Una religión que hace buenas obras para ser vista (Mateo 23:5-12)



“Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí. Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.
Mateo 23:5-12

INTRODUCCIÓN


            Continua el discurso de acusación de Jesús hacia los fariseos y escribas, los cuales solo se preocupaban por vivir una religión de apariencias e hipocresía. Ahora, en estos versículos, el Señor les recrimina su hipocresía, ya que todo lo que estos hombres hacían en su religión, lo hacían no por devoción a Dios y amor al prójimo, sino para ser vistos por los hombres y ser considerados como grandes religiosos. Esta es el tipo de religión acostumbrada a medir la santidad o consagración de una persona por medio de aspectos exteriores, una religión que tiene obras, pero son obras que se hacen en publico para recibir el aplauso y reconocimiento humano. No olvidemos que Jesús se encuentra en su ultima semana de ministerio, y definitivamente, después de que nuestro Señor realice todas sus acusaciones a sus adversarios, el odio a su persona se va a intensificar y desencadenará que estos hombres busquen la forma de capturarlo para su crucifixión.



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Una religión que hace buenas obras para ser vista 


UNA RELIGIÓN QUE HACE BUENAS OBRAS PARA SER VISTOS POR LOS DEMÁS


“Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí”.
Mateo 23:5-7

              Aquí tenemos la típica religión que hace buenas obras no para agradar a Dios, sino, para ser visitos por los hombres y que estos las elogien: Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Tanto los fariseos y escribas fueron fundados en su principio por un buen propósito, y ambos hicieron cosas a favor de la fe judía. Por ejemplo, los fariseos fueron fundados con el propósito de guardar celosamente la ley de Jehová y abandonar la idolatría ya que anteriormente, tanto Israel como Judá fueron naciones idolatras, y esta idolatría los llevo al cautiverio por encender la ira de Dios. Pero después del cautiverio y específicamente en el periodo inter-testamentario, este grupo fue exitoso en hacer que los judíos jamás volvieran a los ídolos. De igual forma los escribas, y ya lo vimos con Esdras, quien se dedicó a preservar y enseñar los estatutos de la ley divina al pueblo. Así que podemos decir que al principio el propósito por el cual se fundaron estos dos movimientos fue bueno, y de hecho hicieron cosas buenas, pero con el tiempo se perdió el verdadero espíritu por el cual se fundaron y se volvió solo una religión de apariencias. Por eso en el sermón del monte Jesús exhorta a sus discípulos ha no hacer las obras de estos hombres para ser vistos por los demás: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos”, (Mateo 6:1), así, por ejemplo, estos fariseos daban limosnas no porque amaban a los pobres, sino porque querían que los demás hombres viesen su supuesta generosidad: “Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa”, (Mateo 6:2). También, los fariseos solían hacer grandes oraciones a voz de cuello en las plazas para que la gente se sorprendiera de su gran elocuencia y no para hablar con Dios: “Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa”, (Mateo 6:5). También estos demudaban el aspecto de su rostro para que los demás hombres viesen que estaban ayunando: “Cuando ayunéis, no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa”, (Mateo 6:16). Esta forma, estos religiosos hacían sus justicias para ser vistos por los hombres y en estos versículos de Mateo 23 nuestro Señor les recrimina exactamente lo mismo.


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Fariseo con filacterias

              Les dice: Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí. En primer lugar, ensanchaban sus filacterias. Las filacterias eran pequeñas cajitas que se sujetaban con correas de cuero al brazo izquierdo y a la cabeza mientras se hacían oraciones y, en estas cajitas colocaban fragmentos de rollos donde estaban escritas textos de la ley de Dios y lo hacían porque tomaban literalmente un texto de Éxodo: “Y te será como una señal sobre tu mano, y como un memorial delante de tus ojos, para que la ley de Jehová esté en tu boca; por cuanto con mano fuerte te sacó Jehová de Egipto”, (Éxodo 13:9). Sin embargo, estos hombres ensanchaban sus filacterias, es decir, hacían las cajas lo mas grande posible como para que los hombres los viesen y se admiraran de como la palabra de Dios estaba delante de sus ojos, aunque todo era pura apariencia porque la palabra no se guarda en una cajita sino en el corazón. En segundo lugar, estos fariseos extendían los flecos de sus mantos. Durante el momento de oración los judíos varones acostumbraban a usar un manto con el cual se cubrían la cabaza, y en este manto tenían en sus cuatro esquinas cordones o flecos que se extendían y eran un símbolo del cumplimiento de los preceptos divinos y exhortación al pueblo de cumplir la palabra de Dios. Esta costumbre estaba de acuerdo con una orden de Dios dada en el Pentateuco: “Habla a los hijos de Israel, y diles que se hagan franjas en los bordes de sus vestidos, por sus generaciones; y pongan en cada franja de los bordes un cordón de azul. Y os servirá de franja, para que cuando lo veáis os acordéis de todos los mandamientos de Jehová, para ponerlos por obra; y no miréis en pos de vuestro corazón y de vuestros ojos, en pos de los cuales os prostituyáis”, (Números 15:38-39). Es por ello de que venían estos hombres y extendían sus flecos mas halla de lo normal para que la gente se admirara de como ellos vivían de acuerdo con la palabra, no obstante, la verdadera obediencia a la palabra de Dios se mide por la obediencia a la misma y no por vestir o portar accesorios externos. En tercer lugar, estos hombres amaban los primeros asientos en las cenas y las primeras sillas en las sinagogas. Cuando se realizaban banquetes, los anfitriones solían sentar al principio a las personas mas distinguidas, por ello, a estos hombres que amaban ser reconocidos por los demás les gustaba estar al principio de la fila, sentados, para que la gente que llegaba los viese ocupando los primeros lugares, y lo mismo hacían en las sinagogas, estos fariseos y escribas se peleaban por estar sentados en las primeras sillas ya que se consideraban a si mismos diferentes al pueblo y les gustaba recibir la admiración de ellos. En cierta ocasión Jesús exhorto a sus discípulos a no buscar los primeros lugares en las fiestas, ya que esto era costumbre entre estos hombres religiosos: “Observando cómo escogían los primeros asientos a la mesa, refirió a los convidados una parábola, diciéndoles: Cuando fueres convidado por alguno a bodas, no te sientes en el primer lugar, no sea que otro más distinguido que tú esté convidado por él, y viniendo el que te convidó a ti y a él, te diga: Da lugar a éste; y entonces comiences con vergüenza a ocupar el último lugar. Mas cuando fueres convidado, ve y siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba; entonces tendrás gloria delante de los que se sientan contigo a la mesa. Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido”, (Lucas 14:7-11). Estos hombres amaban que los demás los viesen sentados en las primeras posiciones para que los demás los reconociesen como personas de gran importancia, estaban mas preocupados por su propia gloria que por la gloria de Dios. En cuarto lugar, estos hombres amaban que las personas los saludaran en las plazas. Definitivamente estos fariseos y escribas estaban tan preocupados por su prestigio y que la gente reconociese su nivel superior dentro de la religión que no toleraban que la gente no los saludara como grandes en las plazas. Finalmente, estos fariseos y escribas amaban las que los hombres los llamasen rabí. La palabra rabí era un título asignado a los sabios o maestros de la ley, por tanto, esto nos enseña que estos hombres eran amantes de títulos, de reconocimientos, deseosos de ser vistos por los hombres y ser considerados ante ellos como grandes religiosos, al final, todo lo hacían no por amor a Dios o al prójimo, sino para ser vistos y aplaudidos por el pueblo, pero el Señor desaprueba esto y los acusa públicamente. Como cristianos debemos cuidarnos de no permitir que estas actitudes se apoderen de nosotros ya que hoy en día, lamentablemente, existen hombres amadores de sí mismos, lo cual es una característica de los falsos maestros de estos postreros días: “Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios”, (2 Timoteo 3:2-4). Estos hombres vanagloriosos hoy en día se adjudican títulos con el fin de hacer visible su supuesta grandeza, se llaman a sí mismos apóstoles, o profetas, o iluminados, o ungidos; hablan de como Dios los ha dotados de grandes dones que nadie mas posee, aman el vestir con ropas lujosas y que sus guardaespaldas los acompañen con gran pompa, pero de acuerdo con todo lo que hemos visto, el Señor no esta de acuerdo con todo esto.

LA HUMILLACIÓN QUE EXALTA


“Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.
Mateo 23:5-12

               Estos fariseos y escribas habían pervertido el verdadero espíritu de la ley, y a través de su religión solo buscaban exaltarse a sí mismos, mostrándose delante de los hombres como grandes religiosos, cuando la verdad es que ellos mismo estaban lejos de cumplir la palabra de Dios. El Señor les enseña a sus discípulos que deben despojarse de toda arrogancia y altives, ya que estas actitudes pecaminosas están en contra de lo que Dios desea en sus hijos, al contrario, el que es hijo de Dios debe mostrar humildad y sencillez, y buscar siempre la gloria de Dios y no la suya propia. Para ejemplificar la importancia de la humildad el Señor se apoya de tres medios. El primero hace referencia a no amar los títulos con el fin de buscar la grandeza humana, y esto lo hace utilizando el método de repetición de tres ejemplos que llevan a la misma conclusión: Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. El Señor les dice que no busquen ser llamados rabí, o padre, o maestro, porque todos somos hermanos, coliguales y Cristo es nuestra cabeza. Los títulos que los hombres dan en esta tierra sirven para reconocer algún logro o responsabilidad que los hombres tienen en esta tierra, sin embargo, estos no deben se usados con el fin de buscar una gloria o creerse superior a los demás, antes de buscar que los hombres nos llamen por medio de algún título, lo mejor es poner por obras las evidencias de ese titulo a favor del reino de Dios. Si alguien desea ser llamado evangelista, bueno, antes de buscar estatus y fama por medio de ese título, debe evidenciar a través de sus obras, sin mayores palabras, que realmente es un evangelista poniendo en práctica sus dones y habilidades a favor de su prójimo y para gloria de Dios. Con el tiempo, la misma gente que ve sus obras le llamara evangelista, y así es para cualquier titulo que se le pueda otorgar al hombre, al final no olvidemos que los ministerios y posiciones en la iglesia están para servir y no servirse de la gente, y mucho menos para buscar la fama. Si hay un buen ejemplo de esto que estamos hablando es la vida de Jacobo, el medio hermano de Jesús. Su gran humildad se deja ver en el saludo que hace en su carta: “Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus que están en la dispersión: Salud”, (Santiago 1:1). Su humildad y sencillez es notoria, ya que Santiago no hace referencia a su linaje, no se presenta como el medio hermano de Jesús, ni tampoco como el líder de la iglesia en Jerusalén, solamente se presenta como el siervo de Dios y del Señor Jesucristo. Si uno estudia la vida de Santiago se puede dar cuenta que era un hombre que tenia de que jactarse, como Pablo dice, fue uno de los lideres principales en la iglesia de Jerusalén: “Y reconociendo la gracia que me había sido dada, Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo, para que nosotros fuésemos a los gentiles, y ellos a la circuncisión”, (Gálatas 2:9). Su influencia sobre la iglesia era tanta que fungió como intermediario en la discusión que tuvieron en el concilio de Jerusalén en cuanto a si se les debía exigir a los creyentes gentiles obedecer la ley (Hechos 15:13-22). El historiador Flavio Josefo y algunos autores judíos hablan de la gran estima que gozaba Santiago por parte de los habitantes de Jerusalén, especialmente de los pobres. Esta influencia se deja ver también cuando Pablo fue atendido por los principales líderes de la iglesia de Jerusalén: “Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con gozo. Y al día siguiente Pablo entró con nosotros a ver a Jacobo, y se hallaban reunidos todos los ancianos; a los cuales, después de haberles saludado, les contó una por una las cosas que Dios había hecho entre los gentiles por su ministerio”, (Hechos 21:17-19). Si nos damos cuenta, el relato que Lucas hace pone a Jacobo, es decir, Santiago, como el líder principal seguido de los demás ancianos. Por tanto, Santiago, o Jacobo, según su nombre hebreo, llego a ser un gran líder en la iglesia en Jerusalén, considerado un apóstol de acuerdo con la tradición, pero nada de esto resalta al momento de presentarse en su carta universal, sino que se hace llamar siervo de Dios y del Señor Jesucristo. Lo cierto es que Dios mismo lo exalta a través del testimonio que gozo delante de la iglesia y su carácter piadoso era intachable, pero nunca hizo alarde de eso. En segundo lugar, el Señor les enseña a sus discípulos la importancia de la humildad a través de crear en ellos la actitud de siervos, es decir, aprender a ver a los demás como sus superiores: El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Este pensamiento ayuda mucho a no olvidar que somos seres finitos y que, si tenemos dones o habilidades que nos hacen destacar arriba de los demás, o si hemos alcanzado logros que tal vez otros no lo tienen, no es porque seamos superiores, sino por la gracia de Dios actuando en nosotros. En el evangelio el Señor desea que cada uno de nosotros ponga al servicio de los demás sus dones y habilidades, y esto se hace entendiendo que estos serán usados, no para sacar provecho de los demás, sino para servicio del pueblo. Juan el apóstol solía repudiar la actitud de aquellos creyentes que querían ponerse por encima de los demás usando su supuesta autoridad: “Yo he escrito a la iglesia; pero Diótrefes, al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos, no nos recibe. Por esta causa, si yo fuere, recordaré las obras que hace parloteando con palabras malignas contra nosotros; y no contento con estas cosas, no recibe a los hermanos, y a los que quieren recibirlos se lo prohíbe, y los expulsa de la iglesia”, (3 Juan 1:9-10). Como cristianos no debemos olvidar que estamos llamados a ser siervos de Dios y esto implica poner nuestros dones y habilidades a favor de los demás. Finalmente, Jesús recalca la importancia de la humildad haciendo notorio que aquellos que así hagan serán exaltados por Dios: Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Contrario a lo que piensa el mundo, la verdadera humildad, lejos de hacer ver mal o menospreciada a una persona, la exalta; mientras que aquellos que busca su propia exaltación son humillados.

              Estos escribas y fariseos usaban la religión para exaltarse a si mismos, amaban ser reconocidos y ser tenidos por grandes hombres de Dios entre el pueblo; pero el Señor nos enseña que esta no es la voluntad de Dios, y que el verdadero espíritu del evangelio se encuentra en una persona humilde, en alguien que reconoce que no tiene méritos por los cuales pueda ganarse la vida eterna, que esta consciente de los dones y habilidades que Dios le ha otorgado, pero no los usa para buscar su propia gloria, sino la del Señor y que vive para servirle a Dios y a su pueblo.







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