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sábado, 20 de febrero de 2016

La Verdadera Fe no descansa el Sábado (Juan 5:10-18)

“Entonces los judíos dijeron a aquel que había sido sanado: Es día de reposo; no te es lícito llevar tu lecho. Él les respondió: El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda. Entonces le preguntaron: ¿Quién es el que te dijo: Toma tu lecho y anda? Y el que había sido sanado no sabía quién fuese, porque Jesús se había apartado de la gente que estaba en aquel lugar.  Después le halló Jesús en el templo, y le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor. El hombre se fue, y dio aviso a los judíos, que Jesús era el que le había sanado. Y por esta causa los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en el día de reposo. Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo. Por esto los judíos aún más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios”.
Juan 5:10-18

INTRODUCCIÓN


                 La historia del paralitico de Betesda continua hasta el versículo 18 de donde podemos seguir aprendiendo aún más principios bíblicos. En esta ocasión vemos el choque que Jesús tuvo con los líderes religiosos de su tiempo y la gran diferencia que hay entre el amor y la misericordia de Dios, versus las frías reglas de una religión orientada a la observancia de las mismas antes que a la compasión por sus semejantes. La confrontación tiene lugar en día de reposo el cual corresponde a día sábado, y no será la primera vez que esto a de ocurrir lo cual enfurece en gran manera a los fariseos los cuales se jactaban de ser los guardianes de la ley, ignorando que allí se encontraba el Señor del mismo sábado y de todos los días de la semana.

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La Verdadera Fe no descansa el Sábado

UNA RELIGIÓN QUE CARGA A LAS PERSONAS


“Entonces los judíos dijeron a aquel que había sido sanado: Es día de reposo; no te es lícito llevar tu lecho. Él les respondió: El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda. Entonces le preguntaron: ¿Quién es el que te dijo: Toma tu lecho y anda? Y el que había sido sanado no sabía quién fuese, porque Jesús se había apartado de la gente que estaba en aquel lugar”.
Juan 5:10-13

                 Después de su sanidad Jesús le ordeno al paralitico que tomara su lecho y se fuera, y como ya lo vimos este obedeció, sin embargo, todo esto sucedió en el día sábado de tal forma que cuando los líderes religiosos se dieron cuenta que aquel hombre cargaba su lecho lo amonestaron sin mayor consideración: Entonces los judíos dijeron a aquel que había sido sanado: Es día de reposo; no te es lícito llevar tu lecho. El término judío utilizado aquí por Juan es una referencia no a la nacionalidad de estos, sino más bien se usa para referirse a los líderes religiosos, posiblemente los fariseos. El día sábado tiene una raíz hebrea que proviene de la palabra shabbat (שַׁבָּת) que en el griego aparece con el nombre de sábbaton (σάββατον) y se refiere al séptimo día de la semana. La observancia del día sábado obedecía al cuarto mandamiento que decía: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo”, (Éxodo 20:8), sin embargo, desde el principio a Israel le costó obedecer este mandamiento. Por ejemplo podemos ver el caso de aquel hombre sorprendido en un día sábado recogiendo leña el cual fue condenado a muerte: “Estando los hijos de Israel en el desierto, hallaron a un hombre que recogía leña en día de reposo… Y Jehová dijo a Moisés: Irremisiblemente muera aquel hombre; apedréelo toda la congregación fuera del campamento”, (Números 15:32, 35). Antes de la invasión babilónica y la destrucción de Jerusalén, uno de los pecados que trajo el juicio de Dios sobre ellos fue el no guardar el sábado: “Así ha dicho Jehová: Guardaos por vuestra vida de llevar carga en el día de reposo, y de meterla por las puertas de Jerusalén. Ni saquéis carga de vuestras casas en el día de reposo, ni hagáis trabajo alguno, sino santificad el día de reposo, como mandé a vuestros padres. Pero ellos no oyeron, ni inclinaron su oído, sino endurecieron su cerviz para no oír, ni recibir corrección”, (Jeremías 17:21-23). También en tiempos post-exilio babilónico, los judíos no guardaban el sábado por estar comerciando con los incrédulos: “Sucedió, pues, que cuando iba oscureciendo a las puertas de Jerusalén antes del día de reposo, dije que se cerrasen las puertas, y ordené que no las abriesen hasta después del día de reposo; y puse a las puertas algunos de mis criados, para que en día de reposo no introdujeran carga. Y se quedaron fuera de Jerusalén una y dos veces los negociantes y los que vendían toda especie de mercancía”, (Nehemías 13:19-20). Por eso, para el tiempo de Jesús los fariseos eran los vigilantes que esta ley se cumpliera, pero llevaron las cosas al extremo. En el Mishna los rabinos habían establecido al menos 39 reglamentos que regulaban dicha ley. Por ejemplo se prohibía que se llevaran zapatos clavados (porque el clavo era una carga), que un solo hombre cargara pan (se permitía que lo cargaran dos hombres), que se usara muleta, que la mujer cargara bolsa, que llevara aguja en la ropa, y aun discutían si era lícito llevar pierna de madera o dientes postizos. Aquel hombre que había sido sanado tendría que quedarse acostado sobre su lecho todo el día si no quería que nadie se lo robase. Aquí vemos lo ridículo que era la interpretación de esta sagrada ley convirtiendo un día de meditación y descanso en el Señor en una terrible e insoportable carga.

UNA RELIGIÓN SIN COMPASIÓN


“Después le halló Jesús en el templo, y le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor. El hombre se fue, y dio aviso a los judíos, que Jesús era el que le había sanado. Y por esta causa los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en el día de reposo”.
Juan 5:14-16

                Posteriormente Jesús vuelve a encontrarse con aquel hombre que había sanado en el estanque de Betesda: Después le halló Jesús en el templo, y le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor. Es increíble pensar en lo que este segundo encuentro significa. Jesús lo había sanado, pero su obra redentora no estaba completa, sin embargo, ahora aquel hombre estaba en el Templo agradecido con Dios por su sanidad preguntándose quién era aquel que lo había sanado, su atención estaba hacia aquel hombre santo que lo había librado de su parálisis de 38 años. Vemos aquí otro método utilizado por Jesús para salvar almas. Ya vimos la forma de cómo evangelizó a Nicodemo y a la mujer Samaritana, pero ahora por medio de solventar una gran necesidad capta el interés de este hombre el cual en este momento está presto para escuchar su mensaje de salvación. Su mensaje fue corto pero efectivo: no peques más, para que no te venga alguna cosa peor. Es obvio que aquel que había recibido la sanidad estaba dispuesto a obedecer cualquier cosa que su sanador divino le dijera. A veces Dios puede actuar de esta manera, solventando grandes necesidades en las vidas de las personas las cuales en agradecimiento terminan entregándose a Él. Cuando aquel hombre se enteró que Jesús era el que lo había sanado y estaba en el templo corrió a los líderes religiosos para avisarles pero estos últimos no lo vieron con agrado: El hombre se fue, y dio aviso a los judíos, que Jesús era el que le había sanado. Y por esta causa los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en el día de reposo. El enojo de los judíos no solo era por la orden que Jesús le había dado al hombre de cargar su lecho sino también por la sanidad realizada en el día sábado. De acuerdo a sus interminables tradiciones era completamente prohibido sanar en sábado porque se consideraba trabajo, y si alguien estaba herido, solo se podía asistir colocándole vendas pero no ungüentos y mucho menos tratar de sanar, se tenía que asistir con los requerimientos mínimos para que la persona no muriera. El cumplimiento de esta regla judía era un completo contraste entre una hueca e insensible religión versus la compasión que Dios espera que habite en el corazón del hombre.

LA VERDADERA FE NO DESCANSA


“Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo. Por esto los judíos aún más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios”.
Juan 5:17-18

                  La declaración de Jesús hacia estos judíos nos arroja dos revelaciones importantes. Por un lado la verdadera fe no descansa nunca: Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo. Cuando Dios creo los cielos y la tierra, y todo lo que en ella habita incluyendo al hombre, lo hizo en seis días, y santifico el séptimo porque en él descanso de toda su obra: “Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación”, (Génesis 2:2-3). Sin embargo, este reposo fue terminado por causa del pecado de Adán y Eva y a partir de allí el Señor inicio su trabajo por redimir a la humanidad, y ahora allí estaba Jesús realizando su obra salvífica. Ahora, el reposo no se refería a abstenerse de trabajo para no realizar nada, sino más bien el énfasis estaba en separar ese día para acercarse a Dios en una actitud de adoración y justicia, amando a su prójimo y testificando del amor de Dios. Una forma de expresar este amor de Dios es ayudando a los necesitados. Por 38 años aquel pobre hombre había estado atado en sufrimiento a una terrible parálisis y finalmente Jesús lo había liberado de su azote lo cual tuvo que haber sido motivo de alegría para los piadosos de Jerusalén; pero al contrario, en lugar de eso se molestaron. El énfasis de Dios siempre ha sido la compasión y espera que sus seguidores lo imiten en esta noble característica que evidencia a toda persona de fe. Por eso Santiago nos dice que la verdadera religión nunca desliga la santidad (que es resultado de la obediencia a su palabra) de la compasión de los demás, sin importar el día en el que se encuentre: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo”, (Santiago 1:27). Como hijos de Dios nuestra compasión hacia los demás no puede estar limitada a ciertos días de la semana y el Señor jamás establecerá reglas que limiten el hacer el bien a los demás. Esto era algo que aquellos judíos no entendían.


                En segundo lugar, la declaración de Jesús es una contundente afirmación de su divinidad al llamar a Dios su Padre lo cual generaba el odio de los judíos: Por esto los judíos aún más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios. Hasta el momento nadie se había atrevido a llamar a Dios Padre, pero fue Jesús el primero en hacerlo y posteriormente la iglesia adopto este nombre para referirse a la primera persona de la divinidad. Para los judíos llamar a Dios Padre era un atrevimiento, pero Jesús lo hacía porque era el verdadero Hijo de Dios, y que bueno es saber que ahora nosotros también podemos adjudicarnos ese título al ser redimidos por Él: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”, (Juan 1:12-13). No olvidemos que el objetivo principal del apóstol Juan al presentarnos este hermoso evangelio es demostrar la divinidad de Jesús, y está a quedado demostrada a través de su autoridad para sanar y las declaraciones de su propia boca. Por tanto, hoy podemos aprender que la verdadera fe debe estar acompañada de la compasión hacia los demás y que tenemos un Padre celestial que nos ha hecho sus hijos a través de Cristo Jesús, el verdadero Hijo de Dios.


Nuestro esfuerzo que acompaña a nuestra fe (Juan 5:1-9)


“Después de estas cosas había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén. Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos. En éstos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua. Porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque, y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese. Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano? Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo. Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo. Y era día de reposo aquel día”.
Juan 5:1-9

INTRODUCCIÓN


               Después de su visita a Galilea y de sanar al hijo del noble funcionario, el apóstol Juan nos transfiere nuevamente a Jerusalén, al tiempo de una fiesta judía, para presenciar el tercer milagro de este evangelio. No olvidemos que el énfasis de cada milagro es demostrar la divinidad de nuestro Señor Jesucristo. Es interesante ver el mapa y considerar las grandes distancias que Jesús recorría al trasladarse de Jerusalén a Galilea, pasando por Samaria, especialmente cuando no existían medios de transporte como los que hoy conocemos. Su principal preocupación fue llevar el evangelio a todo Israel, y para ello viajo infatigablemente por la tierra de Palestina, sus tres años de ministerio fueron incansables, sus días fatigosos, pero todo lo hizo con tal de cumplir la misión que su Padre celestial le encomendó.


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Mapa de Palestina en tiempos de Jesús


Esta historia es única del evangelio según Juan y es una hermosa pieza bíblica que nos enseña que si bien es cierto los milagros de Dios no requieren más que nuestra fe, también hay ocasiones donde nuestra intervención y esfuerzo es necesario para activar la mano del Señor a nuestro favor. Este milagro comprobara una vez más la autoridad que tiene nuestro Señor para sanar a los enfermos y despertará la molestia de los religiosos judíos al realizarlo en el día de reposo, es decir, sábado.

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El paralítico de Betesda 

EL ESTANQUE DE BETESDA


“Después de estas cosas había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén. Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos. En éstos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua. Porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque, y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese”.
Juan 5:1-4

                 El evangelista nos detalla que fue durante una fiesta de los judíos que Jesús decidió subir a Jerusalén. Los judíos tenían tres festividades importantes, la Pascua, Pentecostés y la fiesta de los Tabernáculos. Para aquellos que vivían en los alrededores de Jerusalén era prácticamente obligatorio el participar de estas fiestas, y nuestro Señor Jesús también lo hacía, lo cual nos muestra su profundo respeto a ellas. Algunos dicen que no se puede decir a ciencia exacta qué tipo de fiesta se está refiriendo Juan, aunque muchos opinan que se trataba de una pascua lo cual significa que el capítulo 5 marca el fin del primer año de ministerio de nuestro Señor Jesús. Si recordamos un poco Jesús había subido de Galilea a Jerusalén y había llegado cerca de la puerta de las ovejas donde se nos dice que existía un estanque llamado Betesda el cual tenía cinco pórticos. La palabra griega de donde se traduce estanque es kolumbézra (κολυμβήθρα), palabra que denota un estanque profundo donde se pueden sumergir y nadar. En cuanto al nombre del estanque, la Reina Valera lo traduce como Betesda, pero su deletreo es muy discutido entre los eruditos bíblicos, de hecho se traduce en la mayoría de textos de la palabra Bezesdá (Βηθεσδά), de allí que algunas traducciones lo presentan con este nombre o el de Betzatá. Sin embargo, los rollos del Mar Muerto que encontraron en Qumrán favorecen más el nombre de Betesda. El significado que se le da a Betesda es casa de misericordia.

                El versículo 3 nos dice que alrededor del estanque yacían una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos que esperaban el movimiento del agua. Ahora bien, el versículo 4 nos aclara la razón por la cual esta gran multitud de enfermos estaban alrededor del estanque: Porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque, y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese. Este versículo en específico no aparece en los textos originales más tempranos, es por ello que no aparece en algunas versiones como la Nueva Versión Internacional, Dios Habla Hoy versión 2002, Contempory English Version, Standard English Version, Torres Amat, entre otras. Es posible que este versículo no haya estado en el texto original y que más tarde se haya introducido con el fin de explicar la razón por la cual los enfermos solían yacer alrededor del estanque: esperar que el ángel agitase el agua para descender primero y ser sanado. Vemos en estos versículos un poco de superstición en las creencia de aquellos que esperaban el movimiento de las aguas por parte del ángel para ser sanados, posiblemente influenciada por las costumbres paganas de las otras naciones que creían que existían lugares sagrados donde los dioses sanaban sus enfermedades. En Pérgamo existía un templo dedicado al dios Esculapio donde las personas viajaban de todas partes y sus enfermos yacían tendidos alrededor de sus columnas; esperando ser sanados. Por todas partes se oían historias donde algunos habían recibido sanidad, y de alguna manera esta creencia había alcanzado a los judíos que creían que el estanque de Betesda tenía algo milagroso. El hecho que este versículo aparezca aquí no significa que realmente Dios mandaba un ángel para que esto sucediera, más bien se trataba de supersticiones, y por otro lado, los rabinos de Jerusalén nunca apoyarían tal creencia. Aunque esta historia tiene más de 2000 años, increíblemente siguen existiendo este tipo de creencias religiosas donde las personas visitan lugares e ídolos que poseen la fama de realizar milagros, ignorando que solamente Dios tiene el poder de sanar y que su benevolencia no se limita a un lugar o rito específico.

EL ESFUERZO QUE DEBE ACOMPAÑAR A NUESTRA FE


“Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano? Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo. Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo. Y era día de reposo aquel día”.
Juan 5:5-9


            Aquí vemos a un hombre paralítico, el cual tenía 38 años de estar sufriendo de este padecimiento. Si uno considera esto, el hombre era paralitico incluso desde ante que Jesús naciera, toda su vida había vivido en esta condición y había acudido al estanque con la esperanza de recibir la sanidad. Jesús en su omnisciencia lo conocía, y sabía su condición y así se dirigió directamente a él. Contrario al milagro del noble funcionario del capítulo anterior quien fue el que lo busco, aquí Jesús decide buscar a este hombre necesitado diciéndole: ¿Quieres ser sano? Al parecer el paralitico ignoraba quien era aquel quien le hablaba ya que de lo contrario le hubiera rogado de inmediato que lo sanara; pero en lugar de esto le dijo: no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo. En un tiempo pasado muchos éramos como este hombre, no sabíamos quién era realmente Jesús, y buscábamos la respuesta de nuestras necesidades en otros lugares, ignorando que Jesús podía cambiar nuestras vidas. Como a este hombre, Jesús nos ofrecía su bondad, pero muchos no dimensionábamos quien realmente era Él. Ahí estaba aquel que tenía el poder para sanarlo, y el paralitico lo ignoraba. Jesús inmediatamente le dice: Levántate, toma tu lecho, y anda. De alguna manera la autoridad con la cual Jesús le hablo al paralitico le infundio fe para obedecer la orden de levantarse, tomar su lecho y andar. Hasta cierto punto la orden que Jesús le daba al paralitico era muy osada. Le pedía que se levantara, cuando tenía 38 años de estar lisiado, además le decía que aquel lecho sobre el cual se recostaba, ahora lo tomara y cargara con él. Aquí vemos algunos elementos preciosos que deben acompañar a nuestra fe. Por un lado fue obediente a la palabra de Jesús, y no solo eso, sino que mostró empeño y esfuerzo para obedecer la orden divina. Es hasta cierto punto pedirle a una persona que tiene 38 años de estar paralitico que se levante, eso requiere un gran esfuerzo físico, pero esto era necesario para acompañar la fe y obtener el milagro. Así nosotros debemos acompañar nuestra fe de esfuerzo y dedicación, a veces los milagros vienen casi en el momento que se los pedimos al Señor, pero otras requieren de nosotros paciencia y perseverancia en la oración, acudir con fidelidad al templo sin importar el clima, el cansancio después del trabajo o cualquier día exhaustivo. Simplemente tenemos que esforzamos y el resto lo hará nuestra fe. Aquel hombre creyó, obedeció y se esforzó para ponerse de pie contra todo pronóstico y fue sanado: Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo. El Apóstol Juan fue especifico al decirnos que este milagro ocurrió en el día de reposo, es decir, sábado, detalle que nos ayudará a comprender la siguiente sección de versículos que nos habla de la oposición que recibió de los líderes religiosos de Jerusalén.

Las recompensas para los que reciban a los Mensajeros del Rey (Mateo 10:40-42)


“El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá. Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa”.
Mateo 10:40-42

Introducción

                Llegamos los últimos versículos del capítulo número 10 de este bendito evangelio. Si retrocedemos y recordamos un poco la temática que el apóstol Mateo viene tratando, este capítulo ha girado alrededor de la elección de los doce apóstoles y las instrucciones personales dadas por el mismo Jesús a los mensajeros del Rey. Ya Jesús ha sido sincero al decirles a sus discípulos que la tarea que realizaran no será fácil, y a lo mejor muchos perderán la vida por esta encomienda, pero también les dice que su sacrificio no es en vano. En esta ocasión concluirá explicando las recompensas que les espera a aquellos que en su nombre anuncien el mensaje del evangelio, así como aquellos que los reciban.



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Las recompensas para los que reciban a los Mensajeros del Rey

¿A quién realmente se recibe?


“El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió”.
Mateo 10:40

                  Los antiguos rabinos enseñaban que cuando un discípulo iba en nombre de su sabio maestro, era equivalente a que fuera en persona el que lo enviara, de tal manera que aquellos que lo recibían, recibían al propio maestro, y toda la hospitalidad que realizaban con el discípulo, se lo hacían al mismo maestro. Esto mismo es lo que ocurre con los mensajeros del Rey: El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. Todo aquel que recibe a un mensajero del evangelio está recibiendo al mismo Jesús, así como todo aquel que recibe a Jesús en su corazón recibe al mismo Padre celestial.  Por otro lado, así como Jesús fue enviado a este mundo por el Padre a realizar su obra expiatoria, así los mensajeros del evangelio han sido enviados por Jesús, no a hablar en su propio nombre, sino en el nombre de Jesús, de tal forma que todo lo que estos anuncian, anuncian las palabras del mismo Cristo. Por eso a estos doce los llamo apóstoles, del griego apóstolos (ἀπόστολος) que significa enviados, porque es Jesús quien los comisiono para tal obra, y no solo a ellos, sino a todos cuanto Él llame.

Las recompensas prometidas


“El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá. Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa”.
Mateo 10:41-42

               Obviamente el profeta es aquel mensajero que habla en nombre de Dios, y todo aquel que lo recibe tendrá la recompensa de profeta. El hecho de decir que los que reciban a los profetas recompensa de profeta recibirá, significa que tanto los mensajeros del Rey como aquellos que los apoyen en su labor evangelizadora serán recompensados.  El recibir a un profeta se refiere a la hospitalidad que se les brindaba a estos. La hospitalidad era la virtud de albergar al viajero o forastero en su casa. En la época del Antiguo Testamente esta práctica era muy común, especialmente si recordamos que los antiguos patriarcas vivían en medio de desiertos. Entre las amonestaciones de Isaías al pueblo estaba la práctica de la hospitalidad: “¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano?”, (Isaías 58:7), también vemos esta característica cuando Abrahán salió corriendo a recibir a los tres visitante celestiales: “Después le apareció Jehová en el encinar de Mamre, estando él sentado a la puerta de su tienda en el calor del día. Y alzó sus ojos y miró, y he aquí tres varones que estaban junto a él; y cuando los vio, salió corriendo de la puerta de su tienda a recibirlos, y se postró en tierra”, (Génesis 18:1-2). También los familiares de Rebeca hicieron uso de la hospitalidad cuando atendieron al siervo de Abrahán cuando este andaba buscando mujer para el hijo de su amo: “Y cuando vio el pendiente y los brazaletes en las manos de su hermana, que decía: Así me habló aquel hombre, vino a él; y he aquí que estaba con los camellos junto a la fuente. Y le dijo: Ven, bendito de Jehová; ¿por qué estás fuera? He preparado la casa, y el lugar para los camellos”, (Génesis 24:30-31). También Lot uso de su hospitalidad cuando albergo en su techo a los ángeles que habían llegado a Sodoma: “Llegaron, pues, los dos ángeles a Sodoma a la caída de la tarde; y Lot estaba sentado a la puerta de Sodoma. Y viéndolos Lot, se levantó a recibirlos, y se inclinó hacia el suelo,  y dijo: Ahora, mis señores, os ruego que vengáis a casa de vuestro siervo y os hospedéis, y lavaréis vuestros pies; y por la mañana os levantaréis, y seguiréis vuestro camino”, (Génesis 19:1-2).  Y así podemos encontrar muchos ejemplos más, y de hecho, vemos como Jesús gozo de la hospitalidad en su tiempo al ser invitado a los hogares de aquellos que disfrutaban de su presencia y también en el Nuevo Testamento se ve la hospitalidad como un virtud indispensable entre los cristianos y mayormente sus ministros (Tito 1:8).

                Podemos ver también en la Biblia como las personas que hospedaban a los servidores de Dios sabían que al hacerlo agradaban al mismo Dios, así lo hizo la sunamita con Eliseo: “Aconteció también que un día pasaba Eliseo por Sunem; y había allí una mujer importante, que le invitaba insistentemente a que comiese; y cuando él pasaba por allí, venía a la casa de ella a comer. Y ella dijo a su marido: He aquí ahora, yo entiendo que éste que siempre pasa por nuestra casa, es varón santo de Dios. Yo te ruego que hagamos un pequeño aposento de paredes, y pongamos allí cama, mesa, silla y candelero, para que cuando él viniere a nosotros, se quede en él”, (2 Reyes 4:8-10). Y así también estos recibieron una bendición por su noble obra: “Y él dijo: ¿Qué, pues, haremos por ella? Y Giezi respondió: He aquí que ella no tiene hijo, y su marido es viejo. Dijo entonces: Llámala. Y él la llamó, y ella se paró a la puerta. Y él le dijo: El año que viene, por este tiempo, abrazarás un hijo”, (2 Reyes 4:14-16).

                Jesús promete recompensar no solo a sus mensajeros, sino a todos aquellos que son generosos con ellos y les ayudan. La bendición es grande y todo aquel que recibe a un profeta, es decir, a un mensajero de Dios, la recompensa de un profeta recibirá. Pero no solo eso, sino va mas allá, ya que el que recibe a un justo, es decir, un hijo de Dios, la recompensa de un hijo de Dios recibirá. En general aclara: Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa. Jesús llama a sus discípulos pequeñitos para hacer énfasis en el carácter humilde de sus servidores. Quizás en el mundo los servidores de Dios son vistos con poca importancia, pero Jesús quiere dejar claro que aunque sea al más humilde de sus servidores al que se le ayuda, y aunque se trate de la ayuda más pequeña como dar un vaso de agua, eso no quedará sin recompensa en la eternidad.

El Precio de ser un Mensajero del Rey (Mateo 10:34-39)

“No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará”.
Mateo 10:34-39

Introducción

                    
                  Casi llegamos al final del capítulo 10 donde Mateo nos ha presentado la elección de los doce apóstoles y una serie de enseñanzas prácticas para los mensajeros del Rey que incluyen instrucciones precisas de cómo realizar la tarea divina de la predicación, la oposiciones que enfrentaran y las razones por las que no deben temer. Ahora llegamos a estos versículos donde nuestro Señor Jesucristo expresa de la forma más sincera el precio que deberán pagar aquellos que decidan aceptar este noble llamamiento. Si hay algo que nos sigue sorprendiendo de Jesús es su gran sinceridad. Jesús no quiere que sus discípulos crean que el ministerio es un concurso de popularidad, donde solo les esperan los aplausos, fama y riquezas; al contrario, la tarea por momentos se tornara sumamente difícil, y en estos versículos encontramos el precio de que deberá pagar.

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El Precio de ser un Mensajero del Rey

El precio de la paz


“No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa”.
Mateo 10:34-36

                 Esta afirmación puede confundir a sus lectores ya que tradicionalmente se dice que Jesús vino a esta tierra a traer la paz. En las Escrituras se nos presenta a Jesús como el Príncipe de Paz (Isaías 9:6), y Él mismo afirma que es el único que trae la verdadera paz a la vida del hombre: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”, (Juan 14:27). Incluso, Dios bendice a los pacificadores: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”, (Mateo 5:9). Si evaluamos la misión primaria de Jesús, su objetivo es traer la paz a los hombres, pero por otro lado, la efectividad de su misión trae conflicto entre los hombres que aman las tinieblas, y ahora que sus discípulos tomarían para sí su misión evangelizadora, era de esperarse que recibiesen el mismo efecto. Por eso nuestro Señor dijo: No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Ahora bien, lo más difícil de esta advertencia no era tanto que por causa del evangelio se ganarían enemigos, sino que su propios familiares se volverían en contra de ellos: Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa. Lucas lo advierte de una manera más contundente haciendo referencia a las divisiones entre los miembros de una misma casa: “¿Pensáis que he venido para dar paz en la tierra? Os digo: No, sino disensión. Porque de aquí en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos, y dos contra tres”, (Lucas 12:51-52). Uno de los mayores precios que los mensajeros del Rey deben pagar es que están expuestos a ser traicionados por sus mejores amigos incluyendo sus familiares. Miqueas advierte que en medio de un mundo impío, uno no puede confiar en nadie: “No creáis en amigo, ni confiéis en príncipe; de la que duerme a tu lado cuídate, no abras tu boca”, (Miqueas 7:5). Muchos justos a lo largo de la historia han sido traicionados por aquellos que creyeron sus mejores amigos: “Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alzó contra mí el calcañar”, (Salmo 41:9), Escritura que se cumplió directamente en Jesús cuando Judas lo traiciono: “No hablo de todos vosotros; yo sé a quienes he elegido; más para que se cumpla la Escritura: El que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar”, (Juan 13:18). También vemos en la Biblia como Caín mato a Abel por causa de su justicia (Génesis 4:8), los hermanos de José conspiraron contra él (Génesis 37:28), y Nabal se opuso a su esposa Abigail (1 Samuel 25:2-10) y el rey Asa tuvo que rechazar la idolatría de su madre Maaca (1 Reyes 15:13). Por tanto, no será raro encontrar como una familia impía se oponga cuando uno de sus familiares se convierten al evangelio, y mucho más aquellos predicadores del evangelio.

El precio del primer lugar


“El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí”.
Mateo 10:37

               Todos los seres humanos tenemos cosas que amamos, cuyo aprecio es incalculable, ya sea nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros amigos y hasta nuestros propios sueños, pero aquellos que decidan convertirse en los mensajeros del Rey deberán poner por encima de todas esas cosas el amor por Jesús. Aquí Jesús no está exhortando a no amar a nuestros padres o hijos, sino que este amor no tenga la preeminencia sobre el amor a Dios. Cualquiera que no esté dispuesto a obedecer a Jesús, aun cuando esto signifique dejar a su familia, ya sea porque ellos no lo apoyan o porque sencillamente no pueden seguirlo, no es digno de Él: El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí. Habrá momentos donde estas palabras cobraran significado para nosotros. Recordamos la elección que la tribu de Levi tuvo que hacer cuando Israel se pervirtió en el monte Sinaí, pudiendo apoyar a sus tribus hermanas, le dieron la espalda y confirmaron su lealtad a Dios apoyando a Moisés en el castigo de estos. En Deuteronomio el Señor elogia esta elección: “Quien dijo de su padre y de su madre: Nunca los he visto; y no reconoció a sus hermanos, ni a sus hijos conoció; pues ellos guardaron tus palabras, y cumplieron tu pacto”, (Deuteronomio 33:9). Así también los mensajeros del Rey deben estar dispuestos a pagar este precio cuando hasta sus propios familiares se opongan a la voluntad de Dios y llegara el momento donde se tendrá que escoger entre Jesús y ellos.

El precio de la Cruz


“… y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí”.
Mateo 10:38

                La cruz era un artefacto de castigo utilizado por los romanos con el cual los israelitas estaban bien familiarizados. Las rebeliones en contra del imperio romano eran comunes en Palestina y generalmente estas rebeliones terminaban con sus líderes y seguidores capturados los cuales eran condenados a muerte por crucifixión. Durante su peregrinación a la muerte solían seguir una ruta que les permitía a los judíos ver la caminata de estos de la ciudad al lugar de martirio, cargando estos reos sus pesados maderos donde iban a ser crucificados. Ahora viene Jesús y tomando esta drástica figura, convida a sus discípulos a tomar su cruz para poder seguirlo. La vida cristiana y el servicio a Dios está llena de dificultades que generalmente tentaran a los creyentes a no seguir adelante, pero es necesario entender que nuestro caminar cristiano no será siempre fácil. Muchas veces sentiremos la carga muy pesada, pero esto no significa que debemos renunciar, sino simplemente debemos seguir esforzándonos cumpliendo la labor de la predicación. En el evangelio según Lucas se expresa de esta manera: “Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”, (Lucas 9:23). Para poder ser digno de Él es necesario negar nuestra carne de satisfacer las bajas pasiones, y cada día tomar la cruz, solo así estaremos siguiendo las pisadas de nuestro gran Maestro y Mesías.

El precio de la vida


“El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará”.
Mateo 10:39

                 Aquí encontramos otra gran paradoja enseñada por Jesús la cual nos muestra cómo alcanzar la verdadera salvación del alma. Él dice: El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará. Por causa de la persecución, muchas veces las vidas de los mensajeros estarían en peligro y sus enemigos pedirían que su fe y mensaje fuera negado para salvar sus vidas. Pero lo cierto es que el mensaje de la verdadera vida no se puede negar, ya que todo aquel que niega a Cristo no salva realmente su vida sino la pierde, y no solo eso, sino pierde su alma en el infierno. Por eso, aunque parezca que los mensajeros del Rey perdieron sus vidas por causa del mensaje del evangelio, realmente la ganaron, y no solo está, sino también la eterna.


Nadie podrá escapar de las consecuencias de su pecado (Jueces 9:19-20)


“Si con verdad y con integridad habéis procedido hoy con Jerobaal y con su casa, que gocéis de Abimelec, y él goce de vosotros. Y si no, fuego salga de Abimelec, que consuma a los de Siquem y a la casa de Milo, y fuego salga de los de Siquem y de la casa de Milo, que consuma a Abimelec”.
Jueces 9:19-20

INTRODUCCIÓN


Al Capone fue un reconocido gánster de Chicago en la época de los 20 y 30 el cual fundo un imperio criminal que cobro muchas víctimas. Finalmente fue capturado y condenado a prisión por evasión de impuestos, años mas tardes enfermo mentalmente pasando la mayor parte de sus últimos días de su condena en la enfermería, luego se retiró muy enfermo físicamente y debilitado a Palm Island, donde sufrió un infarto y cuatro días después murió de neumonía. Así termino sus días aquel terrible gánster que causo mucho daños en su juventud y pensó que nadie lo detendría. Al final la justicia divina lo alcanzo. Esta historia nos hace pensar en la advertencia que Dios hace acerca de las consecuencias del pecado. Todo pecado traerá el juicio de Dios y en estos versículos se nos narra la historia de Abimelec y los hombres de Siquem los cuales cometieron un terrible crimen por el que pagarían en el futuro.

Abimelec
Abimelec es golpeado por una rueda de molino

                               I.            UNA ADVERTENCIA ACERCA DE LAS CONSECUENCIAS DEL PECADO.


“Si con verdad y con integridad habéis procedido hoy con Jerobaal y con su casa, que gocéis de Abimelec, y él goce de vosotros. Y si no, fuego salga de Abimelec, que consuma a los de Siquem y a la casa de Milo, y fuego salga de los de Siquem y de la casa de Milo, que consuma a Abimelec”.

Estas palabras fueron dichas por Jotam, uno de los 70 hijos de Gedeón en tiempo de los jueces de Israel que expresa una verdad espiritual absoluta: todo lo que se siembra se cosecha: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna”, (Gálatas 6:7-8). Prácticamente lo que Jotam dice es que si Abimelec y los habitantes de Siquem habían actuado con buena intención recibieran el pago por sus bondades, pero si su actuar había sido de mala fe, que recibieran el castigo por sus pecados. Todos nosotros debemos estar conscientes de esta verdad, ya que si perseveramos en nuestra vida de pecado haciendo el mal, tarde o temprano las consecuencias de nuestros pecados nos alcanzaran.

                            II.            LA MALDAD DE ABIMELEC Y EL PUEBLO DE SIQUEM.


“Y hablaron por él los hermanos de su madre en oídos de todos los de Siquem todas estas palabras; y el corazón de ellos se inclinó a favor de Abimelec, porque decían: Nuestro hermano es. Y le dieron setenta siclos de plata del templo de Baal-berit, con los cuales Abimelec alquiló hombres ociosos y vagabundos, que le siguieron. Y viniendo a la casa de su padre en Ofra, mató a sus hermanos los hijos de Jerobaal, setenta varones, sobre una misma piedra; pero quedó Jotam el hijo menor de Jerobaal, que se escondió”.
Jueces 9:3-5

            Gedeón fue un hombre que Dios uso en este tiempo para liberar a Israel de la opresión de los Madianitas y después de hacerlo su pueblo quiso nombrarlo rey, pero él se opuso: “Y los israelitas dijeron a Gedeón: Sé nuestro señor, tú, y tu hijo, y tu nieto; pues que nos has librado de mano de Madián. Mas Gedeón respondió: No seré señor sobre vosotros, ni mi hijo os señoreará: Jehová señoreará sobre vosotros”, (Jueces 9:22-23). Este juez de Israel llego a tener 70 hijos y a su muerte, Abimelec, uno de sus hijos hablo a los habitantes de Siquem que les permitiera a él y no a sus hermanos gobernarlos por ser el también descendiente de esta región, por lo que los convenció y mato a todos sus hermanos sobre una roca, a excepción de Joram quien logró escapar, faltando así a la memoria y obras que Gedeón un día hizo por ello.

                         III.            LA PAGA POR SU PECADO.


“Después que Abimelec hubo dominado sobre Israel tres años, envió Dios un mal espíritu entre Abimelec y los hombres de Siquem, y los de Siquem se levantaron contra Abimelec; para que la violencia hecha a los setenta hijos de Jerobaal, y la sangre de ellos, recayera sobre Abimelec su hermano que los mató, y sobre los hombres de Siquem que fortalecieron las manos de él para matar a sus hermanos”.
Jueces 9:22-24

            Podemos observar que después de tres años de este terrible homicidio Dios decidió castigar la maldad de estos hombres enviando un espíritu malo que puso en pleito a Abimelec contra los de Siquem. Rápidamente la contienda se agudizo entre ellos lo cual desato una contienda que termino en la muerte de todos los hombres de Siquem que habían apoyado a Abimelec en aquel crimen: 

“Entonces subió Abimelec al monte de Salmón, él y toda la gente que con él estaba; y tomó Abimelec un hacha en su mano, y cortó una rama de los árboles, y levantándola se la puso sobre sus hombros, diciendo al pueblo que estaba con él: Lo que me habéis visto hacer, apresuraos a hacerlo como yo. Y todo el pueblo cortó también cada uno su rama, y siguieron a Abimelec, y las pusieron junto a la fortaleza, y prendieron fuego con ellas a la fortaleza, de modo que todos los de la torre de Siquem murieron, como unos mil hombres y mujeres”, (Jueces 9:48-49). Cuando Abimelec pensó que la victoria le pertenecía, decidió avanzar aún más en contra de Tebes, donde otras personas se habían escondido en una torre fortificada, y al querer prenderle fuego también, una mujer dejo caer un rueda de molino que le destruyo el cráneo: “Mas una mujer dejó caer un pedazo de una rueda de molino sobre la cabeza de Abimelec, y le rompió el cráneo. Entonces llamó apresuradamente a su escudero, y le dijo: Saca tu espada y mátame, para que no se diga de mí: Una mujer lo mató. Y su escudero le atravesó, y murió. Y cuando los israelitas vieron muerto a Abimelec, se fueron cada uno a su casa. Así pagó Dios a Abimelec el mal que hizo contra su padre, matando a sus setenta hermanos. Y todo el mal de los hombres de Siquem lo hizo Dios volver sobre sus cabezas, y vino sobre ellos la maldición de Jotam hijo de Jerobaal”, (Jueces 9:53-57). Así aquel día se cumplió esta ley de compensación la cual es una advertencia para cada uno de nosotros sabiendo que si andamos en el mal, las consecuencias de nuestros pecados nos alcanzaran, nadie podrá escapara del castigo de Dios.

CONCLUSIÓN.


            Todo lo malo que hagamos traerá serias consecuencias a nuestras vidas ya que como Abimelec nuestro fin será terrible. Aunque busco tomar ventaja de su astucia para gobernar Israel su pecado al final lo alcanzo y fue recordado como un Anti-juez a quien humillo Dios dándole una muerte deshonrosa al morir por una mujer, y aunque intento disfrazar esa realidad pidiéndole a otro que lo matase, aun en tiempos de rey David su historia se conocía (2 Samuel 11:21) y ahora nosotros también la recordamos como una advertencia a aquellos que perseveran en el pecado. El único camino que a los hombres nos queda para huir de las consecuencias del pecado es creer en Cristo.



Características de un auténtico ministerio (1 Reyes 19:19-21)


“Partiendo él de allí, halló a Eliseo hijo de Safat, que araba con doce yuntas delante de sí, y él tenía la última. Y pasando Elías por delante de él, echó sobre él su manto. Entonces dejando él los bueyes, vino corriendo en pos de Elías, y dijo: Te ruego que me dejes besar a mi padre y a mi madre, y luego te seguiré. Y él le dijo: Vé, vuelve; ¿qué te he hecho yo? Y se volvió, y tomó un par de bueyes y los mató, y con el arado de los bueyes coció la carne, y la dio al pueblo para que comiesen. Después se levantó y fue tras Elías, y le servía”.
1 Reyes 19:19-21

INTRODUCCIÓN


Hoy en día la iglesia del Señor necesita auténticos ministros o servidores que trabajen en su obra, pero lamentablemente muchas de las personas que lo hacen desempeñan mal su función. Hoy la irresponsabilidad es muy común en algunos servidores de Dios olvidando que su servicio es para Dios y no para un hombre de esta tierra. Estos versículos que hemos leído presentan el llamamiento de Eliseo al ministerio y al mismo tiempo podemos ver al menos cuatro características que debe reunir el auténtico servicio a Dios.

llamamiento-eliseo
El llamamiento de Eliseo

                               I.            ENORME DESEO DE SERVIR A DIOS.


“Partiendo él de allí, halló a Eliseo hijo de Safat, que araba con doce yuntas delante de sí, y él tenía la última. Y pasando Elías por delante de él, echó sobre él su manto. Entonces dejando él los bueyes, vino corriendo en pos de Elías…”

            La primera característica que posee un verdadero ministro es un enorme deseo por servirle. Ralph Waldo Emerson dijo: “Jamás se logró nada importante sin entusiasmo”. Esto es una gran verdad. Basta ver la vida de los grandes hombres y mujeres que Dios ha levantado a lo largo de la historia para darnos cuenta que había un común denominador: entusiasmo. El entusiasmo es esa pasión que invade nuestro corazón por hacer algo, es ese enorme deseo que nos hace correr por alcanzar nuestras metas. Eliseo presento esto. Él se encontraba trabajando arando el campo con doce yuntas de bueyes y cuando vio a Elías y le echo el manto, corrió inmediatamente porque había llegado la gran oportunidad de su vida: el convertirse en un profeta de Dios.

            Lo más seguro es que Eliseo conocía a Elías, posiblemente lo había visto cuando desafío a los 850 falsos profetes de Acab y escucho las historias de como Elías oraba y los cielos dejaron de enviar la lluvia por tres años. Lo más seguro es que en su corazón Eliseo anhelaba convertirse en un profeta de Dios y esto se deja ver en la petición que le hizo a Elías tiempo después: “Cuando habían pasado, Elías dijo a Eliseo: Pide lo que quieras que haga por ti, antes que yo sea quitado de ti. Y dijo Eliseo: Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí. Él le dijo: Cosa difícil has pedido. Si me vieres cuando fuere quitado de ti, te será hecho así; más si no, no”, (2 Reyes 1:9-10). De igual forma, cada uno de nosotros debe anhelar con todo el corazón servirle a Dios ya que esto constituye una parte importante en la vida cristiana.

                            II.            CONSTANCIA.


“… y dijo: Te ruego que me dejes besar a mi padre y a mi madre, y luego te seguiré. Y él le dijo: Vé, vuelve; ¿qué te he hecho yo?”.

            La segunda característica que distinguió a Eliseo en su ministerio fue su constancia. Ser constante significa ser perseverante, mantenerse firme donde Dios nos ha puesto sin fluctuar. Eliseo entendía que Dios lo estaba llamando al ministerio y eso significaba que a lo mejor ya no volvería a su casa por lo que le pidió al profeta que le diera la oportunidad de despedirse de sus padres. Como servidores de Dios debemos estar conscientes que el ministerio es para siempre, no es una cuestión de un par de meses y debemos organizar toda nuestra vida y prioridades en función de eso. Nosotros a lo mejor no tenemos que despedirnos de nuestros familiares, pero si saber que la constancia es importante en el ministerio. El apóstol Pablo exhorta a los creyentes a mantenerse firmes y constantes creciendo en la obra del Señor siempre, aun en medio de las peores dificultades:

“Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano”.
1 Corintios 15:58

                         III.            COMPLETA DEPENDENCIA DEL PODER DEL ESPÍRITU SANTO.


“Y se volvió, y tomó un par de bueyes y los mató, y con el arado de los bueyes coció la carne, y la dio al pueblo para que comiesen…”

            La tercera característica indispensable en el ministerio cristiano es la completa dependencia del poder del Espíritu Santo. Eliseo sabía que su éxito no dependía de sus recursos personales sino del poder de Dios. Si vemos bien en este versículo Eliseo se deshizo de su fuente de ingresos, mato un par de bueyes, con el arado coció la carne y alimento al pueblo para que comiesen. A partir de aquí Eliseo renuncia a su antigua manera de dependencia económica e inicia una nueva basada únicamente en la fe. Se cree que Eliseo provenía de una familia con buena posición económica por el hecho de que Elías lo encontró arando con 12 yuntas de bueyes, y estos animales eran caros en su tiempo, es equivalente a tener 12 tractores. Pero Eliseo ya no dependería de la facilidad económica de su familia, sino del respaldo de Dios en su vida y así lo vemos cada vez que trataba de resolver un problema. Por ejemplo, oró cuando purifico el agua de una ciudad (2  Reyes 2:19-22), profetizo la victoria sobre Moab a los reyes de Israel, Judá y Edom como resultado del poder de Dios que vino sobre él (2 Reyes 3:14-19), oró para que Dios cegara al ejército sirio cuando estos lo sitiaron, y así sucesivamente, nunca busco la ayuda del poder económico de su familia, o la influencia de reyes, sino solo confió en el poder del Espíritu de Dios para cumplir su ministerio.

            De igual forma, la iglesia hoy en día debe comprender la importancia del Espíritu Santo en su vida, ya que este lo capacita sobrenaturalmente para ser un mejor testigo de su gracia: “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”, (Hechos 1:8).

                          IV.            SERVICIO.


“Después se levantó y fue tras Elías, y le servía”.

            Finalmente, otra característica en el ministerio es la actitud de servicio. De hecho, la palabra ministerio proviene del latín ministerium cuya raíz significa servir. El mejor ejemplo de esto es nuestro Señor Jesucristo el cual dijo: “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”, (Marcos 10:45).

            CONCLUSIÓN.


            Por tanto, un auténtico ministerio se caracteriza por:

1.      Un enorme deseo por servirle a Dios.
2.      Constancia.
3.      Completa dependencia del poder de Dios.
4.      Servicio.