Su tumba está vacía (Juan 20:1-10)

 

“El primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro; y vio quitada la piedra del sepulcro. Entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto. Y salieron Pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró. Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y creyó. Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos. Y volvieron los discípulos a los suyos”.

Juan 20:1-10

INTRODUCCIÓN

             Llegamos al penúltimo capítulo de este glorioso evangelio. Después de los acontecimientos ocurridos anteriormente, el cuerpo de Jesús fue colocado en un sepulcro propiedad de José de Arimatea, y este había sido sellado con una gran piedra: “E informado por el centurión, dio el cuerpo a José, el cual compró una sábana, y quitándolo, lo envolvió en la sábana, y lo puso en un sepulcro que estaba cavado en una peña, e hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro”, (Marcos 15:45-46). El capítulo 20 del evangelio según Juan comienza con el anuncio de una gran noticia que sella la victoria de Cristo, su tumba estaba vacía, una evidencia más de su resurrección. El relato nos presenta a la primera persona que fue la que dio testimonio de que la tumba del Señor estaba vacía, María Magdalena, la cual muestra su gran amor hacia su Maestro al ir bien de mañana al sepulcro para visitar su sepulcro. 


Tumba-vacía
Su tumba está vacía


MARÍA MAGDALENA VISITA EL SEPULCRO

“El primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro; y vio quitada la piedra del sepulcro”.

Juan 20:1

           Juan es claro al decirnos que fue el primer día de la semana que María Magdalena fue de mañana cuando aún era oscuro al sepulcro. Era costumbre judía visitar el cuerpo del difunto y ungir su cuerpo con especies aromáticas antes que este se comenzara a descomponer: “Cuando pasó el día de reposo, María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé, compraron especias aromáticas para ir a ungirle.”, (Marcos 16:1). Según Marco, María Magdaleno no fue sola, sino que otras dos mujeres la acompañaron, María la madre de Jacobo y Salomé. Estas habían observado donde habían sepultado a su Señor y siendo así se dispusieron a ir bien de mañana a ungir su cuerpo: “Y María Magdalena y María madre de José miraban dónde lo ponían”, (Marcos 15:47). Estas mujeres fueron bien de mañana, siendo aun oscuro, el primer día de la semana. Es obvio que se refiere al domingo, después del Sabbat o sábado, debió ser a las 6:00 AM, cuando recién terminaban las vigilias de la noche y comenzaban a contar las horas de la mañana: “Pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra María, a ver el sepulcro”, (Mateo 28:1). En cuanto a este relato se ha dado algunas dificultades concernientes a determinar el número de horas que transcurrieron desde su muerte hasta su resurrección. Ya anteriormente Jesús había declarado que moriría, pero después de tres días y tres noches resucitaría: “Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches”, (Mateo 12:40). Si esto es así, se supone que Jesús estaría en el sepulcro desde de su muerte tres días con sus tres noches, es decir, tres días de 24 horas que equivalen a 72 horas. No obstante, los evangelios nos dicen que las mujeres fueron al sepulcro el domingo en la mañana, y su murió el día viernes a la víspera del sábado, significa que Jesús estuvo muerto horas del viernes, las 24 horas del sábado y horas del domingo en la mañana. No olvidemos que cada día terminaba a las 6:00 PM del día que hoy conocemos, iniciando así las vigilias de la noche del nuevo día. Entonces, ¿cómo resolver esta supuesta contradicción? Algunos han llegado a establecer la hipótesis de que Jesús murió un jueves y no el viernes, para así tratar de cuadrar las 72 horas de su muerte, pero lo cierto es que los evangelios son claros al decir que Jesús murió en la víspera del sábado: “Cuando llegó la noche, porque era la preparación, es decir, la víspera del día de reposo, José de Arimatea, miembro noble del concilio, que también esperaba el reino de Dios, vino y entró osadamente a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús.”, (Marcos 15:42-43). La mejor manera de resolver esta supuesta contradicción es viendo las palabras de Jesús, tres días y tres noches, como un hebraísmo, es decir, una expresión idiomática de los judíos que simple y sencillamente significaba que, al morir, resucitaría en el día tercero, sin especificar la cantidad de horas que transcurrían en el hecho. Como sea, para nosotros este detalle no debe presentar un mayor obstáculo en el estudio de la palabra de Dios.

                Como sea, aquel día María Magdalena, junto con otras mujeres, expresaban su gran amor hacia su Maestro yendo muy de temprano a su tumba, ya que el sábado no se estaba permitido hacer ningún tipo de trabajo, sin embargo, se encontraron con una gran sorpresa que quizás en el instante las consternó, la tumba estaba vacía: … y vio quitada la piedra del sepulcro. Aunque en este momento el terror debió apoderarse de María Magdalena de considerar que el cuerpo de su Señor había sido robado por algún saqueador de tumbas, lo cierto es que había ocurrido un acontecimiento único y excepcional, irrepetible en la historia de la humanidad y que cambiaria el destino de millones de personas a través del tiempo, ¡Jesús había resucitado!

 

PEDRO Y JUAN CORREN AL SEPULCRO

“Entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto. Y salieron Pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró. Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte”.

Juan 20:2-7

              Ante la impresión de haber encontrado el sepulcro vacío, María Magdalena pensó que alguien se había robado el cuerpo de Jesús y por ello corrió a buscar a los discípulos para informarles esto: Entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto. Sin saberlo, María Magdalena se convirtió en la primera persona que Dios usó para anunciar la resurrección, aunque evidentemente no sabia que este milagroso evento había ocurrido, ella corrió y les dijo a los discípulos lo que había presenciado. Según Juan, María Magdalena no sabia que Jesús había resucitado y por ello corrió a buscar a los discípulos y más tardes el Señor se le aparece para anunciarle su resurrección: “Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús”, (Juan 20:14). Pero Lucas presenta una variante al decir que cuando corrió a buscar a los discípulos, ya anteriormente dos ángeles le habían aparecido y les testificaron de la resurrección, más estos no creyeron, sin embargo, Pedro siempre decidió correr a la tumba a confirmar las palabras de María Magdalena: “Eran María Magdalena, y Juana, y María madre de Jacobo, y las demás con ellas, quienes dijeron estas cosas a los apóstoles. Mas a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían. Pero levantándose Pedro, corrió al sepulcro; y cuando miró dentro, vio los lienzos solos, y se fue a casa maravillándose de lo que había sucedido”, (Lucas 24:10-12). Juan aclara que no solo Pedro fue el que se levanto y corrió al sepulcro, sino también otro discípulo, al cual identifica como aquel al que amaba Jesús, palabras que lo identifican consigo mismo, y este llego antes al sepulcro, pero al ver los lienzos puesto allí, no entre en él: Y salieron Pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró. Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte. Pedro quien siempre se caracterizó por su carácter impulsivo, decide entrar al sepulcro y llama la atención que no solo vio los lienzos puestos allí, así como el sudario, sino que este sudario estaba enrollado y puesto en un lugar aparte, lo cual testificaba que había sido previamente enrollado por alguien y posicionado intencionalmente en un lugar aparte. La palabra que la RV60 traduce como sudario proviene del griego soudárion (σουδάριον), y se trataba de un lienzo o pañuelo que solía ponérsele al muerto en su cara para cubrirle el rostro y mostrarle así sus respetos. Generalmente el sudario cubría el rostro del muerto mientras que con los lienzos se cubrían el resto del cuerpo, así lo vemos en otra parte de las Escrituras: “Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir”, (Juan 11:43-44). Hoy en día algunas personas afirman que este sudario que Pedro vio enrollado es el famoso Sudario de Turín, una tela de lino que muestra la imagen de un hombre que presenta marcas y traumas físicos propios de una crucifixión, y que se encuentra en la capilla de la Sábana Santa en Turín, Italia. Sin embargo, difícilmente podemos nosotros identificarlo como el manto que se le coloco a Jesús el día de su muerte, aun las pruebas de carbono 14 que se le han realizado lo datan de la Edad Media y no de los tiempos de Jesús, como sea, este detalle de ver el sudario enrollado debió definitivamente llamar la atención de Pedro.

 

VIO Y CREYÓ

“Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y creyó. Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos. Y volvieron los discípulos a los suyos”.

Juan 20:8-10

          Cuando el otro discípulo, es decir, Juan, vio que Pedro había entrado al sepulcro, este se animó y entró también. Es interesante ver las palabras en griego que se utilizan para describir la acción de ver. En los versículos 5-6 se nos dice: “Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró. Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí, (Juan 20:5-6).  En español no se ve la diferencia al referirse a la acción de ver, pero en griego sí. En el versículo 5 el verbo en pasado, vio, se traduce de la palabra griega blépo (βλέπω), la cual hace referencia a la acción de simplemente ver alrededor e identificar un objeto, sin embargo, el verbo en pasado, vio, que aparece en versículo 6 se traduce de la palabra griega zeoréo (θεωρέω), y esta describe la acción no de simplemente ver, sino de observar detenidamente considerando y analizando lo que hay alrededor. Esto significa que cuando Pedro vio los lienzos puestos allí, lo que estaba haciendo era observar detenidamente aquella escena considerando y analizando todo lo que esto significaba y al principio Juan solo había visto la escena pero sin considerar lo que esto significaba, pero al ver que Pedro había entrado, Juan entro y en esta ocasión, al igual que Pedro, esta vez contemplo con sus ojos la escena que al principio había vista y esta vez la escritura dice que creyó y recordó las Escrituras que daban testimonio de lo que estaba pasando: Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y creyó. Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos. Juan creyó después de contemplar lo que observaba y las Escrituras se abrieron a su comprensión a tal punto que recordó que Jesús habría de resucitar. Esta escena nos recuerda lo ascendiente que puede ser la fe en nuestras vidas, así como lo fue en la vida de Juan. No cabe duda que Juan había creído en las palabras de Jesús, pero después de su muerte, al igual que en los otros discípulos, la duda debió invadir por un momento su corazón: “Eran María Magdalena, y Juana, y María madre de Jacobo, y las demás con ellas, quienes dijeron estas cosas a los apóstoles. Mas a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían”, (Lucas 24:10-11). Pero Dios es fiel y aunque en ocasiones vivimos momentos difíciles donde la duda nos puede invadir, nuestra fe y esperanza en Él es recompensada cuando nos responde con hechos contundentes. Así, aquel día la esperanza volvió a renacer en el corazón de Juan cuando escucho el anuncio de María Magdalena, este corrió a la tuba y al llegar vio de lejos, pero no se atrevió a entrar en ella, pero al ver que Pedro lo hacia cobro animo y entro, y allí esta vez no solo vio superficialmente, sino observo detenidamente como los lienzos estaba aún allí y el sudaría había sido enrollado, esto definitivamente impacto su corazón al considerar que no se trataba de un simple saqueo de tumbas, sino que recordó las Escrituras donde se hablaba de la resurrección de los muertos y definitivamente creyó las palabras de su Maestro de que resucitaría al tercer día.

 

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