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martes, 29 de noviembre de 2016

Camino hacia la Reformada


“Una iglesia que devasta, que ampara a prostitutas, mozalbetes licenciosos y ladrones, y en cambio persigue a los buenos y perturba la vida cristiana no está impulsada por la religión sino por el diablo, al que no solo se le puede sino que se le debe hacer frente”.
Girolamo Savonarola


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Camino hacia la Reformada

“Pero a vosotros y a los demás que están en Tiatira, a cuantos no tienen esa doctrina, y no han conocido lo que ellos llaman las profundidades de Satanás, yo os digo: No os impondré otra carga; pero lo que tenéis, retenedlo hasta que yo venga”.
Apocalipsis 2:24-25

                 La Edad Media está por terminar y una densa capa de oscuridad se había extendido por todo el mundo, reinaba la anarquía religiosa, reyes y príncipes gobernaban bajo el dominio supersticioso de la Iglesia Católica y los pocos que se atrevían a desafiarla eran condenados a persecución y muerte en manos de los verdugos de la Santa Inquisición. Sin embargo, en este mundo de oscuridad la luz del evangelio no se apagó, sino aun en los últimos años de este periodo Dios levanto hombres que no toleraron estas doctrinas heréticas y retuvieron la verdad hasta el fin de sus días siendo así los albores de un movimiento que transformaría el mundo completamente. Denominamos con el nombre de Camino hacia la Reforma al periodo de tiempo de la historia eclesiástica que abarca los últimos 200 años de la Edad Media que pusieron los primeros cimientos para la Reforma protestante. Si bien este periodo aun pertenece a la Iglesia de la Edad Media, vale la pena hacer un paréntesis dentro de este periodo, espacialmente por aquellos hombres que pusieron los fundamentos y principios para iniciar el periodo de la gran Reforma protestante que cambio completamente la historia de la humanidad y dio un golpe fatal al reino de confusión que Satanás había establecido. Veremos en este periodo de no más de 200 años las vidas destacadas de tres hombres que desafiaron la tiranía religiosa de su tiempo y se atrevieron a proclamar el verdadero mensaje del evangelio de Jesucristo.

JUAN WYCLIFFE: LA ESTRELLA MATUTINA DE LA REFORMA

“Se me ha acusado de esconder, bajo una máscara de santidad, la hipocresía, el odio y el rencor. Me temo, y con dolor confieso, que tal cosa me ha acaecido con harta frecuencia”.
Juan Wycliffe

                 Este célebre reformador, llamado «La Estrella Matutina de la Reforma», nació alrededor del año 1324, durante el reinado de Eduardo II. De su familia no tenemos información cierta. Sus padres lo designaron para la Iglesia, y lo enviaron a Queen's College, en Oxford, que había sido fundado por entonces por Robert Eaglesfield, confesor de la Reina Felipa. Pero al no ver las ventajas para el estudio que esperaba en aquel establecimiento nuevo, pasó al Merton College, que era entonces considerado como una de las instituciones más eruditas de Europa. Lo primero que lo hizo destacar en público fue su defensa de la universidad contra los frailes mendicantes, que para este tiempo, desde su establecimiento en Oxford en 1230, habían sido unos vecinos enojosos para la universidad. Se fomentaban de continuo las riñas; los frailes apelaban al Papa, y los académicos a la autoridad civil; a veces prevalecía un partido, a veces el otro. Los frailes llegaron a encariñarse mucho con el concepto de que Cristo era un mendigo común; que sus discípulos también lo fueron; y que la mendicidad era una institución evangélica. Esta doctrina la predicaban desde los púlpitos y en los lugares donde tuvieran acceso. Wycliffe había menospreciado durante mucho tiempo a estos frailes por la pereza con que se desenvolvían, y ahora tenía una buena oportunidad para denunciarlos. Publicó un tratado en contra de la mendicidad de personas capaces, y demostró que no sólo eran un insulto a la religión, sino también a la sociedad humana. La universidad comenzó a considerarlo como uno de sus principales campeones, y pronto fue ascendido a maestro de Baliol College.

Wycliffe
Juan Wycliffe

                     Alrededor de este tiempo, el Arzobispo Islip fundó Canterbury Hall, en Oxford, donde estableció a un rector y once académicos. Y fue Wycliffe el escogido por el arzobispo para el rectorado, pero al morir éste, su sucesor Stephen Langham, obispo de Ely, lo depuso. Como en esto hubo una flagrante injusticia, Wycliffe apeló al Papa, que posteriormente dio sentencia en su contra por la siguiente causa: Eduardo III, que era rey de Inglaterra, había retirado el tributo que desde el tiempo del Rey Juan se había pagado al Papa. El Papa amenazó; Eduardo entonces convocó un Parlamento. El Parlamento resolvió que el Rey Juan había cometido un acto ilegal, y entregado los derechos de la nación, y aconsejó al rey a que no se sometiera, fueran cuales fueran las consecuencias. El clero comenzó ahora a escribir en favor del Papa, y un erudito monje publicó un animoso y plausible tratado, que tenía muchos defensores. Wycliffe, irritado al ver una causa tan mala tan bien defendida, se opuso al monje, y ello de forma tan magistral, que ya no se consideraron sus argumentos como irrefutables. De inmediato perdió su causa en Roma, y nadie abrigaba ninguna duda de que era su oposición al Papa en un momento tan crítico la causa verdadera de que no se le hiciera justicia en Roma. Wycliffe fue después escogido a la cátedra de teología, y ahora quedó plenamente convencido de los errores de la Iglesia de Roma y de la vileza de sus agentes monásticos, y decidió denunciarlos. En conferencias públicas fustigaba sus vicios y se oponía a sus insensateces. Expuso una variedad de abusos cubiertos por las tinieblas de la superstición. Al principio comenzó a deshacer los prejuicios del vulgo, y siguió con lentos avances; junto a las disquisiciones metafísicas de la época mezcló opiniones teológicas aparentemente novedosas. Las usurpaciones de la corte de Roma eran un tema favorito suyo. Acerca de éstas se extendía con toda la agudeza de su argumento, unidas con su razonamiento lógico. Esto pronto hizo clamar al clero, que, por medio del arzobispo de Canterbury, le privaron de su cargo. Para este tiempo, la administración de interior estaba a cargo del duque de Lancaster, bien conocido por el nombre de Juan de Gaunt. Este príncipe tenía unos conceptos religiosos muy libres, y estaba enemistado con el clero. Habiendo llegado a ser muy gravosas las exacciones de la corte de Roma, decidió enviar al obispo de Bangor y a Wycliffe para que protestaran contra tales abusos, y se acordó que el Papa ya no podía disponer de ningunos beneficios pertenecientes a la Iglesia de Inglaterra. En esta embajada, la observadora mente de Wycliffe penetró en los entresijos de la constitución y política de Roma, y volvió más decidido que nunca a denunciar su avaricia y ambición.

Wycliffe
Wycliffe sometido a interrogatorio en Lambeth

                  Habiendo recuperado su anterior situación, comenzó a denunciar al Papa en sus conferencias sus usurpaciones, su pretendida infalibilidad, su soberbia, su avaricia y su tiranía. Fue el primero en llamar Anticristo al Papa. Del Papa pasaba a la pompa, el lujo y las tramas de los obispos, y los contrastaba con la sencillez de los primeros obispos. Sus supersticiones y engaños eran temas que presentaba con energía de mente y con precisión lógica. Gracias al patronazgo del duque de Lancaster, Wycliffe recibió un buen puesto, pero tan pronto estuvo instalado en su parroquia que sus enemigos y los obispos comenzaron a hostigarle con renovado vigor. El duque de Lancaster fue su amigo durante esta persecución, y por medio de su presencia y la de Lord Percy, conde mariscal de Inglaterra, predominó de tal manera en el juicio que todo acabó de manera desordenada. Después de la muerte de Eduardo III le sucedió su nieto Ricardo II, con sólo once años de edad. Al no conseguir el duque de Lancaster ser el único regente, como esperaba, comenzó su poder a declinar, y los enemigos de Wycliffe, aprovechándose de esta circunstancia, renovaron sus artículos de acusación en su contra. Consiguientemente, el Papa despachó cinco bulas al rey y a ciertos obispos, pero la regencia y el pueblo manifestaron un espíritu de menosprecio ante la altanera manera de proceder del pontífice, y necesitando éste dinero para entonces oponerse a una inminente invasión de los franceses, propusieron aplicar una gran suma de dinero, recogida para el Papa, para este propósito. Sin embargo, esta cuestión fue sometida a la decisión de Wycliffe. Sin embargo, los obispos, que apoyaban la autoridad del Papa, insistían en someter a Wycliffe a juicio, y estaba ya sufriendo interrogatorios en Lambeth cuando, por causa de la conducta amotinada del pueblo fuera, y atemorizados por la orden de Sir Lewis Clifford, un caballero de la corte, en el sentido de que no debían decidirse por ninguna sentencia definitiva, terminaron todo el asunto con una prohibición a Wycliffe de predicar aquellas doctrinas que fueran repugnantes para el Papa; pero el reformador la ignoró, pues yendo descalzo de lugar en lugar, y en una larga túnica de tejido basto, predicaba más vehemente que nunca. En el año 1378 surgió una contienda entre dos Papas, Urbano VI y Clemente VII, acerca de cuál era el Papa legítimo, el verdadero vicario de Cristo. Este fue un período favorable para el ejercicio de los talentos de Wycliffe: pronto produjo un tratado contra el papado, que fue leído de buena gana por toda clase de gente. Para el final de aquel año, Wycliffe cayó enfermo de una fuerte dolencia, que se temía pudiera resultar fatal. Los frailes mendicantes, acompañados por cuatro de los más eminentes ciudadanos de Oxford, consiguieron ser admitidos a su dormitorio, y le rogaron que se retractara, por amor de su alma, de las injusticias que había dicho acerca del orden de ellos. Wycliffe, sorprendido ante éste solemne mensaje, se recostó en su cama, y con un rostro severo dijo: “No moriré, sino que viviré para denunciar las maldades de los frailes”.  Cuando Wycliffe se recuperó se dedicó a una tarea sumamente importante: la traducción de la Biblia al inglés. Antes de la aparición de esta obra, publicó un tratado, en el que exponía la necesidad de la misma. El celo de los obispos por suprimir las Escrituras impulsó enormemente su venta, y los que no podían procurarse una copia se hacían transcripciones de Evangelios o Epístolas determinadas. Posteriormente, cuando los lolardos (se cree que fue un grupo de enseñaba las doctrinas de Wycliffe, un término despectivo que sus enemigos les aplicaron, y que se deriva de una palabra holandesa que quiere decir “murmuradores” fueron aumentando en número, y se encendieren las hogueras, se hizo costumbre atar al cuello del hereje condenado aquellos fragmentos de las Escrituras que se encontraran en su posesión, y que generalmente seguían su suerte. Inmediatamente después de esto, Wycliffe se aventuró un paso más, y atacó la doctrina de la transubstanciación. Esta extraña opinión fue inventada por Paschade Radbert, y enunciada con un asombroso atrevimiento. Wycliffe, en su lectura ante la Universidad de Oxford en 1381 atacó esta doctrina, y publicó un tratado acerca de ella. El doctor Barton, que era en aquel tiempo vicecanciller de Oxford, convocó a las cabezas de la universidad, condenó las doctrinas de Wycliffe como heréticas, y amenazó a su autor con la excomunión. Wycliffe al no conseguir ningún apoyo del duque de Lancaster, y llamado a comparecer ante su anterior adversario, William Courteney, ahora arzobispo de Canterbury, se refugió bajo el alegato de que él, como miembro de la universidad, estaba fuera de la jurisdicción episcopal. Este alegato le fue admitido, por cuanto la universidad estaba decidida a defender a su miembro.

El tribunal se reunió en el día señalado, al menos para juzgar sus opiniones, y algunas fueron condenadas como erróneas, y otras como heréticas. La publicación acerca de esta cuestión fue inmediatamente contestada por Wycliffe, que había venido a ser el blanco de la decidida inquina del arzobispo. El rey, a petición del obispo, concedió una licencia para encarcelar al maestro de herejía, pero los comunes hicieron que el rey revocara esta acción como ilegal. Sin embargo, el primado obtuvo cartas del rey ordenando a la Universidad de Oxford que investigara todas las herejías y los libros que Wycliffe había publicado; como consecuencia de esta orden hubo un tumulto en la universidad. Se supone que Wycliffe se retiró de la tormenta a un lugar oscuro del reino. Pero las semillas habían sido sembradas, y las opiniones de Wycliffe estaban tan difundidas que se dice que si uno veía a dos personas en un camino, podía estar seguro de que una era un lolardo. Durante este período prosiguieron las disputas entre los dos papas. Urbano publicó una bula en la que llamaba a todos los que tuvieran consideración alguna por la religión a que se esforzaran en su causa, y a que tomaran armas contra Clemente y sus partidarios en defensa de la santa sede. Una guerra en la que se prostituía de manera tan vil el nombre de la religión despertó el interés de Wycliffe, incluso en su ancianidad. Tomó otra vez la pluma, y escribió en contra de ella con la mayor acritud. Reprendió al Papa con la mayor libertad, y le preguntó: "¿Cómo osáis hacer del emblema de Cristo en la cruz que es la prenda de la paz, de la misericordia y de la caridad una bandera que nos lleve a matar a hombres cristianos por amor a dos falsos sacerdotes, y a oprimir a la cristiandad de manera peor que Cristo y Sus apóstoles fueron oprimidos por los judíos? ¿Cuándo el soberbio sacerdote de Roma concederá indulgencias a la humanidad para vivir en paz y caridad, como lo hace ahora para que luchen y se maten entre sí?". Este severo escrito le atrajo el resentimiento de Urbano, y hubiera podido envolverlo en mayores inquietudes que las que había experimentado hasta entonces. Pero fue providencialmente librado de sus manos. Cayó víctima de una parálisis, y aunque vivió un cierto tiempo, estaba de tal manera que sus enemigos consideraron como resultado de su resentimiento. Wycliffe volvió tras un breve espacio de tiempo, bien de su destierro, bien de algún lugar en el que hubiera estado guardado en secreto, y se reintegró a su parroquia de Lutterworth, donde era párroco; allí, abandonando apaciblemente esta vida mortal, durmió en paz en el Señor, al final del año 1384, en el día de Silvestre.

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Exhumación del cuerpo de Wycliffe

Tan impactante fue la influencia de los escritos y enseñanzas de Wycliffe que 41 años después de su muerte, el clérigo católico decidió exhumar su cuerpo y convertirlo en polvo y cenizas, arrojarlas al rio, con el objetivo de callar sus enseñanzas que aun después de muerto seguían presentes entre las personas de su tiempo. Y así fue transformado en tres elementos: tierra, fuego y agua, pensando que así extinguían y abolían el nombre y la doctrina de Wycliffe para siempre. No muy diferente del ejemplo de los antiguos fariseos y vigilantes del sepulcro, que tras haber llevado al Señor a la tumba, pensaron que lograrían asegurar que no resucitara. Pero estos y todos los demás han de saber que así como no hay consejo contra el Señor, tampoco puede suprimirse la verdad, sino que rebrotará y renacerá del polvo y de las cenizas, tal como sucedió en verdad con este hombre; porque aunque exhumaron su cuerpo, quemaron sus huesos y ahogaron sus cenizas, sin embargo, no pudieron quemar la palabra de Dios y la verdad de su doctrina, ni el fruto y triunfo de la misma.

JUAN HUSS EL GANSO DE DIOS

“Prefiero herirlos con la verdad que matarlos con la mentira”.
Juan Huss

                   Los pontífices romanos, que habían usurpado el poder sobre varias iglesias, fueron particularmente severos con los bohemios, hasta el punto de que les enviaron dos ministros y cuatro laicos a Roma, en el año 997, para obtener peticiones del Papa. Después de algún retardo, les fue concedida su petición, y solucionada la situación. Se les permitieron dos cosas en particular: tener el servicio divino en su propia lengua, y que el pueblo pudiera participar de la copa en el Sacramento. Sin embargo, las disputas volvieron a renacer, intentando los siguientes Papas por todos sus medios imponerse sobre las mentes de los bohemios, y estos, animosamente, tratando de preservar sus libertades religiosas. En el año 1375, algunos celosos amigos del Evangelio apelaron a Carlos, rey de Bohemia, para que convocara un Concilio Ecuménico para hacer una indagación en los abusos que se habían introducido en la Iglesia, y para llevar a cabo una reforma plena y exhaustiva. El rey, que no sabía cómo proceder, envió al Papa una comunicación pidiéndole consejo acerca de cómo proceder; pero el pontífice se sintió tan indignado ante este asunto que su única contestación fue: "Castigad severamente a estos desconsiderados y profanos herejes".  El monarca, por ello, desterró a todos los que estaban implicados en esta solicitud, y, para halagar al Papa, impuso un gran número de restricciones adicionales sobre las libertades religiosas del pueblo. Las víctimas de la persecución, sin embargo, no fueron tan numerosas en Bohemia sino hasta después de la quema de Juan Huss y de Jerónimo de Praga. Estos dos eminentes reformadores fueron condenados y ejecutados a instigación del Papa y de sus emisarios, como el lector verá por la lectura de los siguientes breves bosquejos de sus vidas.

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Juan Huss

                 Juan Huss nació en Hussenitz, un pueblo de Bohemia, alrededor del año 1380. Sus padres le dieron la mejor educación que le permitían sus circunstancias; y habiendo adquirido un buen conocimiento de los clásicos en una escuela privada, pasó a la universidad de Praga, donde pronto dio pruebas de su capacidad intelectual, y donde se destacó por su diligencia y aplicación al estudio. En 1398, Huss alcanzó el grado de bachiller en divinidad, y después fue sucesivamente elegido pastor de la Iglesia de Belén, en Praga, y decano y rector de la universidad. En estas posiciones cumplió sus deberes con gran fidelidad, y al final se destacó de tal manera por su predicación, que se conformaba a las doctrinas de Wycliffe, que no era probable que pudiera escapar a la atención del Papa y de sus partidarios, contra los que predicaba con no poca aspereza. El reformista inglés Wycliffe había encendido de tal manera la luz de la reforma, que comenzó a iluminar los rincones más tenebrosos del papado y de la ignorancia. Sus doctrinas se esparcieron por Bohemia, y fueron bien recibidas por muchas personas, pero por nadie tan en particular como por Juan Huss y su celoso amigo y compañero de martirio, Jerónimo de Praga. El arzobispo de Praga, al ver que los reformistas aumentaban a diario, emitió un decreto para suprimir el esparcimiento continuo de los escritos de Wycliffe; pero esto tuvo un efecto totalmente contrario al esperado, porque sirvió de estímulo para el celo de los amigos de estas doctrinas, y casi toda la universidad se unió para propagarlas. Estrecho adherente de las doctrinas de Wycliffe, Huss se opuso al decreto del arzobispo, que sin embargo consiguió una bula del Papa, que le encargaba impedir la dispersión de las doctrinas de Wycliffe en su provincia. En virtud de esta bula, el arzobispo condenó los escritos de Wycliffe; también procedió contra cuatro doctores que no habían entregado las copias de aquel teólogo, y les prohibieron, a pesar de sus privilegios, predicar a congregación alguna. El doctor Huss, junto con algunos otros miembros de la universidad, protestó contra estos procedimientos, y apelaron contra la sentencia del arzobispo. Al saber el Papa la situación, concedió una comisión al Cardenal Colonna, para que citara a Juan Huss para que compareciera personalmente en la corte de Roma, para que respondiera de la acusación que había sido presentada en contra suya de predicar errores y herejías. El doctor Huss pidió que se le excusara de comparecer personalmente, y era tan favorecido en Bohemia que el Rey Wenceslao, la reina, la nobleza y la universidad le pidieron al Papa que dispensaran su comparecencia; también que no dejara que el reino de Bohemia estuviera bajo acusación de herejía, sino que se les permitiera predicar el Evangelio con libertad en sus lugares de culto.

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Monumento de Juan Huss en Praga

Tres procuradores comparecieron ante el Cardenal Colonna en representación del doctor Huss. Trataron de excusar su ausencia, y dijeron que estaban dispuestos a responder en su lugar. Pero el cardenal declaró contumaz a Huss, y por ello lo excomulgó. Los procuradores apelaron al Papa, y designaron a cuatro cardenales para que examinaran el proceso. Estos comisionados confirmaron la sentencia, y extendieron la excomunión no sólo a Huss sino también a todos sus amigos y seguidores. Huss apeló contra esta sentencia a un futuro Concilio, pero sin éxito; y a pesar de la severidad del decreto y de la consiguiente expulsión de su iglesia en Praga, se retiró a Hussenitz, su pueblo natal, donde siguió propagando su nueva doctrina, tanto desde el púlpito como con su pluma. Las cartas que escribió en este tiempo fueron muy numerosas; y recopiló un tratado en el que mantenía que no se podía prohibir de manera absoluta la lectura de los libros de los reformistas. Escribió en defensa del libro de Wycliffe acerca de la Trinidad, y se manifestó abiertamente en contra de los vicios del Papa, de los cardenales y del clero de aquellos tiempos corrompidos. Escribió asimismo muchos otros libros, todos los cuales redactó con una fuerza argumental que facilitaba enormemente la difusión de sus doctrinas. En el mes de noviembre de 1414 se convocó un Concilio general en Constanza, Alemania, con el único propósito, como se pretendía, de decidir entre una disputa que estaba entonces pendiente entre tres personas que contendían por el papado; pero su verdadero motivo era aplastar el avance de la Reforma. Juan Huss fue llamado a comparecer delante de este Concilio; para alentarle, el emperador le envió un salvoconducto. Las cortesías e incluso la reverencia con que Huss se encontró por el camino eran inimaginables. Por las calles que pasaba, e incluso por las carreteras, se apiñaba la gente a las que el respeto, más que la curiosidad, llevaba allí. Fue llevado a la ciudad en medio de grandes aclamaciones, y se puede decir que pasó por Alemania en triunfo. No podía dejar de expresar su sorpresa ante el trato que se le dispensaba. “Pensaba yo (dijo) que era un proscrito. Ahora veo que mis peores enemigos están en Bohemia”. Tan pronto como Huss llegó a Constanza, tomó un alojamiento en una parte alejada de la ciudad. Poco después de su llegada, vino un tal Stephen Paletz, que había sido contratado por el clero de Praga para presentar las acusaciones en su contra. A Paletz se unió posteriormente Miguel de Cassis, de parte de la corte de Roma. Estos dos se declararon sus acusadores, y redactaron un conjunto de artículos contra él, que presentaron al Papa y a los prelados del Concilio. Cuando se supo que estaba en la ciudad, fue arrestado inmediatamente, y constituido prisionero en una cámara en el palacio. Esta violación de la ley común y de la justicia fue observada en panicular por uno de los amigos de Huss, que adujó el salvoconducto imperial; pero el Papa replicó que él nunca había concedido ningún salvoconducto, y que no estaba atado por el del emperador. Mientras Huss estuvo encerrado, el Concilio actuó como Inquisición. Condenaron las doctrinas de Wycliffe, e incluso ordenaron que sus restos fueran exhumados y quemados, órdenes que fueron estrictamente cumplidas. Mientras tanto, la nobleza de Bohemia y Polonia intercedió intensamente por Huss, y prevalecieron hasta el punto de que se impidió que fuera condenado sin ser oído, cosa que había sido la intención de los comisionados designados para juzgarle.

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Juan Hus ante el Concilio

Cuando le hicieron comparecer delante del Concilio, se le leyeron los artículos redactados contra él; eran alrededor de unos cuarenta, mayormente extraídos de sus escritos. La respuesta de Juan Huss fue: “Apelé al Papa, y muerto él, y no habiendo quedado decidida mi causa, apelé asimismo a su sucesor Juan XXIII, y no pudiendo lograr mis abogados que me admitiera en su presencia para defender mi causa, apelé al sumo juez, Cristo”. Habiendo dicho Huss estas cosas, se le preguntó si había recibido la absolución del Papa o no. El respondió: "No".  Luego, cuando se le preguntó si era legítimo que apelara a Cristo, Juan Huss respondió: “En verdad que afirmo aquí delante de todos vosotros que no hay apelación más justa ni más eficaz que la que se hace a Cristo, por cuanto la ley determina que apelar no es otra cosa que cuando ha habido la comisión de un mal por parte de un juez inferior, se implora y pide ayuda de manos de un Juez superior. ¿Y quién es mayor Juez que Cristo? ¿Quién, digo yo, puede conocer o juzgar la cuestión con mayor justicia o equidad? Pues en Él no hay engaño, ni Él puede ser engañado por nadie; ¿y acaso puede alguien dar mejor ayuda que Él a los pobres y a los oprimidos?”. Mientras Juan Huss, con rostro devoto y sobrio, hablaba y pronunciaba estas palabras, estaba siendo ridiculizado y escarnecido por todo el Concilio. Estas excelentes expresiones fueron consideradas como manifestaciones de traición, y tendieron a inflamar a sus adversarios. Por ello, los obispos designados por el concilio le privaron de sus hábitos sacerdotales, lo degradaron, le pusieron una mitra de papel en la cabeza con demonios pintados en ella, con esta expresión: "Cabecilla de herejes". Al ver esto, él dijo: “Mi Señor Jesucristo, por mi causa, llevó una corona de espinas. ¿Por qué no debería yo, entonces, llevar esta ligera corona, por ignominiosa que sea? En verdad que la llevaré, y de buena gana”. Cuando se la pusieron en su cabeza, el obispo le dijo: “Ahora encomendamos tu alma al demonio”. “¡Pero yo, -dijo Juan Huss, levantando sus ojos al cielo-, la encomiendo en tus manos, oh Señor Jesucristo! Mi espíritu que Tú has redimido”. Cuando lo ataron a la estaca con la cadena, dijo, con rostro sonriente: “Mi Señor Jesús fue atado con una cadena más dura que ésta por mi causa; ¿por qué debería avergonzarme de ésta tan oxidada?”. Cuando le apilaron la leña hasta el cuello, el duque de Baviera estuvo muy solícito con él deseándole que se retractara. “No,- le dijo Huss- nunca he predicado ninguna doctrina con malas tendencias, y lo que he enseñado con mis labios lo sellaré ahora con mi sangre”. Luego le dijo al verdugo: “Vas a asar un ganso (siendo que Huss significa ganso en lengua bohemia), pero dentro de un siglo te encontrarás con un cisne que no podrás ni asar ni hervir”.  Si dijo una profecía, debía referirse a Martín Lutero, que apareció al cabo de unos cien años, y en cuyo escudo de armas figuraba un cisne. Finalmente aplicaron el fuego a la leña, y entonces nuestro mártir cantó un himno con voz tan fuerte y alegre que fue oído a través del crepitar de la leña y del fragor de la multitud. Finalmente, su voz fue acallada por la fuerza de las llamas, que pronto pusieron fin a su existencia. Entonces, con gran diligencia, reuniendo las cenizas las echaron al río Rhin, para que no quedara el más mínimo resto de aquel hombre sobre la tierra, cuya memoria, sin embargo, no podrá quedar abolida de las mentes de los piadosos, ni por fuego, ni por agua, ni por tormento alguno.

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Martirio de Juan Huss

GIROLAMO SAVONAROLA

“Dejad que el abismo de mis pecados se disuelvan ante el abismo del perdón”.
Girolamo Savonarola

                Girolamo Savonarola, conocido también como Jerónimo Savonarola, nació en Ferrera, Italia el 21 de septiembre de 1452 y murió en Florencia, 23 de mayo de 1498. Ha llegado a ser considerado como uno de los grandes precursores de la Reforma protestante. De su vida Orlando Boyer nos comenta: “Jerónimo era el tercero de la familia Savonarola. Sus padres eran personas cultas y mundanas, y gozaban de mucha influencia. Su abuelo paterno era un famoso médico de la corte del duque de Ferrara, y los padres de Jerónimo deseaban que su hijo llegase a ocupar el lugar del abuelo. En el colegio fue un alumno que se distinguió por su aplicación. Sin embargo, los estudios de la Filosofía de Platón, así como de Aristóteles, solo consiguieron envanecerlo. Sin duda alguna, fueron los escritos del célebre hombre de Dios, Tomás de Aquino, lo que más influencia ejerció en él, además de las propias escrituras, para que entregase enteramente su corazón y su vida a Dios. Cuando aún era niño, tenía la costumbre de orar, y a medida que fue creciendo, su fervor en la oración y el ayuno fue en aumento. Pasaba muchas horas seguidas orando. La decadencia de la Iglesia, llena de toda clase de vicios y pecados, el lujo y la ostentación de los ricos en contraste con la profunda pobreza de los pobres, le afligían el corazón. Pasaba mucho tiempo solo en los campos y a orillas del río Po, meditando y en contemplación en la presencia de Dios, ya cantando, ya llorando, conforme a los sentimientos que le ardían en el pecho. Siendo aún muy joven, Dios comenzó a hablarle en visiones. La oración era su mayor consuelo; las gradas del altar, donde permanecía postrado horas enteras, quedaban a menudo mojadas con sus lágrimas”. Durante su juventud se llegó a enamorar de una joven de apellido Strozzi la cual provenía de una familia noble de Florencia, sin embargo, por algún motivo fue rechazados por los padres por razones que se ignoran y esto destrozo profundamente su corazón, por lo que decidió incrementar más su búsqueda de Dios y con el tiempo su pasión se encendió aún más al escuchar la predicación de un monje agustino lo cual lo impulso a unirse a un convento, y así a sus 22 años de edad y sin el consentimiento de sus padres se une a la orden de los dominicos en Bolonia donde su vida de oración y ayuno se incrementan.

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Girolamo Savonarola

Durante este tiempo la corrupción de las autoridades eclesiásticas creció, sus papas eran hombros ambiciosos de poder y riquezas, además de la idolatría que reinaba en aquel entonces. No obstante, Savonarola se apartó de esta corrupción y se dedicó al estudio la lógica, la filosofía de Platón y Aristóteles, pero lo que realmente le apasiono fueron los escritos de Tomas de Aquino y en especial el estudio de las Sagradas Escrituras en las cuales profundizo con mucha diligencia logrando así ver la extrema decadencia y corrupción en la cual se encontraba inmersa la sociedad y autoridades eclesiásticas. Pronto Savonarola comenzó a conocerse en su convento por su gran entusiasmo y fuego al predicar, sintiendo que Dios lo había transformado no para vivir aislado en un convento, sino para predicarle a una sociedad necesita de una reforma religiosa. Después de haber pasado siete años en el monasterio de Boloña, Savonarola se movió al convento de San Marcos, en Florencia, donde vio la corrupción que se vivía en aquella ciudad, luego un año después fue nombrado instructor de los novicios los cuales quedaban sorprendidos de sus notables clases a tal punto que también atraía a todos los frailes y personas que se impactaban de su manera de ensañar. Pronto el aula donde impartía sus clases no fue capaz de albergar a tantas personas, por lo que paso al jardín, luego el jardín se abarató y decidió hacerlo en la iglesia de San Marcos, pero después esta no fue suficiente y decidieron darle la catedral de Florencia. A pesar de tener a su disposición una excelente biblioteca, Savonarola usaba cada vez más la Biblia como su libro de instrucción. Durante este periodo su alma se inquietaba cada vez más por las advertencias de Dios del día del juicio anunciado en apocalipsis, sus predicaciones denunciaban el pecado de la sociedad y rápidamente fue conocido por su fuego y celo al predicar. Se cuenta que con el tiempo recibió una visión donde los cielos se abrieron, y delante de sus ojos pasaron todas las calamidades que sobrevendrán a la Iglesia. Entonces le pareció oír una voz que desde el cielo le ordenaba que anunciara todas esas cosas a la gente. Al respecto de esto Orlando Boyer nos dice “Convencido de que la visión era del Señor, comenzó nuevamente a predicar con voz de trueno. Bajo una nueva unción del Espíritu Santo, sus sermones condenando el pecado eran tan impetuosos, que muchos de los oyentes se quedaban aturdidos por algún tiempo y sin deseos de hablar en las calles. Era común durante sus sermones, oír resonar los sollozos y el llanto de la gente en la iglesia. En otras ocasiones, tanto hombres como mujeres, de todas las edades y de todas las clases sociales, rompían en vehemente llanto. El fervor de Savonarola en la oración aumentaba día por día y su fe crecía en la misma proporción. Frecuentemente, mientras oraba, caía en éxtasis. Cierta vez, estando sentado en el púlpito, le sobrevino una visión que lo dejó inmóvil durante cinco horas; mientras tanto su rostro brillaba, y los oyentes que estaban en la iglesia lo contemplaban. En todas partes donde Savonarola predicaba, sus sermones contra el pecado producían profundo terror. Los hombres más cultos comenzaron entonces a asistir a sus predicaciones en Florencia; fue necesario realizarlas reuniones en el Duomo, famosa catedral, donde continuó predicando durante ocho años. La gente se levantaba a medianoche y esperaba en la calle hasta la hora en que abrían la catedral”.

Savonarola-predicando
Savonarola predicando en Florencia

En 1494 es nombrado prior de San Marcos a sus 40 años de edad y decide intensificar sus esfuerzos por influir a través del mensaje del evangelio en la sociedad para contrarrestar la decadencia moral que reinaba en los conventos, sin embargo, no logro el apoyo de las autoridades eclesiásticas de su tiempo, pero eso no lo desanimo ya que soñaba con impulsar un movimiento reformador de carácter espiritual que comenzara en Italia y se regara por todo el mundo. Durante este tiempo no dejo de predicar en contra de la injusticia y corrupción papal y de los magistrados y gobernadores que no tomaban en cuenta la situación de los pobres sino se beneficiaban a sí mismos, amonestaba a los orgullosos y viciosos que no se sometían a Dios, aparte que jamás rindió pleitesía a los gobernadores como lo hacían otros líderes religiosos que vendían su voluntad por prestigio y dinero. El regente de Florencia, Lorenzo de Médicis, quien realizaba generosas ofrendas al convento de San Marcos se vio en muchas ocasiones amonestado por los sermones de Savonarola, sin embargo, nunca cambio su predicación, ni con soborno ni con amenazas. En cierta ocasión contrató al famoso predicador Fray Mariano para que predicase contra Savonarola. Fray Mariano predicó un sermón, pero el pueblo no le prestó atención a su elocuencia y astucia, por lo que no se atrevió a predicar más. Durante este tiempo Savonarola profetizó que Lorenzo, el papa y el rey de Nápoles iban a morir dentro de un año, lo que efectivamente sucedió. Se cuenta que en su lecho de muerte Lorenzo manda a llamar a Savonarola para que le ayudara a ganar la vida eterna, y este accedió después que fue suplicado a tener misericordia del moribundo déspota. Cuando llego a la lujosa mansión rodeada de ostento y artes que en nada consolaban el alma vacía de Lorenzo, Savonarola le pidió de tuviese fe en la misericordia de Dios que podía salvarlo y que debía restituir todo el daño que había hecho, a lo cual el moribundo acepto, pero cuando Savonarola le agrego que tenía que dejar libre a Florencia de su tirano legado este no acepto y dándole la espalda no contesto palabra alguna, y así murió en plena condenación aquel tirano. A su muerte su hijo Pedro gobernó en Florencia en su lugar el cual resulto ser peor que su padre. Con el tiempo llegaron a acusar a Savonarola de un extremista fanático por condenar desde el pulpito la corrupción política y religiosa, por predicar en contra de la vida inmoral y libertina, no obstante, eso no lo detuvo, sino que focalizo su vida en la oración, el ayuno y estudio de la palabra, algunos lo acusaron de querer establecer una teocracia, pero lo único que promovía era la igualdad y justica en el gobierno. Poco a poco sus predicaciones impactaban en la sociedad, muchos después de oír sus sermones se apartaban a ciertos lugares de la ciudad o campo a cantar himnos o meditar en pasajes bíblicos, muchos abandonaron sus pecados, la usura también se vio reducida y en cierta ocasión la gente en completo arrepentimiento llevo sus cosas de vanidad a la plaza para ser quemados. Así quemaron pelucas, cuadros artísticos indecentes, libros anticristianos, cosméticos, máscaras de carnaval y todo objeto considerado como vanidad. Debido a esta acción Savonarola fue duramente criticado por las autoridades de promover la quema de libros y artes del renacimiento que cuyo precio era incalculable, ignorando al mismo tiempo que algunos autores como Miguel Ángel, Rafael, Paolino del Signoraccio y  Bartolomeo della Porta le admiraban y algunos eran sus discípulos. El ver representaciones artísticas que el mismo papa promovía en sus catedrales, ya sea en esculturas o pinturas, de ángeles, apóstoles, cupidos, dioses olímpicos, magia, astrología, y aun el mismo Cristo, todos mezclados en una misma escena le parecía una abominación.


El ministerio de Savonarola ha sido comparado por muchos con el de los profetas del Antiguo Testamento, no solo por las ocasiones que profetizo ciertas situaciones que se cumplieron, sino por su estilo de predicación que era un verdadero azote contra los líderes religiosos y políticos corruptos, exhortaba a los tibios a acercarse más a Dios y anunciaba el arrepentimiento de pecado. A la muerte del papa Inocencio VIII, Alejandro VI lo sucede en el papado. Al principio intento sobornar a Savonarola ofreciéndole el obispado de Florencia y otros méritos, pero lo rechazo, también le ofreció el capelo cardenal, (un sombrero rojo), pero también lo rechazo diciendo: “Yo no quiero otro capelo que el del martirio, enrojecido con mi propia sangre”. No quedaba duda que este fraile no tenía puesta la mirada en las riquezas y vanidades de este mundo. Finalmente, al ver que Savonarola era insobornable y que no se sujetaría a su papado decide excomulgarlo, y el 8 de Abril de 1498 una turba se dirige al convento de San Marcos para sacarlo a la fuerza matando a todos aquellos que trataron a ayudar a Savonarola, pero él les pide que no intervenga y dejen sus armas porque su hora había llegado. Estando en esta situación el fraile dirige estas palabras: “Hijos míos; en presencia de Dios, hallándome delante de la sagrada hostia, y ya con mis enemigos en el convento, confirmo ahora mi doctrina. Lo que he dicho me ha venido de Dios, y Él me es testigo en el cielo de que es verdad lo que digo. No me podía imaginar que toda la ciudad pudiera haberse vuelto contra mi tan pronto; pero cúmplase la voluntad de Dios. Mi último consejo para vosotros es este: Que vuestras armas sean la fe, la paciencia y la oración. Os dejo angustiado y con dolor, para pasar a manos de mis enemigos. No sé si me quitaran la vida; pero de esto estoy cierto, y es que muerto, podre hacer por vosotros mucho más en el cielo de lo que jamás haya podido hace vivo en la tierra”. Así cae Savonarola preso de sus enemigos y es llevado por la plaza con las manos atadas por la espalda bajo la acusación de herejía, es abofeteado, escupido e insultado por todos sus enemigos, y por orden papal es torturado durante 42 días de una forma muy cruel y diabólica. Finalmente, el 22 de Mayo es condenado a muerte, tanto el cómo dos de sus amigos, y el 23 de Mayo es conducido a su ejecución pronunciando las siguientes palabras: “Dejad que el abismo de mis pecados se disuelvan ante el abismo del perdón”. Antes de su ejecución fueron despojados de sus hábitos y los dejaron con una camisa de lana y el obispo de Vaison tomo la mano de Savonarola y le dijo: “Yo te separo de la Iglesia militante y de la Iglesia triunfante”, a lo que le respondió: “Solo de la militante, el otro está por encima de tus posibilidades”. Primero sus dos amigos frailes son ahorcados en su presencia con el fin de agravar su dolor, pero Savonarola sabía que su alma había pasado a mejor vida, después el verdugo se acerca a él y así es ahorcado en presencia de toda la gente. Luego de estrangulados, sus cuerpos son quemados y reducidos a cenizas las cuales son arrojadas al rio Arno para impedir que sus seguidores las venerasen. Así partió de este mundo Girolamo Savonarola, el 23 de Mayo 1494, a sus 45 años de edad, pero la hoguera de los corruptos no pudo acallar el mensaje de arrepentimiento y fe en Jesucristo que predicaba, la llama de la reforma estaba encendida y pronto estallaría la Reforma protestante. 


Martirio-Savonarola
Martirio de Savonarola

viernes, 25 de noviembre de 2016

La Iglesia Reformada


“Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto”.
Apocalipsis 3:1


Martín-Lutero
Martín Lutero
“No debes llamarte luterano: ¿qué es Lutero?, ni es la doctrina mía; ruego que se calle mi nombre, y no se llamen luteranos, sino cristianos. Extirpemos los apelativos de partido; llamémonos cristianos, pues que profesamos la doctrina de Cristo. Ni soy ni quiero ser maestro de nadie”.
Martin Lutero


INTRODUCCIÓN


             Para la época que corresponde a este periodo de la historia, el mundo se encontraba hundido en una serie de supersticiones y a merced de las ambiciones materiales de los sacerdotes y líderes de la Iglesia Católica quien prácticamente reinaba detrás de los reyes afirmando tener la verdad de Dios en la voz de su papa y tradiciones religiosas que contradecían la Biblia. Como Dios se lo dijo a la iglesia de Sardis en Apocalipsis: Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto, la iglesia que afirmaba tener la vida eterna y el favor divino, espiritualmente estaba muerta y en lugar de conducir a los hombres a la vida eterna los envolvía en una densa tiniebla de herejías e idolatrías que los arrojaba directamente al infierno. Pero es aquí donde uno de los mayores acontecimientos históricos de la iglesia ocurrió: La Reforma. Se conoce como la Iglesia Reformada al periodo de la historia eclesiástica que va desde la caída de Constantinopla hasta la guerra de los treinta años, y que trajo un cisma que provoco la separación de varios grupos de la Iglesia Católica, conociéndose estos grupos como iglesias protestantes. (1453 – 1648).  Uno de los factores que contribuyo enormemente a la reforma fue el Renacimiento, el cual fue un despertad literario que trajo una enorme sed y pasión por profundizar en las artes, ciencia y literatura, y esto los llevo al estudio de la palabra de Dios en sus idiomas originales, hebreo y griego, que desato una constante contradicción con las tradiciones y dogmas de fe de la Iglesia Católica, especialmente en Alemania donde todo surgió y se propago en toda Europa. Respecto a este periodo Jesse Lyman Hurlbut nos comenta: “En este período de doscientos años, el gran acontecimiento que despertó la atención fue la Reforma. Empezó en Alemania y se esparció por todo el norte de Europa y trajo como resultado el establecimiento de iglesias nacionales que no debían fidelidad a Roma”. Otro acontecimiento importante que promovió la reforma fue la invención de la imprenta por Gutenberg la cual permitió imprimir cientos de copias de la Biblia en los idiomas locales, y respecto a su impacto Jesse Lyman Hurlbut nos vuelve a comentar: “Es significativo que el primer libro que Gutenberg imprimió fue la Biblia, demostrando así el deseo de esa época. La imprenta puso a las Escrituras en uso común y condujo a su traducción y circulación en todos los idiomas europeos. La gente que leía el Nuevo Testamento pronto comprendía que la iglesia papal estaba muy lejos del ideal del Nuevo Testamento. Y en cuanto se escribían las nuevas enseñanzas de los reformadores, se publicaban en libros y folletos que circulaban por millones por toda Europa”. Gracias a este movimiento reformador la sociedad pudo finalmente separarse de manera pública de la Iglesia Católica y así comenzaron a surgir varios movimientos o iglesias independientes donde el principal protagonista y precursor es Martin Lutero, un monje alemán cuya vida vamos a estudiar detenidamente.

MARTÍN LUTERO


“Más el justo por la fe vivirá”.
Romanos 1:17


                  El día 10 de Noviembre de 1483 a las 11 P.M. en Eisleben, Alemania, nació un niño, hijo de Hans y Margarette Luder a quien bautizaron como Martín Luder, quien en la universidad se cambió el nombre a Martín Luther, y por nosotros como Martín Lutero, el cual estaba predestinado por Dios a cambiar el rumbo de la historia de la iglesia cristiana. La humilde casa en que nació, se ve aún hoy en Eisleben. Sobre la puerta hay un busto del Reformador, alrededor del cual se lee la inscripción siguiente: “La palabra de Dios es la enseñanza de Lutero: por eso no perecerá jamás”. Hoy se emplea dicha casa como escuela para los niños pobres de Eisleben; en ninguna parte mejor podía y debía establecerse un centro de enseñanza que allí donde nació el que más tarde, con su reforma, había de dar tanto impulso a la ciencia, y especialmente a la pedagogía. ¿Quién pensaría que el niño que había nacido en esta humilde residencia llegaría a impactar en toda Alemania y casi la mitad de Europa, que llegaría a desafiar al monstro de la Iglesia Católica y a su papa, y lograría finalmente el rompimiento de muchos con el ombligo de Roma? Definitivamente muchos de los grandes hombres de Dios tuvieron orígenes humildes y quien pensaría que llegarían a ser instrumentos de Dios, es más nuestro Señor Jesucristo siendo Dios y destinado a la obra de salvación más grande nació en un sencillo pesebre. Abraham era un viejo de 75 años casado con una mujer estéril a quien nadie le interesaba cuando Dios lo llamo a convertirse en el padre de multitudes, el rey David era el menor y más despreciable de todos sus hermanos antes de convertirse en el gran rey que consolido el reino de Israel, el hombre conforme al corazón de Dios, William Carey nació en un hogar humilde y fue un zapatero antes de su conversión e iniciar su viaje misionero a la India y convertirse así en el padre de las misiones modernas, y así sucesivamente, cuántos hombres y mujeres han tenido un comienzo humilde y para muchos su nacimiento ha sido sin importancia, pero para el Señor era el comienzo de algo grande.


habitación
La habitación de la antigua casa donde vivió Martin Lutero

Es increíble ver como el nacimiento de este niño era el cumplimiento profetizo de John Hus, quien al ser quemado en la hoguera por el clero católico dijo: “Vas a asar un ganso (siendo que Huss significa ganso en lengua bohemia), pero dentro de un siglo te encontrarás con un cisne que no podrás ni asar ni hervir”, y así, 102 años más tarde, Lutero publicaba sus 95 tesis en Alemania desafiando la papa y su sistema herético. Su nacimiento tuvo lugar en un mundo de gran caos donde las tinieblas trataban de imponerse y de esto Orlando Boyer nos dice: “se calcula que por lo menos un millón de albigenses habían sido muertos en Francia en cumplimiento de una orden del papa, de esos “herejes” (que sustentaban la palabra de Dios) que fueron cruelmente exterminados, Wycliff, la estrella del alba de la Reforma había traducido la Biblia a la lengua Inglesa. Juan Hus, discípulo de Wycliff, había muerto en la hoguera en Bohemia suplicando al Señor que perdonase a sus seguidores. Jerónimo de Praga, compañero de Hus y también erudito, había sufrido el mismo suplicio cantando himnos en las llamas hasta que exhalo su último suspiro. Juan Wessel, un notable predicador de Erfurt, había sido encarcelado por enseñar que la salvación se obtiene por gracias. Aprisionaron su frágil cuerpo donde murió cuatro años antes del nacimiento de Lutero. En Italia, quince años después del nacimiento de Lutero, Savonarola, un hombre dedicado a Dios y fiel predicador de la palabra, fue ahorcado y su cuerpo reducido a cenizas, por orden de la iglesia. Fue en tal época que nación Martin Lutero”. Durante la infancia de Lutero sus padres se enfrentaron a una cruel pobreza, su madre recogía leña y la llevaba a las espaldas para venderla y poder ayudar al sostén de sus hijos, mientras que su padre era un humilde trabajador en las minas de cobre. El pequeño Martín acompañaba a su madre muchas veces, y ayudaba en sus humildes faenas. Con el tiempo llegaron a mejorar las circunstancias cuando el padre llego a convertirse en concejal del pueblo donde vivían y así todo fue diferente. Debido a la mejora económica en la vida de los padres de Lutero este pudo seguir con sus estudios donde el joven mostro bastantes dotes intelectuales aparte de que estuvo sometido a una rígida disciplina religiosa donde en ocasiones era castigado de las manera más duras que nos pudiéramos imaginar. Respecto a esto Lutero dijo: “Mi padre me castigó un día de un modo tan violento, que hui de él, y no quise volver hasta que me trató con más benignidad. Y mi madre me pegó una vez por causa tan leve como una nuez, hasta hacer correr la sangre”.  Esta dura disciplina era acompañada por un temor a Dios que sus padres le inculcaban a su hijo, así como el buen habito de la oración de lo cual Roberts Liardon nos comenta: “Aunque los Lutero habían logrado salir de la clase obrera, hubo una característica de esa clase que no dejaron atrás. La mayoría de los trabajadores temían sinceramente a Dios. No solo la madre del joven Lutero era una mujer de oración, sino que Martín recordaba cuando su padre lo llevaba a la cama y lo arropaba, y luego se arrodillaba para orar con él al costado de su lecho”. Cuando Martín cumplió once años su padre decidió enviarlo a Magdeburgo, donde existía un famoso colegio con el fin de convertirlo en un hombre docto y fue allí donde escuchaba los ferviente sermones del agustino Andrés Proles el cual hablaba de la necesidad de hacer una fuerte reforma en la religión actual, esto sin duda preparaba el corazón del futuro reformador. Posteriormente se mudó a Eisenach donde continúo sus estudios mientras trabajaba al mismo tiempo, pero llego a ganar la simpatía de una mujer piadosa y rica llamada doña Úrsula Cota la cual le auspicio sus gastos y así el joven Martin pudo seguir con sus estudios en un ambiente muy agradable, su maestro Juan Tribunius era un hombre muy docto y respetuoso que no maltrataba a sus estudiantes al contrario de los otros maestros de su  tiempo. En el año 1501, los padres de Martín le enviaron a la Universidad de Erfurt, considerado en aquel tiempo el centro intelectual del país, donde continúo sus estudios con resultados sobresalientes. Durante esta época el joven comenzaba sus mañanas con oraciones y visitando la iglesia antes de iniciar sus estudios, y decía: “Haber orado bien, adelanta en más de la mitad el trabajo de estudiar”. Poco después contrajo una enfermedad grave y peligrosa, consecuencia de su asiduo trabajo. Ya había hecho testamento y encomendado su alma al Señor, cuando le visitó un viejo sacerdote, que le consoló con las siguientes palabras: “Mi querido bachiller, cobra ánimo, porque no morirás de esta enfermedad. Nuestro Dios hará de ti todavía un hombre grande, que dará consuelo a muchísimas almas. Porque Dios pone de vez en cuando su santa cruz sobre los hombros de los que él ama y quiere preparar para su salvación; y si la llevan con paciencia, aprenderán mucho en esta escuela de la cruz”. En efecto, Lutero recobró la salud; siguió sus estudios y se graduó en 1505, a sus 21 años de edad de doctor en filosofía. Según la voluntad de su padre, debía estudiar también la jurisprudencia. Pero Dios lo había dispuesto de otro modo. La Biblia, el peligro en que la enfermedad le había puesto, y las palabras del viejo sacerdote habían hecho profunda mella en su corazón, y siempre tenía en la mente aquella antigua pregunta: “¿Qué es lo que debo hacer para ser salvo?”. Un día, volviendo de la casa paterna en Mansfeld y en el camino, cerca del pueblo de Stotternheim, le sorprendió una tempestad en un bosque, y un rayo cayó cerca de él, causándole tal impresión que fue aquel uno de los momentos más críticos y decisivos de su vida. En su ignorancia clamo a  Santa Ana, la patrona de los mineros la cual según su padre le había hecho varios favores en el pasado,  prometiéndole que se haría monje si lo salvaba de aquel terrible momento de lo cual Robert Liardon nos comenta: “Podemos imaginar que atravesar el bosque esa noche fue la experiencia más espantosa de su vida. Estaba aterrado, con el corazón que se le salía del pecho. Al acercarse al claro recordó la muerte de un amigo que había caído bajo un juicio similar cuando un rayo lo mató. La escena era bien conocida para él. No tuvo dudas de que su hora había llegado. Apenas comenzaba a atravesar el claro, cuando un rayo cayó tan cerca de donde él andaba, que Martín cayó al suelo. En una súplica desesperada por su vida, clamó a la única ayuda que conocía: ¡Santa Ana, si me ayudas, me haré monje!”. Aquel día se volvió a Erfurt, agitada su imaginación con pensamientos y dudas acerca de la salvación de su alma. Sólo un convento podía proporcionarle, según creía, la paz que anhelaba tanto. Por lo tanto, un día pensó en entregarse completamente a un convento de monjes, abandonar la vida secular y sin el consentimiento de su padre lo hizo, en la noche del 17 de Julio de 1505, llama a la puerta del convento de los agustinos en Erfurt y se unió a ellos. Una noche del 17 de Julio de 1505, a sus 21 años de edad. Respecto a su decisión, Rubianus uno de sus amigos de la Universidad de Erfurt dijo: “La Providencia divina pensaba en lo que debías ser algún día, cuando a tu regreso de la casa paterna, el fuego del cielo te derribó, como a otro Pablo cerca de la ciudad de Erfurt, te separó de nuestra sociedad y te condujo a la secta de Agustín”.

Martín Lutero el Fraile y Catedrático.


Fue en Erfurt, en un convento de los agustinos donde Martín corrió buscando la providencia divina y donde gran parte del carácter del mismo se moldearía para la obra que Dios le tenía preparado. Pronto Lutero experimento la rudeza y disciplina de aquel monasterio ya que los monjes de allí lo humillaban haciéndole ver que su doctorado en filosofía no servía de nada y lo sometieron a muchos trabajos, como por ejemplo ser portero, arreglar el reloj, limpiar la iglesia, barrer las celdas y mendigar las casas de Erfurt pidiendo pan. Sin embargo, su duro trabajo de servidumbre no perduro mucho ya que por ser un miembro de la Universidad de Erfurt se le concedió volver a sus libros, y fue así que se consagro a estudiar las obras de los padres de la iglesia, pero sobre todo la Biblia, y ésta en sus idiomas originales, el hebreo y griego. Tanto empeño le puso Lutero al estudio de la Biblia que olvidaba sus horas de oración las cuales después las pagaba encerrándose en su habitación y orando preocupado de que hubiese incumplido alguna ley de su convento, y muchas veces su devoción era tal que ni siquiera comía ni bebía. En el año 1507 fue ordenado sacerdote, y el 2 de Mayo celebró su primera misa a la cual asistieron sus padres, algunos familiares y amigos, sin embargo, esta experiencia lejos de ser de gran satisfacción para Lutero fue una verdadera tortura tal y como Roberts Liardon nos dice: “Martín estaba muy feliz de ver a su padre y de que este lo viera en esta nueva vida. Pero, aunque debía ser un día maravilloso para él, terminó en tormento. Estaba tan aterrado durante la ceremonia de la transustanciación -la parte de la misa católica en al que se cree que el pan y el vino se convierten verdaderamente en el cuerpo y la sangre de Jesús- que se puso a temblar y estuvo a punto de huir del altar. Pero el mismo terror del todopoderoso Dios y la idea de que la presencia tangible de Dios estaban delante de él en la copa, lo mantuvieron atado al altar”. A pesar de su estadía en el monasterio el nuevo sacerdote Lutero no se sentía bien del todo ya que su alma deseaba con gran fuego en su corazón santificarse y ganar la vida eterna y para eso se sometió como ningún otro monje de su monasterio a ayunos, vigilias, largas oraciones, penitencias donde castigaba duramente su cuerpo y un sinfín de obras. Pero todo esto no lograba hacerle sentir satisfecho, sabía que algo no estaba bien y temía cada día al castigo divino. Luego su estudio en las Sagradas Escrituras comenzó a dar frutos, llego a entender lo que significaba la verdadera santificación y que la reglas y costumbre de Roma no lograrían a nadie entrar al reino de los cielos, estas nuevas ideas chocaron en su mente contradiciendo lo que Roma había afirmado por siglos, a veces creía que era diabólico lo que pensaba ya que prácticamente estaba negando a la Iglesia Católica, esto lo llego a debilitar, casi no comía, su alma se veía agobiada por los descubrimientos que hacia cada día de la Biblia hasta que comenzó a sufrir de desmayos inesperados. En esta cruel y desesperada incertidumbre se franqueó, por fin, con un viejo fraile del mismo convento, el maestro de novicios; éste oyó tranquilamente sus pesares, y le dio después un consuelo maravilloso; con sencillez, pero con la convicción de la propia experiencia, le repitió las palabras del credo apostólico “Creo en la remisión de los pecados”, y le probó que esta remisión de los pecados era artículo de nuestra fe, que debía ser creído. Estas palabras, que Lutero recordó toda su vida con gratitud, alumbraron su alma con una luz benéfica y salvadora; fueron como el germen fructífero de toda su convicción cristiana y el fundamento de su obra posterior. Posteriormente conoció al representante de los agustinos en Alemania, al Dr. Staupitz quien animo al desanimado fraile a no desmayar y que buscara en la Biblia el remedio para su angustia, y en cristo la salvación de su alma ya que eso lo había salvado, y agregó: “Todavía no sabes, querido Martín, cuán útil y necesaria es para ti esta tribulación, porque Dios nunca la envía en vano. Ya verás cómo Él te ha menester para cosas grandes”. Es amistad lo guio a entender que la verdadera salvación y perdón de pecados no prevenía de ninguna buena obra, sino de un arrepentimiento sincero y reconocer la gracia de Cristo, así Lutero se volvió al estudio de la Biblia no con temor, sino con gozo, aquellos pasajes que lo atormentaban y lo acusaban de pecador, ahora le sonreían, poco a poco estudio los evangelios y las cartas paulinas, llego a entender entonces por la carta a los Romanos que la salvación era por fe, y por Gálatas entendía que era sin obras.

Con el tiempo Lutero se aferró mucho al Dr. Staupitz y lo vio cómo su consejero espiritual que lo llevaba a conocer al verdadero Dios, siempre que su alma se turbaba por algo corría a él. En cierta ocasión al búscalo se unió a una procesión la cual era muy concurrida y el mismo Staupitz llevaba el santo sacramento, y Lutero seguía revestido de capa. La idea de que era el mismo Jesucristo el que llevaba en sus manos, y que el Señor estaba allí en persona delante de él hirió de repente la imaginación de Lutero y le llenó de tal asombro, que apenas podía andar; le corría el sudor gota a gota, y creyó que iba a morir de angustia y espanto. Al terminar la procesión Lutero busco a Staupitz y  hallándose solo con él se echó en sus brazos y le manifestó el espanto que se había apoderado de su alma. Entonces le dijo con dulzura: – No era Jesucristo, hermano mío; Jesús no espanta, sino que consuela –. El año de 1502, el príncipe elector de Sajonia, Federico III, llamado con razón el Sabio, fundó la Universidad de Wittemberg, siguiendo los consejos del doctor Staupitz y de Martín Mellerstadt, y más tarde por influencia de Staupitz, Lutero fue aceptado en esta universidad como uno de sus catedráticos en teología. Así  todo estaba preparándose para la gran reforma y esta universidad estaba destinada a ser el centro de operaciones de Martin Lutero. Al principio Lutero inicio como maestro de filosofía pero después de sacar un bachiller en teología comenzó a enseñar su verdadera vocación, la enseñanza de la teología respaldada en las sagradas Escrituras y no en las tradiciones y dogmas de la Iglesia Católica. Pronto sus clases de teología llamaron la atención de todos al ver con el dominio y gracia con la cual lo explicaba y basando sus argumentos en los libros proféticos y lo que los apóstoles habían dicho, esto por supuesto alarmo a otros que veían como los argumentos bíblicos de Lutero desaprobaba completamente las prácticas religiosas de la Iglesia Católica. Con el tiempo Lutero comenzó también a predicar en monasterios agustinos y rápidamente gano buena fama convirtiéndose en el predicador de la iglesia principal de Wittemberg.

Martin Lutero
Martin Lutero el maestro de Wittemberg

En el año 1511 Lutero emprendió un viaje a Roma pensando que allí encontraría consuelo en los brazos del papa, pero todo lo contrario, lo que vio lo desilusiono completamente. El Papa de aquella época, Julio II, era un hombre de mundo, y un gran soldado, que tenía mucho más placer en derramar sangre y conquistar tierras, que en las tareas propias de su ministerio espiritual, Entre los cardenales, obispos y sacerdotes, no solamente reinaba la más crasa ignorancia, sino que se burlaban de la manera más cínica de las cosas más sagradas, y estaban encenagados en la más degradante disolución. En su viaje a Roma Lutero subió de rodillas los peldaños de la escalera de Pilato, que decían fue llevada de Jerusalén a Roma, esperando recibir una absolución por sus pecados como el papa le había recomendado, pero cada vez que subía un peldaño y tenía que rezar un Padre Nuestro, en sus oído retumbaba el texto de Romanos “más el justo por la fe vivirá”. Al regresar a Alemania estaba bastante deprimido y enfermo por todo lo que había visto y decidió confiar plenamente en las Escrituras por lo que al estudiarlas con gran empeño buscaba un alivio para su alma ya que al escuchar la palabra justicia su espíritu desfallecía al sentirse como un pecador sin esperanza. Se dice que el primer libro que estudio Lutero fue el de los Salmos y allí encontró unos versículos que le trajeron un poco de paz tal y como lo relata Robert Liardon: “El Salmo 22 rompió el cerrojo de la puerta que lo encerraba, y comenzó a entrar un rayo de luz. Este Salmo dice: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor? Dios mío, clamo de día, y no respondes; y de noche, y no hay para mí reposo (vv. 1-2). Lutero quedó pasmado ante lo que había leído”.  Después de leer este Salmo el alma de Lutero sintió un leve descanso y con gran empeño estudio asiduamente la Biblia en busca de respuestas de tal forma que aun estudio la carta de los Romanos y a los Gálatas en sus idiomas originales, este estudio lo realizo entre 1515 y 1517, y después de 3 años comprendió que la salvación se lograba a través de la fe y de esto Orlando Boyer nos dice lo que Martin Lutero confeso más tarde: “Deseando ardientemente comprender las palabras de Pablo, comencé a estudiar su epístola a los Romanos. Sin embargo, note que en el primer capítulo consta que la justicia de Dios se revela en el evangelio (versículos 16 y 17). Yo detestaba las palabras: la justicia de Dios, porque conforme me enseñaron, yo la consideraba como un atributo del Dios Santo que lo lleva a castigar a los pecadores. A pesar de vivir irreprensiblemente como monje, mi conciencia perturbada me mostraba que era pecador ante Dios. Así, yo detestaba a un Dios justo, que castigaba a los pecadores… Tenía consciencia intranquila, en lo íntimo mi alma se sublevaba. Sin embargo, volvía siempre al mismo versículo, porque quería saber lo que Pablo enseñaba. Al fin, después de meditar sobre ese punto durante muchos días y noches, Dios en su gracia infinita le mostro la palabra: El justo vivirá por la fe. Vi entonces que la justicia de Dios, en este versículo, es la justicia que el hombre piadoso recibe de Dios mediante la fe, como una dadiva”. Fue en este punto que Lutero estaba listo para iniciar el movimiento reformador que cambiaría para siempre la historia de la iglesia.

Las 95 Tesis de Martín Lutero.


El detonante para que Martín Lutero iniciara con la Reforma fue la venta de indulgencias del papa León X entre los años 1514 y 1516. Para esta época la Basílica de San Pedro no estaba terminada y con la venta de las indulgencia se encontró una buena fuente de ingreso para el Vaticano. La indulgencia no era más que un indulto que el papa otorgaba absolviendo a su portador por todos sus pecados, esto por su puesto a un determinado precio y tomando ventaja de la ignorancia de la gente.  Uno de sus principales promotores fue Juan Tetzel, nacido en Leipzig, y fraile de la Orden de los Dominicos, de no buena reputación por haber sido descubierto en adulterio y vida lujuriosa. Este, haciendo uso de sus grandes habilidades en la ponencia convencía a las masas acerca de comprar las indulgencias las cuales podían comprar su salvación y perdonar cualquier pecado presente, pasado o futuro sin necesidad de arrepentimiento, y aun podían comprar una indulgencia para sacar las almas de sus parientes muertos del infierno. Aquí uno de sus desvergonzados discursos: “Las indulgencias son la dádiva más preciosa y más sublime de Dios. Esta cruz (mostrando la cruz roja) tiene tanta eficacia como la misma cruz de Jesucristo. Venid, oyentes, y yo os daré bulas, por las cuales se os perdonarán hasta los mismos pecados que tuvieseis intención de cometer en lo futuro. Yo no cambiaría, por cierto, mis privilegios por los que tiene San Pedro en el cielo; porque yo he salvado más almas con mis indulgencias que el apóstol con sus discursos. No hay pecado, por grande que sea, que la indulgencia no pueda perdonar; y aun si alguno (lo que es imposible, sin duda) hubiese violado a la Santísima Virgen María, madre de Dios, que pague, que pague bien nada más, y se le perdonará la violación. Ni aún el arrepentimiento es necesario. Pero hay más; las indulgencias no solo salvan a los vivos, sino también a los muertos. Sacerdote, noble, mercader, mujer, muchacha, mozo, escuchad a vuestros parientes y amigos difuntos, que os gritan del fondo del abismo: ¡Estamos sufriendo un horrible martirio! Una limosnita nos libraría de él; vosotros podéis y no queréis darla”. No cabe duda que este cinismo con el cual comercializaba los dones de Dios era digno de condenar, pero la gente ignorante de lo que las Escrituras testificaban corría para adquirir tales indulgencias. Tetzel decía que en el mismo instante en que la pieza de moneda resonaba en el fondo de la caja, el alma del pariente salía del purgatorio. Tetzel también añadía a su infernal discurso: “¿Sabéis por qué nuestro señor, el Papa, distribuye una gracia tan preciosa? Es porque se trata de reedificar la iglesia destruida de San Pedro y San Pablo, de tal modo que no tenga igual en el mundo. Esta iglesia encierra los cuerpos de los santos apóstoles Pedro y Pablo y los de una multitud de mártires. Estos santos cuerpos, en el estado actual del edificio, son, ¡ay!, Continuamente mojados, ensuciados, profanados y corrompidos por la lluvia, por el granizo. ¡Ah!, estos restos sagrados, ¿quedarán por más tiempo en el lodo y en el oprobio?”.

Juan Tetzel
Juan Tetzel, Monje Dominico y principal vendedor de indulgencias

De esta forma Tetzel habiendo clavado una cruz en tierra con todos los escudos papales terminaba su discurso diciendo: “Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis; porque os aseguro que muchos profetas y reyes han deseado ver las cosas que veis y no las han visto, y también oír las cosas que vosotros oís y no las han oído” Y, por último, mostrando la caja en que recibía el dinero, concluía regularmente su patético discurso, dirigiendo tres veces al pueblo estas palabras: “¡Traed, traed, traed!”, y bajando de su estrado corría a la caja de dinero y dejaba caer un chelín el cual resonaba en toda la multitud e inmediatamente las personas ignorante se apresuraban y hacían grandes colas para comprar dichas indulgencias.

Juan-Tetzel
Juan Tetzel, Monje Dominico y principal vendedor de indulgencias

Muchas cosas más se hablan respecto a este mercader del evangelio ignorando la terrible condena que añadía a su pobre alma. Se cuenta el ridículo incidente que sus mentiras provocaron cuando un hombre se le acerco diciéndole que si esas indulgencias eran capaces de perdonarle un pecado que estaba planeando cometer en el futuro, incluyendo el hacerle daño a su enemigo. Al final de la discusión Tetzel puso algunas dificultades a esta extraña petición; sin embargo, termino vendiendo la indulgencia en treinta escudos. Poco después salió el fraile de Leipzig; y aquel mismo hombre acompañado de sus criados, le esperó en un bosque donde lo asalto y le proporciono una paliza arrancándole la rica caja de las indulgencias que el estafador llevaba consigo; éste se quejó ante los tribunales, pero aquel hombre presentó la bula firmada por el mismo Tetzel, la que le eximía con anticipación de toda pena. El duque Jorge, a quien esta acción irritó mucho al principio, mandó a la vista de la bula, que fuese absuelto el acusado.

  La controversia se dio finalmente entre este vendedor de indulgencia, Juan Tetzel y Martin Lutero, cuando al observar la poca afluencia de personas en la iglesia se enteró que la gente se aferraba completamente a los derechos que la indulgencia le otorgaba que a acudir a sus tradicionales creencias, esto provoco que Lutero se promulgara en contra predicando al mismo pueblo para desviarlos de esta terrible mentira lo cual obviamente provoco la oposición de Tetzel quien amenazaba con quemar en la hoguera a aquellos que se atrevieran a oponerse y negar la voluntad del papa. No obstante, la disputa teológica llego a su apogeo la tarde del 31 de Octubre de 1517;  cuando Lutero, decidido ya, se encamino valerosamente hacia la iglesia de Wittemberg, a la que se dirigía la multitud supersticiosa de los peregrinos, y en la puerta de aquel templo fijo noventa y cinco tesis que refutaban a la luz de la palabra de Dios la enseñanza de las indulgencias. Era tradición de aquella época clavar sus tesis en la puerta del templo esperando el debate de los eruditos, nunca imagino el impacto que aquella acción traería para la historia de la iglesia, ya que la fama de estas noventa y cinco tesis fue tan grande no sólo en Alemania, sino en el mundo entero reproduciéndose cientos de copias las cuales declaraban que solamente un verdadero arrepentimiento y la fe en Jesús podía salvar al pecador y que ninguna indulgencia podía hacer ese trabajo. Al respecto de esto Robert Liardon dice: “Mientras esperaba una respuesta Lutero continuó con sus tareas, sin saber que lo que había clavado sin mayores pretensiones en la puerta de la iglesia pasaría a la historia como el asunto más importante y la mayor confrontación que el mundo cristiano había conocido desde el tiempo de Jesús y sus apóstoles”. Robert Liardon nos continua diciendo: “Lutero estaba en su estudio, sin saber que, más allá de su puerta, se preparaba una tormenta. En realidad, se preparaba desde hacía cientos de años. Había comenzado con John Wycliffe y sus traducciones de la Biblia para el hombre común. Continuó con John Hus, que comenzó a abrir la puerta para que entrara la luz en las tinieblas de la Edad Media con algunas de las mismas revelaciones que produciría Lutero. Ambos murieron sin ver el fruto de su labor, pero Lutero sí llegaría a verlo. Más que eso: haría entrar al mundo entero en ella. La leyenda dice que Hus, mientras ardía en la hoguera por lo que la Iglesia llamaba herejía, profetizó la llegada de Lutero. Se dice que convocó a los líderes de la iglesia, desde las llamas, y les dijo que dentro de cien años llegaría un hombre a quien ellos no podrían matar”. Por tanto, aquel día había iniciado un movimiento importantísimo en la historia de la iglesia cristiana que se llegaría a conocer como la Reforma Protestante. Con el paso de los días la confrontación comenzó por parte de los líderes católicos hacia la persona de Lutero, aunque para este tiempo no había sido declarado hereje. En el mes de Agosto de 1518, Lutero fue llamado a Roma para responder por sus tesis y bajo la acusación de herejía, no obstante, sus amigo le rogaron que no fuera ya que el mismo papa había declarado que si no se retractaba no saldría de allí. Finalmente, termino presentándose en Augsburgo, una ciudad alemana donde presento su defensa delante cardenal Cayetano. Robert Liardon nos narraba bien el hecho: “Este foro de discusión era lo que Lutero siempre había querido, así que fue. Pensó que este debate sería el primer paso hacia la meta de librar a la Iglesia del error. Pero lo que vivió allí fue su primer choque con los líderes religiosos de su época. El primer ataque del enemigo le llegó a Lutero a través del cardenal Cayetano. Lutero se inclinó ante el cardenal y luego se postró ante él. El cardenal le ordenó que se pusiera de pie. Lutero se puso de rodillas, y el cardenal, nuevamente, le ordenó que se levantara. Con una sola palabra de boca del cardenal, Lutero supo cuál era el plan. "Retractaos", ordenó Cayetano. Era obvio que no habría discusión… El cardenal lo explicó. Lutero debía arrepentirse, retractarse, prometer no enseñar sus noventa y cinco tesis y abstenerse de toda actividad que turbara la paz de la Iglesia.  Los planes de la Iglesia para esta reunión eran que Lutero se retractara o fuera llevado a Roma prisionero. Lutero no pudo iniciar la discusión. Pero logró decir lo impensable: es la fe la que justifica, no el sacramento. Cayetano no estaba a la altura de Lutero, y lo sabía. Sin base bíblica sobre la cual trabajar, Cayetano expuso su inseguridad exclamando: "De esto debéis retractaros hoy, lo deseéis o no. ¡De lo 29 contrario, y por este solo pasaje, condenaré toda otra palabra que digáis!" Lutero declaró osadamente que no lo haría, señaló que un hombre común armado con las Escrituras tenía más autoridad que el Papa y todos sus concilios. Cayetano respondió que el Papa tenía más autoridad que las mismísimas Escrituras. Luego Lutero fue acusado de presunción, ya que pensaba que podía interpretar la Biblia, algo que solo el Papa podía hacer. En este punto Lutero cuestionaba el fundamento mismo de la autoridad del Papa. Lutero les preguntó por qué la iglesia creía que el Papa era el sucesor de Pedro y, además, por qué la iglesia pensaba que el fundamento del catolicismo era Pedro, dado que Pablo había dicho: "Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo" (l Corintios 3:11). La discusión terminó con Cayetano ordenando a Lutero que abandonara el edificio”.

La controversia de Leipzig.


Tan pronto como sus 95 tesis comenzaron a reproducirse en la imprenta de Alemania y comenzaron a traducirse del latín al alemán, Martin Lutero comenzó a ganar popularidad entre el pueblo, pero al mismo tiempo surgieron sus enemigos. Uno de sus mayores contendientes fue el Dr. Johann Eck de  la Universidad de Ingolstadt, un fuerte teólogo y defensor de la Iglesia Católica. Fue Eck quien desafio a Lutero a una controversia pública, en la cual daba por segura la victoria, confiando en su probada destreza para esta clase de debates. Además de eso, antes de la polémica y a principio del año 1519, el Dr. Eck escribió un folleto muy violento, en el cual atacaba a Lutero y en este escrito, lleno de improperios y calumnias le daba ya a Lutero el derecho de entrar otra vez en la lucha. El Dr. Eck hizo imprimir al mismo tiempo trece tesis o proposiciones, sobre las cuales quería disputar con el mismo Lutero las cuales se referían principalmente a las indulgencias y al poder papal. Lutero estaba ya en e1 deber de contestar, e hizo imprimir igual número de tesis, en las cuales, con más energía y firmeza que en sus primeras, rechazaban las indulgencias como innovación, y también la autoridad incondicional del Papa. El Dr. Eck invitó también a Lutero a tomar parte en la controversia pública; y logró al efecto, el permiso del duque Jorge de Sajonia, porque a este ducado pertenecía Leipzig, ciudad designada para el debate. En el mes de Junio de 1519, los adversarios se encontraron en ella: Lutero y Carlostadio, acompañados por algunos estudiantes y profesores de la Universidad de Wittemberg; el Dr. Eck auxiliado con el favor del duque Jorge y por casi toda la Universidad de Leipzig, que tenía celos de la de Wittemberg. El duque Jorge vino con su corte y otras personas notables, y asistió durante trece días a las discusiones prestando la más viva atención. Los primeros ocho días disputaron Eck y Carlostadio, sobre el libre albedrío. Eck tenía la ventaja de su palabra agresiva; daba grandes gritos, vociferaba y gesticulaba como un actor, con mucho descaro y altisonantes palabras mientras el doctor Carlostadio, ateniéndose únicamente al fondo y a sus libros, aparecía más tímido y lento en sus argumentaciones. Así que el público se inclinaba en favor del Dr. Eck. Pero el debate entre éste y Lutero fue mucho más provechoso al partido de la Universidad de Wittemberg. En Lutero tenía el Dr. Eck un adversario tan bien preparado en todo y por todo, que sus astucias, sofismas y vociferaciones fracasaron. En uno de los puntos principales, el primado del Papa, Lutero defendía su afirmación de que no el obispo de Roma sino Cristo, era la cabeza y jefe de la iglesia; y que el Papa poseía el primado, no por derecho divino, sino por tradición humana; fue el poder que el Papa había asumido era usurpado y contrario, tanto a las Sagradas Escrituras, como a la historia eclesiástica de los primeros siglos. Esto lo afirmaba con todo el peso y fuerza de la lógica, y salió victorioso con la admiración de todo el público allí presente. Entre las palabras de Lutero en esta contienda tenemos fragmento que nos reflejan su gran preparación: “Lo que yo expongo  es lo mismo que expone San Jerónimo, y voy a probarlo por su misma epístola a Evagrius: Todo obispo -dice él-, sea de Roma, sea de Eugubium, bien de Alejandría bien de Túnez, tiene el mismo mérito y el mismo sacerdocio. El poder de las riquezas y la humillación de la pobreza es lo que coloca a los obispos en una esfera más alta o más baja”. El Dr. Eck respondió: “El venerable doctor me pide le pruebe que la primacía de la iglesia de Roma es de derecho divino; lo que pruebo con estas palabras de Cristo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mí iglesia. San Agustín, en una de sus epístolas ha expuesto así el sentido de este texto: Eres Pedro y sobre esta piedra es decir, sobre Pedro, edificaré mi iglesia. Es verdad que este mismo San Agustín ha manifestado en otra parte que por esta piedra debía entenderse Cristo mismo; pero él no ha retractado su primera exposición”. A esto Lutero contesto: “Si el reverendo doctor quiere atacarme, que concilie antes estas palabras contradictorias de San Agustín. Porque es cierto que San Agustín ha dicho muchas veces que la piedra era Cristo, y apenas una sola vez que era el mismo Pedro. Más aun cuando San Agustín y todos los padres dijeran que el apóstol es la piedra de que habla Cristo yo me opondría a todos ellos, apoyado en la autoridad de la Escritura Santa, pues está escrito: Nadie puede poner otro cimiento que el que ha sido puesto que es Jesucristo. (1 Corintios 3:11.) El mismo Pedro llama a Cristo la piedra angular y viva sobre la cual estamos edificados para ser una casa espiritual. (1 Pedro 2:4-5)”. El Dr. Eck no tuvo otra contestación sino decir que Lutero era otro hereje más que seguía las huellas de Juan Huss. Y cuando Lutero le contestó: “Querido doctor, no todas las doctrinas de Juan Huss eran herejías”,  el doctor Eck se asustó de tal afirmación y quedó como fuera de sí. Y hasta el duque Jorge exclamó con voz tan alta que se pudo oír en toda la sala: “¡Válgame la pestilencia!”.  Disputaron después acerca del purgatorio, sobre las indulgencias, el arrepentimiento y las doctrinas que con éstas tenían relación. Los debates terminaron el 15 de Julio. El Dr. Eck, siguiendo su costumbre, se atribuyó la victoria con grandes alardes de triunfo; mas todos vieron que en los puntos principales había tenido que ceder a la ciencia y a los argumentos de Lutero.

Leipzig
La controversia de Leipzig

Pero esta controversia dio un gran impulso a la causa de la Reforma. Se había hablado sobre el papado, sus errores y abusos, con una claridad y franqueza inusitadas, y dichos errores se habían hecho más patentes que nunca. Y, por otro lado, las verdades allá proclamadas habían impresionado a muchos de los oyentes. Uno de los resultados más importantes fue que un joven colega de Lutero en la Universidad de Wittemberg, Felipe Melanchton, en el curso de estos debates se decidiera completamente en favor de la doctrina de Lutero. Este catedrático, joven de veintidós años, contribuyó desde entonces a la Reforma con la riqueza de sus conocimientos, y pronto llegó a ser, después de Lutero, el instrumento más importante de ella. Ahora bien, como los debates de Leipzig no habían tenido un fin decisivo, continuó la lucha por medio de la pluma levantándose contra Lutero un verdadero torbellino de escritos. Pero tampoco faltaron amigos que le ayudasen, publicando multitud de artículos o folletos en que atacaban severamente la ignorancia y los vicios del clero. Hasta los nobles de Alemania le ofrecieron el apoyo de su espada; Silvestre de Schaumburgo, caballero piadoso y Francisco de Sickringen, la flor y nata de la nobleza Alemana, le ofrecieron sus castillos como lugares de refugio, y pusieron a su disposición sus servicios, sus bienes, sus personas, y todo cuanto poseían. Ulrico de Hutten escribía: “¡Despierta, noble libertad! Y si acaso surgiese un impedimento cualquiera en estas cosas que ahora tratáis con tanta seriedad y ánimo tan piadoso, por lo que veo y oigo, por cierto que lo sentiría. En todas ellas os prestaré gustoso mi concurso, cualquiera que sea el éxito os ayudaré fielmente y con todo mi poder; ya podéis revelarme sin miedo alguno todos vuestros propósitos y confiarme toda vuestra alma. Con la ayuda de Dios queremos proteger y conservar nuestra libertad, y salvar confiadamente nuestra patria de todas las vejaciones que hasta ahora la han oprimido y molestado. Ya veréis cómo Dios nos ayuda”.  En sus escritos Lutero no solo lucho contra los abusos del poder papal, sino contra el mismo papado. Exhorta a la nación a librarse de las cadenas de Roma, a quitar al Papa la influencia que hasta entonces ejerciera sobre la iglesia alemana, privarle de las enormes sumas que sacaba de este país, conceder otra vez a los sacerdotes la libertad de casarse, reformar los conventos y suprimir los de las órdenes mendicantes. Con el dolor de un corazón cristiano, y con el justo enojo de un corazón alemán, emplaza al Papa y le acusa de que con sus indulgencias había enseñado a ser perjura e infiel a una nación fiel y noble.

La Bula Papal.


Después de la controversia el Dr. Eck marcho con mucho enojo a Roma para acusar a Lutero de herejía y tuvo éxito ya que el 15 de Junio de 1520 logro que le fuese dada una bula papal de excomunión de la iglesia romana a la cual Lutero llamo "la execrable bula del anticristo". Esta bula condenaba 41 sentencias o conclusiones de Lutero, así como sus libros, y le lanzaba de la comunión de la Iglesia, si no se retractaba en el término de sesenta días. De igual forma todo el que aceptase la doctrina de Lutero, quedaba expuesto a ser excomulgado y a sufrir la perdida de toda su dignidad y oficios. Cuando Eck recibió la bula papal se sintió tan alegre que él mismo se dirigió a Alemania para dar la noticia a Lutero, no obstante, la bula no tuvo el efecto deseado, ya que el pueblo alemán solo lo vio como un acto de venganza del Dr. Eck y hasta en Leipzing, le enviaron cartas llenas de amenazas, y se burlaron de él de todas maneras. En Erfurt la bula fue hecha pedazos por multitud de estudiantes y echada después al agua; y en otras muchas partes ni siquiera fue publicada. Muchos de los amigos de Lutero le advirtieron en el peligro que estaba su vida, sin embargo, el monje agustino solo se aferró a Dios y desafío al mismo papa a un concilio cristiano universal: “En atención a que el poder general de la iglesia cristiana es superior al del Papa, sobre todo en lo concerniente a la fe; En atención a que el poder del Papa no es superior, sino inferior a la Escritura, y que él no tiene derecho para degollar los corderos de Cristo y abandonarlos al lobo; Yo, Martín Lutero, agustino, doctor en Sagrada Escritura en Wittemberg, apelo por este escrito por mí y por los que están o estarán conmigo, del santísimo Papa León, a un concilio universal y cristiano. Y apelo del dicho Papa León, primeramente, como de un juez inicuo, temerario, tirano, que me condena sin oírme y sin exhibir los motivos. Segundo, como de un hereje, condenado por la Sagrada Escritura, que me ordena negar que la fe cristiana sea necesaria para la recepción de los sacramentos. Tercero, como de un adversario y un tirano de la Sagrada Escritura, que osa oponer sus propias palabras a las palabras de Dios. Cuarto, como de un menospreciador de la santa Iglesia cristiana y de un concilio libre, y que pretende que un concilio no es nada en sí mismo”.  Estas palabras fueron escritas y enviadas no solo a Roma sino a muchas cortes cristianas. Los sesenta días pasaron y Lutero no se retractó. Por el contrario, quemó la bula, junto con todo el derecho canónico, que era la ley que gobernaba a toda la Iglesia desde el principio de la historia de la Iglesia Católica Romana. Algunos historiadores dicen que esta fogata, más que  cualquiera de las 95 Tesis, fue la que inició la Reforma. Robert Liardon nos comenta respecto a este evento: “La quema estaba programada para la mañana del 10 de diciembre. Lutero hasta publicó una invitación que decía: "Todos los adherentes a la verdad del Evangelio, haceos presentes a las nueve en punto en la Capilla de la Santa Cruz, fuera de los muros, donde los impiadosos libros de la ley papal y teología escolástica serán quemados a la antigua usanza apostólica". Llegó gente de toda la universidad, profesores y estudiantes. Primero, fueron arrojados a las llamas los volúmenes del derecho canónico. No era un asunto de menor importancia, ya que el derecho canónico era para el mundo occidental lo que el Talmud es para el judaísmo o el Corán para el Islam. Era el libro de la ley del cristianismo latino, investido de autoridad religiosa. Según la creencia de la época, el derecho canónico era lo mismo 37 que los mandamientos de Dios. Después que se consumió el derecho canónico, Lutero se acercó a las llamas y arrojó la bula con estas palabras: “¡Por haber hecho caer la verdad de 38 Dios, quiera hoy el Señor hacerte caer en este fuego!” y comentó luego: “Ya que ellos han quemado mis libros, yo quemo los suyos”. Con esto, regresó a la ciudad con los demás profesores”. Al Siguiente día Lutero reunió a su clase con aproximadamente 400 estudiantes los cuales escucharon el discurso solemne que dio donde les hacía ver la necesidad que existía de contender ardientemente por la verdadera fe y tomar la decisión de pagar el precio del martirio por la causa de la verdad o ir al infierno por toda una eternidad. En esta ocasión Lutero dirigió las siguientes palabras: “La Iglesia necesita una reforma. Sin embargo, esta reforma no es asunto del Papa solamente, o de los cardenales…. Es, en cambio, asunto de todo el mundo cristiano o, mejor dicho, de Dios. Cuándo llegará, solo Él lo sabe. Mientras tanto, nuestra tarea es exponer las condiciones notablemente malignas... No deseo combatir por el Evangelio con fuerza y matanza. El mundo es vencido por la Palabra; la iglesia ha sido preservada hasta ahora, y será reformada también, por la Palabra... No es nuestra obra la que se desarrolla ahora en el mundo, porque el hombre por sí solo no podría siquiera comenzar a  hacerlo. Es otro quien hace girar la rueda, uno a quien los papistas no ven; por lo tanto, nos culpan a nosotros”.

bula
Lutero quema la bula papal

                Después de todo esto la vida de Lutero cambio extraordinariamente a tal punto que gozo de una libertad y comunión con Dios como nunca pensó hacerlo. Se dedicó a la predicación, enseñanza y escribió mucha literatura. Escribió toda una serie de pequeños libritos devocionales, otra sobre las siete peticiones del Padre nuestro y varios sermones sobre la preparación para la muerte, el arrepentimiento, el bautismo y la Cena del Señor. También produjo estudios sobre el Libro de los Salmos y un comentario sobre Gálatas. Entre las obras de Lutero que más destacaron tenemos la obra titulada “A la nobleza alemana acerca del mejoramiento del estado cristiano”, la cual hacía referencia a que todo hombre bautizado es sacerdote delante de Dios, que no hay delante de Dios preferencias alguna de un hombre respecto a otro, que no son los santos los mediadores entre Dios u el hombre y que todo cristiano puede proclamar la palabra de Dios. Otra de las obras destacadas de Lutero fue la titulada: “La cautividad babilónica de la Iglesia” donde ataca directamente la idolatría de Roma hacia sus sacramentos diciendo que no son estos los que salvan al hombre sino solo la fe. También publico la obra titulada: “La libertad cristiana” donde hacía ver que cualquier obra que se realizaba si no manaba de un corazón con fe era completamente vana. Así a través de sus escritos, la predicación y enseñanza Lutero influyo en Alemania y otras naciones cercanas.

La Dieta de Worms.


Después de cierto tiempo Lutero influyo en el pensamiento no solo de Alemania sino de toda Europa, las multitudes estaban divididas, mientras que unos apoyaban a Lutero, otros continuaban fieles a la Iglesia Católica, y otros estaban confundidos, y esto a su vez genero muchos enemigos de Lutero entre los cuales estaba el rey Enrique VIII de Inglaterra.  Debido a esto se hizo un segundo intento de silenciar a Lutero y para ello se realizó un segundo debate en la reunión anual de una corte secular de jueces, llamada "dieta", en la ciudad de Wonns de Alemania. Era el año 1521, y Lutero fue convocado para responder por sus escritos. El emperador presidía la reunión. Federico esperaba que este tribunal le otorgara su favor a Lutero, ya que era este emperador el que consideraba ilegal acusar a un hombre de hereje sin escucharlo primero. Lutero estaba feliz por la oportunidad de explicar su posición, pero pronto descubrió que sucedía lo mismo que con Cayetano.

Worms
La dieta de Worms

                     Confiando en Dios y en contra de los consejos de sus amigos que le decían que no fuera por miedo a su vida, Lutero inicia su camino hacia Worms el 2 de Abril de 1521 en compañía de sus amigos, y fue durante este viaje que entono su cantico Castillo Fuerte el cual se ha convertido en un himno tradicional de la iglesia cristiana y que dice así: “Castillo fuerte es nuestro Dios, defensa y buen escudo. Con su poder nos librará en este trance agudo. Con furia y con afán, acósanos Satán: por armas deja ver astucia y gran poder, cual él no hay en la tierra. Nuestro valor es nada aquí con él todo es perdido; mas por nosotros pugnará de Dios el Escogido. ¿Sabéis quién es? Jesús, el que venció en la cruz, Señor de Sabaoth; y pues El solo es Dios, El triunfa en la batalla. Aun si están demonios mil prontos a devorarnos, no temeremos, porque Dios sabrá aún prosperarnos; que muestre su vigor Satán, y su furor dañarnos no podrá, pues condenado es ya por la Palabra Santa. Sin destruirla dejarán, aun mal de su grado, esta Palabra del Señor; El lucha a nuestro lado. Que lleven con furor los bienes, vida, honor, los hijos, la mujer; todo ha de perecer; de Dios el reino queda”. Durante su camino muchas personas se acercaban gozosas de conocer al fraile que desafiaba a Roma y cuando finalmente llego se preparó para el día de la audiencia y entrando a aquel lugar se vio rodeado de una impresionante cantidad de personas, entre ellas estaba el emperador Carlos V y su hermano Fernando; ante seis electores, veintiocho duques, once marqueses, treinta obispos, otros doscientos príncipes y señores y más de cinco mil concurrentes, sin contar los que estaban en la antesala y los que miraban por las ventanas. Nunca se había encontrado en presencia de tanta magnificencia y poder, pero no temblaba. Robert Liardon nos narra lo que paso allí: “El emperador, Carlos V de España, no estaba, realmente, interesado en gastar energía en Lutero, así que la reunión fue breve y precisa. Señalando una pila de libros que había sobre una mesa, le preguntaron a Lutero si era autor de esos libros y si deseaba retractarse de algo de lo contenido en ellos. El tribunal esperó la respuesta de Lutero como si este debiera responder rápidamente para poder pasar a otro tema. Lutero, intentando que no terminara todo allí, rogó más tiempo: "Esto se trata de Dios y su Palabra. Esto afecta la salvación de las almas... Os ruego, dadme más tiempo". Se le dio un día más. Pasó toda la noche meditando sobre la pregunta, pero en realidad se decidió mucho tiempo antes. Al día siguiente compareció ante el tribunal. Un miembro de este le preguntó: "Debéis dar una respuesta simple, clara y apropiada...  ¿Os retractáis, o no?" A esto, Lutero respondió: Si no se me convence mediante el testimonio de la Sagrada Escritura o de la razón evidente... No puedo ni quiero retractarme de nada, pues obrar contra mi conciencia no es justo ni seguro. Dios me ampare. Amén”. Ante tales palabras  la asamblea permanecía atónita; era extraordinaria la impresión que Lutero produjo en este día por su santo valor para confesar su fe ante toda la Dieta del imperio. Muchos príncipes no podían ocultar su admiración; volviendo el emperador de su primera impresión, exclamó en alta voz: El fraile habla con un corazón intrépido, y con indomable valor. Se había ganado muchas voluntades hasta entre los príncipes, aunque no se atrevían a confesarlo públicamente. El elector Federico estaba lleno de gozo con la conducta de su fraile Martín, que había hecho una confesión tan valiente y noble ante el emperador y los príncipes: y por la noche dijo a Spalatin: ¡Oh, qué bien y valientemente ha hablado hoy el padre Martín ante el emperador y los Estados del imperio! ¡Sólo que es demasiado atrevido! El duque Eric de Brunswick, aunque entonces partidario de Roma, le envió un jarro de plata lleno de cerveza de Eimbeck, para que se refrigerase; y Lutero le mandó a decir, dándole las gracias: Así como el duque Eric se ha acordado hoy de mí, nuestro Señor Jesucristo se acuerde de él en su última hora. Estas palabras consolaron al piadoso duque en su lecho de muerte, recordando las de Cristo: Cualquiera que os diere a beber un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, en verdad os digo que no perderá su galardón. (Marcos 9, 41). Finalmente, partió de Worms el 26 de Abril habiendo ganado una batalla más.

Lutero en el Castillo de Wartburg.


Como consecuencia de la dieta de Worms, los ánimos de Roma se encendieron contra Lutero de tal forma que el 26 de Mayo de 1521 se emitió un edicto llamado el Edicto de Worms donde condenaban de hereje a Martin Lutero y avalaban que cualquier podía matarlo impunemente y todo aquel que lo protegiera seria condenado. El edicto llevaba la fecha de 8 de Mayo, fecha retrasada y puesta con toda malicia para que apareciese obligatoria en todos los Estados del imperio, mientras que la mayor parte de los príncipes, que ya habían salido antes del 26, ignoraban todo esto. Por lo tanto, era un edicto ilegal. Y cuando fue conocido, no obtuvo mucha aceptación en Alemania por estar redactado enteramente en el espíritu romano, tan en contradicción con el espíritu de la nación alemana. Sin embargo, Lutero hubiese sido tal vez víctima de esta tormenta, si el Señor no le hubiese guardado velando sobre él. El elector Federico el Sabio le quería proteger de la persecución de sus enemigos, y eligió el medio que creyó más a propósito, mandando que algunos caballeros enmascarados sorprendiesen a Lutero y le hicieran prisionero en las cercanías de Eisenach, cuando volvía de Worms, de regreso a Wittemberg. Así se hizo, y el elector lo hizo guardar en la inmediata fortaleza de Wartburg. En este castillo que Lutero llego a llama su Patmos residió de manera muy tranquila y anónima durante un año dejándose crecer la barba y su cabello. Practicaba la caza de animales, recorría los bosques en busca de fresas y disfrutaba de grandes banquetes, sin embargo todas estas distracciones no le hicieron olvidar sus intereses teológicos. Por algún tiempo nadie supo qué había sido de Lutero, de manera que sus amigos llegaron a quejarse de su ausencia, y sus enemigos clamaban llenos de júbilo. Pero no tardó en desaparecer la tristeza de los suyos, y nuevo terror cayó sobre sus enemigos, porque pronto dio señales de vida. En el castillo de Wartburg no se dio un momento de reposo; lleno de entusiasmo, como siempre, esparció nuevos escritos por el mundo. Estando en este castillo sacó a luz un librito de la "confesión", un tratado de los votos espirituales y de los votos monásticos, una explicación de algunos salmos, y el principio de un libro de sermones para todo el año. Pero el trabajo más importante, la obra inmortal, que Lutero concluyó en el castillo de Wartburg, fue la traducción del Nuevo Testamento en lengua alemana. No hay necesidad de encarecer el beneficio que Lutero dispensó a toda una nación, haciendo que todos, viejos o jóvenes, pobres o ricos, pudiesen escuchar la santa Palabra de Dios en la iglesia y en las escuelas, y leerla en casa. Mas no es una sola nación la que debe a Lutero la Palabra de Dios; sino que con este hecho quebrantó para siempre las cadenas y barreras en que Roma había aprisionado y encerrado la Palabra divina, devolviendo a todo el mundo el tesoro más precioso: el pan de vida eterna. En todos los países y lenguas brotaron las ediciones de la Biblia como las hierbas y flores al principiar la primavera. Desde entonces ha sido imposible, y lo será para siempre, el robar a la humanidad esta palabra eterna: el Evangelio de salvación. ¡Debemos dar las gracias al Señor por estos beneficios todos los que tenemos y conocemos su Palabra! En el castillo de Wartburg Lutero tradujo solamente el Nuevo Testamento, que después de su vuelta a Wittemberg corrigió con ayuda de Melanchton, e hizo imprimir en el año 1522. En 21 de Septiembre apareció la primera edición completa, tres mil ejemplares, con el sencillo título de El Nuevo Testamento en alemán. Ningún nombre de hombre se añadió. Desde aquel momento cualquier alemán podía comprar la Palabra de Dios por tres pesetas. El éxito de este trabajo sobrepujó todas las esperanzas. En poco tiempo se agotó completamente la primera edición, y fue preciso que la segunda apareciese ya en Diciembre. En el año 1533 existían ya cincuenta y ocho diferentes ediciones del Nuevo Testamento traducido por Lutero. Todos los que conocían el alemán, nobles y plebeyos, los artesanos, las mujeres, todos leían el Nuevo Testamento con el más ferviente deseo -dice un católico contemporáneo de la Reforma, Cochleus. Lo llevaban consigo a todas partes; lo aprendían de memoria; y hasta gente sin gran instrucción se atrevía, fundando en las Sagradas Escrituras su conocimiento, a disputar acerca de la fe y del Evangelio con sacerdotes y frailes, y hasta con profesores públicos y doctores en teología.

La Salida de Lutero del Castillo de Wartburg.


Durante el tiempo que Lutero paso en el Castillo se dio varios eventos que alteraron el rumbo de la iglesia cristiana. A parte de sus escritos y su obra de traducción del Nuevo Testamento al alemán, también opino acerca de otras costumbres católicas como la misa, las imágenes y el celibato. En cuanto a las misas e imágenes no dio su repudio, sino dijo que antes de querer cambiar las cosas externas debería cambiarse las internas, el corazón, y tener una fe sincera delante de Dios. Con el tiempo estuvo de acuerdo que los sacerdotes podían tener la oportunidad de casarse y ejercer cardos de pastorear una grey. Además de esto también se dieron problemas en Alemania ya que en ausencia de Lutero algunos fanáticos comenzaron a causar disturbios en nombre de la Reforma, profanando iglesias católicas y destruyendo imágenes lo cual puso en peligro que la Reforma se convirtiera en una protesta violenta en lugar de espiritual y doctrinal. Por tal motivo Lutero decidió abandonar el castillo el 8 de Marzo de 1522 y dirigiéndose a Wittemberg comenzó a predicar por espacio de 8 días bajando así los ánimos de aquellos fanáticos y mostrando el verdadero espíritu de la Reforma. Los sermones de Lutero son modelos de elocuencia religiosa y popular. En sus sermones no pronunció palabra injuriosa contra los autores de los tumultos; cuanto más se atemperó a este modo de proceder, tanta más eficacia tenía la verdad. Ni aún en Worms se había mostrado más grande. Los ánimos se calmaron, las ideas confusas se aclararon, y pronto echó fuera de las puertas de Wittemberg a todos aquellos fanáticos con la influencia de su predicación. Terminada esta crisis, la Reforma pudo desenvolverse con más tranquilidad exterior de lo que pudo esperarse en un principio. Los edictos de Worms llegaron a ser ejecutados sólo en una pequeña parte de Alemania. El Papa León X, que había excomulgado a Lutero, murió. El emperador Carlos V tuvo que volver a España por rebeliones que en ésta habían estallado. Además, penetraron los turcos en Hungría y el representante de Carlos, su hermano Fernando, trató de ganarse la buena voluntad de los estados alemanes para que le ayudasen contra ellos, dejándoles más libertad en la cuestión religiosa, y muchísimos aprovecharon esta ocasión para introducir la Reforma en sus dominios. De este modo, la Reforma, que hasta la Dieta de Worms fue obra personal, por decirlo así, de Lutero, tomó desde entonces carácter público y fue representada por los estados mismos. Esto era lo que Lutero deseaba, aunque no pareciese favorable para su propia autoridad y gloria, porque tenía por lema aquella palabra célebre de Juan Bautista: Él debe crecer y yo menguar.


Castillo
Castillo de Wartburg

Actividad y trabajos de Lutero en los años siguientes hasta la dieta de Augsburgo.


Un episodio muy triste fue la llamada guerra de los campesinos, de la cual se ha querido culpar a la Reforma, aunque sin razón, pues ya en el año 1491 los campesinos se habían revelado en los Países Bajos; en 1503, en las cercanías de Suiza; en 1513 y 1514, en el Sur de Alemania, y en 1515, en Carintia y Hungría. Estas rebeliones fueron originadas en su mayor parte por las inauditas opresiones que sufrían los pobres labradores de parte de los príncipes, nobles y clérigos, a lo cual se unía la agitación que la Reforma había llevado a todas las clases de la sociedad. Las nuevas doctrinas de libertad que Lutero y sus amigos entendían espiritualmente, los campesinos las tomaron en sentido político o carnal según la expresión de Lutero y los esfuerzos por reformar y renovar las condiciones actuales, en vez de ser dirigidos por hombres prudentes y sabios hacia el bien, fueron dirigidos por gente apasionada y malvada de una manera violenta y perversa. Ante esta situación Lutero se pronunció en contra no solo de los opresores, sino también de los campesinos asesinos que provocaban la revuelta, dejando muy en claro que su persona no tomaba parte de ningún partido. Mientras Lutero luchaba así en la política, también el ataque se levantó de sus enemigos religiosos. El ataque del Papa y sus secuaces no le extrañó; pero no había esperado nunca tener que habérselas con un rey. Enrique VIII de Inglaterra, habiendo compilado de libros viejos uno nuevo, ofreció al mundo la Defensa de los siete sacramentos contra Martín Lutero. El escrito de Enrique VIII estaba lleno de insultos y acusaciones en contra de Lutero y buscaba ganar el favor papal, sin embargo, Lutero refuto cada uno de sus argumentos con un espíritu vehemente que el rey no pudo refutarle nada en el futuro. Pocos años después Lutero se enteró que el rey Enrique se había convertido por lo que le escribió una carta, declarando que, a la verdad, no podía ni quería conceder nada en cuanto a la doctrina, pero le pedía perdón con noble humildad y respeto por algunas expresiones demasiado fuertes y ofensivas que había usado. Mas sólo obtuvo de Enrique por contestación otro libelo más infamatorio y denigrante. Lo notable es, que aquel defensor de la fe católica romana rompió más tarde enteramente con el Papa y le atacó como lo había hecho antes con Lutero. Él fue el que libero, aunque no por motivos nobles y puros, a Inglaterra del dominio del Papa.

También en este periodo Lutero conoció al célebre Erasmo (nacido en Rotterdam en 1463 y fallecido en Basilea en 1536), el más famoso literato de aquellos tiempos. Hasta entonces no se había decidido ni en pro ni en contra de la Reforma. Estimaba mucho a Lutero por sus conocimientos y franqueza; se alegraba del progreso que hacían las letras como consecuencia de la Reforma. Tampoco quería defender al papismo con sus abusos, vicios y supersticiones. Mas siendo racionalista en el fondo, no comprendió la fuerza, decisión e intransigencia con que Lutero y sus amigos combatían todo el sistema romano; pues varias doctrinas, por ejemplo, la de las buenas obras y del mérito del hombre, le parecían muy convenientes y más razonable que la de la justificación por gracia. Lo que él prefería era el término medio, ignorando que no lo hay entre la verdad y el error: anhelaba una reforma, sí, mas sólo de los abusos y doctrinas supersticiosas, dejando el fondo integro e intacto; olvidando aquella máxima: el árbol malo no puede llevar frutos buenos. Sin embargo, Lutero llego a tener diferencias doctrinales con Erasmo, especialmente con la doctrina del libre albedrío donde Erasmo afirmaba que todo hombre posee la capacidad de escoger entre el bien y el mal, pero Lutero lo contradijo afirmando que en su estado natural el hombre es malo e incapaz de escoger el bien y que solo la conversión a Cristo podía ayudarle a esto. También sostuvo fuerte debates con el teólogo Ulrico Zwinglio, de Zurich, que había comenzado la Reforma en la Suiza al mismo tiempo que Lutero en Alemania. La controversia se dio especialmente con la doctrina de la santa cena, donde afirmaba que el pan y el vino no se convertían literalmente en la carne y sangre de Jesús, sino solo eran un símbolo de ello, sin embargo, Lutero se pronunció en contra afirmando que la misma presencia de Cristo esta en los elementos del pan y el vino, aunque negaba que estos se convertían en carne y sangre literalmente como la doctrina católica afirma donde el cuerpo de Cristo es sacrificado en cada misa. También hubo disputas entre ambos reformadores en cuanto al bautismo. Para Lutero era necesario continuar bautizando infantes, Ulrico lo rechazo. Así este tiempo se caracterizó en fuertes luchas de carácter doctrinal, incluso entre los mismos reformadores.


Lutero-Zwinglio
Debate doctrinal entre Lutero y Zwinglio

                    
Además de todo esto Lutero se conoció por su desagrado a los judíos, esto por supuesto no es algo que hable muy bien de su persona. Aunque Lutero decía que su visión de los judíos era puramente teológica, trascendió como racista y padre de la iglesia antisemita. Aun Adolfo Hitler citaba a Lutero, y los socialistas de su país lo llamaron "un genuino alemán que odiaba a las razas no nórdicas.  Por lo demás, Lutero mismo, a pesar de insistir sin vacilar en sus opiniones, siempre permaneció muy modesto en cuanto a sí mismo; lejos de querer establecer él una nueva Iglesia y darle su nombre, escribió un día: “No debes llamarte luterano: ¿qué es Lutero?, ni es la doctrina mía; ruego que se calle mi nombre, y no se llamen luteranos, sino cristianos. Extirpemos los apelativos de partido; llamémonos cristianos, pues que profesamos la doctrina de Cristo. Ni soy ni quiero ser maestro de nadie”. Sin desfallecer se ocupó en este tiempo, como ya hemos dicho, en la traducción de la Biblia. Escribió además varios tratados, a fin de instruir al pueblo sobre los errores del papado y sobre la pura doctrina evangélica. En el 1527 dio al pueblo alemán el primer himnario, titulándolo Primera Colección de Canciones Espirituales y Salmos. La mayor parte de estos himnos son aún hoy día muy conocidos y amados en Alemania; muchos de ellos han sido traducidos a otras lenguas. Conforme paso el tiempo Lutero también lucho porque se estableciesen escuelas en toda Alemania con el fin de educar a los jóvenes lo cual según él los volvería personas más sencilla y capaces de ayudar a la nación, aunque realmente tuvo bastantes dificultades para hacer realidad esta iniciativa ya que el gobierno alemán invertía en otras infraestructuras, pero menos en la educación de la gente. No obstante, todo cambió radicalmente para la Reforma ya que El 5 de mayo de 1525 el príncipe elector Federico el Sabio falleció, sucediéndole su hermano Juan, llamado el Constante, el cual tomó parte activa en la Reforma. Ya en ese mismo año de 1525 mandó este príncipe que todos los predicadores introdujesen en el culto la llamada misa alemana, redactado por Lutero en la cual se conservaba mucho de la misa anterior; pero abrogaba enteramente el sacrificio de la misma, y el uso de la lengua latina; y acentuaba como lo más importante la predicación del Evangelio. Además, ordenó que se predicase exclusivamente la pura Palabra de Dios, para lo cual se dio a luz un sermonario redactado por Lutero, que sirviese de guía a los menos instruidos. Con el tiempo la iglesia alemana fue convirtiéndose en una institución que ya no estaba regida por las tradiciones de Roma y por el papa, y a pesar de ser un grupo de iglesias independientes, todas estaba ligada a la misma confesión de fe, y sus predicadores poco a poco llegaron a ser personas respetables y diligentes en esta noble tarea. Con estas nuevas instituciones se llevó a cabo el establecimiento de la Reforma en la Sajonia, Hesse, Anhalt, Luneburgo y muchas ciudades libres; Prusia, Dinamarca, Suecia, Noruega, casi todo el norte de Alemania y de Europa llego abrazar la fe en Jesús desligándose completamente de la Iglesia Católica. Así la Reforma protestante llego a su clímax.

El matrimonio, la vida privada de Lutero y su muerte.


El año 1524 Lutero se despojó de su vestido de fraile y empezó a usar la toga negra de catedrático y vivió solo en el convento ya que los otros frailes lo habían abandonado y fue allí cuando muchos comenzaron a insistirle que se casara, tal y como él les había recomendado a otros, pero no había aceptado. Muchas veces pasaba solo en el convento, se iba cansado a la cama después de un duro día de trabajo sin nadie que lo esperase y en ocasiones se reunía con sus amigos a beber cerveza y tocar el laúd por lo cual era criticado, pero finalmente conocio a la persona adecuada y fue así cuando el 13 de Junio de 1525 casó con Catalina de Bora. No era él el primero de los hombres más importantes de la Reforma que a la predicación de la palabra añadían el propio ejemplo, para confirmar la verdad de que el matrimonio es una santa institución divina, y que la doctrina del celibato de los sacerdotes es un engaño del diablo (1ª. Timoteo, 4, 1-3). En Suiza, Ulrico Zwinglio y León Iudae vivían ya en matrimonio santo y bendito. En Strasburgo, Capitón había seguido el ejemplo de Butzer, y Matías Zelí se había casado con Catalina Schulz, la cual, bajo el nombre de Catalina Zelí, se ha hecho muy conocida como una de las mejores esposas de pastor. Y en Wittemberg mismo, los dos pastores Justo Jonas y Juan Bugenhagen, que Lutero convidó como testigos a su casamiento, estaban casados ya hacía años. Pero que ahora, en medio de un tiempo tan excitado por la guerra de los campesinos, el hombre más importante de la Reforma entrase en el matrimonio, significaba un cambio completo en la vida de los ministros de la palabra y una influencia profunda en la vida del pueblo entero; porque el matrimonio de Lutero no procedió, como calumniosamente y sin ninguna prueba dicen sus enemigos, del deseo de hacer más grata su vida privada. El matrimonio de Lutero fue un hecho con el cual quería él defender la Palabra y orden de Dios en contra de la ordenanza y desorden del Papa. Dice que el celibato clerical no es un estado sagrado, porque le falta la consagración de la conformidad con la Palabra de Dios, mientras el matrimonio que tiene esta conformidad es por lo mismo en verdad un estado sagrado; y da precisamente en el blanco, cuando pone en contraposición, por una parte, los pecados abominables con los cuales puede un sacerdote quedar en su estado sacerdotal, y por otra la santa y divina institución del matrimonio que, según la doctrina romana, destruye el sacerdocio: Ningún pecado y vergüenza, por grande que sea ni por muchas veces que sea practicado en todo el mundo, les impide ser y hacerse sacerdotes con la sola excepción del santo matrimonio, al cual ellos mismos llaman y confiesan ser un sacramento e institución divina. Lutero tuvo de Catalina seis hijos, de los cuales dos murieron muy niños. Así fue la vida de Martin Lutero, vivió felizmente casado, tuvo hijos, continuo enseñando la palabra de Dios, muchas veces tenía el temor que el papa lo capturara y lo quemara vivo, pero eso nunca paso ya que Dios lo protegió hasta que finalmente murió. Se cuenta que a sus 76 años de edad predico su ultimo sermón que título: “Escondiste estas cosas de los sabios y se las revelasteis a los niños”.

Muerte-Lutero
Muerte de Martin Lutero

                El 17 de febrero de 1546 su salud llego a empeorar tanto que quedó confinado a la cama donde oró continuamente y habló de la eternidad a quienes lo rodeaban. Por la noche, muy tarde, sintiendo una gran opresión en el pecho, oró con estas palabras: “Te ruego, mi Señor Jesucristo, recibe mi alma. Oh, Padre celestial, aunque sea arrancado de esta vida, sé de seguro que habitaré contigo para siempre”. Entre las dos y las tres de la madrugada del 18 de febrero de 1546, Lutero cerró los ojos y abandonó esta Tierra para ir con el Señor. Su cuerpo fue colocado en un ataúd de plomo, y fue sepultado en Wittenberg con los mayores honores. Aún descansa al pie del púlpito de la iglesia en cuya puerta clavó las Noventa y Cinco Tesis.
Esta iglesia se convirtió en la Abadía de Westminster de la Iglesia Luterana. En 1760 las puertas de madera originales se quemaron en la Guerra de los Siete Años. En 1812 se colocaron en su lugar puertas de bronce, 103 y las Noventa y Cinco Tesis de Lutero fueron grabadas en ellas. Así murió uno de los principales percusores de la reforma, su obra permanecerá mientras dure el mundo, porque La Palabra de Dios es la doctrina de Lutero y por eso no perecerá jamás.