El arresto de Jesús (Juan 18:1-11)

 

“Habiendo dicho Jesús estas cosas, salió con sus discípulos al otro lado del torrente de Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró con sus discípulos. Y también Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar, porque muchas veces Jesús se había reunido allí con sus discípulos. Judas, pues, tomando una compañía de soldados, y alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos, fue allí con linternas y antorchas, y con armas. Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús nazareno. Jesús les dijo: Yo soy. Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba. Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron a tierra. Volvió, pues, a preguntarles: ¿A quién buscáis? Y ellos dijeron: A Jesús nazareno. Respondió Jesús: Os he dicho que yo soy; pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos; para que se cumpliese aquello que había dicho: De los que me diste, no perdí ninguno. Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco. Jesús entonces dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?”.

Juan 18:1-11

INTRODUCCIÓN

               Con el inicio del capítulo 18 el apóstol Juan se aproxima cada vez más al momento decisivo en el plan de salvación que Dios había establecido desde antes de la fundación del mundo. El apóstol Pedro decía: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros”, (1 Pedro 1:18-20). Desde tiempos antiguos los profetas habían anunciado la venida del Mesías, ahora este había nacido y su ministerio en esta tierra fue impactante, fue un hombre poderoso en palabras y obras; pero el momento decisivo de su vida estaba a pocas horas de ocurrir, su muerte en la cruz del Calvario.

arresto-Jesús
El arresto de Jesús

LISTO PARA ENFRENTAR LA HORA DECISIVA

“Habiendo dicho Jesús estas cosas, salió con sus discípulos al otro lado del torrente de Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró con sus discípulos”.

Juan 18:1

            Después de haber tomado la última pascua con sus discípulos, instruirlos en lo venidero y su oración en el Getsemaní, Jesús ya estaba listo para enfrentar la principal razón por la cual se había encarnado en esta tierra, el morir en la cruz del Calvario. Con respecto a las ultimas horas de Jesús, Juan omite algunos detalles que los evangelios sinópticos mencionan, tal y como la reunión de conspiración de los líderes religiosos (Mateo  26:2-5, Marcos 14:1-2, Lucas 22:1-2), el trato de Judas con los líderes religiosos para entregar a Jesús (Mateo 26:14-16, Marcos 14:10-11, Lucas 22:3-6), el beso del traidor Judas al momento de entregarlo a sus enemigos (Mateo 26:49), el suicidio de Judas (Mateo 27:1), el hecho de que Simón de Cirene cargo la cruz (Mateo 27:32, Marcos 15:21, Lucas 23:26), la oscuridad del medio día (Mat 27:45), la declaración del centurión (Mateo 27:54) y el rasgamiento del velo del templo (Mateo 27:51), entre otros detalles. No obstante, Juan nos presenta detalles que no encontramos en los evangelios sinópticos tal y como el nombre del sirviente del sumo sacerdote a quien se le cortó la oreja, el nombre del discípulo del Señor que le cortó la oreja derecha, la aparición del Jesús resucitado a María Magdalena (Juan 20:10-19), la aparición de Jesús a Tomas (Juan 20:24-31), así como detalles de la pesca milagrosa y su discurso con Pedro en el capítulo 21. Lo cierto es que Jesús sabía que su momento había llegado y después de la oración estaba listo: Habiendo dicho Jesús estas cosas, salió con sus discípulos al otro lado del torrente de Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró con sus discípulos. Creemos que después de su oración en el Getsemaní, Jesús salió con sus discípulos al otro lado del torrente de Cedrón, donde había un huerto, y fue allí donde espero a sus captores. El torrente de Cedrón era una quebrada honda y obscura, al nordeste de Jerusalén, por la cual corría un arroyo pequeño cuando había lluvia y que se secaba en el verano. Este torrente de Cedrón ha sido testigo de muchos acontecimientos en la historia de Israel, fue aquí donde paso el rey David junto con algunos del pueblo llorando y camino al desierto cuando Absalón le dio golpe de estado (2 Samuel 15:23), fue también este torrente de Cedrón que Salomón puso de límite para que Simei no pasara porque de lo contrario moriría (1 Reyes 2:37), fue aquí donde Asá rey de Juda quemó la imagen de la diosa Asera que su abuela había edificado (1 Reyes 15:13), además, los sacerdotes del tiempo del rey Ezequías sacaron los objetos paganos que estaban en el templo y los arrojaron en este torrente (2 Crónicas 29:16), y ahora, aquí estaba Jesús pasando con sus discípulos al otro lado de este torrente para enfrentar el momento decisivo de su ministerio.

 

EL QUE LO ENTREGABA

“Y también Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar, porque muchas veces Jesús se había reunido allí con sus discípulos”.

Juan 18:2

              En este versículo se nos presenta al traidor, a Judas Iscariote. Judas había sido uno de sus doce discípulos de confianza: “Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano; Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano, Jacobo hijo de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo, Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también le entregó”, (Mateo 10:1-4). Durante todo su ministerio Judas estuvo al lado de Jesús como uno de los doce discípulos más cercanos a Él, tanto así que conocía el lugar privado donde nuestro Señor se retiraba cuando salía de Jerusalén: Y también Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar, porque muchas veces Jesús se había reunido allí con sus discípulos. A pesar de haber estado todo este tiempo al lado del Maestro, Judas nunca permitió que la palabra de Dios lo transformara, ya que según vemos, robaba de la bolsa ya que era el tesorero del grupo: “Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella”, (Juan 12:4-6). Es obvio que el pecado que controlo la vida de Judas fue la codicia, por eso robaba y esto lo impulso a atreverse a vender a su Maestro por 30 piezas de plata: “Entonces uno de los doce, que se llamaba Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes, y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron treinta piezas de plata. Y desde entonces buscaba oportunidad para entregarle”, (Mateo 26:14-16). Fue así, como Judas llevo hasta aquel lugar a los captores de nuestro Señor Jesús.

                Cuando consideramos la historia de Judas no puede más que causar tristeza al considerar cómo un hombre que estuvo cerca de Jesús y que llego a ser intimo con Él pudo haber caído en una de las peores atrocidades de la historia de la humanidad, traicionar la confianza del Hijo de Dios. ¿Acaso no escucho todas las enseñanzas de nuestro Señor que penetraban en el corazón de las personas? ¿No fue testigo acaso de todas las señales milagrosas que realizo a lo largo de su ministerio? ¿Cómo es posible entonces esto? Tristemente esto es causa de un corazón duro que nunca estuvo dispuesto a renunciar a sus pecados. Como hemos dicho, pareciera que la codicia era un pecado que Judas nunca quiso abandonar y sabiéndolo Satanás, entro a su corazón para influenciarlo a semejante atrocidad: “Respondió Jesús: A quien yo diere el pan mojado, aquél es. Y mojando el pan, lo dio a Judas Iscariote hijo de Simón. Y después del bocado, Satanás entró en él. Entonces Jesús le dijo: Lo que vas a hacer, hazlo más pronto”, (Juan 13:26-27). La verdad es que si nosotros nos cuidamos nuestro corazón y nos despojamos de nuestras maldades a través de un verdadero arrepentimiento y seguimos las enseñanzas del evangelio, también podemos llegar a caer en terribles pecados que nos lleven al infierno, cuando decidimos endurecer nuestro corazón y no le permitimos a la palabra que obre en nosotros estamos siendo como aquel terreno de la parábola del sembrador, donde parte de la semilla cayó en suelo duro y por no penetrar vinieron las aves del cielo y se la comieron: “Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron… Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino”, (Mateo 13:4,19). Debemos cuidar nuestro corazón despojándonos de todo pecado y permitiéndole a la palabra de Dios que transforme nuestra vida porque de lo contrario también nosotros podemos ser arrastrados al infierno por causa de nuestros pecados no arrepentidos.

 

JESÚS NO SE OCULTA DE LA TURBA VIOLENTA

“Judas, pues, tomando una compañía de soldados, y alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos, fue allí con linternas y antorchas, y con armas. Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús nazareno. Jesús les dijo: Yo soy. Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba. Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron a tierra. Volvió, pues, a preguntarles: ¿A quién buscáis? Y ellos dijeron: A Jesús nazareno. Respondió Jesús: Os he dicho que yo soy; pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos; para que se cumpliese aquello que había dicho: De los que me diste, no perdí ninguno”.

Juan 18:3-9

               Según vemos, Judas se presentó con una gran muchedumbre de hombres para capturar a Jesús, como si se tratara de un vil y peligroso criminal: Judas, pues, tomando una compañía de soldados, y alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos, fue allí con linternas y antorchas, y con armas. Vemos como estos hombres exageraron la situación y esto se deja ver al considerar la gran muchedumbre que acompañaban a Judas. Junto a Judas iba una compañía de soldados romanos los cuales velaban por mantener el orden en las regiones que el imperio había conquistado, posiblemente solicitados por los sacerdotes al acusar a Jesús de un sedicioso. A parte de ellos, vemos que los acompañaban los alguaciles de los principales sacerdotes y fariseos, y estos eran judíos que pertenecían a la guardia personal del templo que estaban bajo el mando del sanedrín. Todos estos llegaron con antorchas y armas pensando que Jesús se escondería obligándolos a buscarlo en medio del oscuro huerto o quizá en la profundidad de las oscuras cuevas que se encontraban en aquel lugar, además, iban armados creyendo que posiblemente presentarían oposición de parte de sus discípulos, pero en lugar de eso Jesús hizo lo contrario y sin nada que temer se les adelanto a la turba salvaje que venía: Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús nazareno. Jesús les dijo: Yo soy. Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba. Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron a tierra. Increíblemente, estos hombres retrocedieron y cayeron a tierra al escuchar las palabras de Jesús: Yo soy. Con las palabras “Yo Soy”, nuestro Señor se identifica así mismo como el Dios del Antiguo Testamento que se le apareció a Moisés en la zarza ardiendo: “Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros”, (Éxodo 3:13-14). Es interesante ver la reacción de sus enemigos al oír la voz de nuestro Señor, estos retrocedieron y cayeron a tierra. En el libro de Apocalipsis vemos como Juan cayo como muerto a sus pies al ver al Cristo totalmente glorificado: “Cuando le vi, caí como muerto a sus pies…”, (Apocalipsis 1:17), de igual forma, un día, todos sus enemigos caerán de rodillas a sus pies, y esto que ocurrió es solo un anuncio de los que pasara en el futuro: “Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”, (Salmo 110:1). Tal y como lo menciona el apóstol Pablo, un día, toda rodilla se doblará ante sus pies y quedara claro que Jesús es el Señor: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”, (Filipenses 2:9-11). Este día aquellos hombres que llegaron a capturarlo retrocedieron y cayeron a tierra al escuchar su nombre, pero un día, no solo estos, sino todo ser doblara su rodilla confesando que es el Señor. Luego Jesús volvió nuevamente a preguntarles: ¿A quién buscáis? A esto respondieron nuevamente: A Jesús nazareno. Y Jesús volvió a responderles: Os he dicho que yo soy. Con todo esto vemos como Jesús enfrento sin temor a sus captores, estos a lo mejor pensaban que encontrarían algún tipo de resistencia y que les costaría hallarlo; pero no fue así. Ahora bien, Jesús se preocupaba que les hicieran algún tipo de daño a sus discípulos, por eso les dice a sus captores: pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos; para que se cumpliese aquello que había dicho: De los que me diste, no perdí ninguno. Nuestro Señor no solo enfrentó a la turba violenta con valor, sino que también se preocupaba por el bienestar de sus discípulos y Juan deja claro que dijo esto para que se cumpliese lo que Él ya había dicho en el huerto de Getsemaní cuando oro para que nada le pasara a sus discípulos: “Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese”, (Juan 17:12). Irónicamente aquel día estos hombres llegaron con palos y espadas a capturar a Jesús, como si se tratara de cualquier ladrón: “En aquella hora dijo Jesús a la gente: ¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y con palos para prenderme? Cada día me sentaba con vosotros enseñando en el templo, y no me prendisteis”, (Mateo 26:55); sin embargo, no retrocedió ante ellos sino los enfrento con valor.

 

PEDRO TOMA LA ACCIÓN EQUIVOCADA

“Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco. Jesús entonces dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?”.

Juan 18:10-11

              Ante esta escena, Pedro, con el deseo de ayudar a su Maestro, pero con una acción equivocada, trata de intervenir: Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco. De alguna manera, Pedro esperaba que las cosas se pusieran difíciles y quizás a lo mejor por eso cargaba una espada la cual desenvaino e hirió al siervo del sumo sacerdote que, según este evangelio, se llamaba Malco. De acuerdo a Lucas, sus discípulos estaban dispuesto a defender a su Maestro con espadas, pero al final, fue Pedro el que se adelanto a tal fin: “Viendo los que estaban con él lo que había de acontecer, le dijeron: Señor, ¿heriremos a espada? Y uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha”, (Lucas 22:49-50). Sin embargo, Jesús reprende a Pedro haciéndole ver que sus acciones no eran necesarias ya que para esto mismo Él había venido a esta tierra, a dar su vida en rescate de muchos: Jesús entonces dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber? Y para confirmar esto, nuestro Señor le sano al instante la oreja al siervo del sumo sacerdote, calmando así los deseos de revancha hacia sus discípulos: “Y uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Basta ya; dejad. Y tocando su oreja, le sanó”, (Lucas 22:50-51). Además de esto, Mateo nos da otra razón por la cual Jesús considero que no debían actuar con violencia ante sus captores: “Pero uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo a un siervo del sumo sacerdote, le quitó la oreja. Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán. ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?”, (Mateo 26:51-53), aquí encontramos una versión de la ley de la siembra y la cosecha, el que a espada mata a espada muere, a parte de eso, si el deseo de Jesús hubiese sido defenderse, hubiese ordenado a sus ángeles que lo defendieran, pero si en algo se iba a caracterizar su reino es en la no violencia, la conquista del imperio del mal a través del amor y sacrificio propio. De esta forma aquel día Jesús fue capturado y ante esto, sus discípulos huyeron dejándolo solo para enfrentar en un juicio injusto que sus enemigos le habían preparado: “Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron… Trajeron, pues, a Jesús al sumo sacerdote; y se reunieron todos los principales sacerdotes y los ancianos y los escribas”, (Marcos 14:50,53).

 

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