Pedro niega a Jesús (Juan 18:25-27)



“Estaba, pues, Pedro en pie, calentándose. Y le dijeron: ¿No eres tú de sus discípulos? El negó, y dijo: No lo soy. Uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dijo: ¿No te vi yo en el huerto con él? Negó Pedro otra vez; y en seguida cantó el gallo”.

Juan 18:25-27

INTRODUCCIÓN

            El apóstol Juan finalizará la historia concerniente a la negación de Pedro en estos versículos. Si recordamos, Juan está narrando estas historia por episodios ya que primero comenzó con la primera parte del interrogatorio de Jesús ante Anás (Juan 18:12-14), luego la deja en pausa y comienza a narrar la primera parte de la historia que nos presenta la negación de Pedro (Juan 18:15-18), luego la vuelve a dejar pausada para terminar con la historia que nos muestra el interrogatorio de Jesús ante Anás (Juan 18:19-24), y ahora llegamos a los versículos del 25 al 27 donde finalizara con la historia de la negación de Pedro.

 

Pedro-niega-a-Jesús
La negación de Pedro


LA MENTIRA QUE CONTINÚO

“Estaba, pues, Pedro en pie, calentándose. Y le dijeron: ¿No eres tú de sus discípulos? El negó, y dijo: No lo soy. Uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dijo: ¿No te vi yo en el huerto con él? Negó Pedro otra vez…”

Juan 18:25-27

            Continuamos estudiando este episodio de la historia bíblica que es por muchos conocidos, la ocasión cuando Pedro niega conocer a Jesús tres veces. Después que Jesús fue capturado y llevado a la casa de Caifás, Pedro lo había seguido y con la ayuda de otro discípulo cuyo nombre no se revela en las Escrituras, este puede entrar, sin embargo, una vez adentro la criada portera le pregunta si él era uno de los discípulos de Jesús, pero Pedro lo niega: “Entonces la criada portera dijo a Pedro: ¿No eres tú también de los discípulos de este hombre? Dijo él: No lo soy. Y estaban en pie los siervos y los alguaciles que habían encendido un fuego; porque hacía frío, y se calentaban; y también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose”, (Juan 18:17-18). Pedro había llegado hasta aquel lugar tratando de seguir a su Maestro ya que no nos queda duda de su amor por Él, sin embargo, posiblemente había olvidado la advertencia del Señor que no cantaría el gallo sin que él lo negara tres veces: “Entonces Jesús les dijo: Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche; porque escrito está: Heriré al pastor, y las ovejas del rebaño serán dispersadas. Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea. Respondiendo Pedro, le dijo: Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré. Jesús le dijo: De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Pedro le dijo: Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré. Y todos los discípulos dijeron lo mismo”, (Juan 13:36-38). Pedro amaba a Jesús y quería seguirlo a la muerte si fuera necesario, su espíritu estaba dispuesto, pero su carne era débil y se había descuidado espiritualmente para enfrentar esta prueba. Antes de que Jesús fuese capturado, Pedro y los discípulos tuvieron tiempo para prepararse espiritualmente, pudieron orar aquella noche junto con su Maestro, más no pudieron ya que el sueño los dominaba: “Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño. Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras. Entonces vino a sus discípulos y les dijo: Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega”, (Mateo 26:36-46). Pedro no logro prepararse espiritualmente para que cuando viniese el tiempo de la prueba, este pudiese resistir y así a lo mejor no negar a su Señor, pero esto no paso, sino que la primera vez, la criada portera le pregunto a Pedro si era uno de sus discípulos, pero este lo negó, luego se quedó calentándose junto a otros siervos y alguaciles en frente de un fuego que habían encendido, y es allí donde vuelven a preguntar: ¿No eres tú de sus discípulos? El negó, y dijo: No lo soy. Una vez más Pedro vuelve a negar a su Maestro sin considerar lo que realmente estaba haciendo, por segunda vez necesita mantener su mentira afirmando que no era lo que ellos afirmaban que era y según Mateo, esta segunda mentira la tiene que defender con juramentos: “Pero él negó otra vez con juramento: No conozco al hombre”, (Mateo 26:72). Vemos como cada vez es más difícil mantener la mentira, la primera mentira pareciere que no va a pasar a más, pero después es necesario mantenerla con juramento haciendo el pecado más grave y por tercera vez un pariente del sirviente del sumo sacerdote a quién él había herido en la oreja, afirmó que era uno de los discípulos del Señor, pero Pedro lo volvió a negar: Uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dijo: ¿No te vi yo en el huerto con él? Negó Pedro otra vez. Y de acuerdo a Mateo, esta tercera mentira no solo la pronuncio jurándolo, sino maldiciendo, para que le creyesen: “Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre…”, (Mateo 26:74). Todo esto nos hace ver lo terrible de la mentira, ya que una vez se confiese la primera, se hace necesario mantenerla en el tiempo y como Pedro tratar de cubrirla con mucha falsedad y descaro para que la verdad no se descubra; sin embargo, el problema con la mentira es que tarde o temprano la verdad se descubre: “Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz”, (Marcos 4:22). Lo mejor es hablar la verdad y no vivir como mentirosos, por ello el Señor elogia a aquellos que no andan en caminos de mentira, sino en Dios está su confianza: “Bienaventurado el hombre que puso en Jehová su confianza, y no mira a los soberbios, ni a los que se desvían tras la mentira”, (Salmos 40:4). Y en el Nuevo Testamento se nos exhorta a los cristianos a hablar siempre la verdad: “Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros”, (Efesios 4:25). Hoy vivimos en un mundo con mucha falsedad, donde algunas personas viven una doble vida y las mantienen basadas en la mentira, pero esto los vuelve en hipócritas y desleales, personas en las que nadie puede confiar, porque nunca sabremos si lo que nos afirman es confiable. La manifestación de la mentira se puede ver en muchas áreas de la vida contemporánea, en un cónyuge infiel que a base de mentiras mantiene su relación ilegal, en los negocios donde los productos son adulterado o alterados intencionalmente para obtener mayor ganancia, en los gerentes o empleados que adulteran los resultados de su empresa para verse intencionalmente bien cuando la realidad es diferente, en los políticos que prometen muchas cosas que saben que nunca cumplirán a la gente solo para ganar sus votos y en general, hay muchas personas acostumbradas a mentir y tratar de hacer este pecado inocente llamándole “mentiras blancas”, cuando la realidad es que Dios aborrece la mentira y que este pecado conduce a la condenación eterna: “Mas los perros estarán fuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira”, (Apocalipsis 22:15).

 

El problema de la mentira es que, a parte de salir a la luz tarde o temprano, acusa la conciencia de aquellos que tratan de vivir como si nada ha pasado. Así les paso a los hermanos de José, los cuales vivían manteniendo aquella mentira que le contaron a su padre Jacob al decirle que su hijo había sido muerto por algún animal, cuando la verdad era que ellos lo habían vendido como esclavo: “Y decían el uno al otro: Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le escuchamos; por eso ha venido sobre nosotros esta angustia. Entonces Rubén les respondió, diciendo: ¿No os hablé yo y dije: No pequéis contra el joven, y no escuchasteis? He aquí también se nos demanda su sangre”, (Génesis 42:21-22). Otra consecuencia de la mentira es la vergüenza que se produce en el momento que sale a luz: “El justo aborrece la mentira; el malvado acarrea vergüenza y deshonra”, (Proverbios 13:5, NVI). Cuando alguien es descubierto en su mentira su credibilidad se pierde y queda avergonzado ante aquellos que lo descubren. Lo otro es que en la medida que una persona se acostumbra a mentir, su conciencia se cauteriza y se vuelven hipócritas, acostumbrándose a vivir en la falsedad: “Por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia”, (1 Timoteo 4:2). Por tanto, nosotros debemos huir de este pecado y mantenernos en la verdad, aun cuando parezca que habrá una consecuencia por decirla, lo mejor es mantenernos en ella y Dios nos respaldara.

 

EL GALLO CANTÓ

“… y en seguida cantó el gallo”.

Juan 18:25-27

               Finalmente, el gallo cantó y el apóstol Pedro recordó la advertencia que su Maestro le había hecho de que lo negaría tres veces. Lo cierto es que cuando los enemigos de Jesús confrontaron a Pedro con la pregunta de que, si él era uno de sus discípulos, a lo mejor sintió miedo por su vida y decidido mentir negando serlo, quizás pensó que todo iba a acabar con una mentira, pero después, la verdad parecía que quería salir a luz, pero Pedro lo negó en tres ocasiones diferentes hasta que finalmente canto el gallo y allí se dio cuenta del error que había cometido: “Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre. Y en seguida cantó el gallo. Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente”, (Mateo 26:74-75). Este pasaje de Mateo nos enseña un detalle más en cuando a la negación de Pedro y es que reconoció su pecado y se arrepintió de él ya que después de esto las Escrituras nos dicen que lloró amargamente. Si bien es cierto, Pedro se equivocó varias veces, su carácter impulsivo lo llevo a meterse en situaciones que nunca calculo el poder salir bien, pero al final, después de esto la vida del apóstol fue diferente ya que sin duda su arrepentimiento lo llevo a buscar más de su Señor para no volver a flaquear en el momento de la prueba. Después de la resurrección de Cristo, este fue obediente y cuidadoso en cuanto a las instrucciones que su Maestro le daba. Primero, les ordeno que se quedaran en Jerusalén esperando la promesa del Espíritu Santo: “Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí”, (Hechos 1:4). Y así hizo, fueron a Jerusalén y permanecieron orando para recibir la promesa: “Y entrados, subieron al aposento alto, donde moraban Pedro y Jacobo, Juan, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hermano de Jacobo. Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos”, (Hechos 1:13-14). Por ello, al final recibieron la promesa del Espíritu Santo, y entre estos estaba Pedro: “Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados… Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen”, (Hechos 2.1-2, 4). Después de este día, Pedro había recibido el poder para testificar con valentía del Señor y la gente se admiraba de él: “Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús”, (Hechos 4:13). Y aun cuando fueron amenazados nunca volvió a negar a su Maestro, sino permaneció fiel sin importar las consecuencias: “Y llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús. Mas Pedro y Juan respondieron diciéndoles: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”, (Hechos 4:18-20). De esta forma radical cambio la vida de Pedro, pero fue después de su caída que este reconoció sus errores y se arrepintió de ello, siendo así restaurado totalmente por su Señor. Nosotros podemos aprender mucho de todo esto, debemos estar consientes que las pruebas y tentaciones vendrán a nuestra vida, por ello, debemos perseverar en la oración y búsqueda de Dios para poder hacerle frente a lo que pueda venir en el futuro y con la ayuda del Señor obtener la victoria.

 

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