¿Un nuevo mandamiento? (Juan 13:31-35)




“Entonces, cuando hubo salido, dijo Jesús: Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él.  Si Dios es glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo, y en seguida le glorificará. Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis; pero como dije a los judíos, así os digo ahora a vosotros: A donde yo voy, vosotros no podéis ir. Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”.
Juan 13:31-35

INTRODUCCIÓN

             Una vez Judas sale del aposento alto de donde estaba reunido Jesús con sus discípulos, el apóstol Juan comienza a narrarnos una serie de enseñanzas que fueron dirigidas a los once y que tenían como propósito prepararlos para el momento de su muerte y ascensión al cielo, ya que la obra tendría que avanzar a través de ellos. A partir de aquí veremos las últimas palabras que les dirigió a sus discípulos antes de ir al Getsemaní donde oraría por ellos y seria capturado por sus enemigos. Una vez más Jesús afirmará que el tiempo de su glorificación está cerca y entre las cosas que les enseñaba está lo que llama el nuevo mandamiento, pero, ¿será un nuevo mandamiento? Veamos lo que podemos aprender de este pasaje.

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Un nuevo mandamiento


LA GLORIA DEL PADRE Y EL HIJO

“Entonces, cuando hubo salido, dijo Jesús: Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo, y en seguida le glorificará”.
Juan 13:31-32

             En estos dos versículos podemos ver la gloria de Dios en tres dimensiones. La primera es la gloria que le esperaba al Hijo: Ahora es glorificado el Hijo del Hombre. Jesús estaba a punto de ser glorificado y esta gloria a la cual se refería era su muerte en la cruz del Calvario, ya que, si bien era cierto, su muerte iba a ser totalmente violenta e injusta, pero esta daría paso a su resurrección y ascensión al cielo, donde toda potestad se le darían, y en esto consistía realmente su glorificación. Ya anteriormente vimos como en el cristianismo los momentos de sufrimiento y aun muerte por la causa del evangelio traen grandes victorias y Jesús estaba a punto de conquistar la muerte y el imperio de Satanás. Luego vemos la gloria del Padre en el Hijo: y Dios es glorificado en él. La obediencia de Cristo provocaba que el nombre de su Padre fuese glorificado y, de hecho, la vida de Jesús estaba dedicada a obedecerlo en todo y hacer su voluntad, esta obediencia era lo que provocaba que su Padre fuese glorificado en Él. Finalmente, vemos que, así como el Hijo era glorificado por su muerte en la cruz, y su obediencia glorificaba a su Padre, así también el Padre lo glorificaba a Él: Si Dios es glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo, y en seguida le glorificará. Esta es la gloria de Dios la cual se manifiesta no solamente en el Padre, sino también en el Hijo, y es por su obediencia que fue a la muerte porque esa era la voluntad de su Padre y gracias a ese sacrificio hoy es el Salvador de todo aquel que en Él cree y por ello merece toda la gloria y la honra.

UN CAMINO QUE POR EL MOMENTO NO PUEDEN SEGUIR

“Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis; pero como dije a los judíos, así os digo ahora a vosotros: A donde yo voy, vosotros no podéis ir”.
Juan 13:33

               Aquí vemos un tono de ternura en las palabras de Jesús hacia sus discípulos, ya que les llama con el calificativo de “hijitos”: Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. La palabra hijitos se traduce del griego tekníon (τεκνίον), la cual literalmente significa hijito y es una frase que expresa ternura y aparece por primera vez aquí. Es interesante ver el enorme contraste que hay entre la forma de como dirige las mismas palabras a sus discípulos y cómo la dirige a los judíos religiosos: “Otra vez les dijo Jesús: Yo me voy, y me buscaréis, pero en vuestro pecado moriréis; a donde yo voy, vosotros no podéis venir”, (Juan 8:21). A estos judíos les dijo que morirían en sus pecados y que a donde Él iba ellos no podían venir porque iba al cielo, ahora lo mismo les dice a sus discípulos, pero de una forma más cariñosa y no sería para siempre porque un día estarían con Él. Esta palabra debió haber quedado grabada en la mente del apóstol Juan ya que este la usa nueve veces en su primera carta. De igual forma, Pablo en su carta a los Gálatas usa esta palabra de ternura para dirigirse a los creyentes de esta iglesia: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros”, (Gálatas 4:19). Con estas palabras Jesús cambia el tono de sus palabras y les muestra a sus discípulos lo mucho que los ama y los prepara para el momento en donde ya no le podrán ver: Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis; pero como dije a los judíos, así os digo ahora a vosotros: A donde yo voy, vosotros no podéis ir. Había un camino que Jesús tenía que recorrer y sus discípulos no lo podían seguir ya que, por un lado, tenía que ir a la muerte y este sacrificio tenía que enfrentarlo solo, y por el otro, iría camino al Padre y por el momento nadie lo podía seguir, pero lo harían en el futuro.

¿UN NUEVO MANDAMIENTO?

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”.
Juan 13:31-35


                 A continuación Jesús les da un mandamiento a sus discípulos el cual afirma que es nuevo: Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. El nuevo mandamiento es que sus discípulos se amen unos a otros como Él los ha amado, pero, ¿es realmente nuevo este mandamiento? El mandamiento en cuanto a su momento de revelación no es nuevo ya que en Levítico se había declarado de la siguiente manera: “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová”, (Levítico 19:18). Sin embargo, es nuevo en cuanto a la forma de cómo aplicarlo, ya que el primer mandamiento decía que tenían que amar a su prójimo como a ellos mismos, y aquí Jesús les dice que se amen como Él los ha amado, y esto constituye algo totalmente diferente ya que debemos amar en la misma dimensión que Cristo ama. Los judíos pensaban que su prójimo era otro judío, por lo que los gentiles quedaban excluido de esto, por otro lado, en el tiempo de Jesús algunos judíos religiosos expresaban menosprecio por algunas personas que ellos consideraban pecadores, como los publicanos, y por tanto, el tema de amar al prójimo se limitaba a muy pocas personas; pero nuestro Señor nos mostró una dimensión totalmente diferente de amar, un amor totalmente sacrificial que ayuda a su prójimo: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”, (1 Juan 4:10). Este es el gran amor de Cristo y con ese mismo amor Él espera que amemos a los demás, en este sentido el mandamiento era nuevo porque nadie había llegado a manifestar tan sublime y noble sentimiento a favor de los demás. Por otro lado, es importante amar a los demás como Jesús lo hizo porque si hay algo en que se diferencian los seguidores de Cristo es en que se aman los unos a los otros: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros. El amor que expresamos a los demás es una evidencia de la obra salvadora que Jesús ha hecho en nosotros y este amor debe ser basado en el modelo perfecto, y este modelo es Cristo.



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