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domingo, 1 de mayo de 2022

Jesús es sepultado (Mateo 27:50-61)

 

“Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús. Este fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que se le diese el cuerpo. Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue. Y estaban allí María Magdalena, y la otra María, sentadas delante del sepulcro”.

Mateo 27:50-61 

INTRODUCCIÓN

            Después de la muerte de nuestro Señor Jesucristo y describir los acontecimientos que rodearon a sus ultimas horas crucificado en la cruz del Calvario, el apóstol Mateo nos relata su sepultura. En estos versículos vemos que un hombre, llamado José de Arimatea, se atrevió a ir donde Poncio Pilato y pedir el cuerpo para darle sepultura en una de sus tumbas, aparte de que vemos cómo los lideres religiosos de los judíos piden a Pilato una guardia para custodiar la tumba ya que temían que el cuerpo fuese robado por sus discípulos ya que recordaban que el Señor había afirmado que resucitaría al tercer día.

 

Jesús-sepultado
Jesús es sepultado

¿QUIÉN ERA JOSÉ DE ARIMATEA?

 “Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús. Este fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que se le diese el cuerpo”.

Mateo 27:57-58

            Después que nuestro Señor murió hubo un hombre llamado José de Arimatea que tomó la decisión de ir a Poncio Pilato para pedir su cuerpo y sepultarlo: Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús. Este fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Pero, ¿quién era José de Arimatea? Es interesante ver cómo los cuatro evangelios contaron la historia de José de Arimatea, esto posiblemente es así porque esto de ir ante Pilato y pedir el cuerpo del Señor para sepultarlo debió ser una acción de gran caridad que debió haber quedada grabada en la mente de los discípulos, a tal punto que cuando escribieron los diferentes evangelios, todos sus autores incluyeron dicha historia. De acuerdo a Mateo, José de Arimatea era un hombre rico que también había sido discípulo de Jesús: Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús. Marcos nos dice que era un hombre noble del concilio, es decir, era miembro del Sanedrín, el cual esperaba el reino de Dios, el cual entró osadamente delante de Pilato a pedir el cuerpo de Jesús: “José de Arimatea, miembro noble del concilio, que también esperaba el reino de Dios, vino y entró osadamente a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús”, (Marcos 15:43). Lucas nos dice que José de Arimatea era un hombre justo y bueno, miembro del Sanedrín que no consintió en la muerte de Jesús: “Había un varón llamado José, de Arimatea, ciudad de Judea, el cual era miembro del concilio, varón bueno y justo. Este, que también esperaba el reino de Dios, y no había consentido en el acuerdo ni en los hechos de ellos”, (Lucas 23:50-51). Aparte de esto, José de Arimatea había sido discípulo de Jesús secretamente, por miedo a los demás miembros del Sanedrín, además era amigo de Nicodemo, el otro miembro del Sanedrín que un día busco de noche a Jesús (Juan 3:1-2): “Después de todo esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos, rogó a Pilato que le permitiese llevarse el cuerpo de Jesús; y Pilato se lo concedió. Entonces vino, y se llevó el cuerpo de Jesús. También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras”, (Juan 19:38-39). Así fue que este hombre llamado en las Escrituras con el nombre de José de Arimatea, entró osadamente ante Pilato para pedir el cuerpo de Jesús, lo cual fue un verdadero hecho de valentía porque solían ser los familiares los que hacían esto de pedir el cuerpo, sin embargo, recordemos que los familiares de Jesús eran de Nazaret, una aldea de la región de Galilea y todos sus discípulos lo habían abandonado, solo Juan se había quedado al lado de la cruz pero había tomado a María para cuidar de ella por instrucción de su Maestro (Juan 19:26). Ahora, para los judíos era inconcebible dejar colgado el cuerpo de un hombre más de un día, porque de acuerdo a la ley esto debía evitarse: “No dejaréis que su cuerpo pase la noche sobre el madero; sin falta lo enterrarás el mismo día, porque maldito por Dios es el colgado; y no contaminarás tu tierra que Jehová tu Dios te da por heredad”, (Deuteronomio 21:23). Siendo esto así y estando cerca el inicio del día de reposo, José de Arimatea se decidió por ir delante de piloto y pedirle que le entregara el cuerpo, a lo cual este accedió no sin antes sorprenderse de que hubiese muerto tan rápidamente, por lo que antes pidió a un centurión que se asegurase que hubiese muerto antes de darle el cuerpo: “Pilato se sorprendió de que ya hubiese muerto; y haciendo venir al centurión, le preguntó si ya estaba muerto. E informado por el centurión, dio el cuerpo a José”, (Marcos 15:44-45).

               Aparte del relato bíblico, existen otras tradiciones que hablan acerca de la persona de José de Arimatea, sin embargo, como ya mencionamos, no son relatos bíblicos y, por tanto, difícilmente podemos afirmar que son verdaderas, pero en estas se encuentran historias acerca de cómo este hombre tomó de la sangre de Jesús en una copa y de cómo Jesús le pidió que fuese el protector de ella, a esto se le conoció como el santo grial. De acuerdo a las tradiciones, este con otro grupo de cristianos viajaron a las costas de Francia y de allí pasaron a Inglaterra, donde se establecieron llevando el evangelio y en la ciudad de Glastonbury se fundo una iglesia donde se afirma que se escondió el santo grial. Al final, toda esta historia no tiene respaldo bíblico, pero lo que si sabemos por los evangelios es que este hombre, miembro noble y rico del Sanedrín, era un hombre bueno y justo que esperaba la venida del reino de Dios y que fue discípulo de Jesús.

 

JESÚS ES SEPULTADO

“Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue. Y estaban allí María Magdalena, y la otra María, sentadas delante del sepulcro”.

Mateo 27:59-61

               Cuando el cuerpo del Señor fue dado a José de Arimatea, Mateo nos dice que este lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en un sepulcro nuevo que había labrado en una peña: Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña. Ahora bien, Juan nos da un poco más de detalle en cuanto a la preparación del cuerpo de Jesús para la sepultura y el lugar donde fue sepultado: “También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos. Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno. Allí, pues, por causa de la preparación de la pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús”, (Juan 19:39-42). De esta forma, José de Arimatea uso un sepulcro nuevo para colocar allí el cuerpo del Señor y para señarlo hicieron rodar una gran piedra en la entrada del sepulcro: y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue. Y estaban allí María Magdalena, y la otra María, sentadas delante del sepulcro. En todo esto, vemos como aun algunas de las mujeres piadosas que sirvieron a Jesús durante su ministerio estaban presentes ya que en su gran amor buscaban la forma de continuar con ese servicio aun después de su muerte ya que esperaban regresar a preparar mejor el cuerpo después que pasase el día de reposo. Algunas personas han criticado a Juan de Arimatea por ser un hombre que mientras Jesús estuvo vivo nunca le sirvió e hizo favores demostrando su aprecio, todo por temor a los otros judíos miembros del Sanedrín, pero que no fue hasta después de su muerte que decido hacer esta obra de caridad; sin embargo, no podemos dejar de señalar esta gran obra de amor que este hombre realizo al armarse de valor y pedirle el cuerpo a Pilato, esto definitivamente fue de gran estima a los ojos de Dios. Además, muchos creen que el día que Jesús fue llevado delante de Caifás, el sumo sacerdote, y de los demás miembros del concilio, José de Arimatea y Nicodemo no dieron su voto a favor de condenar a muerte a Jesús, y de hecho algunos teólogos opinan que es probable que ellos ni siquiera fueran invitados a la reunión aquel día. La verdad es que no podemos condenar a este hombre por haber sido un discípulo del Señor en lo oculto, por temor a las represarías de los demás, al final, aun sus discípulos lo abandonaron aquel día y Pedro lo negó tres veces, y que podríamos nosotros decir acerca de nosotros mismos, posiblemente hubiésemos actuado de la misma forma, pero como sea, el Señor es grande en misericordia y después de su muerte el volvería a ellos para reafirmar su confianza en Dios. Al hacer esta obra de misericordia, este hombre estaba cumpliendo las Escrituras cuando afirmaron que el Siervo de Jehová moriría en medio de los impíos, pero tendría su sepultura con los ricos, por José le obsequiaría su tumba: “Se dispuso con los impíos su sepultura, más con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca”, (Isaías 53:9). Quiera Dios que todos imitemos la actitud de este hombre, un hombre que no era perfecto, con temores, pero que amaba a Jesús, un hombre justo y bueno, con influencia en su pueblo que haciendo misericordia se encontró en la voluntad de Dios cumpliendo su palabra.

 

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