Jesús ora por sus discípulos (Juan 17:6-19)

 

“He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado, proceden de ti; porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste. Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son, y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y he sido glorificado en ellos. Y ya no estoy en el mundo; más éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos. Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad”.

Juan 17:6-19

INTRODUCCIÓN

          Llegamos hoy a la parte de la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní donde pide por sus once discípulos. Recordemos que el momento de la muerte de nuestro Señor se está acercando y ahora nos encontramos en el Getsemaní, el lugar donde de acuerdo a los evangelios sinópticos Jesús eleva una oración a su Padre pidiendo fortaleza para enfrentar los martirios que le venían y poder así culminar con la obra redentora que se le había encomendado: “Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad que no entréis en tentación. Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra”, (Lucas 22:39-44). Su angustia fue notable y de alguna manera el nombre del lugar donde oro nos sugiere esto, ya que Getsemaní significa “prensa de aceite”, y esto es lo que precisamente esta pasando, nuestro Señor está siendo presionado por los acontecimientos que vendrán, pero que le dará la victoria final. Ahora tenemos la oportunidad de estudiar parte del contenido de aquella oración que dirigió en aquel lugar.

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Jesús ora por sus discípulos


HAN CONOCIDO TU NOMBRE

 “He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste…”.

Juan 17:6

                 La oración por los discípulos comienza con la afirmación de la obra que Jesús había realizado en ellos. Él le dice a su Padre: “He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste… Nuestro Señor dice que aquellos que del mundo le pertenecían al Padre y que el Padre le había dado a Jesús habían conocido su nombre porque se los había manifestado. Pero, ¿qué significa esto que ha manifestado su nombre? La Nueva Versión Internacional traduce este versículo dándole una traducción más dinámica a las palabras que nos pueden ayudar a entender su significado: “A los que me diste del mundo les he revelado quién eres. Eran tuyos; tú me los diste y ellos han obedecido tu palabra”, (Juan 17:6, NVI). Como lo traduce esta versión, cuando Jesús dice que les había manifestado su nombre, realmente estaba diciendo que les había revelado quién era Dios. Cuando la Biblia habla del “nombre”, no hace referencia tanto a un nombre propio por el cual llamarlo, sino más bien, hace referencia al carácter y atributos de la persona. Así podemos ver como en el Antiguo Testamento cada uno de los nombres que recibe Dios describe su carácter y atributos de su persona, de tal forma, que aquel que conoce su nombre, conoce quien es Dios: “Por tanto, mi pueblo sabrá mi nombre por esta causa en aquel día; porque yo mismo que hablo, he aquí estaré presente”, (Isaías 52:6). Ahora Jesús se regocija afirmando que les ha revelado a sus discípulos quien es Dios.

 

HAN RECIBIDO TU PALABRA Y ME HAN CONOCIDO

 “… y han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado, proceden de ti; porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste”.

Juan 17:6-8

                  Los discípulos no solo habían conocido quién es Dios, sino también habían conocido su palabra, palabra que les fue expuesta por el mismo Jesús y que al mismo tiempo les revelo quién era Él: … y han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado, proceden de ti; porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste. El Señor alababa a su Padre en esta oración porque por medio de la palabra que les había compartido sus discípulos entendían que Él procedía del Padre y que había sido enviado a este mundo con una misión específica. Con esto, el conocimiento de Dios estaba completo en ellos, porque no solo conocían al Padre, sino también al Hijo, ya que a través del conocimiento del Hijo se llega a conocer a Dios y Jesús les había transmitido ese conocimiento: “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar”, (Mateo 11:27).

 

ELLOS ME HAN GLORIFICADO

“Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son, y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y he sido glorificado en ellos”.

Juan 17:9.10

              El Señor Jesús comienza su oración rogando por la vida de sus discípulos, aquellos que le habían sido entregados por su Padre y ahora le pertenecían a Él: Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son, y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y he sido glorificado en ellos. En estas palabras podemos identificar tres detalles interesantes. La primera es que los discípulos son propiedad exclusiva de Dios. En la Biblia repetidas veces se hace referencia al pueblo de Señor y con esas palabras se entiende que su pueblo le pertenece: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia”, (1 Pedro 2:9-10). Lo segundo es que estos que han sido dados a Cristo por Dios no son de este mundo. Jesús no está orando por todo el mundo, Él ora por sus discípulos los cuales ya no son de este mundo, aunque todavía vivían en este mundo, de aquí que todos los cristianos sabemos que somos peregrinos en este mundo ya que nuestra ciudadanía está en los cielos: “Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma”, (1 Pedro 2:11). Finalmente, estos discípulos que son propiedad exclusiva de Dios y que han sido dados a Cristo lo glorifican a través de su discipulado. Seria a través de ellos que después de su resurrección su nombre seria anunciado y muchas obras milagrosas se harían dando testimonio que Jesús es el Unigénito Hijo de Dios: “Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo; y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón. De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos; más el pueblo los alababa grandemente”, (Hechos 5:12-13). Estos discípulos que Jesús había preparado serían los que anunciarían su nombre y muchas señales harían en su nombre de tal forma que su nombre seria glorificado a través de ellos.


GUÁRDALOS Y QUE SEAN UNO 

“Y ya no estoy en el mundo; más éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos. Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”.

Juan 17:11-16

            A continuación, nuestro Señor comienza a ora al Padre por sus discípulos y una de las cosas que pide para ellos es la protección divina: Y ya no estoy en el mundo; más éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre…. Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Sus discípulos tendrían un enemigo, Satanás, y este haría que el mundo los aborrecería porque este mundo no conoce a Dios, por ello serian perseguidos por su fe. Basta leer el libro de los Hechos de los Apóstoles para ver como los primeros discípulos fueron perseguidos, pero la iglesia fue preservada por el poder de Dios y creció en medio de grandes persecuciones: “Y convinieron con él; y llamando a los apóstoles, después de azotarlos, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús, y los pusieron en libertad. Y ellos salieron de la presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre. Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo”, (Hechos 5:40-42). Sin embargo, Jesús daba gracias a su Padre porque durante su tiempo en esta tierra Él los había cuidado y ninguno se había perdido a excepción del hijo de perdición: Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos. Este hijo de perdición es Judas Iscariotes, el traidor, y la palabra griega que aquí se traduce como “perdición” es apóleia (ἀπώλεια), palabra que sugiere una ruina total. Así, Judas Iscariote fue el hombre que traicionó a su Maestro y esto lo llevo a su ruina total lo cual ya había sido anunciado por las Escrituras: “Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alzó contra mí el calcañar”, (Salmo 41:9). Lo segundo que Jesús también pide en esta oración es por la unidad de sus discípulos: guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. Jesús pedía para que ellos fueran uno así como eran uno el Padre con el Hijo, y de igual forma pedía que sus discípulos fuesen de un mismo sentir, un mismo propósito, un mismo bautista y una misma fe y este principio fue pregonada por la iglesia desde sus primeros comienzos: “Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos”, (Efesios 4:2-6). La unidad en sus discípulos iba a ser clave para la misión que les esperaba.

 

SANTIFÍCALOS EN TU VERDAD

“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad”.

Juan 17:17-19

                Finalmente, el Señor pide por la santificación de sus discípulos: Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. La palabra “santifícalos” se traduce del griego jagiádso (ἁγιάζω), que literalmente significa poner aparte o ser sacado de en medio de algo para un propósito especial, y este propósito especial consistía en apartarlos para ser sus mensajeros del reino: Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Estas palabras, “los he enviado” se traduce de otra palabra griega que es apostélo (ἀποστέλλω), y de aquí deriva el termino apóstol por el cual llegaron a ser conocidos los 11 discípulos del Señor. De esta forma, los apóstoles fueron los enviados de Cristo a predicar su evangelio, y así como el Padre lo había enviado a Él, ahora Él estaba enviando a sus apóstoles para que cumplieran con su misión y por ello le pide a su Padre que los santifique: Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad. La santificación es esto, ser apartado por Dios para vivir y servirle a Él, ya que nada inmundo puede permanecer en su presencia, pero ahora el Señor los estaba santificando lo cual les daba la potestad de ser su propiedad exclusiva, sus instrumentos de justicia a través de los cuales llevaría el evangelio a este mundo perdido. Así fue como el Señor oró por sus discípulos sabiendo que la obra que inicio sus discípulos la continuarían.


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