Jesús es Ungido (Mateo 26:6-13)


 

“Y estando Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, vino a él una mujer, con un vaso de alabastro de perfume de gran precio, y lo derramó sobre la cabeza de él, estando sentado a la mesa. Al ver esto, los discípulos se enojaron, diciendo: ¿Para qué este desperdicio? Porque esto podía haberse vendido a gran precio, y haberse dado a los pobres. Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer? pues ha hecho conmigo una buena obra. Porque siempre tendréis pobres con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis. Porque al derramar este perfume sobre mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultura. De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella”.

Mateo 26:6-13 

INTRODUCCIÓN

                     Estos versículos del evangelio según Mateo le dan continuidad a los acontecimientos que apuntan a la pasión de Cristo, es decir, los eventos relacionados con su captura, martirio y muerte en la cruz del Calvario, lo cual a su vez darán paso a su resurrección y victoria final. Ahora Jesús se encuentra en Betania, en casa de un tal Simón el leproso el cual lo ha invitado a comer y aquí ocurre un evento que ha quedado registrado en los evangelios de Mateo y Marcos para recuerdo de lo que una mujer hizo para el Señor. En el evangelio según Juan ya se considero un estudio parecido, de hecho, hay algunos que dicen que se trata del mismo evento ya que cuenta con muchas cosas similares, sin embargo, no dudamos que aun hay mas verdades espirituales que podemos aprender con la ayuda del Espíritu Santo.


Jesús-ungido
Jesús es ungido


LA MUJER QUE OFRECIÓ UNA GRAN OFRENDA AL SEÑOR

“Y estando Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, vino a él una mujer, con un vaso de alabastro de perfume de gran precio, y lo derramó sobre la cabeza de él, estando sentado a la mesa”.

Mateo 26:6-7

                 Mateo nos dice que Jesús estaba en Betania y allí paso a casa de un hombre llamado Simón el leproso. Durante el tiempo que Jesús visitaba Jerusalén, nuestro Señor acostumbraba a pasar la noche en Betania, una aldea cercana a Jerusalén, para que, al amanecer, se dirigía a Jerusalén y al anochecer regresaba a Betania: “Y dejándolos, salió fuera de la ciudad, a Betania, y posó allí. Por la mañana, volviendo a la ciudad…”, (Mateo 21:17-18). Muchos creen que el lugar donde Jesús se quedaba a dormir cuando iba a Betania era la casa de Marta, María y Lázaro, los cuales eran personas que lo amaban profundamente y donde enseñaba en ocasiones grandes verdades espirituales (Lucas 10:38-42). No obstante, en este momento se encuentra en casa de Simón el leproso. Este acontecimiento es muy parecido al que ocurre en el evangelio según Juan: “Seis días antes de la pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto, y a quien había resucitado de los muertos. Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él. Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume. Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidará de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella. Entonces Jesús dijo: Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto. Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, más a mí no siempre me tendréis”, (Juan 12:1-8). Si comparamos este relato que está en el evangelio Según Juan y lo comparamos con el de Mateo y Marcos, encontraremos tres diferencias principales. La primera es que Juan nos dice que Jesús estaba en Betania en una casa donde estaba Lázaro y Marta su hermana le servía lo que nos sugiere que posible mente estaba comiendo en la casa de ellos, pero Mateo y Marcos dice que estaba en Betania en casa de Simón el leproso. La segunda diferencia que podemos notar entre estas historias es que Mateo ya ha recalcado que faltaban dos días para que la pascua se celebrara (Mateo 26:2), mientras que en Juan se dice que faltaban 6 días para que la pascua se celebrara (Juan 12:1). Finalmente, en Mateo y Marcos no se menciona el nombre de la mujer, mientras que en Juan se nos dice que es María, la hermana de Marta y Lázaro. Algunos opinan que estas historias son dos eventos diferentes que ocurrieron casi por la misma época, al final del ministerio de Jesús, pero con el tiempo la tradición oral llegó a combinar los detalles de cada una entrelazándolas, y por eso hoy tenemos historias casi perecidas que parecieran que fueran las mismas.

                Ahora bien, independientemente de que se traten de historias diferentes o que sean la mismas, nos enseñan preciosas verdades espirituales que queremos estudiar y en este sentido podemos ver cómo una mujer le ofreció a Jesús la más grande ofrenda que ella pudo ofrecerle: Y estando Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, vino a él una mujer, con un vaso de alabastro de perfume de gran precio, y lo derramó sobre la cabeza de él, estando sentado a la mesa. Podemos notar que esta mujer cuyo nombre no se menciona aquí derramó sobre la cabeza de Jesús un vaso de alabastro de perfume de gran precio, y estas palabras, de gran precio, se traducen de una solo palabra griega que es barútimos (βαρύτιμος), la cual sugiere un producto altamente valioso y extremadamente de gran precio. Marcos nos dice el precio aproximado de este perfume: “Porque podía haberse vendido por más de trescientos denarios…”, (Marcos 14:5). Más de trecientos denarios representa el salario de casi un año de trabajo, considerando que el denario era el salario por un jornal de un día de trabajo. Por tanto, su precio equivalía a los ahorros de casi una vida de una personal normal y esta fue la ofrenda que aquella mujer le dio a Jesús como muestra de su eterno agradecimiento. Desde el Antiguo Testamento, las ofrendas han sido una muestra de agradecimiento a Dios y estas eran sacrificios de amor que se desprendían de un corazón agradecido. En el Antiguo Testamento la mayoría de las ofrendas fueron relacionadas con sacrificios, de hecho, una de las palabras hebreas que se traduce como ofrenda es minkjá (מִנְחָה), la cual nos habla de un sacrificio de un animal, de aquí, que la ofrenda se relaciona con el hecho de ofrecer un sacrificio agradable a Dios. Alla en el 2 Samuel, el rey David nos enseñan como deberían ser las ofrendas que traemos a Dios: “Y Arauna dijo a David: Tome y ofrezca mi señor el rey lo que bien le pareciere; he aquí bueyes para el holocausto, y los trillos y los yugos de los bueyes para leña. Todo esto, oh rey, Arauna lo da al rey. Luego dijo Arauna al rey: Jehová tu Dios te sea propicio. Y el rey dijo a Arauna: No, sino por precio te lo compraré; porque no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada. Entonces David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata”, (2 Samuel 24:22-24). En estos versículos podemos encontrar estas palabras memorables que definitivamente nos tocan el corazón y demuestran el gran amor que estos hombres le tuvieron a Dios: porque no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada. Definitivamente esta es una manera muy especial de pensar, el ofrecerle a Dios lo mas preciado y costoso que tenemos, y esta mujer de la historia de Mateo así lo hizo, ofreció algo carísimo, equivalente a un año de trabajo, algo de gran valor y que requería sacrificio el desprenderse de él.


LA MURMURACIÓN DE LOS DISCÍPULOS

“Al ver esto, los discípulos se enojaron, diciendo: ¿Para qué este desperdicio? Porque esto podía haberse vendido a gran precio, y haberse dado a los pobres”.

Mateo 26:8-9

                    Como siempre la crítica surgió ante el acto de adoración y ofrenda que esta mujer hizo: Al ver esto, los discípulos se enojaron, diciendo: ¿Para qué este desperdicio? Porque esto podía haberse vendido a gran precio, y haberse dado a los pobres. A lo mejor muchas personas pudieron ver este acto como un desperdicio de recurso, algo de tan grande precio que pudo haberse vendido y dado a los pobres, sin embargo, lo mas seguro es que estas palabras venían de personas que escondían sus intensiones piadosas para sacar provecho de las cosas espirituales, de hecho, el pasaje similar que hay en Juan nos dice que el discípulo que dijo este fue Judas y lo dijo, no porque le importaban los pobres, sino porque era un ladrón que se robaba las ofrendas: “Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella”, (Juan 12:4-6). Hoy en día muchas personas son como Judas, criticando las ofrendas generosas que pueden ir dirigidas a las iglesias con el fin de engrandecer mas el reino de Dios, pero al final lo hacen, no porque quieran que realmente se les ayude a los pobres, aunque ellos mismos no están dispuestos a hacerlo, sino porque tienen un corazón egoísta y en ocasiones ambiciosos de ganancias deshonestas.


EL TESTIMONIO PERPETUO DE ESTA MUJER

“Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer? pues ha hecho conmigo una buena obra. Porque siempre tendréis pobres con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis. Porque al derramar este perfume sobre mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultura. De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella”.

Mateo 26:10-13

            Al escuchar la recriminación que los discípulos hacían en contra de aquella mujer, nuestro Señor Jesucristo la defendió y avalo su acción haciendo tres afirmaciones al respecto. Primeramente, asegura que su ofrenda no era un desperdicio, aun considerando que con ella se pudo haber ayudado a los pobres: Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer? pues ha hecho conmigo una buena obra. Porque siempre tendréis pobres con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis. En la Biblia encontramos que Dios nos exhorta a ayudar a los pobres: “A Jehová presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar”, (Proverbios 19:17). De hecho, la ayuda a los pobres era una de las principales prioridades de la iglesia primitiva: “Solamente nos pidieron que nos acordásemos de los pobres; lo cual también procuré con diligencia hacer”, (Gálatas 2:10). Sin embargo, a través de estas palabras, nuestro Señor también nos dice que, así como hay que ayudar a los pobres, es bien visto por Dios las ofrendas que se entregan con el fin de ayudar a la iglesia y engrandecer el reino de Dios. Por ello, debemos recordar que no debemos olvidarnos de nuestras ofrendas dirigidas a la obra de Dios, pero de igual forma, debemos ayudar a los pobres siendo generosos al compartir las cosas que hemos recibido de parte de Él. En segundo lugar, el Señor avala la acción de esta mujer, afirmando que fue oportuna ya que preparaba su cuerpo para completar la misión por la cual había venido a esta tierra: Porque al derramar este perfume sobre mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultura. De alguna manera, esta acción de ungirlo con perfume todo su cuerpo, anunciaba lo que le iba a pasar a nuestro Señor Jesús, así que esta mujer se encontraba en la voluntad del Padre. Finalmente, Jesús avala su acción diciendo que esta acción, lejos de ser un error, iba a ser recordada por generaciones a través de la proclamación de este evangelio: De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella. En este sentido, hoy hemos recordado esta maravillosa historia de esta mujer que Mateo no menciona por nombre, pero que sus acciones de amor hacia Jesús quedaron registradas para eterna memoria de todos, y de igual manera, todo lo que nosotros hacemos para el Señor no es en vano, sino Dios sabrá recompensar a cada uno, según sus obras.



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