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viernes, 30 de noviembre de 2018

Otro Motivo para Perdonar (Mateo 18:23-35)



“Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Más él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas”.
Mateo 18:23-35

INTRODUCCIÓN



                 Nuestro Señor Jesucristo continúa con el tema del perdón, y ya anteriormente habíamos vimos que este tiene que otorgarse tantas veces que se solicite, siempre y cuando el ofensor se arrepienta. Ahora, a través de una parábola, el Señor Jesucristo nos muestra una razón más por la cual deberíamos perdonar las ofensas de nuestros prójimos. Esta parábola se conoce con el nombre de “la parábola de los dos deudores” y en ella se nos enseña como Dios en su infinita misericordia ha perdonado nuestra gran deuda, la deuda por nuestros pecados que era muy grave y merecía su castigo en el infierno. Por tanto, se espera que, así como Dios nos ha perdonado de nuestras ofensas, así también nosotros perdonemos a los que nos ofenden, porque, ¿cómo esperamos que nuestros pecados sean perdonados si nosotros no somos capaces de perdonar las ofensas de los demás?

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Los dos deudores


LA GRAN DEUDA QUE FUE PERDONADA


“Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda”.
Mateo 18:23-27


            Con las palabras: Por lo cual el reino de los cielos es semejante a, nuestro Señor Jesús nos introduce a una parábola donde compara la rendición de cuentas por deudas de los súbditos con su rey, Él dice: el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Aquí vemos a un siervo que le debía al rey una cantidad exorbitante, 10, 000 talentos. Un talento era el salario que recibía el jornalero por un día de trabajo y aquí vemos que este debía el equivalente a 10, 000 días de trabajos, una deuda imposible de pagar. Por ello el rey dicto sentencia en contra de este siervo: A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. Por causa de su deuda, este siervo estaba totalmente perdido, sin embargo, el rey fue movido a misericordia por las suplicas de este: Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. Bien dijo Jesús al principio cuando hizo ver que el reino de los cielos es semejante a esta parábola porque nosotros nos encontrábamos en la misma situación que este siervo, ya que por causa de nuestros pecados estábamos condenados al infierno, sin ninguna posibilidad de redimirnos por nuestros propios medios, nuestra deuda era tan grande que ningún sacrificio humano ni todo el oro del mundo podría pagar nuestro derecho de entrar en el reino de los cielos. Pero cuando nos arrepentimos y suplicamos a Cristo misericordia, Él perdono nuestra enorme deuda.

EL QUE NO SABE PERDONAR NO SERÁ PERDONADO


“Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Más él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas”.
Mateo 18:28-35


                 Sin embargo, la parábola toma un rumbo que aquellos que la escuchaban no imaginaron, ya que el siervo al cual se le había perdonado aquella gran deuda, no pudo perdonar a un consiervo suyo que le debía una cantidad mucho menor: Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Más él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. El consiervo le debía solamente 100 denarios, comparado a los 10, 000 que a este se le había perdonado es una cantidad muy pequeña; pero aun así el siervo endureció su corazón y no lo perdono, sino lo echó a la cárcel por su deuda. ¡Qué triste es ver que alguien que espera el perdón de Dios por sus pecados no es capaz de perdonar a sus ofensores! El perdón a otros debería otorgarse de manera fácil, porque a nosotros ya se nos perdonaron todas nuestras deudas, y ¿qué peso tienen las ofensas que se nos hayan hecho comparadas a las ofensas y pecados que hemos cometido delante de Dios? Si esto es así, nuestras deudas delante de Dios son mayores que las ofensas o sufrimientos que otros nos han provocado, nuestros pecados son tan ofensivos y desagradables que nuestra mente no logra calcular lo grave que estos son delante del Señor. En la Biblia podemos ver lo terrible y desagradable que es para Dios nuestros pecados, por ejemplo, en Ezequiel se nos dice que las rebeliones son como inmundicia de mujer menstruosa: “Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: Hijo de hombre, mientras la casa de Israel moraba en su tierra, la contaminó con sus caminos y con sus obras; como inmundicia de menstruosa fue su camino delante de mí”, (Ezequiel 36:16-17). En Isaías dice que incluso nuestras justicias son como trapos apestosos de inmundicia: “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento”, (Isaías 64:6), y el apóstol Pablo comparaba su naturaleza pecaminosa a cargar atado a su cuerpo un cadáver apestoso: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”, (Romanos 7:24). Por tanto, el pecado es algo totalmente desagradable y repugnante a los ojos de Dios, y aunque nos provoca un placer temporal es una ofensa terrible que nos condena al infierno, y esta deuda es algo que nosotros no podemos pagar, solamente a través de Cristo podemos obtener el perdón de nuestros pecados. Ahora bien, Si nosotros no sabemos perdonar a los que nos ofenden no esperemos poder ser perdonados de nuestros pecados, así se observa en la enseñanza que esta parábola nos proporciona: Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Si Dios nos ha perdonado tan grande deuda, ¿por qué nosotros no podremos perdonar a nuestros prójimos? Por ello Jesús termina diciendo: Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas. Como cristianos debemos asegurarnos de no tener raíces de amargura que nos provoque odio hacia nuestros prójimos, ya que ese es un pecado que nos consume y conduce al infierno, al contrario, debemos descargar todas nuestras cargas y angustias delante de Cristo y permitir que cure todas nuestras heridas, al final, Él pagara a cada persona según su obra, nada quedara sin castigo en esta tierra, pero nosotros asegurémonos que el odio no nos conduzca al infierno, por ello pidámosle a Dios que quite todo resentimiento de nuestro corazón y podamos perdonar, para que también nosotros seamos perdonados: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”, (Mateo 6:12).


El otorgar el perdón en muy difícil para algunas personas, especialmente si estos han sufrido terribles cosas, pero estas personas deben acudir a Dios y experimentar su infinito perdón lo cual llenara sus corazones de su amor incomparable. Cuando esto es así este aprende a amar y dejar atrás todo su dolor, porque no hay nada que el amor de Dios no pueda restaurar. En la Biblia encontramos la historia de una mujer que había experimentado este gran amor, ella sabía que Jesús había perdonado todos sus pecados y por ello ella vivía en constante agradecimiento: “Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume. Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora. Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Dí, Maestro. Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Dí, pues, ¿cuál de ellos le amará más? Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado. Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; más ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; más ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; más ésta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; más aquel a quien se le perdona poco, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados”, (Lucas 7:36-48). Hemos considerado cuánto nos ha perdonado Dios, pues esto es una gran muestra de su amor y como amados aprendamos a perdonar a nuestros prójimos para que nosotros seamos perdonados por Él.


El odio conduce al infierno (Efesios 4:26)


“Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo”.
Efesios 4:26

INTRODUCCIÓN


            Hoy en día vivimos en un mundo donde estamos expuestos a sufrir y algunos de estos puede deberse a grandes injusticias que pueden dañar nuestro corazón y formarse grandes raíces de amargura que nos lleve a odiar a nuestros ofensores. Sin embargo, esto es pecado y como todos los demás conduce al infierno, por ello debemos evaluar nuestra vida y asegurarnos de no ser victima de estos terribles sentimientos que nos continúan dañando aun después de lo que nuestros agresores nos hicieron.

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El odio conduce al infierno


                        I.         UN LLAMADO A NO MANTENER NUESTRO ENOJO.


La Biblia nos enseña que debemos cuidar que el sol no se ponga sobre nuestro enojo: Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, es decir, no dejar que el día termine y que nuestro corazón guarde resentimientos porque esto es un pecado que destruye al ser humano.

                      II.         EJEMPLOS DE PERSONAS QUE FUERON DAÑADAS POR SUS RESENTIMIENTOS.


En la Biblia podemos ver algunos ejemplos de personas que por causa de sus resentimientos y odios fracasaron. Veamos.


1.     El fracaso de Jefté.


“Jefté galaadita era esforzado y valeroso; era hijo de una mujer ramera, y el padre de Jefté era Galaad. Pero la mujer de Galaad le dio hijos, los cuales, cuando crecieron, echaron fuera a Jefté, diciéndole: No heredarás en la casa de nuestro padre, porque eres hijo de otra mujer”.
Jueces 11:1-2

La Biblia nos habla acerca de un hombre llamado Galaad el cual se unió a una ramera y engendro un hijo llamado Jefté. Aparte de Jefté, Galaad tuvo hijos de la mujer legitima los cuales crecieron junto con Jefté el hijo ilegitimo. La Biblia describe a Jefté como un hombre valeroso y esforzado, pero por el hecho de ser el hijo de una ramera sus medios hermanos lo vieron con desprecio y lo echaron de la casa diciéndole que no heredaría nada de la casa de su padre: “Huyó, pues, Jefté de sus hermanos, y habitó en tierra de Tob; y se juntaron con él hombres ociosos, los cuales salían con él”, (Jueces 11:3). Este hecho debió haber provocado heridas internas en el corazón de Jefté, sin embargo, el tiempo paso y Amón amenazo a Israel y fue allí donde los ancianos buscaron la ayuda de el con el fin de que los guiara a la batalla: “Y cuando los hijos de Amón hicieron guerra contra Israel, los ancianos de Galaad fueron a traer a Jefté de la tierra de Tob; y dijeron a Jefté: Ven, y serás nuestro jefe, para que peleemos contra los hijos de Amón. Jefté respondió a los ancianos de Galaad: ¿No me aborrecisteis vosotros, y me echasteis de la casa de mi padre? ¿Por qué, pues, venís ahora a mí cuando estáis en aflicción? Y los ancianos de Galaad respondieron a Jefté: Por esta misma causa volvemos ahora a ti, para que vengas con nosotros y pelees contra los hijos de Amón, y seas caudillo de todos los que moramos en Galaad”, (Jueces 11:5-8). Aunque Jefté acepto ser su jefe y ayudarlos a luchar en contra de Amón, su corazón guardaba fuertes resentimientos por lo que sus hermanos le habían hecho. El resentimiento y deseo de venganza en Jefté se deja ver en los siguientes versículos, así como las terribles consecuencias que sufren aquellos que no sanan sus heridas: “Y Jefté hizo voto a Jehová, diciendo: Si entregares a los amonitas en mis manos, cualquiera que saliere de las puertas de mi casa a recibirme, cuando regrese victorioso de los amonitas, será de Jehová, y lo ofreceré en holocausto. Y fue Jefté hacia los hijos de Amón para pelear contra ellos; y Jehová los entregó en su mano. Y desde Aroer hasta llegar a Minit, veinte ciudades, y hasta la vega de las viñas, los derrotó con muy grande estrago. Así fueron sometidos los amonitas por los hijos de Israel. Entonces volvió Jefté a Mizpa, a su casa; y he aquí su hija que salía a recibirle con panderos y danzas, y ella era sola, su hija única; no tenía fuera de ella hijo ni hija. Y cuando él la vio, rompió sus vestidos, diciendo: ¡Ay, hija mía! en verdad me has abatido, y tú misma has venido a ser causa de mi dolor; porque le he dado palabra a Jehová, y no podré retractarme. Ella entonces le respondió: Padre mío, si le has dado palabra a Jehová, haz de mí conforme a lo que prometiste, ya que Jehová ha hecho venganza en tus enemigos los hijos de Amón. Y volvió a decir a su padre: Concédeme esto: déjame por dos meses que vaya y descienda por los montes, y llore mi virginidad, yo y mis compañeras. El entonces dijo: Vé. Y la dejó por dos meses. Y ella fue con sus compañeras, y lloró su virginidad por los montes. Pasados los dos meses volvió a su padre, quien hizo de ella conforme al voto que había hecho. Y ella nunca conoció varón”, (Jueces 11:30-39). Al momento de hacer su voto a Dios pensaba que ofrecer a uno de sus hermanos; pero no ocurrió así sino su amada hija pago las consecuencias de su odio.

2.     El fracaso de Ahitofel.


Ahitofel es otro caso donde se fracaso e incluso se condeno por sus fuertes resentimientos y odios que no lograron superar. Ahitofel era padre de Eliam, uno de los valientes de David: “Elifelet hijo de Ahasbai, hijo de Maaca, Eliam hijo de Ahitofel, gilonita”, (2 Samuel 23:34), y a su vez abuelo de Betsabé, el esposo de Urías el Heteo: “Envió David a preguntar por aquella mujer, y le dijeron: Aquella es Betsabé hija de Eliam, mujer de Urías heteo”, (2 Samuel 11:3). Y si conocemos muy bien la historia sabemos que David adultero con Betsabé, la cual quedó embarazada de él y para esconder su pecado David trato de engañar a Urías para que durmiera con su esposa, pero al no lograrlo lo termino matando (2 Samuel 11). Este pecado le costo caro a David el cual se arrepintió y Dios lo perdono, pero no sin pagar las consecuencias de ello. Al final, David fue restaurado y se quedo con su mujer, su primer hijo con ella murió; pero Dios les dio otro que fue Salomón. Lamentablemente Ahitofel el abuelo de Betsabé no perdono a David y en su resentimiento hacia el se revelo y trato de destruirlo: “Y mientras Absalón ofrecía los sacrificios, llamó a Ahitofel gilonita, consejero de David, de su ciudad de Gilo. Y la conspiración se hizo poderosa, y aumentaba el pueblo que seguía a Absalón”, (2 Samuel 15:12). Ahitofel era un gran consejero, pero uso su sabiduría para cumplir su venganza: “el consejo que daba Ahitofel en aquellos días, era como si se consultase la palabra de Dios. Así era todo consejo de Ahitofel, tanto con David como con Absalón”, (2 Samuel 16:23). Sin embargo, Husai, un hombre de confianza de David se fingió aliado de Absalón y por medio de el Dios anulo el consejo de Ahitofel y así fue librado David de la trampa que con astucia había preparado: “Entonces Absalón y todos los de Israel dijeron: El consejo de Husai arquita es mejor que el consejo de Ahitofel. Porque Jehová había ordenado que el acertado consejo de Ahitofel se frustrara, para que Jehová hiciese venir el mal sobre Absalón”, (2 Samuel 17:14). Como consecuencia Ahitofel se frustro tanto que termino quitándose la vida: “Pero Ahitofel, viendo que no se había seguido su consejo, enalbardó su asno, y se levantó y se fue a su casa a su ciudad; y después de poner su casa en orden, se ahorcó, y así murió, y fue sepultado en el sepulcro de su padre”, (2 Samuel 17:23).

Como vemos, aquellos que no son capaces de perdonar y olvidar están destinados al sufrimiento y serán condenados por ese sentimiento, porque nadie que no sabe perdonar será perdonado: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial”, (Mateo 6:14).

                    III.         EL REMEDIO PARA SANAR DE TODO RESENTIMIENTO.


Definitivamente no es fácil olvidar las ofensas pasadas, especialmente si nos han dañado injustamente, sin embargo, debemos estar conscientes que si no olvidamos este sentimiento de odio nos conducirá al infierno. Veamos a la luz de la Biblia que podemos hacer para liberarnos de nuestras raíces de amargura:

1.     Aceptar la invitación de Cristo para ir a Él para ser restaurados de nuestros dolor y pecados: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”, (Mateo 11:28).
2.     Dejar a Dios obrar su justicia y no tomar venganza en nuestras manos: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”, (Romanos 12:19).
3.     Buscar la consolación en Dios: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios”, (2 Corintios 1:3-4).

CONCLUSIÓN.


Todos estamos expuestos a sufrir, sin embargo, debemos cuidarnos de no guardar rencores y odio en nuestro corazón hacia aquellas personas que nos dañan, porque eso nos conducirá el infierno. Por ello debemos acudir a Dios para poder perdonar y no permitir que estos sentimientos nos lleven al infierno y poder así ser restaurados por su gran amor.




sábado, 10 de noviembre de 2018

Jesús, la resurrección y la vida (Juan 11:17-27)



“Vino, pues, Jesús, y halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén, como a quince estadios; y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María, para consolarlas por su hermano. Entonces Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a encontrarle; pero María se quedó en casa. Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero. Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?  Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo”.
Juan 11:17-27

INTRODUCCIÓN

                   Continuamos nuestro recorrido a lo largo del capitulo 11 de este evangelio y hemos llegado al momento donde Jesús finalmente llega a Betania, el lugar donde Lázaro vivía. Si recordamos un poco, Jesús se encontraba lejos de Betania cuando llegaron unos mensajeros de Marta y Maria diciéndole que Lázaro su hermano estaba muy enfermo y necesitaban que viviera de inmediato, pero el Señor no partió al momento de recibir la noticia, sino se quedó allí dos días más. Luego, en vez de ir a Betania decide ir a Judea, y allí declara que Lázaro ya estaba muerto. Por la afirmación de Marta en el versículo 39, para este momento que Jesús llega su hermano llevaba ya 4 días de muerto, por lo que podemos suponer nuestro Señor se tardo al menos 4 días en llegar a ellas. Ahora que Jesus llega a Betania Marta le sale al encuentro con el fin de reclamar su tardanza, pero realmente nuestro Señor jamás estuvo tarde en todo lo que hizo, sino había un propósito supremo en todo lo que estaba pasando. En estos versículos encontraremos el quinto gran “Yo Soy” de este evangelio, y esta poderosa declaración también encierra la gloriosa esperanza de todo el evangelio, la resurrección.


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Jesús, la resurrección y la vida


LAS CEREMONIAS FÚNEBRES DE LOS JUDÍOS

“Vino, pues, Jesús, y halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén, como a quince estadios; y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María, para consolarlas por su hermano”.
Juan 11:17-19

              Las ceremonias fúnebres en Judea llegaron a ser una verdadera tradición que por un tiempo representa una carga para las familias de Palestina. Debido al clima de la región los muertos tenían que sepultarse lo más pronto posible, los cuerpos de los difuntos sus cuerpos eran aromatizado con ungüentos, perfumes y especies, y durante mucho tiempo el muerto era sepultado con toda clase de objetos de valor, a tal punto que estas ceremonias eran un verdadero gasto para los judíos ya que cada familia se preocupaba por gastar lo más que pudieran, y fue así como a mediados del siglo I d.C. esto llego a convertirse en una carga insoportable. Fue así que el ilustre rabino Gamaliel II hizo algunas reformas a esta tradición y  dejó dispuesto que bastaba con que al difunto se le enterrara envuelto en un sudario de la tela más sencilla, de hecho, cuando murió pidió que se le sepultara con las vestiduras más humildes y sin grandes pampas, poniendo así fin al despilfarro de los funerales. Hasta hoy en día se bebe una copa en los entierros judíos a la memoria de rabí Gamaliel II, que rescató a los judíos. Mientras se estaba en el duelo, se hacían grandes lamentaciones, de hecho existían los famosos endechadores los cuales se dedicaban a llorar y poner un aspecto fúnebre y triste, también no se podía comer nada en presencia del cadáver ni discutir ninguna clase de tema referente al estudio de la Torá, tampoco se tenía que importunar a la familia del fallecido con temas triviales o imprudentes. Las primeras horas del duelo, la familia del difunto expresaban verdadero dolor y no conversaban mucho, luego realizaban una procesión llevando al muerto al lugar de su sepultura y generalmente las mujeres solían ir adelante ya que los judíos consideraban que fue por causa de Eva que el pecado y la muerte había entrado al mundo. Después que el muerto era sepultado, los amigos y personas que acompañaban a la familia doliente formaban dos filas por donde ellos pasaban. Al llegar a la casa, los amigos de la familia doliente repartían la comida que habían preparado que consistía en pan, lentejas y huevos duros, que por su forma, simbolizaban la vida que va rodando hacia la muerte. A esto le seguía la semana de duelo donde los primeros tres días pasaban llorando y durante esta estaba prohibido ungirse, lavarse la cara y dedicarse a cualquier labor de estudio o negocio. Luego de esa semana se completaba con otros que sumaban un total de 30 días (incluyendo los 7 anteriores) donde pasara recordando al difunto y reincorporándose poco a poca a su vida normal. Fue en la etapa de los primeros siete días que Jesús llego: Vino, pues, Jesús, y halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén, como a quince estadios; y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María, para consolarlas por su hermano.

MARTA Y MARÍA

“Entonces Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a encontrarle; pero María se quedó en casa”.
Juan 11:20

                Aquí volvemos a encontrar a las hermanas de Lázaro, Marta y María. Por un lado tenemos a Marta, que pareciera que es la hermana mayor y por su forma de comportarse muchos consideran que era la más extrovertida e impulsiva ya que al enterarse que Jesús venía salió de inmediato a buscarle con el fin de reclamarle. También tenemos a María, que parecía que tenía un carácter más introvertido, era más tranquila, menos impulsiva que su hermana, ya que al oír que Jesús venia decidió quedarse quieta. Uno puede ver estos caracteres reflejados en un pasaje de Lucas: “Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada”, (Lucas 10:38-42). Si nos damos cuenta, mientras Marta se afanaba con su espíritu dinámico, María yacía sentada a los pies de Jesús escuchando de forma tranquila la palabra de Dios, por ello muchos consideran a Marte como la del carácter extrovertido, impulsiva y dinámica; mientras que María era introvertida y de carácter más pacífica.

MARTA LE RECLAMA A JESÚS SU RETRASO, PERO SE CONSUELA EN LA ESPERANZA DE LA RESURRECCIÓN

“Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. Más también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero”.
Juan 11:21-24

            Cuando Marta vio al Señor no perdió tiempo para reclamar su supuesto atraso ya que según ella, si Él hubiese estado allí su hermano no hubiera muerto: Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. A pesar de su reclamo Marta seguía aún creyendo que Jesús: Más también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará. Muchas veces podemos pasar por situaciones en las cuales pensemos que Jesús se atrasa en venir en nuestra ayuda, como Marta podemos expresar con todo respeto y reverencia nuestra frustración, pero nuca debemos olvidar que Él es omnipotente, y que no hay nada imposible que no pueda hacer. Ante la declaración de fe de Marta, Jesús le afirma: Tu hermano resucitará. Marta ignoraba que Jesús estaba allí para resucitar a su hermano, ella creía que nuestro Señor quería consolarla con una creencia popular de sus tiempos: Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero. La resurrección de los muertos fue parte de las creencias que los judíos mantenían ya que por generaciones la muerte era una experiencia que había traído gran incertidumbre a sus vidas. Bastaba ver las declaraciones que se encontraban en algunas partes de la Escritura del Antiguo Testamento para darnos cuenta de esto: “Porque en la muerte no hay memoria de ti; en el Seol, ¿quién te alabará?”, (Salmo 6:5). El salmista creía que en la muerte ya no había más memoria del muerto. Y no solo allí vemos expresada esta creencia: “¿Qué provecho hay en mi muerte cuando descienda a la sepultura? ¿Te alabará el polvo? ¿Anunciará tu verdad?”, (Salmo 30:9). El mismo Salomón, el hombre más sabio que ha existido en este mundo, expresaba su incertidumbre en cuanto a lo que hay después de la muerte: “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría”, (Eclesiastés 9:10). El mismo profeta Isaías expresa su duda en cuanto al destino de aquellos que descienden a la muerte: “Porque el Seol no te exaltará, ni te alabará la muerte; ni los que descienden al sepulcro esperarán tu verdad”, (Isaías 38:18). No obstante, también encontramos unos versículos que expresaban su esperanza en que la muerte de los justos no sería desestimada por Dios: “Estimada es a los ojos de Jehová La muerte de sus santos”, (Salmo 116:15), y por ello Balaam anhelaba morir la muerte de los justos: “…Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea como la suya”, (Números 23:10). Un Salmo mesiánico expresaba la esperanza de que Dios no dejaría a sus santos en el olvido de la muerte: “Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; mi carne también reposará confiadamente; porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción. Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre”, (Salmo 16:9-11). Y no fue hasta que el profeta Daniel revelo que después de la muerte vendría la resurrección de los muertos, los impíos resucitarían para condenación eterna, y los justo para vida eterna: “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua”, (Daniel 12:2). Por ello, los judíos tenían la esperanza de que los justos resucitaran en el día postrero, y esa fue la confianza que Marta expreso; pero ella no sabía que Jesús estaba allí para resucitar a su hermano en ese mismo día.

JESÚS ES LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA

“Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente”.
Juan 11:25

             Este versículo nos enseña mucho en cuanto a nuestra gloriosa esperanza. Aquí encontramos el quinto gran “Yo Soy” y en él nuestro Señor se presenta a sí mismo como la esperanza del cristianismo: La resurrección y la vida, y eso es lo que realmente representa Jesús, Él es la resurrección y la vida para todos aquellos que creemos en su persona. Muchos repiten este refrán: “para todo hay solución menos para la muerte”, pero eso en el cristianismo no es así aun para la muerte hay esperanza. El pecado destruye la vida del ser humano y lo conduce a la condenación eterna, este vive esclavizado sin posibilidades de liberarse de las garras del diablo, pero para eso mismo vino Jesús, para destruir las obras del diablo y dar vida eterna a todos los que creen el Él: “El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo”, (1 Juan 3:8). Jesús ha prometido darnos vida eterna y resucitarnos en el día postrero: “No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; más los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación”, (Juan 5:28-29). Esta es la promesa que Jesús nos hace, lo único que tenemos que hacer es creer en ella: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. Jesús promete que el que Cree en Él no morirá jamás, y esta muerte se refiere a la muerte espiritual, es decir, a la condenación eterna, por tanto, el que cree en su persona tiene vida eterna y jamás vera condenación.

LA CONFESIÓN DE FE DE MARTA

“¿Crees esto? Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo”.
Juan 11:26-27

             Ante tal declaración, el Señor le pregunta a Marta: “¿Crees esto? Y ella respondió de tal forma que expresa la forma de cómo debemos creer en Jesús: Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo. Hay tres cosas que debemos creer en cuanto a la persona de Jesús. La primera es que Él es el Cristo. La palabra Cristo se traduce del griego Jristós (Χριστός), y significa el Ungido. En hebreo la palabra Ungido es Mesías, y esta es Mashiakj (מָשִׁיחַ) y con ella se designaba a aquel que sería enviado por el mismo Dios para traer el descanso y libertad al pueblo de Israel, y sobre Él reposaría el Espíritu Santo: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados”, (Isaías 61:1-2). La segunda cosa que debemos creer en cuanto a la persona de Jesús es que Él es Dios. El Señor no solo es un gran profeta, ni un ser más creado por Dios, sino es el mismo Dios, y esta verdad ha formado parte de la teología fundamental que el creyente debe creer: “de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén”, (Romanos 9:5). La tercera cosa que debemos creer en cuanto a la persona de Jesús es que Él ha sido enviado a este mundo para redimir nuestros pecados. Marta decía creer que Él había venido al mundo, y vino con un propósito definido, y este era redimirnos de nuestros pecados y darnos la vida eterna. El apóstol Pablo sabia resumir muy bien el mensaje del evangelio: “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”, (1 Corintios 15:3-4). Jesús murió por nuestros pecados, pero resucitó para que a través de la fe nuestros pecados nos sean perdonado y en el día postrero podamos resucitar, así lo expresa con gran jubilo el apóstol Pablo: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.  Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley.  Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”, (1 Corintios 15:51-57). De esta forma todos debemos creer en Jesús, ya que Él es el Cristo, el Hijo de Dios y aquel a quien Dios Padre envió para remisión de nuestros pecados, Él es la resurrección y la vida y el que crea en Él no morirá jamás.





¿Hasta cuántas veces tengo que perdonar? (Mateo 18:21-22)


“Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”.
Mateo 18:21-22

INTRODUCCIÓN


               Hasta el momento hemos estado considerando una serie de lecciones que están dirigidas a moldear el carácter de los ciudadanos del reino de Dios, lecciones que han sido enseñadas por el mismo Señor Jesucristo. Hemos visto la importancia de ser como un niño, la importancia de permitir que los niños se acerque a Jesús, la forma de como la iglesia tiene que manejar los problemas que se dan entre los creyentes, las bendiciones y promesas que trae cuando los hermanos se reúnen en comunión, y ahora, después de tales majestuosas instrucciones, Pedro entra en escenario queriendo declarar algo que pareciera tan sublime como las enseñanzas del gran Maestro; pero Jesús toma ventaja de ello para presentarnos en que consiste el verdadero perdón.


el-perdón
¿Hasta cuánta veces tengo que perdonar?


EL ALCANCE DEL PERDÓN HUMANO


“Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?”.
Mateo 18:21

                  A lo mejor Pedro quería sobresalir con el comentario que hacía, recordemos que tenía un carácter impulsivo, y aunque en ocasiones hacia comentarios acertados, como cuando se adelantó a responder antes que los demás apóstoles afirmando que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente: “Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”, (Mateo 16:16-17); también a veces tenía sus desaciertos y por ello el Señor lo reprendía, tal y como lo hizo cuando quería impedir que fuera a la muerte: “Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres”, (Mateo 16:22-23). Muchos creen que Pedro quiso agregar un comentario que abonara a la serie de instrucciones que nuestro Señor había estado enseñado, y con estas palabras quiso parecer muy bondadoso: Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Perdonar hasta siete veces a una persona que ofendía parecía muy generoso de su parte, especialmente porque en su tiempo lo rabinos enseñaban que el máximo de veces que uno podía perdonar una ofensa era hasta siete. La afirmación de que hasta 3 veces se tenía que perdonar al ofensor estaba fundamentada en los textos del profeta Amos donde Dios dice que hasta la tercera vez les perdonara a las naciones sus pecados: “Así ha dicho Jehová: Por tres pecados de Damasco, y por el cuarto, no revocaré su castigo; porque trillaron a Galaad con trillos de hierro… Así ha dicho Jehová: Por tres pecados de Gaza, y por el cuarto, no revocaré su castigo; porque llevó cautivo a todo un pueblo para entregarlo a Edom… Así ha dicho Jehová: Por tres pecados de Tiro, y por el cuarto, no revocaré su castigo; porque entregaron a todo un pueblo cautivo a Edom…”, (Amos 1:3, 9), y así continua el profeta. Por tanto, si los rabinos decían que hasta tres veces se le podía perdonar al ofensor, a lo mejor Pedro creyó que su propuesta de perdonarlo hasta 7 se oiría mucho más generosa, considerando que Jesús había estado tratando temas relacionados con las relaciones que existen entre los ciudadanos del reino de los cielos. Pero no fue así, ya que la respuesta de Jesús fue inesperada: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete. Esto nos enseña dos cosas. La primera es que el perdón de Dios es ilimitado, y si alguien se arrepiente siempre lo recibe. En segundo lugar, el perdón del hombre es limitado. Perdonar a los demás no es fácil, requiere la ayuda de Dios, especialmente si nos han hecho mucho daño y en el corazón se guardan raíces de amargura. La palabra perdón que aparece en este texto se traduce de la palabra griega afíemi (ἀφίημι), y literalmente significa pasar por alto las ofensas. No debemos olvidar que vivimos en un mundo de maldad y que estamos expuestos a sufrir injustamente, por ello debemos cuidar nuestro corazón para que no se contamine con resentimientos y odio, y esto a su vez nos impida perdonar a los demás. En la Biblia podemos encontrar algunas historias tristes de personas que sufrieron y terminaron mal por el hecho de haber dejado que su corazón se contaminara con odio y resentimientos. Así encontramos en el libro de Jueces la historia de Jefté el cual sufrió el desprecio de sus medios hermanos los cuales lo echaron de la casa: “Jefté galaadita era esforzado y valeroso; era hijo de una mujer ramera, y el padre de Jefté era Galaad. Pero la mujer de Galaad le dio hijos, los cuales, cuando crecieron, echaron fuera a Jefté, diciéndole: No heredarás en la casa de nuestro padre, porque eres hijo de otra mujer. Huyó, pues, Jefté de sus hermanos, y habitó en tierra de Tob; y se juntaron con él hombres ociosos, los cuales salían con él”, (Jueces 11:1-3). Esto debió haber provocado fuertes resentimientos hacia sus medios hermanos, por ello, cuando los ancianos de Galaad lo buscaron para que liderara su ejército contra una nación que los oprimía prometió a Dios que, si le daba la victoria, al primero de sus familiares que viera al regresar victorioso lo ofrecería en sacrificio: “Y Jefté hizo voto a Jehová, diciendo: Si entregares a los amonitas en mis manos, cualquiera que saliere de las puertas de mi casa a recibirme, cuando regrese victorioso de los amonitas, será de Jehová, y lo ofreceré en holocausto”, (Jueces 11:30-31). Obviamente estaba pensando en sus medios hermanos cuando dijo: cualquiera que saliere de las puertas de mi casa a recibirme; pero lamentablemente no salió ninguno de ellos sino su hija: “Entonces volvió Jefté a Mizpa, a su casa; y he aquí su hija que salía a recibirle con panderos y danzas, y ella era sola, su hija única; no tenía fuera de ella hijo ni hija. Y cuando él la vio, rompió sus vestidos, diciendo: ¡Ay, hija mía! en verdad me has abatido, y tú misma has venido a ser causa de mi dolor; porque le he dado palabra a Jehová, y no podré retractarme”, (Jueces 11:34-35). ¡Qué triste historia! Al final, Jefté ya no pudo retractarse, sino cumplió su voto a Dios, y aunque no quería matar a su hija, su odio por sus hermanos lo llevo a hacer botos a la ligera y esto trajo consecuencias trágicas. Todo fue consecuencias del terrible resentimiento que tenía hacia aquellos que lo habían lastimado. Otra triste historia de alguien que no pudo perdonar y acumulo en su corazón raíces de amargura fue Ahitofel. En la Biblia se nos enseña que Ahitofel era padre de Eliam: “Elifelet hijo de Ahasbai, hijo de Maaca, Eliam hijo de Ahitofel, gilonita”, (2 Samuel 23:34). Y a su vez abuelo de Betsabé: “Envió David a preguntar por aquella mujer, y le dijeron: Aquella es Betsabé hija de Eliam, mujer de Urías heteo”, (2 Samuel 11:3). Muchos opinan que el pecado que David cometió al adulterar con Betsabé y mandar a matar a Urías heteo, el marido de su nieta, fue algo que Ahitofel no logro perdonar, y por consiguiente acumuló fuertes resentimientos hacia la persona de David, y por ello cuando Absalón se revelo, él lo acompaño para destronar a David de su reino: “Y mientras Absalón ofrecía los sacrificios, llamó a Ahitofel gilonita, consejero de David, de su ciudad de Gilo. Y la conspiración se hizo poderosa, y aumentaba el pueblo que seguía a Absalón”, (2 Samuel 15:12). Ahitofel era un hombre muy sabio, pero lamentablemente uso el talento que tenía para el mal: “el consejo que daba Ahitofel en aquellos días, era como si se consultase la palabra de Dios. Así era todo consejo de Ahitofel, tanto con David como con Absalón”, (2 Samuel 16:23). Pero si uno continua el relato de su historia a lo largo de 2 Samuel, veremos como el consejo de Ahitofel fue frustrado por Dios y al final, cargado de todos sus resentimientos, se suicidó: “Pero Ahitofel, viendo que no se había seguido su consejo, enalbardó su asno, y se levantó y se fue a su casa a su ciudad; y después de poner su casa en orden, se ahorcó, y así murió, y fue sepultado en el sepulcro de su padre”, (2 Samuel 17:23). Como vemos, tanto Jefté como Ahitofel sufrieron por sus resentimientos.

                Estas historias bíblicas tienen que hacernos reflexionar en la importancia de no guardar resentimientos en contra de aquellas personas que nos dañan, esto obviamente no es fácil en muchos casos, porque en nuestro corazón lastimado existe un deseo de que se nos haga justicia, pero debemos confiar en Dios para no contaminarnos con estos sentimientos. El sufrimiento y las injusticias son algo que no podemos evitar en este mundo lleno de maldad y para evitar llenar nuestro corazón de resentimientos, en la Biblia podemos encontrar algunos consejos que nos pueden ayudar. En primer lugar, debemos aprender a desarrollar la paciencia al momento de sufrir. La paciencia es la capacidad de soportar las pruebas manteniendo firme nuestra convicción, por ello Pedro nos dice: “Porque esto merece aprobación, si alguno a causa de la conciencia delante de Dios, sufre molestias padeciendo injustamente. Pues ¿qué gloria es, si pecando sois abofeteados, y lo soportáis? Más si haciendo lo bueno sufrís, y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios”, (1 Pedro 2:19-20). En segundo lugar, no debemos buscar venganza, sino confiar que Dios pagara a cada uno según lo que merecen sus obras: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”, (Romanos 12:19). Finalmente, busquemos la consolación en Dios, ya que Él es Padre de misericordias y Dios de toda consolación: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios”, (2 Corintios 1:3-4). Debemos buscar el refugio en Dios y Él sanara todas nuestras heridas.

EL ALCANCE DEL PERDÓN DE DIOS

“Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”.
Mateo 18:22

              Mientras que el hombre solo estaba dispuesto a perdonar hasta 7 veces, Jesús nos enseña que el perdón de Dios es ilimitado: Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete. Con estas palabras nuestro Señor no quiso decir que hasta solo 490 veces se tenía que perdonar (70x7), sino que esta tenía que ser ilimitado. Tantas veces tenía que contar Pedro, de después de 100 veces de haber perdonado perdería la cuenta y no le quedaría otra que seguir perdonando, y de esta forma el perdón tendría que otorgarlo tantas veces como se lo pidieran. Ahora bien, es importante cómo debe otorgarse el perdón y lo que el concepto de perdonar realmente significa. De acuerdo con los diccionarios, perdonar es cuando una persona olvida una falta que otra ha cometido contra ella y no le guarda ningún rencor ni desea vengarse. Si nos basamos en esta definición, perdonar es olvidar las ofensas cometidas, no tomar venganza y no guardar rencores en el corazón. Ahora bien, Jesús nos enseña cuándo es que tenemos que otorgar el perdón: “Mirad por vosotros mismos. Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale”, (Lucas 17:3-4). Aquí vemos que si alguien ofende a una persona y esta al ser reprendida se arrepiente, se debe perdonar. Luego si esta persona vuelve varias veces arrepentida, esta se debe perdonar. Si nos damos cuenta, siempre y cuando la persona se arrepienta se debe perdonar. Entonces, ¿si alguien no se arrepiente de su conducta no se debe perdonar? Pareciera que no. El perdón en la Biblia es un concepto que significa no solo pasar por alto las ofensas cometidas, sino también implica restaurar la relación entre el ofendido y el ofensor sin guardar ningún rencor o sentimiento de venganza. Este es el perdón perfecto, cuando la persona a través de su sincero arrepentimiento hace que la relación rota se vuelva a establecer, por ello Jesús decía: Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale. Todos los cristianos debemos perdonar a aquellos que vuelven arrepentidos a nosotros, no debemos guardar ningún rencor ni deseo de venganza y la relación debe restaurarse. En las cartas Paulinas encontramos un ejemplo de perdón, de pasar por alto las ofensas pasadas y recibir nuevamente al ofensor que se ha arrepentido, y este ejemplo está en la carta a Filemón. Onésimo había sido un esclavo de Filemón el cual huyo de él y no fue en buenos términos. Sin embargo, Onésimo se convirtió al evangelio gracias al testimonio de Pablo, y tiempo después el apóstol le pide a Filemón que pase por alto todas las ofensas cometidas por Onésimo y que lo vuelva a recibir ya que ahora había cambiado: “Te ruego por mi hijo Onésimo a quien engendré en mis prisiones, el cual en otro tiempo te fue inútil, pero ahora a ti y a mí nos es útil, el cual vuelvo a enviarte; tú, pues, recíbele como a mí mismo. Yo quisiera retenerle conmigo, para que en lugar tuyo me sirviese en mis prisiones por el evangelio; pero nada quise hacer sin tu consentimiento, para que tu favor no fuese como de necesidad, sino voluntario. Porque quizás para esto se apartó de ti por algún tiempo, para que le recibieses para siempre; no ya como esclavo, sino como más que esclavo, como hermano amado, mayormente para mí, pero cuánto más para ti, tanto en la carne como en el Señor. Así que, si me tienes por compañero, recíbele como a mí mismo. Y si en algo te dañó, o te debe, ponlo a mi cuenta. Yo Pablo lo escribo de mi mano, yo lo pagaré; por no decirte que aun tú mismo te me debes también”, (Filemón 10-19). Aquí tenemos un buen ejemplo de saber perdonar, ya que Onésimo había huido de su amo Filemón, pero ahora que se había convertido al evangelio, Pablo le pide a Filemón que lo vuelva a recibir. Es por ello por lo que si alguien se arrepiente y vuelve a nosotros debemos perdonarle.

                Ahora bien, todo esto no significa que alguien que constantemente daña la integridad física, mental o espiritual de un cristiano, este esta obligado a perdonarlo y continuar la relación con él. Oímos como maridos violentos maltratan a sus mujeres y estos les dicen que deben perdonarlos y seguir con ellos porque la Biblia dice que el cristiano tiene que perdonar. Es cierto, la Biblia dice que hay que perdonar, pero si estos se arrepienten, y el arrepentimiento trae un cambio de mente y comportamiento. Por tanto, si el tal no se arrepiente, no tiene el cristiano porque estar soportándolo, puede alejarse de él, pero sin guardar ningún resentimiento ya que la Biblia si nos pide que debemos orar por los que nos ofenden: “Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen”, (Mateo 5:38-43). Aquí Jesús no está diciendo que debemos soportar el maltrato, sino más bien usa hipérboles, es decir, exageraciones de situaciones que podrían presentarse, para recalcar que el principio bíblico aquí es no vengarse ni guardar rencor, sino al contrario orar y hacer el bien a los que mal nos hacen, no debemos pagar el mal con el mal, el mal se combate con el bien: “No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal”, (Romanos 12:17-21). Aquí Pablo nos enseña el mismo principio, debemos pagar mal por bien y haciendo esto ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza, lo cual es un hebraísmo que significa que nuestro adversario será avergonzado.


                Por tanto, debemos aprender a perdonar, pero es importante que aquellos que pidan perdón se arrepientan de la ofensa que han cometido, porque de lo contrario la relación entre ambos no será restaurada. También debemos evitar guardar en nuestro corazón odio y resentimientos contra aquellos que nos han lastimado, antes, debemos buscar el consuelo y fortaleza en el Dios de toda consolación entregando en sus manos nuestra causa ya que Él pagara a cada quien según sus obras.