La Santificación: Apartados para Dios mediante la Obra de Cristo


“Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación”.
1 Tesalonicenses 4:7

INTRODUCCIÓN


                   Otro de los grandes temas que se consideran en la doctrina de la salvación es la santificación, la cual de por si constituye un tema de suma importancia y ha sido mal interpretado a lo largo del tiempo. Lewis Sperry Chafer nos dice: “La doctrina de la santificación adolece de malentendidos a pesar de que la Biblia provee de una revelación extensa acerca de este importante tema”. La santificación es un tema muy predominante en toda la Biblia especialmente porque el uno de los atributos de Dios y constituye un llamado que Dios nos ha hecho para salir de toda inmundicia: Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación. Como su pueblo, debemos apartarnos de todo pecado y vivir santa y piadosamente en este mundo, además es la voluntad de Dios nuestra completa santificación: “Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación”, (1 Tesalonicenses 4:3). Veamos entonces en detalle este tema.

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La Santificación


DEFINICIÓN DE LA SANTIFICACIÓN


                 Las palabras santo y santificación son dos términos bastantes usados en el léxico bíblico, veamos primero el significado de santificación. J. Oliver Buswell Jr. la traduce de manera muy sencilla y nos dice que la “santificación» significa ser hecho santo”. Ahora bien, ¿qué significa ser santo? La palabra santo, se traduce del hebreo kadosh (קָדוישׁ), y del griego jágios (ἅγιος), y tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento significan “poner aparte”, “apartarlo para un fin”, “sacado de en medio”. Basado en su significado etimológico, Myer Pearlman nos dice: “Santo es un vocablo descriptivo de la naturaleza divina. Su significado original es el de separación; por lo tanto, la santidad representa aquello en Dios que lo hace separado de todo lo terrenal y humano, es decir, su absoluta perfección moral y majestad divina”. Considerando el significado es estas palabras, el Catecismo Menor de Westminster nos define de otra forma la palabra santificación. Este se pregunta: “¿Qué es la santificación?”, a lo que responde: “La santificación es aquella obra de la libre gracia de Dios por la cual somos completamente restablecidos a la imagen de Dios, y puestos en capacidad de morir más y más al pecado y de vivir píamente. 1 Pedro 1:2; Efesios 4:24; Romanos 6:6”. Por tanto, ser santo significa haber sido puesto aparte de la inmundicia de este mundo y ser consagrado para la gloria de Dios mediante la obra expiatoria de Cristo, mientras que la santificación es el medio por el cual Dios nos hace santos y nos perfeccionamos delante de Él. Este acto de haber sido sacados de la inmundicia de este mundo y ser puestos aparte para la gloria de Dios es un acto sobrenatural que operara en las personas que se arrepienten de sus pecados y son justificados, la santidad no está en función de los merito u obras que alguien pueda hacer, y el teólogo Charles Hodge lo explica muy bien: “De la santificación se declara que es una obra de la libre gracia de Dios. Dos cosas se incluyen en ello. Primero, que el poder o influencia mediante el que es llevada a cabo es sobrenatural. Segundo, que la concesión de esta influencia a cualquier pecador, a un pecador en lugar de a otro y a uno más que a otro, es cuestión de favor. Nadie tiene personalmente, ni en sí mismo, sobre la base de nada que haya hecho, el derecho a reivindicar esta influencia divina como una recompensa justa, ni como cuestión de justicia”. Al igual que la salvación, la santificación de nuestro ser es un acto de pura gracia divina, no está basada en méritos, sino es consecuencia de lo que Cristo hace en nosotros. Mas adelante veremos cómo es que opera la santificación.

DIOS DEMANDA SANTIDAD


                   En Hebreos se nos hace una advertencia que todo debemos considerar si es que queremos ver a Dios: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”, (Hebreos 12:14).  ¡Sin santidad nadie vera a Dios! Esta es una realidad que todos debemos considerar. Desde el Antiguo Testamento vemos como el Señor demandaba a los israelitas a realizar ritos de purificación con el objetivo de no presentarse inmundos delante de su presencia, e incluso vemos como muchos perecieron delante de Él por presentarse en pecado, así lo vemos en algunos pasajes del Antiguo Testamento. Por ejemplo, Nadab y Abiú murieron por ofrecer fuego extraño: “Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó. Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová”, (Levítico 10:1-2). En otra ocasión muchos israelitas murieron como consecuencia de haber visto el arca del pacto sin haberse consagrado previamente: “Entonces Dios hizo morir a los hombres de Bet-semes, porque habían mirado dentro del arca de Jehová; hizo morir del pueblo a cincuenta mil setenta hombres. Y lloró el pueblo, porque Jehová lo había herido con tan gran mortandad. Y dijeron los de Bet-semes: ¿Quién podrá estar delante de Jehová el Dios santo? ¿A quién subirá desde nosotros?”, (1 Samuel 6:19-20).  También Uza murió por tocar el arca del pacto cuando esta caía: “Pero cuando llegaron a la era de Quidón, Uza extendió su mano al arca para sostenerla, porque los bueyes tropezaban. Y el furor de Jehová se encendió contra Uza, y lo hirió, porque había extendido su mano al arca; y murió allí delante de Dios”, (1 Crónicas 13:9-10). Estos pasajes del Antiguo Testamento nos hacen ver las exigencias de Dios de santificarse delante de su presencia, y aun en el Nuevo Testamento se les demanda a los creyentes a vivir en temor y temblor delante de su presencia: “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”, (Filipenses 2:12). En su segunda carta el apóstol Pedro nos da tres razones por las cuales los cristianos debemos vivir en santidad:

“Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”.

1 Pedro 1:13-19

            Veamos en más detalle estas tres razones:

Primera Razón: Porque Dios es Santo.


“… porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo…”

La primera razón por la cual debemos ser santos es porque Dios es santo y nada inmundo se acercará a Él. Aquí el apóstol Pedro cita un texto del Antiguo Testamento: “Santificaos, pues, y sed santos, porque yo Jehová soy vuestro Dios. Y guardad mis estatutos, y ponedlos por obra. Yo Jehová que os santifico”, (Levítico 7:7-8). En esta ocasión Dios se pronunció en contra del pecado y le advirtió a Israel que no lo toleraría porque su carácter es santo y nada inmundo puede estar cerca de Él, y ellos, así como nosotros, somos su pueblo y no podemos convivir con el pecado porque Él es santo.

Segunda Razón: Porque juzgara todas nuestras obras.


“Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación…”

            La segunda razón por la cual debemos ser santos es porque Dios juzgara todo pecado. La Biblia es clara al enseñarnos que hay un día establecido para juzgar a todos los hombres por causa de su pecados y serán arrojados al lago de fuego (Apocalipsis 20:11-15), pero también para los cristianos hay un día cuando estaremos delante su presencia donde evaluara la calidad de nuestra vida piadosa y las intenciones por las cuales hicimos las cosas, y algunos sufrirán vergüenza eterna en aquel día, aunque no perderán la salvación: “Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque, así como por fuego”, (1 Corintios 3:12-15).

Tercera Razón: Porque nuestra santificación vale la sangre de Cristo.


Finalmente, debemos ser santos porque nuestra propia santificación vale la sangre del Hijo de Dios. Cada vez que pecamos estamos menospreciando el sacrificio que nuestro Señor Jesucristo hizo en la cruz del Calvario, aquel acto vicario de supremo sacrificio que hizo para perdonar nuestros pecados, limpiarnos de nuestras maldades y darnos vida eterna es pisoteado. Por tanto, alguien que actúe de esta forma sin mayores problemas de consciencia debería considerar seriamente si se ha convertido realmente a Dios: “Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?”, (Hebreos 2:1-3). Alguien que juegue con Dios de esta forma fingiéndose cristiano, pero llevando una vida de pecado oculta debe tener mucho cuidado porque lo más seguro es que va rumbo al juicio eterno: “Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios”, (Hebreos 10:26-27).

              Queda claro que como cristianos debamos vivir santa y piadosamente porque no podemos tener comunión con Dios si vivimos en pecado y todo pecado será juzgado de parte de Dios.

¿CÓMO OPERA LA SANTIFICACIÓN EN EL CREYENTE?


              Como la justificación, el nuevo nacimiento, la expiación, la conversión o cualquier otro don que desprende de la salvación, la santificación en el creyente opera desde el momento que se arrepiente de sus pecados y Cristo lo limpia de toda maldad a través de su sangre: “pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”, (1 Juan 1:7). Su sangre fue derramada para remisión de todos nuestros pecados: “Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados”, (Mateo 26:26-28). Esto nos muestra una vez más como el sacrificio expiatorio de Cristo no solo perdona nuestros pecados, sino nos limpia de toda maldad. Al respecto, Myer Pearlman nos comenta ampliando mejor la explicación de lo que estamos hablando: “La santificación es el resultado de la obra consumada de Cristo, el penitente es cambiado de un pecador corrompido a un adorador santo. La santificación es el resultado de esa obra maravillosa realizada por el Hijo de Dios cuando se ofreció a sí mismo para quitar el pecado por medio de su sacrificio en el Calvario. En virtud de ese sacrificio el creyente ha sido para siempre apartado para Dios, su conciencia es limpiada, y el mismo es transformado de un pecador inmundo o impuro en un adorador santo, unido en permanente comunión con el Señor Jesucristo”. Esta santificación tiene tres etapas en la vida del creyente.

              La santificación posicional.


Se le conoce como santificación posicional a la obra mediante la cual el creyente es santificado en función de su posición en Cristo. Esta santificación no depende de las obras de los cristianos, sino es consecuencia de la limpieza que Cristo realiza en la vida de las personas que creen en su persona. Al respecto Lewis Sperry Chafer nos dice: “La santificación posicional es una santificación y una santidad que se efectúa por Dios a través del cuerpo y la sangre derramada de nuestro Señor Jesucristo”. En este sentido el creyente es santo, no porque sus méritos lo hagan santo; sino porque es una virtud de aquel en quien ha creído que le es otorgada esta posición. Charles Hodge nos dice: “Los hombres no se hacen santos a sí mismos; su santidad y crecimiento en la gracia no se deben a su misma fidelidad, ni a su firmeza de propósito, ni a su vigilancia y diligencia, aunque todo esto está demandado, sino a la influencia divina, por la que son hechos así fieles, vigilantes y diligentes, y que produce en ellos los frutos de justicia”. Por ello vemos como en la Biblia los autores del Nuevo Testamento llamaban santos a sus lectores. Por ejemplo, Pablo era alguien que a saludar a los creyentes los llamaba santos, y así vemos que a los creyentes de Roma les dice que han sido llamados a ser santos: “a todos los que estáis en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”, (Romanos 1:7). Y a los creyentes de Corinto les saluda diciendo: “a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”, (1 Corintios 1:2). Ahora bien, es paradójico que a estos corintios que llama santos estaban llenos de imperfecciones y pecados ya que 1 Corintios el apóstol tiene como propósito corregir una serie de situaciones que se vivían entre ellos como, por ejemplo, disensiones, celos, contiendas, pleitos, fornicaciones, sacrilegios durante la cena del Señor, hacer tropezar al débil en la fe entre otras cosas, así lo vemos en esta carta: “De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?”, (1 Corintios 3:1-3). Al respecto de estos versículos Myer Pearlman nos comenta: “El apóstol Pablo se dirigía a todos los creyentes denominándolos santos (literalmente, santificados), y en calidad de ya santificados (2 Corintios 1:2; 6:11); sin embargo, la misma carta fue escrita para corregir a esos creyentes, debido a la carnalidad y hasta pecado manifestado (1 Corintios 3:1; 5:1-2, 7-8). Eran santos y santificados en Cristo, pero algunos de ellos estaban lejos de serlo en su vida cotidiana. Habían sido llamados a ser santos, pero no caminaban dignos de la vocación a la cual habían sido llamados”. Por tanto, vemos que, aunque el creyente es santo en función de la posición que Cristo le ha otorgado, eso no significa que este pueda ser santo en sus acciones, aunque como lo veremos está llamado a perfeccionarse en su santidad.

              La santificación practica y progresiva.


Si bien es cierto, el creyente es santo en función de su posición en Cristo, ya que este lo ha limpiado de todos sus pecados, pero, ha sido llamado a vivir en santidad y perfeccionarla. A esto se le conoce como la santificación practica y progresiva. De esto, Myer Pearlman nos dice: “La santificación es tanto absoluta como progresiva. Absoluta en el sentido de que se trata de una obra hecha de una vez para siempre (Hebreos 10:14), y progresiva en el sentido de que el creyente debe seguir la santidad (Hebreos 12:14) y perfeccionar su consagración limpiándose de toda inmundicia”. Por ello, el apóstol Pablo exhortaba a los creyentes a perfeccionar su santidad en el temor de Dios: “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios”, (2 Corintios 7:1). Es de esperarse que nosotros los cristianos nos apartemos de toda inmundicia y vivamos piadosamente en este mundo, como verdaderos redimidos.

              La santificación final o perfecta.


              Mientras vivamos en este mundo estamos llamados a perfeccionar nuestra santidad, pero aun así seguiremos siendo seres imperfectos, no obstante, llegará el momento donde Dios se glorificará en nuestro ser llevándonos a la santidad perfecta. Ya sea en el rapto, o al momento de pasar a su presencia al morir, la obra que Cristo inicio se perfeccionara llevándolo a la santificación perfecta: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”, (1 Juan 3:2). Lewis Sperry Chafer nos explica cómo esta santificación perfecta se operará en nuestras vidas: “Santificación definitiva es aquel aspecto relacionado con nuestra perfección final, y la poseeremos en la gloria. Por su gracia y por su poder transformador, Él nos habrá transformado de tal modo ̶ espíritu, alma y cuerpo ̶ que seremos como Él es, seremos conformados a su imagen. Entonces nos hará entrar perfectos en la presencia de su gloria. Su esposa estará libre de toda mancha y arruga, por lo tanto, es propio que nos abstengamos de toda apariencia de mal”. En su primera carta a los corintios, el apóstol Pablo nos explica cómo durante el rapto de la iglesia, el cuerpo mortal se convertirá en un cuerpo inmortal, y como este cuerpo corruptible se vestirá de corrupción: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad”, (1 Corintios 15:51-53). De tal forma, que llegará el momento que nuestro cuerpo mortal se convertirá en un cuerpo completamente glorificado y entonces se dará la santificación perfecta. Mientras tanto, debemos esforzarnos por perfeccionar nuestra santidad delante de Dios hasta llegar al cielo, hasta que finalmente estemos delante de su presencia: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas”, (Filipenses 3:20-21).

LOS MEDIOS PARA PERFECCIONAR NUESTRA SANTIDAD


               Como ya hemos visto, la santificación del creyente está en función de la posición otorgada por Cristo, donde su sangre lo ha limpiado de todo pecado, pero después de esto, el creyente debe esforzarse por perfeccionar su santidad y para ello existen dos formas de cómo hacerlo: a través de la ayuda del Espíritu Santo y de su palabra. Veamos como el cristiano es perfeccionado en su santidad a través de estos medios.

              El Espíritu Santo.


              En primer lugar, tenemos al Espíritu Santo como aquel que provee al creyente el poder capacitador para ser mejor testigo de la gracia de Cristo y como guía en este mundo. Jesús les dijo a sus discípulos que antes de iniciar su trabajo de evangelización es este mundo necesitaba recibir este poder y por ello les dijo que esperaran en Jerusalén el bautismo con el Espíritu Santo lo cual ocurrió en el día de Pentecostés: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”, (Hechos 1:8). Como cristianos no debemos olvidar que aún tenemos la vieja naturaleza ya que Cristo por su misericordia nos ha limpiado de nuestros pecados y nos ha hecho nacer a una nueva vida, dándonos una nueva naturaleza la cual debemos alimentar ya que de lo contrario terminaremos siendo dominados por la vieja. Por ello Pablo dice: “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis”, (Gálatas 5:16-17). El cristiano debe vivir agradando al Espíritu, obedeciendo su voluntad y no satisfaciendo los deseos de su carne, los cuales el apóstol detalla en versículos siguientes: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”, (Gálatas 5:19-21). Un creyente que no haya experimentado el poder regenerador del Espíritu Santo vivirá obedeciendo a las obras de la carne, sin embargo, Pablo nos dice que debemos obedecerle produciendo el su fruto: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”, (Gálatas 4:22-24). Considerando estos versículos de Gálatas, J. Oliver Buswell Jr. nos comenta: “Me parece que el gran pasaje que acabamos de examinar (Gálatas 5.13-6.2) contiene en principio los temas principales que deben considerarse bajo el encabezamiento de la santificación. En primer lugar, santificación ciertamente significa una vida santa. Hemos hecho la observación
de que las obras de la carne son una evidencia de un estado no regenerado, y el fruto del Espíritu es una evidencia de esa regeneración”. Por tanto, una vida santa se manifestará a través de manifestar el fruto del Espíritu, y esto solo se logrará con la ayuda del Espíritu Santo, sujetándonos a su voluntad y dependiendo cada día de Él.

              La Palabra de Dios.


              La palabra de Dios es el otro medio por el cual podemos santificarnos. El salmista dice: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra”, (Salmo 119:9), y nuestro Señor Jesucristo dijo: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad”, (Juan 17:17). Lo cierto es que a través de la palabra el creyente puede llegar a santificarse mas cada día, en la medida que la obedezca, apartándose de toda inmundicia y haciendo suya todas las promesas. Myer Pearlman nos dice al respecto: “Se dice que los creyentes son renacidos por la palara de Dios (1 Pedro 1:23). La palabra de Dios ilumina al hombre y le hace comprender la locura y maldad de su vida, cuando obedece la palabra, se arrepiente y cree en Cristo, es limpio por la palabra que oye. Este es el comienzo de la limpieza que debe continuar durante toda la vida del creyente”.

DOCTRINAS EQUIVOCADAS EN CUANTO A LA SANTIFICACIÓN


                Hasta el momento hemos considerado el verdadero significado de ser santo, de cómo es que a través de Cristo somos santificados por medio de su sangre, y cómo debemos perfeccionar nuestras santidad con la ayuda del Espíritu Santo y la palabra de Dios. No obstante, existen algunas doctrinas equivocadas en cuanto a la santificación y una de ellas es creer que para ser santo hay que ser perfecto. Ser santo no significa que el cristiano es perfecto, si bien es cierto, hemos sido sacados del mundo y puestos aparte para servirle a Dios como su pueblo, también somos seres que luchan contra su naturaleza pecaminosa. J. Oliver Buswell Jr. nos dice en cuanto a este tema: “Si es cierto que las personas regeneradas crecerán en la vida santa por la obra continua del Espíritu Santo y por los medios usados por el Espíritu, lo será también que mientras vivamos en esta vida terrenal no alcanzaremos la perfección absoluta (sin pecado)”. Ahora bien, este comentario no significa que debemos conformarnos a una vida espiritual mediocre, justificando nuestras faltas a la debilidad de la carne, como algunos dice: “la carne es débil”, porque para ello el cristiano debe esforzarse por perfeccionar su santidad a través de buscar fortalecer su vida espiritual: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”, (Mateo 26:41). Aunque en Mateo encontramos la afirmación de Jesús de ser perfectos delante de Dios, esta palabra se traduce de una griega que realmente no significa perfecto en el sentido que nosotros lo entendemos, sino más bien el hecho de ser cristianos maduros y completos a través de obedecer su palabra: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”, (Mateo 5:48). Como creyentes debemos luchar cada día por perfeccionar nuestra santidad negando nuestra naturaleza pecaminosa y buscando todo aquello que contribuya a nuestro crecimiento espiritual.

              Otra doctrina errada en cuanto a la santificación es el proceso de canonización de la iglesia católica donde se llega a declarar santo a aquellos hombres o mujeres que ya murieron, pero que a través de la investigación han descubierto que llevaron una vida piadosa y realizaron algún tipo de milagro. Este proceso incluye a esta persona muerta en el canon de la iglesia católica donde tienen a todos los santos reconocidos, así como les permiten a sus feligreses el rendirles fiestas litúrgicas y pedirles milagros. Realmente la iglesia católica tiene todo un proceso que sigue antes de declarar santo a un muerto, pero esto no es bíblico, y los verdaderos santos son aquellos que han sido lavados con la sangre de Cristo. Por ello Pablo en ocasiones se refería a los miembros de las iglesias como santos: “Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes, a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”, (1 Corintios 1:1-2). Si nos damos cuenta las personas que Pablo saluda en esta carta no son estatuas de muertos, sino los creyentes de la iglesia de Corinto, y a todos aquellos que son llamados a ser santos por el hecho de invocar el nombre de Jesucristo. Por tanto, la doctrina de canonización de la iglesia católica es un error.
             
              Otra doctrina errada en cuanto a la santificación es el ascetismo. El ascetismo es el intento de dominar la carne y alcanzar la santidad a través de someter al cuerpo a duras penitencias y privaciones, un método seguido por los monjes católicos durante la edad media y el hinduismo. Esta claro que solamente el sacrificio de Cristo nos puede salvar y por medio de su sangre es que el hombre puede limpiarse de todos sus pecados: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”, (1 Juan 1:9).

            El legalismo es buscar la salvación a través de cumplir reglas o reglamentos religiosos, y quizás el mejor ejemplo de legalismo en la Biblia son los fariseos. Nuestro Señor Jesús resalto muy bien el verdadero espíritu del legalismo a través de las siguientes palabras: “En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; más no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen. Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí”, (Mateo 23:2-7). En este sentido, un legalista es:

1.       Una persona que dice vivir por la ley de Dios, pero no hace lo que dice: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos  Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; más no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen.
2.       Una persona que coloca duras cargas sobre los demás que ellos no llevan: Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.
3.       Una persona que se jacta de su supuesto nivel espiritual y se cree superior a los demás: Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos.
4.       Una persona que ama los títulos personales y ser admirada por los demás por su gran nivel espiritual: y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí.

Aquellos que viven en el legalismo poseerán esta características o parecidas. Hoy en día existen sectas y religiones muy legalistas donde la salvación del alma está limitada a obedecer reglamentos internos, guardar algunos días, ser bautizados por su método exclusivo, usar un estilo de vestimenta estricto donde se regulan incluso los colores de la tela, el no usar ningún tipo de metal en el cuerpo, como anillos, pulseras o adornos, el no recibir transfusiones de sangre aun estando su vida en peligro, entre otras cosas. Lo peligroso de todo esto es creer que podemos llegar a santificarnos delante de Dios por medio de estas cosas. Hoy en día los cristianos debemos cuidarnos de no caer en estos errores porque sin saberlo podemos llegar a caer en el legalismo al considerarnos más santos que los demás por nuestra propia perseverancia, o pensar que otros son más carnales que nosotros por su edad o sexo, o llegar a desarrollar un espíritu de vanagloria por los dones que hemos recibo, ante todo esto debemos recordar que:  “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo”, (1 Corintios 15:10). Por tanto, no debemos caer en este terrible error permitiendo que por nuestro esfuerzo por santificarnos se cree en nosotros un espíritu de vanagloria que quiera exaltar nuestro propio yo antes que a nuestro Señor Jesucristo.

Antinomianismo es vivir sin guardar la ley moral de Dios solo porque la salvación es por gracia. Antinomianismo es una palabra compuesta de otras dos griegas que literalmente significa “En contra de la Ley”. El diccionario Mundo Hispano lo traduce de la siguiente manera: “Un término teológico que no se encuentra en las Escrituras; se refiere a la opinión de que la ley moral del AT no se aplica a los creyentes que están bajo la gracia”. Sin embargo, esto es un total error que conduce al infierno ya que si bien es cierto somos salvos por medio de la fe, y no por obras, pero eso no significa que los cristianos podemos vivir como mejor nos parece, ya que los verdaderos convertidos hemos muerto al pecado, tal y como Pablo lo dijo: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?”, (Romanos 6:1-2). Lo cierto es que los cristianos hemos muerto al pecado y ya no podemos vivir en él, Dios desea nuestra santificación y ser santo significa vivir apartados de las practicas pecaminosas de este mundo, vivir para Dios; pero ¿qué significa vivir para Dios? Bueno, es vivir de acuerdo a su palabra. Miremos como Pablo lo dice: “Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más. Porque ya sabéis qué instrucciones os dimos por el Señor Jesús; pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor; no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios; que ninguno agravie ni engañe en nada a su hermano; porque el Señor es vengador de todo esto, como ya os hemos dicho y testificado. Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación. Así que, el que desecha esto, no desecha a hombre, sino a Dios, que también nos dio su Espíritu Santo”, (1 Tesalonicenses 4:1-8). Como hijos de Dios no podemos vivir en inmundicia abusando de la gracia, ya que aquellos que lo hacen: no desecha a hombre, sino a Dios, que también nos dio su Espíritu Santo. Aquellos que verdaderamente han experimentado un verdadero nuevo nacimiento han sido totalmente transformado por la obra del Espíritu Santo el cual le da testimonio a su espíritu de que hoy es hijo de Dios y tiene herencia eterna, y como nueva criatura a abandonado su vieja vida de pecado viviendo de acuerdo a la ley moral de Dios. Por tanto, es un error pensar que porque somos salvos por gracias no estamos obligados a abandonar nuestra vida de pecados y obedecer su palabra.

Libertinaje es una palabra que proviene del latín libertinus que significa “sin límites“. En este sentido, libertinaje es vivir sin considerar ninguna restricción de la ley, entregado al desenfreno, excesos y descontrol, abusando de la verdadera libertad. Este tipo de vida en la antigüedad se conoció como Hedonismo. Realmente el libertinaje se observa en los impíos, aquellos que no conocen ni temen a Dios, sin embargo, los cristianos pueden llegar a caer en esta práctica si no se aseguran de santificarse totalmente delante de Dios. Muchos cristianos viven practicando pecados ocultos y aunque a veces su espíritu los reprende, aquellos que no se arrepienten y se apartan de ellos están condenados a ser controlados por ellos y su consciencia es progresivamente cauterizada hasta que estos los arrastran a entregarse públicamente a una vida de desenfreno y abandonan el evangelio. Una persona que ha gustado del evangelio pero que por descuido permitió que un pecado lo esclavizara para arrastrarlo a peores condiciones es explicado muy bien por nuestro Señor Jesucristo: “Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla. Entonces dice: Volveré a mi casa de donde salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida y adornada. Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Así también acontecerá a esta mala generación”, (Mateo 12:43-45). Como cristianos debemos ser responsables con nuestra propia santificación, desechar todo pecado, porque si no podemos llegar a ser controlados por estos y ser arrastrados de regreso al mundo, siendo nuestra postrer condición peor que la primera y, ¡ay de aquellos que habiendo conocido al Señor retroceden para integrarse desenfrenadamente a los placeres de este mundo sin ningún tipo de arrepentimiento: “Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?”, (Hebreos 10:26-29).  Por esto, debemos tener cuidado que la libertad a la cual Cristo nos ha llamado no se convierta en libertinaje: “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud”, (Gálatas 5:1).



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