). De acuerdo a estos versículos podemos entender que la eternidad se caracterizara por: (1) una nueva creación, los cielos y la tierra pasarán. (2) Dios habitaran con los salvos. (3) No habrá dolor ni penas, solo gozo y paz (4) No habrá sol ni luna y, por ende, el concepto de tiempo, Dios iluminará todo con su gloria. (5) No habrá pecado. Ahora, para poder lograr tener vida eterna, Jesús dice que el principio es llegar a conocer a Dios, sin eso, el hombre jamás logrará alcanzar la vida eterna y esto se hace posible a través de conocer a Jesús como el Señor y Salvador de sus vidas.

 

HE ACABADO LA OBRA QUE ME DISTE QUE HICIERA

“Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”.

Juan 17:4-5

              Jesús ha terminado su obra en esta tierra, obra que inicio desde el momento que se reencarno en el vientre de María y que dio a conocer públicamente cuando tenía aproximadamente 30 años: “Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de treinta años, hijo, según se creía, de José, hijo de Elí”, (Lucas 3:23). Luego, gracias a este evangelio, podemos ver que su ministerio atravesó cuatro pascuas, contando así los años de ministerio que Jesús tuvo en esta tierra. Así vemos que su ministerio recién comenzaba cuando se da la de la purificación del templo (Juan 2:13); la otra se sugiere que fue la del capítulo 5, donde Jesús sana al paralítico de Betesda y allí se dice que se estaba celebrando una fiesta en Jerusalén, y se cree que era una pascua (Juan 5:1), aquí se nos hace ya un año. Luego vemos que otra pascua estaba cerca en Juan 6 y se refiere a la ocasión de la multiplicación de los panes y los peces (Juan 6:4), aquí con esta contaríamos dos años. Luego en Juan 12:1, cuando María la hermana de Lázaro ungió los pies de Jesús con una libra de perfume de nardo puro, se nos dice que estaba a seis días de ocurrir la pasca, haciendo así un año más que transcurrió. Por tanto, podría calcularse que el ministerio de Cristo fue de aproximadamente 3 años y medio. Durante este tiempo, el Señor cumplió su ministerio fielmente, predicando el evangelio, enseñando en las sinagogas y sanando a los enfermos: “Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo”, (Mateo 4:23). Ahora, después de haberle dado las ultimas instrucciones a sus discípulos, ya no habría más predicaciones o enseñanzas que compartir, ni más enfermos que sanar, esta tarea había terminado exitosamente y por ello se dispone a orar a su Padre para que le ayude a dar los pasos finales que lo llevarían a enfrentar la muerte en la cruz, muerte con la cual consumaría su obra expiatoria: “Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu”, (Juan 19:30). Por ello, Jesús decía: Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese. Jesús cumplió su misión en esta tierra y con ello glorificó a su Padre, obedeciéndolo en todo lo que le había mandado, por ello, ahora el Padre lo glorificaría a Él para que aquella gloria que el Hijo había abandonado al momento de encarnarse en esta tierra, le seria devuelta y volvería a esta al lado de su Padre celestial.

 

                De igual forma, Dios hace lo mismo con sus hijos, aquellos que renuncian al pecado y se entregan a una vida de servicio, soportando las pruebas y perseverando fielmente sin retroceder, estos son recompensados por su Señor. Las demandas del reino pueden parecer difíciles de cumplir: “Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”, (Lucas 9:23); sin embargo, el Señor promete recompensar a sus siervos y que estos estarán a su lado en la eternidad: “Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará”, (Juan 12:26). Dios honrará a aquellos que le honran, y así como Jesús fue glorificado por su Padre, también el Hijo glorificará a aquellos que por la fe alcancen sus promesas: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó”, (Romanos 8:29-30). De esta forma, el Señor nos promete la glorificación y esta se logrará renunciando a nuestros pecados hoy y creyendo que el sacrificio de Cristo es suficiente para perdonarnos y darnos vida eterna.


sábado, 3 de octubre de 2020

La Torre de Babel (Génesis 11:1-9)

 

“Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que cuando salieron de oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra. Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra”.

Génesis 11:1-9

 

INTRODUCCIÓN

                En esta oportunidad iniciamos el estudio del capitulo 11 del libro de los orígenes, Génesis. El capítulo podría resumirse en tres grandes temas. El origen del primer gran imperio organizado que se rebela contra Dios (Génesis 11:1-9), el origen de los descendientes de Sem (Génesis 11:10-26) y el origen de los descendientes de Taré (Génesis 11:27-32), de donde vendrá Abraham y posteriormente Israel. La vida después del diluvio está comenzando a darse en la nueva tierra, todos sus habitantes son descendientes de los hijos de Noé y hoy consideraremos el tema de la torre de Babel y como los hombres se organizaron en plena rebelión en contra de Dios para construirla junto a una gran ciudad.


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La torre de Babel

LA VIDA DE LOS PRIMEROS POSTDILUVIANOS 

“Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que cuando salieron de oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra”.

Génesis 11:1-4

               Después del diluvio el hombre a comenzado a multiplicarse sobre la faz del nuevo mundo que ha quedado y esta nueva humanidad descienden de los tres hijos de Noé, Sem, Jafet y Cam. El tiempo ha transcurrido y obviamente los tres hijos de Noé han muerto, pero sus descendientes se han multiplicado en gran manera, obedeciendo así el mandamiento de Dios: “Bendijo Dios a Noé y a sus hijos, y les dijo: Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra”, (Genesis 9:1). Estos primeros versículos nos pueden enseñar como comenzó a ser la vida de los primeros habitantes de la tierra después del diluvio y así aprender algunos detalles concernientes a ella.

 

Tenían una sola lengua.

“Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras…”.

Génisis 11:1 

La primera cosa que aprendemos es que tenían una solo lengua, es decir, un mismo idioma. Ante esto muchos se preguntan: ¿Qué idioma era el que se hablaba al principio? No lo sabemos, pero lo que si nos dice la Biblia es que al principio existía un solo idioma. Ahora bien, la ciencia nos puede ayudar a corroborar que al principio de los tiempos existía un solo idioma. Hoy por hoy los estudios de lenguas antiguas demuestran que todos los idiomas actuales poseen una fuente antigua en común. Por ejemplo, los idiomas modernos como el español, el inglés, el galés, el francés y el italiano poseen una base lingüística de tres lenguas antiguas, el sánscrito de la India, el idioma latín y el griego. En el caso del latín, esta es una lengua muerta que se usa solo para designar algunos términos técnicos en medicina o jurisprudencia, así como en algunas misas de la iglesia católica.  También podemos ver algunas similitudes entre algunas lenguas antiguas en cuanto a su ortografía mostrándonos que esta lengua antigua fue la base de otros idiomas. Por ejemplo, el idioma fenicio, una lengua semítica, que se hablo en las regiones de Lidia y Siria, muestra a través de su códice de letras que fue el origen del alfabeto hebreo, griego, árabe, del abecedario latino y español.

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Influencia del fenicio en otros idiomas

Todo esto que hemos evaluado nos muestra que todas las lenguas modernas apuntan a que tuvieron un origen antiguo en común, sin embargo, difícilmente podría rastrearse cual fue el primer idioma que se habló, o cual era el idioma que se hablaba en los tiempos de Babel ya que otra característica de los idiomas es que se modifican en cuanto a su escritura y pronunciación con el largo del tiempo, algunas palabras o letras caen en desuso y así sucesivamente. Ejemplo de esto es el idioma griego por ejemplo que ha estado cambiando entre el griego Jónico, el griego dórico, el griego eólico, el griego clásico, el griego Koiné (que fue el griego en el cual se escribió el Nuevo Testamento) entre otros muchos dialectos que evolucionaron a lo que hoy conocemos como el griego moderno. De igual forma, el español a cambiado mucho. Por ejemplo, leamos Génesis 1:1-5 de la versión La Biblia del Oso, de 1569, de Casiodoro de Reina: “En el principio crio Dios los cielos, y la tierra. Y la tierra eſtaua deſadornada y vazia, y las tinieblas eſtauan ſobre la haz del abiſmo, y el eſpiritu de Dios ſe mouia ſobre la haz de las aguas. Y dixo Dios, Sea la luz: y fue la luz. Y vido Dios que la luz era buena: y apartó Dios à la luz de las tinieblas. Y llamó Dios à la luz Dia, y à las tinieblas llamó Noche: y fue la tarde y la mañana Vn dia”, (Génesis 1:1-3, VBO). Ahora leamos los mismos versículos de la versión Reina Valera 1906: “En el principio crió Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la haz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la haz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz: y fué la luz. Y vió Dios que la luz era buena: y apartó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios á la luz Día, y á las tinieblas llamó Noche: y fué la tarde y la mañana un día”, (Génesis 1:1-5, RV1906). Ahora leamos la versión Reina Valera 1960: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día”, (Génesis 1:1-5, RV60).  Ahora, leamos la versión Reina Valera Contemporánea: “Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra. La tierra estaba desordenada y vacía, las tinieblas cubrían la faz del abismo, y el espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas. Y dijo Dios: «¡Que haya luz!» Y hubo luz. Y vio Dios que la luz era buena, y separó Dios la luz de las tinieblas; a la luz, Dios la llamó «Día», y a las tinieblas las llamó «Noche». Cayó la tarde, y llegó la mañana. Ése fue el día primero”, (Génesis 1:1-5 RVC). Si nos damos cuenta, el español ha cambiado de 1569 a la fecha en acentuación, redacción, dicción y aun de algunos caracteres. Por tanto, sería difícil afirmar cual fue el primer idioma que la humanidad hablo, pero si podemos estar seguros de que al principio hubo un idioma que todos hablaban.

 

                Comienzan a construir las primeras ciudades.

“Y aconteció que cuando salieron de oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla”.

Génesis 11:2-3

Después que el hombre se hubo multiplicado, la Biblia nos dice que se ubicaron al oriente, en una llanura en la tierra de Sinar. Esta llanura estaba ubicada entre los ríos Tigris y Éufrates, en Mesopotamia, y fue aquí donde Nimrod, el primer gobernador de estas tierras construyo grandes ciudades: “Y Cus engendró a Nimrod, quien llegó a ser el primer poderoso en la tierra. Este fue vigoroso cazador delante de Jehová; por lo cual se dice: Así como Nimrod, vigoroso cazador delante de Jehová. Y fue el comienzo de su reino Babel, Erec, Acad y Calne, en la tierra de Sinar. De esta tierra salió para Asiria, y edificó Nínive, Rehobot, Cala, y Resén entre Nínive y Cala, la cual es ciudad grande”, (Génesis 10:8-12). Podemos ver la cantidad de ciudades que estos hombres edificaron durante este periodo y que dieron lugar a grandes naciones como Asiria, Babilonia, Media y Persia. También es notorio como el ingenio arquitectónico del hombre comienza a resurgir: Y se dijeron unos a otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Esta técnica les ayudaba a ya no utilizar la roca para crear infraestructuras simples, sino hacían ladrillo cosido en fuego y el asfalto les ayudaba a fijarlos como la mezcla lo hace ahora. De acuerdo con la arqueología, los primeros ladrillos fueron hechos de una mezcla de arcilla, lodo y paja; estos eran formados en moldes que se dejaban secar al sol o los cocían en fuego tal y como se nos sugiere en este versículo. Lo cierto es que fue en esta enorme planicie, en Mesopotamia, que la humanidad tuvo su cuna como civilización, construyendo grandes ciudades y obras arquitectónicas que hoy en día se han descubierto en Iraq y que dan testimonio de esto.

 

El hombre comienza a rebelarse en contra de Dios.

“Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra”.

Génesis 11:4

Debido a la grandeza que llego a manifestarse debido a la unión de todos estos hombres, el orgullo debió apoderarse de ellos convirtiéndolos en personas arrogantes que creían que no necesitaban depender de y por ello decidieron que lo mejor era no separarse, sino continuar unidos para mantener su fortaleza en medio de esta alianza y para ello decidieron construirse una gran ciudad, así como una torre, cuya cúspide llegara lo mas cercana al cielo, y así hacerse de un nombre, es decir, de una reputación que testificara de la grandeza de su poder: Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra. Así que aquí vemos el pecado de estos hombres:


1.       Su deseo de permanecer unidos construyendo una gran ciudad y torre que iban en contra del mandamiento que Dios les había dado de multiplicarse y poblar toda la tierra.

2.       El deseo de hacerse de un nombre nos habla de la arrogancia de ellos al creer que no necesitan a Dios para que gobernara sus vidas.


Es curioso que cuando se estudia este tema se habla mucho de la torre de Babel, sin embargo, el texto nunca la menciona como la torre de Babel, sino simplemente la llama torre, pero si nos dice que deseaban construir no solo la torre sino una ciudad. Ahora bien, esta torre que querían hacer realmente era un tipo de construcción que hoy es conocida como zigurat, una construcción de origen sumerio y asirio que consistía en una torre piramidal que era escalonada, de base cuadrada, con terraza, muros inclinados y soportados por contrafuertes revestidos de ladrillo cocido la cual culminaba en un pequeño templo dedicado a algún dios pagano. De esta forma, la gran ciudad ubicada en aquella gran planicie en el valle del Sinar, poseía este gran zigurat, que se elevaba posiblemente en medio de ella con el fin de que todo ciudadano la viera y se sintiera orgulloso del poder y grandeza que habían alcanzado.

 

DIOS CONFUNDE LAS LENGUAS

“Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra”.

Génesis 11:5-9

                El texto nos dice que Dios desciende a la cuidad para observar la obra que estaban haciendo: Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Esta palabra que se usa aquí, “descendió”, es un antropomorfismo que nos sugiere que Dios en su omnisciencia y omnipresencia conocía la intención firme que los hombres tenían de edificar la ciudad y la torre: Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Dios sabia que estos hombres estaban determinados a finalizar esta obra, por ello decide poner fin a su unidad, y para ello confunde sus lenguas: Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Podemos ver como Dios mantiene una conversación con las personas de la Trinidad, sugiriéndonos desde el libro de los comienzos que eran más de una persona, Padre, Hijo y Espíritu Santo. En general, Dios confundió sus lenguas, es decir, provoco que los idiomas que hablaban cada uno fuese diferente a tal punto que ya no pudieron ponerse de acuerdo y vieron que su unión ya era imposible por lo que decidieron separarse: Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra. Al confundir las lenguas Dios puso fin a esta rebelión y el hombre se vio obligado a separarse y poblar diferentes partes de la tierra cumpliéndose así la voluntad de Dios, a tal punto que aquel lugar fue llamado Babel. La palabra Babel se traduce del hebreo Babel (בָּבֶל), que significa confusión, y prácticamente eso es lo que les espera a aquellas naciones que cegadas por su poderío y majestad se olvidan de Dios y deciden gobernar sus países sin considerar el consejo de la palabra del Señor. La construcción de la torre de Babel ilustra el rechazo continuo del hombre de depender de Dios y obedecer el propósito divino para la humanidad. Sin embargo, para evitar que el hombre de este tiempo persistiera aun más en su pecado y esto los condujera a su destrucción total, el Señor confundió sus lenguas y estos se vieron obligados a desistir de su intento de construir aquella gran ciudad y torre, comenzando así, la población del nuevo mundo.