Siguiendo a Jesús de lejos (Juan 18:15-18)

 

“Y seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Y este discípulo era conocido del sumo sacerdote, y entró con Jesús al patio del sumo sacerdote; más Pedro estaba fuera, a la puerta. Salió, pues, el discípulo que era conocido del sumo sacerdote, y habló a la portera, e hizo entrar a Pedro. Entonces la criada portera dijo a Pedro: ¿No eres tú también de los discípulos de este hombre? Dijo él: No lo soy. Y estaban en pie los siervos y los alguaciles que habían encendido un fuego; porque hacía frío, y se calentaban; y también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose”.

Juan 18:15-18

INTRODUCCIÓN

                Después de la narración de Jesús ante Anás, Juan el apóstol hace un paréntesis y nos introduce a otro episodio de la historia que acontece en paralelo y es la negación de Pedro. Pareciera que la historia anterior narrada en Juan 18:12-14 quedo en pausa para iniciar con esta que está en Juan 18:15-18, luego Juan la volverá a dejar en pausa para finalizar con la primera que sigue en Juan 18:19-24 y volver luego así al desenlace de la historia que narra la negación de Pedro en Juan 18:25-27. De esta historia podemos aprender mucho en cuanto a la forma de cómo debemos seguir a Cristo y Pedro es un personaje que, si bien es cierto, cometió errores como muchos de nosotros lo hacemos, pero su amor a Jesús siempre sale a resaltar y el hecho de que aprendió a levantarse de sus caídas para convertirse en un mejor discípulo.


Pedro-negacion
Pedro niega a Jesús 


PEDRO SIGUE A JESÚS DE LEJOS

“Y seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Y este discípulo era conocido del sumo sacerdote, y entró con Jesús al patio del sumo sacerdote; más Pedro estaba fuera, a la puerta. Salió, pues, el discípulo que era conocido del sumo sacerdote, y habló a la portera, e hizo entrar a Pedro”.

Juan 18:15-16

              La historia de Pedro siguiendo a Jesús de lejos y su posterior negación es narrada en los cuatro evangelios. En Lucas se nos dice que Pedro seguía a Jesús de lejos: “Y prendiéndole, le llevaron, y le condujeron a casa del sumo sacerdote. Y Pedro le seguía de lejos”, (Lucas 22:54), y aquí Juan nos dice que lo siguió acompañado de otro discípulo el cual no identifica: Y seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Y este discípulo era conocido del sumo sacerdote, y entró con Jesús al patio del sumo sacerdote; más Pedro estaba fuera, a la puerta. En cuanto a la identidad del discípulo que acompañaba a Pedro se ha especulado mucho. Algunos opinan que este discípulo era el mismo juan, el autor de este evangelio. Los que afirman esto lo fundamenta al supuesto que el padre de Juan y Jacobo, Zebedeo, llego a ser un proveedor de pescado de la casa de Caifás y que su hijo Juan era el que le hacia las entregas, así fue como Juan era conocido del sumo sacerdote, sin embargo, no hay forma de demostrar esta hipótesis. Otra opinión al respecto es que este discípulo que seguía a Jesús y acompañaba a Pedro era Judas Iscariote el cual ya era conocido de los guardias de la casa del sumo sacerdote porque había estado visitándola antes de la captura de Jesús; no obstante, no parece lógico pensar que Pedro continuara unido a Judas después de la traición que este había cometido. Otra opinión al respecto de quién era este discípulo que seguía a Jesús junto con Pedro es que era Nicodemo o José de Arimatea, pero se nos hace difícil creerlo ya que, de ser así, no tendrían porque perseguirlo a escondidas ya que ellos eran miembros del Sanedrín y a lo mejor estaban reunidos ya en la casa de Caifás. Otros simplemente opinan que era un discípulo diferente a los 12 apóstoles. Como sea, este discípulo era conocido en la casa de Caifás y por eso se le permitió entrar para luego hablar con la portera de la casa para que dejara entrar a Pedro y este se quedó en el patio: Salió, pues, el discípulo que era conocido del sumo sacerdote, y habló a la portera, e hizo entrar a Pedro.


SIGUIENDO A JESÚS DE LEJOS

“Entonces la criada portera dijo a Pedro: ¿No eres tú también de los discípulos de este hombre? Dijo él: No lo soy. Y estaban en pie los siervos y los alguaciles que habían encendido un fuego; porque hacía frío, y se calentaban; y también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose”.

Juan 18:17-18

              Aquel día Pedro entro a la casa de Caifás siguiendo a su Maestro, se quedo en el patio, pero no quiso darse a conocer públicamente como un discípulo de Él, tanto así que cuando la criada portera le pregunto si era uno de los discípulos de Jesús, este lo negó: Entonces la criada portera dijo a Pedro: ¿No eres tú también de los discípulos de este hombre? Dijo él: No lo soy. Y estaban en pie los siervos y los alguaciles que habían encendido un fuego; porque hacía frío, y se calentaban; y también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose. Vemos aquí como Pedro negó ser uno de los discípulos de Jesús cuando la criada portera le pregunto y luego se unió con los siervos y alguaciles para calentarse en frente del fuego ya que hacía frio aquella madrugada. Generalmente, cuando se considera esta historia, se resalta mas la falla de Pedro, pero lo cierto es que Pedro podría ser un típico reflejo de cada uno de nosotros que luchamos por agradar a Dios en medio de nuestras debilidades. Intentemos ver primero las cosas positivas que resaltan de Pedro en esta historia. Definitivamente podemos ver su gran amor hacia su Señor. Aunque equivocado, al no comprender los propósitos de Dios, Pedro siempre busco impedir que su Maestro enfrentara la muerte en la cruz y por ello fue reprendido: “Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres”, (Mateo 16:22-23). Fue en su amor sincero que llego a hacer promesas impulsivas que no cumpliría: “Le dijo Simón Pedro: Señor, ¿a dónde vas? Jesús le respondió: A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; más me seguirás después. Le dijo Pedro: Señor, ¿por qué no te puedo seguir ahora? Mi vida pondré por ti. Jesús le respondió: ¿Tu vida pondrás por mí? De cierto, de cierto te digo: No cantará el gallo, sin que me hayas negado tres veces”, (Juan 13:36-38). Jesús le advirtió su negación, pero Pedro nunca escucho y fue cuidadoso en su vida espiritual, como hombre estaba dispuesto a apoyar a su Maestro, pero lo hacia en la carne, creía que las armas con las cuales tenia que combatir el mal eran armas carnales, tanto así, que creyó que solo necesitaba una espada para lograrlo: “Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco. Jesús entonces dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?”, (Juan 18:10-11). Lo cierto es que Pedro se preparo en la carne mas no en lo espiritual, aquella noche pudo haber orado al lado de su Maestro pidiendo fortaleza para enfrentar lo que venía, pero no lo hizo, porque estaba cansado y en lugar de orar se durmió al igual que sus otros compañeros: “Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño. Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras. Entonces vino a sus discípulos y les dijo: Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega”, (Mateo 26:36-46). Jesús les recomendaba a sus discípulos que era necesario que oraran porque la prueba que venía solo se podía vencer en el poder de Dios; pero sus discípulos no pudieron ya que estaban cansados. Tanto ellos como Pedro estaban dispuestos, pero la carne era débil y flaquearía al momento de la prueba. Todo esto nos hace recordar que nuestros enemigos no son en la carne, sino espirituales, y por ello Pablo decía que debíamos estar firmes, portando nuestra armadura espiritual: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes”, (Efesios 6:12-13). Además de esto, el apóstol Pablo reconoció que nuestras armas no son carnales, sino espirituales y poderosas en Cristo Jesús: “porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”, (2 Corintios 10:4-5). Al parecer, Pedro no considero estos consejos espirituales. Sin embargo, a pesar de que los otros discípulos salieron huyendo, Pedro no, sino decidió seguir a su Señor de lejos, reflejando así su anhelo sincero de seguirlo: “Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron… Y Pedro le siguió de lejos hasta dentro del patio del sumo sacerdote; y estaba sentado con los alguaciles, calentándose al fuego”, (Marcos 14:50, 54). Podemos ver una sincera insistencia en el apóstol Pedro de querer seguir a su Maestro, sin embargo, como ya lo dijimos, su descuido espiritual no le dio la preparación para enfrentar las pruebas que iban a venirle por causa de su amor a Cristo, ya que cuando la criada le pregunto si era uno de los discípulos de Jesús, este le negó: Entonces la criada portera dijo a Pedro: ¿No eres tú también de los discípulos de este hombre? Dijo él: No lo soy. Y estaban en pie los siervos y los alguaciles que habían encendido un fuego; porque hacía frío, y se calentaban; y también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose. Podemos imaginarnos al apóstol, con su conciencia acusada por la negación que había realizado, de pie calentándose en medio de los impíos que habían capturado a su Maestro. Definitivamente Pedro amaba a su Maestro y deseaba seguirlo hasta el fin del mundo, pero había descuidado la parte espiritual la cual podía darle la fortaleza para cumplir su anhelo. Nosotros podemos aprender mucho de esta historia ya que, si descuidamos nuestra vida espiritual, nuestra naturaleza pecaminosa predominara y será la que domine nuestros actos, pero velemos y seamos cuidadosos cuidando nuestra vida devocional para que cuando vengan las pruebas podamos mantenernos firmes en el poder del Espíritu Santo. Esta historia queda pausada aquí y continuara en los versículos que van del 25 al 27, por hoy, nosotros meditemos en estas conclusiones y que nos ayuden a ser mejores testigos de su gracia.

 

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