La autentica conversión (Hechos 3:19)



“Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio”.
Hechos 3:19

INTRODUCCIÓN

           
Durante la conquista española muchos indígenas fueron sometidos a la esclavitud y en aquel entonces los frailes le imponían a punta de espada la opción de convertirse al catolicismo o morir, y si estos aceptaban la nueva religión salvaban sus vidas y pasaban a ser parte de una nueva religión y a esto se le llamaba conversión, pero realmente esto no convertía el corazón de los indígenas. Muchas personas hoy en día buscan la forma de agradar a Dios para ir al cielo y en este sentido procuran ser fieles a sus religiones cumpliendo sus tradiciones, ordenanzas y practicando toda clase de buena obra. No obstante, nada de esto puede salvarle ya que antes debe ser un verdadero convertido.

Pedro-predicando
El apóstol Pedro predicando a los Judíos


                                I.            CARACTERÍSTICAS DE UNA VERDADERA CONVERSIÓN.


La auténtica conversión nos abre las puertas del cielo y nos vuelve hijos de Dios, solo aquellos que han experimentado una verdadera conversión son capaces de alcanzar las promesas de vida eterna que Dios ofrece; pero ¿qué características son las que distinguen a una persona que ha experimentado una verdadera conversión?

1.      La conversión nos provee una nueva naturaleza.


“De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.
2 Corintios 5:17

En primer lugar, lo que provoca la auténtica conversión es proveernos de una nueva naturaleza y por ello Pablo dice: De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. El hombre en su estado natural está provisto de una sola naturaleza, y a esa se le llama en la Biblia con el nombre de carne, que no es más que nuestra naturaleza pecaminosa con la cual nacemos y es una herencia de nuestro padre Adán. El problema con esta naturaleza es que siempre nos impulsó solamente al pecado y no a buscar a Dios, de allí que se necesita que nuestra vida cambie a través de que el Señor cree en nosotros una nueva naturaleza de tal forma que el andar en el Espíritu es vida en Cristo Jesús: “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios”, (Romanos 8:6-8). Es gracias a esta nueva naturaleza que Dios provee a sus convertidos que pueden vivir alejados del pecado y llevar vidas verdaderamente piadosas, renovados y regenerados por el Espíritu Santo: “Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”, (Tito 3:3-5).

2.      La conversión nos introduce a una vida de fe.


“… más el justo por su fe vivirá”.
Habacuc 2:4

El hombre en su estado original es incapaz de confiar perfectamente en Dios, al contrario, se apoya en sus obras para ganarse su derecho en el cielo; pero lo cierto es que solamente la fe en Cristo Jesús puede salvarle, pero esto para algunos es difícil de creer. Pero cuando el hombre decide creer y se convierte a Dios aprende a vivir por fe y no por vista. La diferencia entre el hombre convertido y el natural es de que este último con sus fuerzas, todo lo que planea y hace está fundamentado en su astucia y recursos, pero por ser de origen humano, todo esto puede fallar y no hay garantía de nada. Pero el que vive por fe es capaz de aprender a descansar en perfecta paz delante de Dios confiando permanentemente en su providencia divina, y por ello el profeta Habacuc dijo: … más el justo por su fe vivirá. Este versículo describe tan claro la vida de los futuros convertidos que tres veces es citado en el Nuevo Testamento. La primera vez que aparece está en Romanos 1:17 y nos habla de aquel que vive por fe creyendo en la justificación gratuita que Cristo le ofrece, luego aparece por segunda ocasión en Gálatas 3:11 y nos enseña que el justo que vive por fe ha aprendido a disfrutar de la libertad que Cristo le otorga, libre de las obras de la carne y consagrado a Dios, y finalmente, aparece en Hebreos 10:38 mostrándonos que todos aquellos que viven por la fe ya no andan por vista, sino que llaman las cosas que no son como si fueran. El vivir por fe es otra de las características que diferencian a los verdaderos convertidos.

3.      La conversión produce frutos agradables a Dios.


Finalmente, otra característica de los verdaderos convertidos son los frutos que producen. Nadie puede decir que es salvo si no tiene obras que lo acompañan, y de igual forma, nadie que confía en sus obras puede decir que es salvo, al final las obras son una consecuencia de la nueva naturaleza que Dios le ha provisto al cristiano, por ello Santiago decía: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma. Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras”, (Santiago 2:14-18). Está claro que el cristiano no se salva por las obras sino por la fe, pero una vez salvo debe hacer buenas obras ya que estos son los buenos frutos que su vida debe reflejar: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”, (Efesios 2:8-10). Ahora bien, los buenos frutos no solo se deben reflejar en hacer buenas obras, sino también en un carácter que no esté sujeto a las obras de la carne: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”, (Gálatas 5:19-21). Pablo aclara que los que practican las obras de la carne jamás heredaran la vida eterna y por tanto, difícilmente podemos decir que alguien que lleva una vida así sea un verdadero convertido, pero aquellos que si lo son manifiestan los frutos del Espíritu: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”, (Gálatas 5:22-24). Por tanto, el verdadero convertido no solo realiza buenas obras como consecuencia de su salvación, sino también su carácter personal produce toda una gran cosecha de buenas virtudes habiendo así crucificado su carne.

                             II.            ¿CÓMO LOGRAR EXPERIMENTAR LA VERDADERA CONVERSIÓN?


Ahora bien, ¿Qué debemos hacer para experimentar una verdadera conversión? El versículo que leímos al principio nos lo dice: Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio. El paso que tenemos que hacer para ser salvos y experimentar una verdadera conversión es el arrepentimiento ya que de lo contrario jamás seremos salvos.

CONCLUSIÓN.


Por tanto, la verdadera conversión viene de un corazón arrepentido que sabe reconocer sus pecados delante de Dios y le pide perdón por todos ellos, cuando esto es así se produce una autentica conversión al cristianismo y esta se caracteriza por:


1.       Proveer una nueva naturaleza que lo capacita para buscar a Dios.
2.       Nos introduce a una vida de fe.
3.       Produce una cosecha de buenos frutos en la vida de los creyentes.

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