El odio conduce al infierno (Efesios 4:26)


“Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo”.
Efesios 4:26

INTRODUCCIÓN


            Hoy en día vivimos en un mundo donde estamos expuestos a sufrir y algunos de estos puede deberse a grandes injusticias que pueden dañar nuestro corazón y formarse grandes raíces de amargura que nos lleve a odiar a nuestros ofensores. Sin embargo, esto es pecado y como todos los demás conduce al infierno, por ello debemos evaluar nuestra vida y asegurarnos de no ser victima de estos terribles sentimientos que nos continúan dañando aun después de lo que nuestros agresores nos hicieron.

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El odio conduce al infierno


                        I.         UN LLAMADO A NO MANTENER NUESTRO ENOJO.


La Biblia nos enseña que debemos cuidar que el sol no se ponga sobre nuestro enojo: Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, es decir, no dejar que el día termine y que nuestro corazón guarde resentimientos porque esto es un pecado que destruye al ser humano.

                      II.         EJEMPLOS DE PERSONAS QUE FUERON DAÑADAS POR SUS RESENTIMIENTOS.


En la Biblia podemos ver algunos ejemplos de personas que por causa de sus resentimientos y odios fracasaron. Veamos.


1.     El fracaso de Jefté.


“Jefté galaadita era esforzado y valeroso; era hijo de una mujer ramera, y el padre de Jefté era Galaad. Pero la mujer de Galaad le dio hijos, los cuales, cuando crecieron, echaron fuera a Jefté, diciéndole: No heredarás en la casa de nuestro padre, porque eres hijo de otra mujer”.
Jueces 11:1-2

La Biblia nos habla acerca de un hombre llamado Galaad el cual se unió a una ramera y engendro un hijo llamado Jefté. Aparte de Jefté, Galaad tuvo hijos de la mujer legitima los cuales crecieron junto con Jefté el hijo ilegitimo. La Biblia describe a Jefté como un hombre valeroso y esforzado, pero por el hecho de ser el hijo de una ramera sus medios hermanos lo vieron con desprecio y lo echaron de la casa diciéndole que no heredaría nada de la casa de su padre: “Huyó, pues, Jefté de sus hermanos, y habitó en tierra de Tob; y se juntaron con él hombres ociosos, los cuales salían con él”, (Jueces 11:3). Este hecho debió haber provocado heridas internas en el corazón de Jefté, sin embargo, el tiempo paso y Amón amenazo a Israel y fue allí donde los ancianos buscaron la ayuda de el con el fin de que los guiara a la batalla: “Y cuando los hijos de Amón hicieron guerra contra Israel, los ancianos de Galaad fueron a traer a Jefté de la tierra de Tob; y dijeron a Jefté: Ven, y serás nuestro jefe, para que peleemos contra los hijos de Amón. Jefté respondió a los ancianos de Galaad: ¿No me aborrecisteis vosotros, y me echasteis de la casa de mi padre? ¿Por qué, pues, venís ahora a mí cuando estáis en aflicción? Y los ancianos de Galaad respondieron a Jefté: Por esta misma causa volvemos ahora a ti, para que vengas con nosotros y pelees contra los hijos de Amón, y seas caudillo de todos los que moramos en Galaad”, (Jueces 11:5-8). Aunque Jefté acepto ser su jefe y ayudarlos a luchar en contra de Amón, su corazón guardaba fuertes resentimientos por lo que sus hermanos le habían hecho. El resentimiento y deseo de venganza en Jefté se deja ver en los siguientes versículos, así como las terribles consecuencias que sufren aquellos que no sanan sus heridas: “Y Jefté hizo voto a Jehová, diciendo: Si entregares a los amonitas en mis manos, cualquiera que saliere de las puertas de mi casa a recibirme, cuando regrese victorioso de los amonitas, será de Jehová, y lo ofreceré en holocausto. Y fue Jefté hacia los hijos de Amón para pelear contra ellos; y Jehová los entregó en su mano. Y desde Aroer hasta llegar a Minit, veinte ciudades, y hasta la vega de las viñas, los derrotó con muy grande estrago. Así fueron sometidos los amonitas por los hijos de Israel. Entonces volvió Jefté a Mizpa, a su casa; y he aquí su hija que salía a recibirle con panderos y danzas, y ella era sola, su hija única; no tenía fuera de ella hijo ni hija. Y cuando él la vio, rompió sus vestidos, diciendo: ¡Ay, hija mía! en verdad me has abatido, y tú misma has venido a ser causa de mi dolor; porque le he dado palabra a Jehová, y no podré retractarme. Ella entonces le respondió: Padre mío, si le has dado palabra a Jehová, haz de mí conforme a lo que prometiste, ya que Jehová ha hecho venganza en tus enemigos los hijos de Amón. Y volvió a decir a su padre: Concédeme esto: déjame por dos meses que vaya y descienda por los montes, y llore mi virginidad, yo y mis compañeras. El entonces dijo: Vé. Y la dejó por dos meses. Y ella fue con sus compañeras, y lloró su virginidad por los montes. Pasados los dos meses volvió a su padre, quien hizo de ella conforme al voto que había hecho. Y ella nunca conoció varón”, (Jueces 11:30-39). Al momento de hacer su voto a Dios pensaba que ofrecer a uno de sus hermanos; pero no ocurrió así sino su amada hija pago las consecuencias de su odio.

2.     El fracaso de Ahitofel.


Ahitofel es otro caso donde se fracaso e incluso se condeno por sus fuertes resentimientos y odios que no lograron superar. Ahitofel era padre de Eliam, uno de los valientes de David: “Elifelet hijo de Ahasbai, hijo de Maaca, Eliam hijo de Ahitofel, gilonita”, (2 Samuel 23:34), y a su vez abuelo de Betsabé, el esposo de Urías el Heteo: “Envió David a preguntar por aquella mujer, y le dijeron: Aquella es Betsabé hija de Eliam, mujer de Urías heteo”, (2 Samuel 11:3). Y si conocemos muy bien la historia sabemos que David adultero con Betsabé, la cual quedó embarazada de él y para esconder su pecado David trato de engañar a Urías para que durmiera con su esposa, pero al no lograrlo lo termino matando (2 Samuel 11). Este pecado le costo caro a David el cual se arrepintió y Dios lo perdono, pero no sin pagar las consecuencias de ello. Al final, David fue restaurado y se quedo con su mujer, su primer hijo con ella murió; pero Dios les dio otro que fue Salomón. Lamentablemente Ahitofel el abuelo de Betsabé no perdono a David y en su resentimiento hacia el se revelo y trato de destruirlo: “Y mientras Absalón ofrecía los sacrificios, llamó a Ahitofel gilonita, consejero de David, de su ciudad de Gilo. Y la conspiración se hizo poderosa, y aumentaba el pueblo que seguía a Absalón”, (2 Samuel 15:12). Ahitofel era un gran consejero, pero uso su sabiduría para cumplir su venganza: “el consejo que daba Ahitofel en aquellos días, era como si se consultase la palabra de Dios. Así era todo consejo de Ahitofel, tanto con David como con Absalón”, (2 Samuel 16:23). Sin embargo, Husai, un hombre de confianza de David se fingió aliado de Absalón y por medio de el Dios anulo el consejo de Ahitofel y así fue librado David de la trampa que con astucia había preparado: “Entonces Absalón y todos los de Israel dijeron: El consejo de Husai arquita es mejor que el consejo de Ahitofel. Porque Jehová había ordenado que el acertado consejo de Ahitofel se frustrara, para que Jehová hiciese venir el mal sobre Absalón”, (2 Samuel 17:14). Como consecuencia Ahitofel se frustro tanto que termino quitándose la vida: “Pero Ahitofel, viendo que no se había seguido su consejo, enalbardó su asno, y se levantó y se fue a su casa a su ciudad; y después de poner su casa en orden, se ahorcó, y así murió, y fue sepultado en el sepulcro de su padre”, (2 Samuel 17:23).

Como vemos, aquellos que no son capaces de perdonar y olvidar están destinados al sufrimiento y serán condenados por ese sentimiento, porque nadie que no sabe perdonar será perdonado: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial”, (Mateo 6:14).

                    III.         EL REMEDIO PARA SANAR DE TODO RESENTIMIENTO.


Definitivamente no es fácil olvidar las ofensas pasadas, especialmente si nos han dañado injustamente, sin embargo, debemos estar conscientes que si no olvidamos este sentimiento de odio nos conducirá al infierno. Veamos a la luz de la Biblia que podemos hacer para liberarnos de nuestras raíces de amargura:

1.     Aceptar la invitación de Cristo para ir a Él para ser restaurados de nuestros dolor y pecados: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”, (Mateo 11:28).
2.     Dejar a Dios obrar su justicia y no tomar venganza en nuestras manos: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”, (Romanos 12:19).
3.     Buscar la consolación en Dios: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios”, (2 Corintios 1:3-4).

CONCLUSIÓN.


Todos estamos expuestos a sufrir, sin embargo, debemos cuidarnos de no guardar rencores y odio en nuestro corazón hacia aquellas personas que nos dañan, porque eso nos conducirá el infierno. Por ello debemos acudir a Dios para poder perdonar y no permitir que estos sentimientos nos lleven al infierno y poder así ser restaurados por su gran amor.




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