La verdadera grandeza del servicio (Juan 13:1-9)



“Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza”.
Juan 13:1-9

INTRODUCCIÓN


              Con las últimas palabras de Jesús que se vieron en los versículos finales del capítulo 12 se cerró el ministerio público de Jesús, a partir de este momento el apóstol Juan nos presentara enseñanzas que dirigió a sus discípulos y los acontecimientos de su muerte y resurrección. Al iniciar el capítulo 13 del evangelio según Juan, encontramos otra de las más gloriosas y hermosas historias bíblicas jamás contadas acerca de Jesús, y que es exclusiva de este evangelio ya que no se encuentra en los sinópticos. Muchos eruditos bíblicos ubican esta historia en el quinto día de la última semana de nuestro Señor, es decir, jueves. Ocurrió antes de una disputa entre los discípulos en cuanto a quién era el mayor de ellos: “Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor”, (Lucas 24:24), y la institución de la cena del Señor: “Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados. Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre”, (Mateo 26:26-29). Por tanto, antes de instituir la cena de Señor, Jesús se humilla a sí mismo lavándoles los pies a sus discípulos, ya que por un lado habían tenido otra vez su tradicional disputa por saber quién es el mayor, y con esta prueba de humildad quería darles una enseñanza que resaltara que la verdadera grandeza no se encuentra en ser el superior de los demás, sino su servidor; y por otro lado, los discípulos estaban a punto de participar de un evento que habría que celebrarse en la iglesia hasta su regreso, y por tanto era necesario que estuvieran limpios, no solo de lo exterior, sino de su interior, y estos habían sido limpiados por la palabra de Jesús. Esta historia que hoy Juan nos presenta en un hermoso ejemplo de lo que significa el verdadero servicio a los demás y la gran honra que hay en ello.

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La verdadera grandeza del servicio

 

UNA CORAZÓN AMOROSO QUE SIRVE HASTA EL FIN


“Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”.
Juan 13:1

               Aquí encontramos una gran enseñanza que deberíamos guardar en nuestro corazón, y es que el verdadero carácter del servicio se expresa hasta el último momento de vida: Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Jesús sabía que su hora estaba más cerca que nunca, es más, si era jueves solo le quedaba un día más antes de ser capturado y muerto en la cruz del Calvario, por ello Jesús tal vez pudo haberse relajado y tomar un par de horas para descansar de su cansado ministerio de tres años y esperar solo su momento; pero no lo hizo así, sino que al llegar a un aposento, en lugar de sentarse con sus discípulos a descansar se dispuso a lavarles sus pies con el propósito de enseñarles una gran lección. Así vemos que nuestro Señor, aun en sus últimos días le servía a su Padre y a los demás porque los amó hasta el fin. El servicio es grande en la medida que comprende que su vida entera está diseñada para servir en todo momento a los demás, no discrimina el tiempo que tiene en el servicio o su estatus; sino que se dispone a seguir sirviendo. Muchas personas se retiran de sus privilegios porque dicen que tienen ya muchos años de estar sirviendo y es momento de descansar; pero Jesús nunca pensó así, sino aun en los últimos días de su vida estuvo dispuesto a servir a los demás.

EL VERDADERO SERVICIO NO SE DETIENE POR NINGUNA RAZÓN


“Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase…”
Juan 13:2

             El verdadero servicio jamás se detiene, aun en medio de las más difíciles situaciones, persiste en servir, aun en medio de enemigos y las peores traiciones, persiste en servir, aun en medio de fuertes oposiciones, persiste en servir. Entre los doce discípulos había uno que era un traidor, Judas Iscariote quien era un instrumento que el diablo iba a usar para entregar a Jesús a sus enemigos: Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase. Aquí vemos como el mismo diablo había contaminado el corazón de uno de los doce apóstoles, el de Judas Iscariote, empujándolo a la misma traición. Judas era uno de los hombres de su confianza que había estado a su lado todo este tiempo; pero ahora Jesús tendría que enfrentar esta vil traición de parte de alguien a quien había amado. Nuestro Señor conocía muy bien las intenciones de Judas, pero aun así, esto no lo desanimo, sino persistió en servir, y aun a Judas le lavo los pies. A veces las dificultades y sufrimientos que experimentamos en esta vida pueden desanimarnos, las personas en la que confiamos pueden traicionarnos y otros a lo mejor ni siquiera nos agradecerán; pero no debemos permitir que esto nos aleje de nuestro servicio a Dios, debemos perseverar en el servicio así como nuestro Señor Jesús lo hizo.

EL VERDADERO SERVIDOR LE SIRVE AL PADRE


“… sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba…”
Juan 13:3

            Una de las cosas que Jesús siempre recordó es que Él era un enviado de su Padre, que su Padre le había dado todas las cosas y había salido de Él e iba de regreso a Él: sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba. De igual forma, nosotros debemos recordar que somos hijos de Dios y que gracias a la fe en Cristo vamos camino al Padre y por tanto, todo lo que hagamos, nuestro servicio no lo hacemos para ser vistos por los hombres, o esperando recompensa del hombre, sino para agradar a Dios: “Siervos, obedeced a vuestros amos terrenales con temor y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo; no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios; sirviendo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres, sabiendo que el bien que cada uno hiciere, ése recibirá del Señor, sea siervo o sea libre”, (Efesios 6:6-8), Aquí Pablo les recomienda a los siervos o esclavos de su tiempo algo parecido, el servir a sus amos como si le estuvieran sirviendo a Dios, así nosotros servimos a los demás por amor a nuestro Padre celestial y porque todo lo que tenemos lo hemos recibido de Él.

EL VERDADERO SERVICIO NACE DE UN CORAZÓN HUMILDE


“… se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido”.
Juan 13:4-5

            La verdad es que el verdadero servicio nace de un corazón humilde. Era una costumbre en el medio oriente que cuando los invitados llegaban a una casa, los esclavos tomaban agua en unos lebrillos que no eran más que pequeños recipientes y lavaban sus pies. Generalmente los pies estaban muy sucios ya que los caminos eran muy polvorientos y durante el invierno eran lodosos, por lo que llegar a una casa y lavar sus pies era una experiencia muy agradable y que expresaba la hospitalidad de los dueños; pero esta tarea no la hacían los hombres libres, era una tarea de esclavos. Sin embargo, a Jesús no le importo realizar esta tarea, porque era un hombre muy humilde: se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. Hoy en día muchas personas están acostumbradas a que les sirvan y hay ciertas tareas que nunca las harían porque se consideran demasiado importantes para ello; pero Jesús es nuestro mejor ejemplo y nos enseña que la verdadera grandeza se encuentra en el servicio que nace de un corazón que ama a los demás y que es tan humilde que no le importa realizar una tarea que se considera indigna por algunas personas. El apóstol Pablo en su carta a los Filipenses nos exhorta a tener esta misma actitud de humildad que hubo en Jesucristo, a no hacer nada por contienda o vanagloria, sino que con humildad, teniendo a los demás como a superiores: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre”, (Filipenses 2:3.9). Al final es Dios quien recompensa esta actitud de servicio. Los discípulos no estaban dispuestos a rebajarse al nivel de un esclavo ya que ellos mismos se consideraban más dignos que uno de ellos y su preocupación era solo demostrar quien era el mejor de los doce; pero Jesús, siendo el Maestro les dio una gran lección al mostrarles que en el reino de los cielos solo los que se humillan y sirven a los demás serán enaltecidos.

EL VERDADERO SERVICIO SE ENFOCA AL BENEFICIO DE LOS DEMÁS


“Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza”.
Juan 13:6-9

           Cuando le tocó el turno a Pedro de que Jesús le lavara los pies, este atónito de ver lo que su Maestro hacia quiso impedírselo ya que no se consideraba digno de tal cosa y a lo mejor creían que no era justo para su Señor el humillarse de tal forma: Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Pedro creía que estaba salvando la dignidad de su Maestro y que no era justo que se humillara tanto con él, y ciertamente Jesús era su Señor y pero le explico que este servicio que le ofrecía era necesario para su beneficio personal, porque si no era parte de él no podría ser parte de su glorioso reino y plan de salvación: Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Era necesario que Jesús se humillara realizando este servicio que era prestado por esclavos con el propósito de darles una lección importantísima a sus discípulos la cual les ayudaría a comprender en qué consiste la grandeza en el reino de los cielos. Por otro lado, sus palabras: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo, son un preludio que se adelanta a la obra redentora que realizaría en la cruz al morir por lo pecados de los demás. Cuando servimos a los demás debemos hacerlo con el propósito de ser útiles y ayudar a los demás, ese es el propósito final del servicio, y ciertamente nuestro Señor Jesús así lo hizo porque no solo fue un verdadero siervo de Dios, sino dio su vida para salvar a muchos, este es la máxima entrega que un servidor puede hacer: “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”, (Marcos 10:45). Quiera Dios que todos nosotros dejemos de estar anhelando tener puestos de autoridad solo para servirnos de los demás, sino que al contrario, entre más alto el Señor nos permita llegar en esta vida sea para servir más a los demás sabiendo que de Dios recibiremos nuestra recompensa.


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