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domingo, 29 de noviembre de 2020

Pedro niega a Jesús (Juan 18:25-27)


“Estaba, pues, Pedro en pie, calentándose. Y le dijeron: ¿No eres tú de sus discípulos? El negó, y dijo: No lo soy. Uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dijo: ¿No te vi yo en el huerto con él? Negó Pedro otra vez; y en seguida cantó el gallo”.

Juan 18:25-27

INTRODUCCIÓN

            El apóstol Juan finalizará la historia concerniente a la negación de Pedro en estos versículos. Si recordamos, Juan está narrando estas historia por episodios ya que primero comenzó con la primera parte del interrogatorio de Jesús ante Anás (Juan 18:12-14), luego la deja en pausa y comienza a narrar la primera parte de la historia que nos presenta la negación de Pedro (Juan 18:15-18), luego la vuelve a dejar pausada para terminar con la historia que nos muestra el interrogatorio de Jesús ante Anás (Juan 18:19-24), y ahora llegamos a los versículos del 25 al 27 donde finalizara con la historia de la negación de Pedro.

 

Pedro-niega-a-Jesús
La negación de Pedro


LA MENTIRA QUE CONTINÚO

“Estaba, pues, Pedro en pie, calentándose. Y le dijeron: ¿No eres tú de sus discípulos? El negó, y dijo: No lo soy. Uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dijo: ¿No te vi yo en el huerto con él? Negó Pedro otra vez…”

Juan 18:25-27

            Continuamos estudiando este episodio de la historia bíblica que es por muchos conocidos, la ocasión cuando Pedro niega conocer a Jesús tres veces. Después que Jesús fue capturado y llevado a la casa de Caifás, Pedro lo había seguido y con la ayuda de otro discípulo cuyo nombre no se revela en las Escrituras, este puede entrar, sin embargo, una vez adentro la criada portera le pregunta si él era uno de los discípulos de Jesús, pero Pedro lo niega: “Entonces la criada portera dijo a Pedro: ¿No eres tú también de los discípulos de este hombre? Dijo él: No lo soy. Y estaban en pie los siervos y los alguaciles que habían encendido un fuego; porque hacía frío, y se calentaban; y también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose”, (Juan 18:17-18). Pedro había llegado hasta aquel lugar tratando de seguir a su Maestro ya que no nos queda duda de su amor por Él, sin embargo, posiblemente había olvidado la advertencia del Señor que no cantaría el gallo sin que él lo negara tres veces: “Entonces Jesús les dijo: Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche; porque escrito está: Heriré al pastor, y las ovejas del rebaño serán dispersadas. Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea. Respondiendo Pedro, le dijo: Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré. Jesús le dijo: De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Pedro le dijo: Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré. Y todos los discípulos dijeron lo mismo”, (Juan 13:36-38). Pedro amaba a Jesús y quería seguirlo a la muerte si fuera necesario, su espíritu estaba dispuesto, pero su carne era débil y se había descuidado espiritualmente para enfrentar esta prueba. Antes de que Jesús fuese capturado, Pedro y los discípulos tuvieron tiempo para prepararse espiritualmente, pudieron orar aquella noche junto con su Maestro, más no pudieron ya que el sueño los dominaba: “Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño. Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras. Entonces vino a sus discípulos y les dijo: Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega”, (Mateo 26:36-46). Pedro no logro prepararse espiritualmente para que cuando viniese el tiempo de la prueba, este pudiese resistir y así a lo mejor no negar a su Señor, pero esto no paso, sino que la primera vez, la criada portera le pregunto a Pedro si era uno de sus discípulos, pero este lo negó, luego se quedó calentándose junto a otros siervos y alguaciles en frente de un fuego que habían encendido, y es allí donde vuelven a preguntar: ¿No eres tú de sus discípulos? El negó, y dijo: No lo soy. Una vez más Pedro vuelve a negar a su Maestro sin considerar lo que realmente estaba haciendo, por segunda vez necesita mantener su mentira afirmando que no era lo que ellos afirmaban que era y según Mateo, esta segunda mentira la tiene que defender con juramentos: “Pero él negó otra vez con juramento: No conozco al hombre”, (Mateo 26:72). Vemos como cada vez es más difícil mantener la mentira, la primera mentira pareciere que no va a pasar a más, pero después es necesario mantenerla con juramento haciendo el pecado más grave y por tercera vez un pariente del sirviente del sumo sacerdote a quién él había herido en la oreja, afirmó que era uno de los discípulos del Señor, pero Pedro lo volvió a negar: Uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dijo: ¿No te vi yo en el huerto con él? Negó Pedro otra vez. Y de acuerdo a Mateo, esta tercera mentira no solo la pronuncio jurándolo, sino maldiciendo, para que le creyesen: “Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre…”, (Mateo 26:74). Todo esto nos hace ver lo terrible de la mentira, ya que una vez se confiese la primera, se hace necesario mantenerla en el tiempo y como Pedro tratar de cubrirla con mucha falsedad y descaro para que la verdad no se descubra; sin embargo, el problema con la mentira es que tarde o temprano la verdad se descubre: “Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz”, (Marcos 4:22). Lo mejor es hablar la verdad y no vivir como mentirosos, por ello el Señor elogia a aquellos que no andan en caminos de mentira, sino en Dios está su confianza: “Bienaventurado el hombre que puso en Jehová su confianza, y no mira a los soberbios, ni a los que se desvían tras la mentira”, (Salmos 40:4). Y en el Nuevo Testamento se nos exhorta a los cristianos a hablar siempre la verdad: “Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros”, (Efesios 4:25). Hoy vivimos en un mundo con mucha falsedad, donde algunas personas viven una doble vida y las mantienen basadas en la mentira, pero esto los vuelve en hipócritas y desleales, personas en las que nadie puede confiar, porque nunca sabremos si lo que nos afirman es confiable. La manifestación de la mentira se puede ver en muchas áreas de la vida contemporánea, en un cónyuge infiel que a base de mentiras mantiene su relación ilegal, en los negocios donde los productos son adulterado o alterados intencionalmente para obtener mayor ganancia, en los gerentes o empleados que adulteran los resultados de su empresa para verse intencionalmente bien cuando la realidad es diferente, en los políticos que prometen muchas cosas que saben que nunca cumplirán a la gente solo para ganar sus votos y en general, hay muchas personas acostumbradas a mentir y tratar de hacer este pecado inocente llamándole “mentiras blancas”, cuando la realidad es que Dios aborrece la mentira y que este pecado conduce a la condenación eterna: “Mas los perros estarán fuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira”, (Apocalipsis 22:15).

 

El problema de la mentira es que, a parte de salir a la luz tarde o temprano, acusa la conciencia de aquellos que tratan de vivir como si nada ha pasado. Así les paso a los hermanos de José, los cuales vivían manteniendo aquella mentira que le contaron a su padre Jacob al decirle que su hijo había sido muerto por algún animal, cuando la verdad era que ellos lo habían vendido como esclavo: “Y decían el uno al otro: Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le escuchamos; por eso ha venido sobre nosotros esta angustia. Entonces Rubén les respondió, diciendo: ¿No os hablé yo y dije: No pequéis contra el joven, y no escuchasteis? He aquí también se nos demanda su sangre”, (Génesis 42:21-22). Otra consecuencia de la mentira es la vergüenza que se produce en el momento que sale a luz: “El justo aborrece la mentira; el malvado acarrea vergüenza y deshonra”, (Proverbios 13:5, NVI). Cuando alguien es descubierto en su mentira su credibilidad se pierde y queda avergonzado ante aquellos que lo descubren. Lo otro es que en la medida que una persona se acostumbra a mentir, su conciencia se cauteriza y se vuelven hipócritas, acostumbrándose a vivir en la falsedad: “Por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia”, (1 Timoteo 4:2). Por tanto, nosotros debemos huir de este pecado y mantenernos en la verdad, aun cuando parezca que habrá una consecuencia por decirla, lo mejor es mantenernos en ella y Dios nos respaldara.

 

EL GALLO CANTÓ

“… y en seguida cantó el gallo”.

Juan 18:25-27

               Finalmente, el gallo cantó y el apóstol Pedro recordó la advertencia que su Maestro le había hecho de que lo negaría tres veces. Lo cierto es que cuando los enemigos de Jesús confrontaron a Pedro con la pregunta de que, si él era uno de sus discípulos, a lo mejor sintió miedo por su vida y decidido mentir negando serlo, quizás pensó que todo iba a acabar con una mentira, pero después, la verdad parecía que quería salir a luz, pero Pedro lo negó en tres ocasiones diferentes hasta que finalmente canto el gallo y allí se dio cuenta del error que había cometido: “Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre. Y en seguida cantó el gallo. Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente”, (Mateo 26:74-75). Este pasaje de Mateo nos enseña un detalle más en cuando a la negación de Pedro y es que reconoció su pecado y se arrepintió de él ya que después de esto las Escrituras nos dicen que lloró amargamente. Si bien es cierto, Pedro se equivocó varias veces, su carácter impulsivo lo llevo a meterse en situaciones que nunca calculo el poder salir bien, pero al final, después de esto la vida del apóstol fue diferente ya que sin duda su arrepentimiento lo llevo a buscar más de su Señor para no volver a flaquear en el momento de la prueba. Después de la resurrección de Cristo, este fue obediente y cuidadoso en cuanto a las instrucciones que su Maestro le daba. Primero, les ordeno que se quedaran en Jerusalén esperando la promesa del Espíritu Santo: “Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí”, (Hechos 1:4). Y así hizo, fueron a Jerusalén y permanecieron orando para recibir la promesa: “Y entrados, subieron al aposento alto, donde moraban Pedro y Jacobo, Juan, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hermano de Jacobo. Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos”, (Hechos 1:13-14). Por ello, al final recibieron la promesa del Espíritu Santo, y entre estos estaba Pedro: “Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados… Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen”, (Hechos 2.1-2, 4). Después de este día, Pedro había recibido el poder para testificar con valentía del Señor y la gente se admiraba de él: “Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús”, (Hechos 4:13). Y aun cuando fueron amenazados nunca volvió a negar a su Maestro, sino permaneció fiel sin importar las consecuencias: “Y llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús. Mas Pedro y Juan respondieron diciéndoles: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”, (Hechos 4:18-20). De esta forma radical cambio la vida de Pedro, pero fue después de su caída que este reconoció sus errores y se arrepintió de ello, siendo así restaurado totalmente por su Señor. Nosotros podemos aprender mucho de todo esto, debemos estar consientes que las pruebas y tentaciones vendrán a nuestra vida, por ello, debemos perseverar en la oración y búsqueda de Dios para poder hacerle frente a lo que pueda venir en el futuro y con la ayuda del Señor obtener la victoria.

 

domingo, 22 de noviembre de 2020

Jesús es interrogado por Anás (Juan 18:19-24)

 

“Y el sumo sacerdote preguntó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le respondió: Yo públicamente he hablado al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en oculto. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído, qué les haya yo hablado; he aquí, ellos saben lo que yo he dicho. Cuando Jesús hubo dicho esto, uno de los alguaciles, que estaba allí, le dio una bofetada, diciendo: ¿Así respondes al sumo sacerdote? Jesús le respondió: Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas? Anás entonces le envió atado a Caifás, el sumo sacerdote”.

Juan 18:19-24

 

INTRODUCCIÓN

                Después de narrar los acontecimientos relacionados con la negación de Pedro, Juan deja en pausa esta historia para continuar con la otra que ya venía relatando y que consideramos en los versículos que van del 12 al 14, esta es el interrogatorio de Jesús ante Anás. Como ya lo dijimos anteriormente, Anás había sido en el pasado el sumo sacerdote, pero ahora se encontraba depuesto de su posición como tal, sin embargo, aún seguía ejerciendo su influencia en Sanedrín y para este tiempo su yerno, Caifás, era el sumo sacerdote. Por su influencia, decidieron llevar a Jesús primero ante la presencia de Anás el cual lo interroga violando así todos sus derechos legales ya que nadie podía ser interrogado previo a presentarse en una audiencia formal y ser acusado con a al menos dos testigos. A partir de aquí veremos cómo Jesús es llevado de un lugar a otro con el propósito de juzgarlo.

 

Jesús-ante-Anás
Jesús es interrogado por Anás


ANÁS INTERROGA A JESÚS

“Y el sumo sacerdote preguntó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le respondió: Yo públicamente he hablado al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en oculto. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído, qué les haya yo hablado; he aquí, ellos saben lo que yo he dicho”.

Juan 18:19-21

                 Cuando Jesús estuvo en frente de Anás lo primero que este hizo fue interrogarlo en cuanto a sus discípulos y su doctrina: Y el sumo sacerdote preguntó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina Y el sumo sacerdote preguntó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Es curioso ver el titulo con el cual Juan llama a Anás, sumo sacerdote, cuando realmente el sumo sacerdote era Caifás, sin embargo, ya dijimos que si bien es cierto Caifás era el sumo sacerdote oficial, pero Anás ejercía su influencia detrás de él y por eso a veces los autores bíblicos lo llamaban sumo sacerdote: “Y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto”, (Lucas 3:2). Ahora bien, este le pregunta a Jesús acerca de sus discípulos y su doctrina. ¿A qué se refería? En cuanto a la pregunta respecto a sus discípulos, estos hombres se preocupaban porque la fama que Jesús había adquirido pudiera encender los ánimos de los judíos radicales que esperan una excusa para iniciar la liberación de la nación y así organizar en su nombre una revuelta en contra de los romanos: “Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron el concilio, y dijeron: ¿Qué haremos? Porque este hombre hace muchas señales. Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación”, (Juan 11:47-48). La nación judía siempre se caracterizó por sus constantes rebeliones en contra de sus opresores y al estudiar el libro de los Hechos de los Apóstoles podemos encontrar que se levantaron algunos hombres afirmando ser el Mesías que condujeron a los judíos a pequeñas rebeliones sin éxito: “Entonces levantándose en el concilio un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley, venerado de todo el pueblo, mandó que sacasen fuera por un momento a los apóstoles, y luego dijo: Varones israelitas, mirad por vosotros lo que vais a hacer respecto a estos hombres. Porque antes de estos días se levantó Teudas, diciendo que era alguien. A éste se unió un número como de cuatrocientos hombres; pero él fue muerto, y todos los que le obedecían fueron dispersados y reducidos a nada. Después de éste, se levantó Judas el galileo, en los días del censo, y llevó en pos de sí a mucho pueblo. Pereció también él, y todos los que le obedecían fueron dispersados. Y ahora os digo: Apartaos de estos hombres, y dejadlos; porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá; más si es de Dios, no la podréis destruir; no seáis tal vez hallados luchando contra Dios”, (Hechos 5:34-39). Sin embargo, el Señor no tenía ningún interés en organizar una resistencia armada en contra de los romanos. También le pregunto en cuanto a su doctrina, quizás para encontrar en Él alguna palabra que pudiese usar en su contra. Durante todo su ministerio siempre buscaron tentarle y hacerle caer a través de una pregunta difícil. Así lo hicieron cuando le llevaron la mujer sorprendida en adulterio: “Le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?”, (Juan 8:4-5). O cuando le preguntaron en cuanto al tributo que se le daba al César: “Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas?”, (Mateo 22:17-18). O cuando le preguntaron acerca de la resurrección de los muertos: “diciendo: Maestro, Moisés dijo: Si alguno muriere sin hijos, su hermano se casará con su mujer, y levantará descendencia a su hermano. Hubo, pues, entre nosotros siete hermanos; el primero se casó, y murió; y no teniendo descendencia, dejó su mujer a su hermano. De la misma manera también el segundo, y el tercero, hasta el séptimo. Y después de todos murió también la mujer. En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será ella mujer, ya que todos la tuvieron?”, (Mateo 22:24-28). O cuando le preguntaron acerca de cuál era el mayor de los mandamientos: “Y uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó por tentarle, diciendo: Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?”, (Mateo 22:25-36). De esta forma y otra buscaban cómo atraparlo en alguna pregunta maliciosa, pero en ninguna tuvieron éxito, de hecho, su doctrina era acertada y en armonía con las Sagradas Escrituras, muy diferente a las enseñanzas de los fariseos, por ello la gente se maravillaba de su doctrina: “Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas”, (Mateo 7:28-29).

                Ahora, esto que estaba haciendo Anás de interrogar a Jesús era ilegal desde toda perspectiva. Por un lado, la ley romana establecía que antes de hacerle cualquier pregunta a un acusado, tenía que estar en presencia de juez y un jurado, tenía derecho a defenderse ya sea a través de un abogado o por sus propias palabras. Sin embargo, Anás estaba fallando en este punto. Lo otro es que la ley de Moisés establecía que nadie podía acusarlo de nada si no era por boca de al menos dos testigos: “No se tomará en cuenta a un solo testigo contra ninguno en cualquier delito ni en cualquier pecado, en relación con cualquiera ofensa cometida. Sólo por el testimonio de dos o tres testigos se mantendrá la acusación”, (Deuteronomio 19:15). Así que de esta forma Anás violaba los derechos de Jesús al interrogarlo y querer acusarlo de un delito. Sin embargo, Jesús se niega a afirmar o negar algo, simplemente les dice que todo lo que había dicho lo dijo de manera pública y no tenía nada de qué avergonzarse: Jesús le respondió: Yo públicamente he hablado al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en oculto. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído, qué les haya yo hablado; he aquí, ellos saben lo que yo he dicho. El Señor había sido claro y conciso en su mensaje, nunca dijo nada en oculto, siempre hablo la verdad, en total armonía con las Escrituras, su conducta fue intachable, pero si estos hombres querían corroborar esto, Jesús les dice que no le pregunten a Él sino a la gente que lo escuchó y conoció. En estas palabras encontramos una verdad fundamental y clave en el liderazgo cristiano y es el testimonio de las personas que lo conocen. De muy poco sirve un liderazgo que no es sincero e íntegro, un liderazgo que no está del lado de la verdad y tiene un mal testimonio delante de las personas. Jesús no tenia de que avergonzase y no se preocupaba si les preguntaban a las personas que lo conocieron porque su conciencia estaba limpia. En la Biblia podemos encontrar personas que fueron intachables y que no tenían de que avergonzarse delante de las personas, así tenemos a Samuel que al despedirse del pueblo de su cargo de juez les pidió que atestiguaran en su contra si su proceder había sido malo: “Aquí estoy; atestiguad contra mí delante de Jehová y delante de su ungido, si he tomado el buey de alguno, si he tomado el asno de alguno, si he calumniado a alguien, si he agraviado a alguno, o si de alguien he tomado cohecho para cegar mis ojos con él; y os lo restituiré. Entonces dijeron: Nunca nos has calumniado ni agraviado, ni has tomado algo de mano de ningún hombre”, (1 Samuel 12:3-4). También tenemos el caso de Daniel, quien fue investigado por sus enemigos que buscaba de que acusarlo delante del rey de Persia: “Entonces los gobernadores y sátrapas buscaban ocasión para acusar a Daniel en lo relacionado al reino; mas no podían hallar ocasión alguna o falta, porque él era fiel, y ningún vicio ni falta fue hallado en él”, (Daniel 6:4). El mismo apóstol Pablo atestiguo delante de los ancianos de Éfeso que no tenia de que avergonzarse en el tiempo que estuvo al lado de ellos sirviendo: “Cuando vinieron a él, les dijo: Vosotros sabéis cómo me he comportado entre vosotros todo el tiempo, desde el primer día que entré en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, y con muchas lágrimas, y pruebas que me han venido por las asechanzas de los judíos; y cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas, testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo”, (Hechos 20:18-21). De esta forma el liderazgo de Cristo fue trasparente y totalmente agradable a los ojos de Dios, lo único que les quedaba a sus enemigos era acusarlo basado en mentiras y testigos falsos.

 

EL ABUSO DE LOS ACUSADORES

“Cuando Jesús hubo dicho esto, uno de los alguaciles, que estaba allí, le dio una bofetada, diciendo: ¿Así respondes al sumo sacerdote? Jesús le respondió: Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas? Anás entonces le envió atado a Caifás, el sumo sacerdote”.

Juan 18:22-24

                Ante la respuesta de Jesús y el hecho de que no existía evidencia que lo culpara de haber cometido un crimen ante Dios y el gobierno, sus captores no tienen más que recurrir a la violencia para expresar su ira e impotencia: Cuando Jesús hubo dicho esto, uno de los alguaciles, que estaba allí, le dio una bofetada, diciendo: ¿Así respondes al sumo sacerdote? Sin embargo, Jesús se mantiene firme en su posición sabiendo que no tenia de que avergonzarse: Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas? Con estas palabras sus captores no tienen más de que acusarlo y por ello Anás decide que lo mejor es que se lo lleven a Caifás para que este decida qué hacer con Jesús: Anás entonces le envió atado a Caifás, el sumo sacerdote. De aquí en adelante Jesús estará yendo de un lugar a otro para ser juzgado. De aquí lo llevaran ante Caifás y el consejo de los principales sacerdotes, saduceos y fariseos, donde se le acusara con testigos falsos y se le escarnecerá y golpeara (Mateo 26:57-68). Luego será enviado a Pilatos, el gobernador de Judea (Lucas 23:1-7), luego este al saber que venía de la región de Galilea se lo envió a Herodes para que él lo juzgara (Lucas 23:8-11), sin embargo, esto solo se burló del Señor y se lo envió de regreso a Pilato, el cual al final después de azotarlo lo condenó a la crucifixión. De esta forma nuestro Señor sufrió el abuso de sus acusadores y el desprecio de los jueces los cuales, en lugar de hacerle justicia, lo menospreciaron y lo condenaron a muerte como si fuese un criminal cualquiera, sin embargo, todo esto era necesario que ocurriera para que se cumpliesen las Escrituras.

 

viernes, 20 de noviembre de 2020

Siguiendo a Jesús de lejos (Juan 18:15-18)

 

“Y seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Y este discípulo era conocido del sumo sacerdote, y entró con Jesús al patio del sumo sacerdote; más Pedro estaba fuera, a la puerta. Salió, pues, el discípulo que era conocido del sumo sacerdote, y habló a la portera, e hizo entrar a Pedro. Entonces la criada portera dijo a Pedro: ¿No eres tú también de los discípulos de este hombre? Dijo él: No lo soy. Y estaban en pie los siervos y los alguaciles que habían encendido un fuego; porque hacía frío, y se calentaban; y también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose”.

Juan 18:15-18

INTRODUCCIÓN

                Después de la narración de Jesús ante Anás, Juan el apóstol hace un paréntesis y nos introduce a otro episodio de la historia que acontece en paralelo y es la negación de Pedro. Pareciera que la historia anterior narrada en Juan 18:12-14 quedo en pausa para iniciar con esta que está en Juan 18:15-18, luego Juan la volverá a dejar en pausa para finalizar con la primera que sigue en Juan 18:19-24 y volver luego así al desenlace de la historia que narra la negación de Pedro en Juan 18:25-27. De esta historia podemos aprender mucho en cuanto a la forma de cómo debemos seguir a Cristo y Pedro es un personaje que, si bien es cierto, cometió errores como muchos de nosotros lo hacemos, pero su amor a Jesús siempre sale a resaltar y el hecho de que aprendió a levantarse de sus caídas para convertirse en un mejor discípulo.


Pedro-negacion
Pedro niega a Jesús 


PEDRO SIGUE A JESÚS DE LEJOS

“Y seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Y este discípulo era conocido del sumo sacerdote, y entró con Jesús al patio del sumo sacerdote; más Pedro estaba fuera, a la puerta. Salió, pues, el discípulo que era conocido del sumo sacerdote, y habló a la portera, e hizo entrar a Pedro”.

Juan 18:15-16

              La historia de Pedro siguiendo a Jesús de lejos y su posterior negación es narrada en los cuatro evangelios. En Lucas se nos dice que Pedro seguía a Jesús de lejos: “Y prendiéndole, le llevaron, y le condujeron a casa del sumo sacerdote. Y Pedro le seguía de lejos”, (Lucas 22:54), y aquí Juan nos dice que lo siguió acompañado de otro discípulo el cual no identifica: Y seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Y este discípulo era conocido del sumo sacerdote, y entró con Jesús al patio del sumo sacerdote; más Pedro estaba fuera, a la puerta. En cuanto a la identidad del discípulo que acompañaba a Pedro se ha especulado mucho. Algunos opinan que este discípulo era el mismo juan, el autor de este evangelio. Los que afirman esto lo fundamenta al supuesto que el padre de Juan y Jacobo, Zebedeo, llego a ser un proveedor de pescado de la casa de Caifás y que su hijo Juan era el que le hacia las entregas, así fue como Juan era conocido del sumo sacerdote, sin embargo, no hay forma de demostrar esta hipótesis. Otra opinión al respecto es que este discípulo que seguía a Jesús y acompañaba a Pedro era Judas Iscariote el cual ya era conocido de los guardias de la casa del sumo sacerdote porque había estado visitándola antes de la captura de Jesús; no obstante, no parece lógico pensar que Pedro continuara unido a Judas después de la traición que este había cometido. Otra opinión al respecto de quién era este discípulo que seguía a Jesús junto con Pedro es que era Nicodemo o José de Arimatea, pero se nos hace difícil creerlo ya que, de ser así, no tendrían porque perseguirlo a escondidas ya que ellos eran miembros del Sanedrín y a lo mejor estaban reunidos ya en la casa de Caifás. Otros simplemente opinan que era un discípulo diferente a los 12 apóstoles. Como sea, este discípulo era conocido en la casa de Caifás y por eso se le permitió entrar para luego hablar con la portera de la casa para que dejara entrar a Pedro y este se quedó en el patio: Salió, pues, el discípulo que era conocido del sumo sacerdote, y habló a la portera, e hizo entrar a Pedro.


SIGUIENDO A JESÚS DE LEJOS

“Entonces la criada portera dijo a Pedro: ¿No eres tú también de los discípulos de este hombre? Dijo él: No lo soy. Y estaban en pie los siervos y los alguaciles que habían encendido un fuego; porque hacía frío, y se calentaban; y también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose”.

Juan 18:17-18

              Aquel día Pedro entro a la casa de Caifás siguiendo a su Maestro, se quedo en el patio, pero no quiso darse a conocer públicamente como un discípulo de Él, tanto así que cuando la criada portera le pregunto si era uno de los discípulos de Jesús, este lo negó: Entonces la criada portera dijo a Pedro: ¿No eres tú también de los discípulos de este hombre? Dijo él: No lo soy. Y estaban en pie los siervos y los alguaciles que habían encendido un fuego; porque hacía frío, y se calentaban; y también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose. Vemos aquí como Pedro negó ser uno de los discípulos de Jesús cuando la criada portera le pregunto y luego se unió con los siervos y alguaciles para calentarse en frente del fuego ya que hacía frio aquella madrugada. Generalmente, cuando se considera esta historia, se resalta mas la falla de Pedro, pero lo cierto es que Pedro podría ser un típico reflejo de cada uno de nosotros que luchamos por agradar a Dios en medio de nuestras debilidades. Intentemos ver primero las cosas positivas que resaltan de Pedro en esta historia. Definitivamente podemos ver su gran amor hacia su Señor. Aunque equivocado, al no comprender los propósitos de Dios, Pedro siempre busco impedir que su Maestro enfrentara la muerte en la cruz y por ello fue reprendido: “Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres”, (Mateo 16:22-23). Fue en su amor sincero que llego a hacer promesas impulsivas que no cumpliría: “Le dijo Simón Pedro: Señor, ¿a dónde vas? Jesús le respondió: A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; más me seguirás después. Le dijo Pedro: Señor, ¿por qué no te puedo seguir ahora? Mi vida pondré por ti. Jesús le respondió: ¿Tu vida pondrás por mí? De cierto, de cierto te digo: No cantará el gallo, sin que me hayas negado tres veces”, (Juan 13:36-38). Jesús le advirtió su negación, pero Pedro nunca escucho y fue cuidadoso en su vida espiritual, como hombre estaba dispuesto a apoyar a su Maestro, pero lo hacia en la carne, creía que las armas con las cuales tenia que combatir el mal eran armas carnales, tanto así, que creyó que solo necesitaba una espada para lograrlo: “Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco. Jesús entonces dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?”, (Juan 18:10-11). Lo cierto es que Pedro se preparo en la carne mas no en lo espiritual, aquella noche pudo haber orado al lado de su Maestro pidiendo fortaleza para enfrentar lo que venía, pero no lo hizo, porque estaba cansado y en lugar de orar se durmió al igual que sus otros compañeros: “Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño. Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras. Entonces vino a sus discípulos y les dijo: Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega”, (Mateo 26:36-46). Jesús les recomendaba a sus discípulos que era necesario que oraran porque la prueba que venía solo se podía vencer en el poder de Dios; pero sus discípulos no pudieron ya que estaban cansados. Tanto ellos como Pedro estaban dispuestos, pero la carne era débil y flaquearía al momento de la prueba. Todo esto nos hace recordar que nuestros enemigos no son en la carne, sino espirituales, y por ello Pablo decía que debíamos estar firmes, portando nuestra armadura espiritual: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes”, (Efesios 6:12-13). Además de esto, el apóstol Pablo reconoció que nuestras armas no son carnales, sino espirituales y poderosas en Cristo Jesús: “porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”, (2 Corintios 10:4-5). Al parecer, Pedro no considero estos consejos espirituales. Sin embargo, a pesar de que los otros discípulos salieron huyendo, Pedro no, sino decidió seguir a su Señor de lejos, reflejando así su anhelo sincero de seguirlo: “Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron… Y Pedro le siguió de lejos hasta dentro del patio del sumo sacerdote; y estaba sentado con los alguaciles, calentándose al fuego”, (Marcos 14:50, 54). Podemos ver una sincera insistencia en el apóstol Pedro de querer seguir a su Maestro, sin embargo, como ya lo dijimos, su descuido espiritual no le dio la preparación para enfrentar las pruebas que iban a venirle por causa de su amor a Cristo, ya que cuando la criada le pregunto si era uno de los discípulos de Jesús, este le negó: Entonces la criada portera dijo a Pedro: ¿No eres tú también de los discípulos de este hombre? Dijo él: No lo soy. Y estaban en pie los siervos y los alguaciles que habían encendido un fuego; porque hacía frío, y se calentaban; y también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose. Podemos imaginarnos al apóstol, con su conciencia acusada por la negación que había realizado, de pie calentándose en medio de los impíos que habían capturado a su Maestro. Definitivamente Pedro amaba a su Maestro y deseaba seguirlo hasta el fin del mundo, pero había descuidado la parte espiritual la cual podía darle la fortaleza para cumplir su anhelo. Nosotros podemos aprender mucho de esta historia ya que, si descuidamos nuestra vida espiritual, nuestra naturaleza pecaminosa predominara y será la que domine nuestros actos, pero velemos y seamos cuidadosos cuidando nuestra vida devocional para que cuando vengan las pruebas podamos mantenernos firmes en el poder del Espíritu Santo. Esta historia queda pausada aquí y continuara en los versículos que van del 25 al 27, por hoy, nosotros meditemos en estas conclusiones y que nos ayuden a ser mejores testigos de su gracia.

 

jueves, 19 de noviembre de 2020

Conviene que un solo hombre muera (Juan 18:12-14)

 

“Entonces la compañía de soldados, el tribuno y los alguaciles de los judíos, prendieron a Jesús y le ataron, y le llevaron primeramente a Anás; porque era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote aquel año. Era Caifás el que había dado el consejo a los judíos, de que convenía que un solo hombre muriese por el pueblo”.

Juan 18:12-14

INTRODUCCIÓN

           Después de su arresto, el Señor es llevado a la casa de Anás, el cual no era el sumo sacerdote, pero ejercía tras bambalinas su influencia sobre Caifás, quien era su yerno. Será aquí donde el juicio injusto de Jesús iniciará y lejos de encontrar apoyo legal solo enfrentará un juicio amañado y lleno de burlas que lo condenará a muerte. Este pasaje donde vemos como los soldados romanos y los alguaciles de los judíos llevaron a Jesús a la casa de Anás es exclusivo de este evangelio ya que en los evangelios sinópticos no se presenta tal historia. Veremos aquí como Jesús es presentado ante este hombre y como la conveniencia de que muera un solo hombre en lugar de todo el pueblo apunta al cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento.

 

Jesús-ante-Anás
Jesús es llevado ante Anás


JESÚS ES LLEVADO ANTE ANÁS

 

“Entonces la compañía de soldados, el tribuno y los alguaciles de los judíos, prendieron a Jesús y le ataron, y le llevaron primeramente a Anás; porque era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote aquel año”.

Juan 18:12-13

               Vemos como después de capturarlo estos decidieron llevar a Jesús primeramente a Anás: Entonces la compañía de soldados, el tribuno y los alguaciles de los judíos, prendieron a Jesús y le ataron, y le llevaron primeramente a Anás; porque era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote aquel año. De acuerdo a estos versículos, en medio de la compañía de los soldados romanos y los alguaciles de los judíos había un tribuno el cual era un oficial romano responsable de una legión romana, posiblemente, este era el líder principal de todos los soldados romanos que habían llegado a capturar al Señor. Estos decidieron que la primera persona a la cual tenían que llevar a Jesús era Anás. Vemos en estos versículo el detalle de que estos hombres ataron a Jesús como si se tratara de un criminal peligrosos, esto, aunado al hechos de la enorme cantidad de hombres armados utilizados para capturarlo reflejan por un lado la exageración en el modo de cómo lo trataron ya que nuestro Señor nunca dio evidencias de violencia o vileza para ser tratado como un criminal peligroso, pero por otro lado, vemos como las tinieblas envistieron con toda su fuerza y violenta en contra del Hijo de Dios, por ello el Señor dijo que había llegado el momento de las tinieblas: “Y Jesús dijo a los principales sacerdotes, a los jefes de la guardia del templo y a los ancianos, que habían venido contra él: ¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y palos? Habiendo estado con vosotros cada día en el templo, no extendisteis las manos contra mí; más esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas”, (Lucas 22:52-53). Fue primeramente ante Anás quien Jesús fue llevado Jesús, pero, ¿quién era Anás? Anás fue sumo sacerdote desde el 6 d.C. hasta el 15 d.C., luego fue depuesto por los romanos, sin embargo, logro que su hijo Eleazar continuara en el puesto durante el año 16 d.C. y del 17 d.C. al 36 d.C., su yerno Caifás llego a ser el sumo sacerdote en la nación, pero lo cierto es que detrás de estos hombres Anás ejercía su influencia y tenía un gran poder en medio del sanedrín, el consejo superior de los judíos. Por ello, cuando Jesús fue capturado, la primera persona en la cual pensaron para llevar a Jesús fue Anás y por ello se dice en ocasiones que los sumos sacerdotes eran Anás y Caifás, porque si bien era cierto, sumo sacerdote solo podía ser uno de acuerdo a la ley de Moisés, pero este hombre continuaba ejerciendo su influencia en el sacerdocio a través de su yerno: “Y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto”, (Lucas 3:2). Además, Anás era muy conocido en todo el pueblo judío, pero su fama no era buena. Anás y toda su familia se habían enriquecido a costa de sus negocios en el Templo. A la entrada del templo solían colocarse los famosos cambistas y vendedores de animales para el sacrificio los cuales eran negocios propios de la familia de Anás. La ley exigía a cada judío adulto presentar su ofrenda al Templo, fuera un buey, oveja o paloma, según sus finanzas. Sin embargo, la mayoría de ellos estaban dispersos por todo el mundo, por lo que hacían grandes peregrinaciones hacia Israel. Para esta época existían muchas monedas, la griega, romana, etíope y la judía, sin embargo, la única que se aceptaba en el Templo era la judía ya que las demás eran consideradas paganas. Todo judío que se presentara en el Templo tenía que cambiar sus monedas extrajeras por judías, pero lo hacían pagando más del valor real ya que los cambistas sacaban gran ganancia de esto. Esto era necesario porque adentro del Templo estaban a la venta los animales que se ofrecían para el sacrificio los cuales eran vendidos a mayor precio del que se vendía fuera del Templo. Ahora bien, si alguien compraba un animal afuera del Templo y lo llevaba al Templo, antes de entrar existía un grupo de inspectores que examinaban a los animales y eran demasiados rigurosos a tal punto que generalmente rechazaban a todos los animales declarándolos como no aptos para el sacrificio, por lo que el judío no tenía muchas posibilidades de que le aceptaran su animal para el sacrificio y no le quedaba otra que ser estafado dentro del Templo. Esto era un verdadero robo y todos sabían que las ganancias de estos negocios iban directamente a la familia de Anás la cual se había enriquecido de ello. Si recordamos, Jesús había echado afuera del Templo a todos estos comerciantes ya que se indignó de esta acción mezquina: “Estaba cerca la pascua de los judíos; y subió Jesús a Jerusalén, y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados. Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado”, (Juan 2:13-16). A lo mejor Anás quien era el dueño principal de estos negocios aun continuaba molesto por esta acción y creyeron que lo mejor era llevarle a Jesús para que este determinara lo que se tenía que hacer.

 

LA CONVENIENCIA QUE UN SOLO HOMBRE MUERA

 

“Era Caifás el que había dado el consejo a los judíos, de que convenía que un solo hombre muriese por el pueblo”.

Juan 18:12-14

               Aquí encontramos que Juan nos recuerda el consejo que Caifás dio en cierto momento respecto a matar a Jesús: Era Caifás el que había dado el consejo a los judíos, de que convenía que un solo hombre muriese por el pueblo. Si recordamos un poco, fue Caifás quien recomendó a todos los sacerdotes y lideres religiosos que lo mejor era dar muerte a Jesús ya que su fama crecía así como el número de sus discípulos y esto podía poner nerviosos a los romanos y promover una futura rebelión que terminara en una gran matanza, por ello, era mejor que muriera un solo hombre que todo un pueblo: “Entonces Caifás, uno de ellos, sumo sacerdote aquel año, les dijo: Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca”, (Juan 11:49-50). Sin saberlo, este hombre impío que para este momento fungía como sumo sacerdote estaba profetizando lo que iba ocurrir, la muerte de Cristo para salvar a muchos de sus pecados. En el libro de Isaías se nos habla del siervo sufriente de Dios, la cual es una profecía de los sufrimientos que el Mesías experimentaría: “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca… Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada”, (Isaías 53:7, 10). De acuerdo a Isaías, el Mesías seria llevado como cordero al matadero y fue la voluntad de Dios sujetarlo a padecimientos con el fin de ofrecer su vida en expiación por el pecado de muchos: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu”, (1 Pedro 3:18). Cristo padeció una sola vez por todos los pecadores, así un hombre, Jesús, murió por muchos que vivirían para vida eterna gracias a su sacrificio. Hoy en día, solo necesitamos arrepentirnos de nuestros pecados para poder acceder gracias a Cristo a esta gracia bendita.

 

lunes, 16 de noviembre de 2020

El arresto de Jesús (Juan 18:1-11)

 

“Habiendo dicho Jesús estas cosas, salió con sus discípulos al otro lado del torrente de Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró con sus discípulos. Y también Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar, porque muchas veces Jesús se había reunido allí con sus discípulos. Judas, pues, tomando una compañía de soldados, y alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos, fue allí con linternas y antorchas, y con armas. Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús nazareno. Jesús les dijo: Yo soy. Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba. Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron a tierra. Volvió, pues, a preguntarles: ¿A quién buscáis? Y ellos dijeron: A Jesús nazareno. Respondió Jesús: Os he dicho que yo soy; pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos; para que se cumpliese aquello que había dicho: De los que me diste, no perdí ninguno. Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco. Jesús entonces dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?”.

Juan 18:1-11

INTRODUCCIÓN

               Con el inicio del capítulo 18 el apóstol Juan se aproxima cada vez más al momento decisivo en el plan de salvación que Dios había establecido desde antes de la fundación del mundo. El apóstol Pedro decía: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros”, (1 Pedro 1:18-20). Desde tiempos antiguos los profetas habían anunciado la venida del Mesías, ahora este había nacido y su ministerio en esta tierra fue impactante, fue un hombre poderoso en palabras y obras; pero el momento decisivo de su vida estaba a pocas horas de ocurrir, su muerte en la cruz del Calvario.

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El arresto de Jesús

LISTO PARA ENFRENTAR LA HORA DECISIVA

“Habiendo dicho Jesús estas cosas, salió con sus discípulos al otro lado del torrente de Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró con sus discípulos”.

Juan 18:1

            Después de haber tomado la última pascua con sus discípulos, instruirlos en lo venidero y su oración en el Getsemaní, Jesús ya estaba listo para enfrentar la principal razón por la cual se había encarnado en esta tierra, el morir en la cruz del Calvario. Con respecto a las ultimas horas de Jesús, Juan omite algunos detalles que los evangelios sinópticos mencionan, tal y como la reunión de conspiración de los líderes religiosos (Mateo  26:2-5, Marcos 14:1-2, Lucas 22:1-2), el trato de Judas con los líderes religiosos para entregar a Jesús (Mateo 26:14-16, Marcos 14:10-11, Lucas 22:3-6), el beso del traidor Judas al momento de entregarlo a sus enemigos (Mateo 26:49), el suicidio de Judas (Mateo 27:1), el hecho de que Simón de Cirene cargo la cruz (Mateo 27:32, Marcos 15:21, Lucas 23:26), la oscuridad del medio día (Mat 27:45), la declaración del centurión (Mateo 27:54) y el rasgamiento del velo del templo (Mateo 27:51), entre otros detalles. No obstante, Juan nos presenta detalles que no encontramos en los evangelios sinópticos tal y como el nombre del sirviente del sumo sacerdote a quien se le cortó la oreja, el nombre del discípulo del Señor que le cortó la oreja derecha, la aparición del Jesús resucitado a María Magdalena (Juan 20:10-19), la aparición de Jesús a Tomas (Juan 20:24-31), así como detalles de la pesca milagrosa y su discurso con Pedro en el capítulo 21. Lo cierto es que Jesús sabía que su momento había llegado y después de la oración estaba listo: Habiendo dicho Jesús estas cosas, salió con sus discípulos al otro lado del torrente de Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró con sus discípulos. Creemos que después de su oración en el Getsemaní, Jesús salió con sus discípulos al otro lado del torrente de Cedrón, donde había un huerto, y fue allí donde espero a sus captores. El torrente de Cedrón era una quebrada honda y obscura, al nordeste de Jerusalén, por la cual corría un arroyo pequeño cuando había lluvia y que se secaba en el verano. Este torrente de Cedrón ha sido testigo de muchos acontecimientos en la historia de Israel, fue aquí donde paso el rey David junto con algunos del pueblo llorando y camino al desierto cuando Absalón le dio golpe de estado (2 Samuel 15:23), fue también este torrente de Cedrón que Salomón puso de límite para que Simei no pasara porque de lo contrario moriría (1 Reyes 2:37), fue aquí donde Asá rey de Juda quemó la imagen de la diosa Asera que su abuela había edificado (1 Reyes 15:13), además, los sacerdotes del tiempo del rey Ezequías sacaron los objetos paganos que estaban en el templo y los arrojaron en este torrente (2 Crónicas 29:16), y ahora, aquí estaba Jesús pasando con sus discípulos al otro lado de este torrente para enfrentar el momento decisivo de su ministerio.

 

EL QUE LO ENTREGABA

“Y también Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar, porque muchas veces Jesús se había reunido allí con sus discípulos”.

Juan 18:2

              En este versículo se nos presenta al traidor, a Judas Iscariote. Judas había sido uno de sus doce discípulos de confianza: “Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano; Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano, Jacobo hijo de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo, Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también le entregó”, (Mateo 10:1-4). Durante todo su ministerio Judas estuvo al lado de Jesús como uno de los doce discípulos más cercanos a Él, tanto así que conocía el lugar privado donde nuestro Señor se retiraba cuando salía de Jerusalén: Y también Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar, porque muchas veces Jesús se había reunido allí con sus discípulos. A pesar de haber estado todo este tiempo al lado del Maestro, Judas nunca permitió que la palabra de Dios lo transformara, ya que según vemos, robaba de la bolsa ya que era el tesorero del grupo: “Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella”, (Juan 12:4-6). Es obvio que el pecado que controlo la vida de Judas fue la codicia, por eso robaba y esto lo impulso a atreverse a vender a su Maestro por 30 piezas de plata: “Entonces uno de los doce, que se llamaba Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes, y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron treinta piezas de plata. Y desde entonces buscaba oportunidad para entregarle”, (Mateo 26:14-16). Fue así, como Judas llevo hasta aquel lugar a los captores de nuestro Señor Jesús.

                Cuando consideramos la historia de Judas no puede más que causar tristeza al considerar cómo un hombre que estuvo cerca de Jesús y que llego a ser intimo con Él pudo haber caído en una de las peores atrocidades de la historia de la humanidad, traicionar la confianza del Hijo de Dios. ¿Acaso no escucho todas las enseñanzas de nuestro Señor que penetraban en el corazón de las personas? ¿No fue testigo acaso de todas las señales milagrosas que realizo a lo largo de su ministerio? ¿Cómo es posible entonces esto? Tristemente esto es causa de un corazón duro que nunca estuvo dispuesto a renunciar a sus pecados. Como hemos dicho, pareciera que la codicia era un pecado que Judas nunca quiso abandonar y sabiéndolo Satanás, entro a su corazón para influenciarlo a semejante atrocidad: “Respondió Jesús: A quien yo diere el pan mojado, aquél es. Y mojando el pan, lo dio a Judas Iscariote hijo de Simón. Y después del bocado, Satanás entró en él. Entonces Jesús le dijo: Lo que vas a hacer, hazlo más pronto”, (Juan 13:26-27). La verdad es que si nosotros nos cuidamos nuestro corazón y nos despojamos de nuestras maldades a través de un verdadero arrepentimiento y seguimos las enseñanzas del evangelio, también podemos llegar a caer en terribles pecados que nos lleven al infierno, cuando decidimos endurecer nuestro corazón y no le permitimos a la palabra que obre en nosotros estamos siendo como aquel terreno de la parábola del sembrador, donde parte de la semilla cayó en suelo duro y por no penetrar vinieron las aves del cielo y se la comieron: “Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron… Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino”, (Mateo 13:4,19). Debemos cuidar nuestro corazón despojándonos de todo pecado y permitiéndole a la palabra de Dios que transforme nuestra vida porque de lo contrario también nosotros podemos ser arrastrados al infierno por causa de nuestros pecados no arrepentidos.

 

JESÚS NO SE OCULTA DE LA TURBA VIOLENTA

“Judas, pues, tomando una compañía de soldados, y alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos, fue allí con linternas y antorchas, y con armas. Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús nazareno. Jesús les dijo: Yo soy. Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba. Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron a tierra. Volvió, pues, a preguntarles: ¿A quién buscáis? Y ellos dijeron: A Jesús nazareno. Respondió Jesús: Os he dicho que yo soy; pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos; para que se cumpliese aquello que había dicho: De los que me diste, no perdí ninguno”.

Juan 18:3-9

               Según vemos, Judas se presentó con una gran muchedumbre de hombres para capturar a Jesús, como si se tratara de un vil y peligroso criminal: Judas, pues, tomando una compañía de soldados, y alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos, fue allí con linternas y antorchas, y con armas. Vemos como estos hombres exageraron la situación y esto se deja ver al considerar la gran muchedumbre que acompañaban a Judas. Junto a Judas iba una compañía de soldados romanos los cuales velaban por mantener el orden en las regiones que el imperio había conquistado, posiblemente solicitados por los sacerdotes al acusar a Jesús de un sedicioso. A parte de ellos, vemos que los acompañaban los alguaciles de los principales sacerdotes y fariseos, y estos eran judíos que pertenecían a la guardia personal del templo que estaban bajo el mando del sanedrín. Todos estos llegaron con antorchas y armas pensando que Jesús se escondería obligándolos a buscarlo en medio del oscuro huerto o quizá en la profundidad de las oscuras cuevas que se encontraban en aquel lugar, además, iban armados creyendo que posiblemente presentarían oposición de parte de sus discípulos, pero en lugar de eso Jesús hizo lo contrario y sin nada que temer se les adelanto a la turba salvaje que venía: Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús nazareno. Jesús les dijo: Yo soy. Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba. Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron a tierra. Increíblemente, estos hombres retrocedieron y cayeron a tierra al escuchar las palabras de Jesús: Yo soy. Con las palabras “Yo Soy”, nuestro Señor se identifica así mismo como el Dios del Antiguo Testamento que se le apareció a Moisés en la zarza ardiendo: “Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros”, (Éxodo 3:13-14). Es interesante ver la reacción de sus enemigos al oír la voz de nuestro Señor, estos retrocedieron y cayeron a tierra. En el libro de Apocalipsis vemos como Juan cayo como muerto a sus pies al ver al Cristo totalmente glorificado: “Cuando le vi, caí como muerto a sus pies…”, (Apocalipsis 1:17), de igual forma, un día, todos sus enemigos caerán de rodillas a sus pies, y esto que ocurrió es solo un anuncio de los que pasara en el futuro: “Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”, (Salmo 110:1). Tal y como lo menciona el apóstol Pablo, un día, toda rodilla se doblará ante sus pies y quedara claro que Jesús es el Señor: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”, (Filipenses 2:9-11). Este día aquellos hombres que llegaron a capturarlo retrocedieron y cayeron a tierra al escuchar su nombre, pero un día, no solo estos, sino todo ser doblara su rodilla confesando que es el Señor. Luego Jesús volvió nuevamente a preguntarles: ¿A quién buscáis? A esto respondieron nuevamente: A Jesús nazareno. Y Jesús volvió a responderles: Os he dicho que yo soy. Con todo esto vemos como Jesús enfrento sin temor a sus captores, estos a lo mejor pensaban que encontrarían algún tipo de resistencia y que les costaría hallarlo; pero no fue así. Ahora bien, Jesús se preocupaba que les hicieran algún tipo de daño a sus discípulos, por eso les dice a sus captores: pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos; para que se cumpliese aquello que había dicho: De los que me diste, no perdí ninguno. Nuestro Señor no solo enfrentó a la turba violenta con valor, sino que también se preocupaba por el bienestar de sus discípulos y Juan deja claro que dijo esto para que se cumpliese lo que Él ya había dicho en el huerto de Getsemaní cuando oro para que nada le pasara a sus discípulos: “Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese”, (Juan 17:12). Irónicamente aquel día estos hombres llegaron con palos y espadas a capturar a Jesús, como si se tratara de cualquier ladrón: “En aquella hora dijo Jesús a la gente: ¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y con palos para prenderme? Cada día me sentaba con vosotros enseñando en el templo, y no me prendisteis”, (Mateo 26:55); sin embargo, no retrocedió ante ellos sino los enfrento con valor.

 

PEDRO TOMA LA ACCIÓN EQUIVOCADA

“Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco. Jesús entonces dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?”.

Juan 18:10-11

              Ante esta escena, Pedro, con el deseo de ayudar a su Maestro, pero con una acción equivocada, trata de intervenir: Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco. De alguna manera, Pedro esperaba que las cosas se pusieran difíciles y quizás a lo mejor por eso cargaba una espada la cual desenvaino e hirió al siervo del sumo sacerdote que, según este evangelio, se llamaba Malco. De acuerdo a Lucas, sus discípulos estaban dispuesto a defender a su Maestro con espadas, pero al final, fue Pedro el que se adelanto a tal fin: “Viendo los que estaban con él lo que había de acontecer, le dijeron: Señor, ¿heriremos a espada? Y uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha”, (Lucas 22:49-50). Sin embargo, Jesús reprende a Pedro haciéndole ver que sus acciones no eran necesarias ya que para esto mismo Él había venido a esta tierra, a dar su vida en rescate de muchos: Jesús entonces dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber? Y para confirmar esto, nuestro Señor le sano al instante la oreja al siervo del sumo sacerdote, calmando así los deseos de revancha hacia sus discípulos: “Y uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Basta ya; dejad. Y tocando su oreja, le sanó”, (Lucas 22:50-51). Además de esto, Mateo nos da otra razón por la cual Jesús considero que no debían actuar con violencia ante sus captores: “Pero uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo a un siervo del sumo sacerdote, le quitó la oreja. Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán. ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?”, (Mateo 26:51-53), aquí encontramos una versión de la ley de la siembra y la cosecha, el que a espada mata a espada muere, a parte de eso, si el deseo de Jesús hubiese sido defenderse, hubiese ordenado a sus ángeles que lo defendieran, pero si en algo se iba a caracterizar su reino es en la no violencia, la conquista del imperio del mal a través del amor y sacrificio propio. De esta forma aquel día Jesús fue capturado y ante esto, sus discípulos huyeron dejándolo solo para enfrentar en un juicio injusto que sus enemigos le habían preparado: “Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron… Trajeron, pues, a Jesús al sumo sacerdote; y se reunieron todos los principales sacerdotes y los ancianos y los escribas”, (Marcos 14:50,53).