La Iglesia Apostólica

“Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”.

Hechos 2:43-47
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La Iglesia Apostólica
“Los Hechos del Señor Resucitado por el Espíritu Santo en la Iglesia y a través de ella”.
Stanley M. Horton

INTRODUCCIÓN


                     Como lo vimos anteriormente, la iglesia nación en el día de Pentecostés, y a partir de allí comienza a influir en el mundo, siendo sus principales líderes los apóstoles y discípulos que conocieron al Señor en vida. Se conoce como Iglesia Apostólica, aquel periodo que comprende desde los inicios del cristianismo en el año 30 d.C., hasta la muerte del último de los apóstoles, Juan, aproximadamente en el 100 d.C. Para esta época el mundo antiguo se encontraba conquistado por Roma, los cuales habían establecido a lo largo de todo el mundo un sistema de carreteras que conectaban con diferentes ciudades importante y la misma Roma, lo cual le ayudaría a los apóstoles, especialmente a Pablo a difundir el mensaje del evangelio. La religión del imperio romano y de todas sus provincias conquistadas era politeísta, es decir, creían en muchos dioses, los cuales eran los mismos dioses de la miología griega los cuales eran nombrados de manera diferente. En este periodo de la historia existía una influencia cultural que tendía a introducir la cultura griega en todo el mundo, el cual se conoció como helenismo y por tal motivo el griego era el idioma universal de aquel entonces. Durante este periodo existían tres grupos religiosos importantes que participaron en los acontecimientos históricos. El primer grupo religioso es el de los fariseos, los cuales se cree que descienden de los jasideos (devotos) quienes lucharon al lado de los macabeos por la libertad religiosa (166-42 a.C.). Luego, el nombre fariseo aparece por primera vez en el contexto de los macabeos, nombre que significa “separados”, posiblemente porque rechazaban cualquier movimiento que tratara de contaminar las tradiciones judías. Este grupo destaco principalmente durante el reinado de Juan Hircano (135-104 a.C.), al oponerse al deseo de éste de su extensión militar y política, alcanzando su mayor opresión durante el reinado de Alejandro Janneo (103-76 a.C.) que termino con 800 líderes fariseos crucificados. Este grupo religioso afirmaba vivir de acuerdo a la ley de Moisés, creían en los profetas, la resurrección y los ángeles. El segundo grupo religioso era el de los saduceos un partido sacerdotal y aristocrático del judaísmo cuyas doctrinas y practicas eran opuestas a la de los fariseos. Este grupo aparece por primera vez en el relato de Antigüedades del historiador judío Josefo donde se describe la alianza que hicieron con el rey macabeo judío Hircano I (135-105 d.C.). En cuanto al significado de su nombre, algunos piensan que deriva del sacerdote Sadoc, contemporáneo a David y Salomón (2 Samuel 15:27; 19:11; 1 Reyes 1:8) y de quien descendieron todos los sumos sacerdotes que le precedieron; otros por el contrario opinan que el nombre deriva de la palabra griega sindikoi, que se traduce como autoridad fiscal, utilizada por los atenienses en el siglo IV a.C. y fue utilizada por los israelitas para denotar a aquel grupo que controlaba el sanedrín en sus tiempos. Se caracterizó por ser un partido político-religioso que lo único que le interesaba era estar en el poder, fue un grupo minoritario con gran influencia en el sanedrín y compuesto en su mayoría por aristócratas. Contrario a los fariseos, no aceptaban ningún escrito fuera de los cinco libros de Moisés, no creían en la resurrección ya que pensaban que al morir el alma ya no perseveraba consiente. Finalmente, el tercer grupo religioso en Israel era el de los esenios, el cual floreció entre el año 150 a.C. y el 70 d.C. y se caracterizaba por ser muy conservadores de las Escrituras, especialmente aquellas que hablaban del Mesías. Se consideraban un grupo escatológico y anhelaban tanto el establecimiento del reino mesiánico y el nuevo pacto que vivían a parte en comunidades de 200 apartados de la contaminación del mundo. Estos tres grupos religiosos eran los que más influían en el tiempo que la iglesia comenzó a levantarse.

       LA IGLESIA EN JERUSALÉN


“Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones”.
Hechos 2:41-42

                 Fue en Jerusalén donde la iglesia inicio, aquella pequeña comunidad de apenas 200 discípulos rápidamente creció a 3,000. Fue en la fiesta de Pentecostés que el Espíritu Santo vino sobre los discípulos y como evidencia todos comenzaron a hablar en otras leguas a tal punto que los que visitaban Jerusalén los escucharon glorificando a Dios en sus idiomas oriundos: “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen. Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo.  Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de Africa más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios. Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Qué quiere decir esto? Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto”, (Hechos 2:4-13). Fue este acontecimiento sobrenatural que llamo la atención de todos los judíos que visitaban la fiesta y Pedro, tomando ventaja de la situación, anuncio por primera vez el mensaje del evangelio. Su homilía estuvo sustentada en dos secciones, la primera, el derramamiento del Espíritu Santo profetizado en el libro de Joel lo cual se estaba cumpliendo en ese momento. Segundo, la muerte y resurrección de Jesucristo el Mesías judío anunciado en las Sagradas Escrituras, y a quien los judíos habían crucificado. Como respuesta al mensaje, muchos creyeron: “Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”, (Hechos 2:37-38). Aquel día fue increíble en las páginas de la historia de la iglesia ya que los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas.

                 A partir de aquí los primeros cristianos judíos comienzan a vivir en comunidad y el libro de los hechos nos enseña esto: Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones. Pronto comenzó a propagarse el mensaje del evangelio en Jerusalén respaldado con señales y prodigios lo cual produjo gran temor en las personas. La solidaridad entre los primeros creyentes fue grande a tal punto que no permitían que hubiese alguien con necesidad perseverando unánimes tanto en el Templo judío, como en las casas: “Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”, (Hechos 2:43-47).

LAS PRIMERAS PERSECUCIONES


“Y llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús. Mas Pedro y Juan respondieron diciéndoles: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”.
Hechos 4:18-20

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Las primeras persecuciones

                No paso mucho tiempo sin que Satanás comenzara a oponerse al sorprendente crecimiento de la iglesia cristiana. A través de los líderes judíos, Satanás trato de frenar el crecimiento de la iglesia, comenzando con amenazas y luego con azotes y cárceles, la fe cristiana experimento sus primeras persecuciones; no obstante, esto no la detuvo, sino la predicación y las señales continuaron realizándose ganando gran cantidad de almas: “Y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; también muchos de los sacerdotes obedecían a la fe”, (Hechos 6:7). Pronto el crecimiento extraordinario de la iglesia lo llevo a constituir nuevos ministerios orientados al servicio de la iglesia, como el diaconado (Hechos 6:1-6) de tal manera que en lugar de decrecer, cada día habían más creyentes. Sin embargo, la iglesia experimentaría el martirio a manos de los judíos ortodoxos que veían en el cristianismo una herejía y amenaza a sus creencias y tradiciones. Así muere el primer mártir de la iglesia conocido como Esteban. Aunque breve su historia, el libro de los Hechos lo presenta como un varón lleno del Espíritu Santo, de buen testimonio y de sabiduría, el cual junto a otros seis fue elegido para servir a las viudas de los griegos (Hechos 6:1-6). Su testimonio de Jesucristo era igualmente respaldado con toda clase de señales y prodigios, a tal punto que pronto se ganó la enemista de una secta conocida como los libertos: “Y Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo. Entonces se levantaron unos de la sinagoga llamada de los libertos, y de los de Cirene, de Alejandría, de Cilicia y de Asia, disputando con Esteban. Pero no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba. Entonces sobornaron a unos para que dijesen que le habían oído hablar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios. Y soliviantaron al pueblo, a los ancianos y a los escribas; y arremetiendo, le arrebataron, y le trajeron al concilio. Y pusieron testigos falsos que decían: Este hombre no cesa de hablar palabras blasfemas contra este lugar santo y contra la ley; pues le hemos oído decir que ese Jesús de Nazaret destruirá este lugar, y cambiará las costumbres que nos dio Moisés. Entonces todos los que estaban sentados en el concilio, al fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel”, (Hechos 6:8-15). Sin embargo, Esteban se defendió con gran convicción y poder (Hechos 7:1-53) a tal punto que sus oponentes no pudieron resistir su sabiduría y terminaron apedreándolo: “Oyendo estas cosas, se enfurecían en sus corazones, y crujían los dientes contra él. Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios.  Entonces ellos, dando grandes voces, se taparon los oídos, y arremetieron a una contra él. Y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon; y los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo. Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió”, (Hechos 7:54-60).
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Esteban el primer mártir de la iglesia

                Este evento trágico de alguna manera fue usado por Dios para impulsar a los cristianos judíos a salir de Jerusalén, e ir a otras partes del mundo a predicar el mensaje del evangelio, comenzando así las primeras misiones: “Y Saulo consentía en su muerte. En aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles… Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio”,  (Hechos 8:1, 4). Así el evangelio llego a Samaria a través de Felipe el evangelista (Hechos 8:5-25), y no tardarían los gentiles a formar parte de la iglesia del Señor al ser el apóstol Pedro el responsable de presentarle a Cornelio, un noble centurión, el mensaje del evangelio. Al final, tanto él, como su familia y amigos creyeron en Jesús, (Hechos 10). De esta forma, la iglesia comenzaba a multiplicarse alrededor del mundo.

INICIOS DE LA LABOR MISIONERA


“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio…”
Hechos 8:4

                   Ya vimos como la persecución que se desato en Jerusalén obligo a los creyentes a huir a otras tierras de Judea y Samaria, comenzando así la evangelización en todo el mundo. Es interesante ver como Jesús se los profetizo cuando dijo: “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”, (Hechos 1:8), obviamente el poder había llegado a la vida de la iglesia a través del bautismo del Espíritu Santo, y a partir de allí comenzaron a testificar en Jerusalén pese a las amenazas de los judíos, pero era tiempo para comenzar a propagar el mensaje por Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra. Como Hechos 8:1 dice, los apóstoles decidieron quedarse en Jerusalén, para cuidar de la obra, de tal manera que sirvió como sede de donde saldrían las primeras misiones alrededor del mundo. Las primeras regiones en visitar fueron Judea y Samaria, y en esta última, se nos narra la increíble labor evangelistas de Felipe realizo.

            La iglesia en Samaria.


“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio. Entonces Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo. Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía. Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados; así que había gran gozo en aquella ciudad”.
Hechos 8:4-8

Es increíble el movimiento evangelizador que esta persecución despertó. El diablo pensaba que a través de sus amenazas y la muerte de Esteban callaría a los demás discípulos, pero lejos de eso solo provoco que la iglesia se dispersara por todas partes anunciando el evangelio y multiplicándola más de lo que ya estaba. Uno de estos discípulos que huyo de Jerusalén fue Felipe, el cual descendió a la ciudad de Samaria y allí se enfocó a predicar a Cristo. Es interesante el énfasis que Lucas hace al hablar del tipo de mensaje de Felipe: les predicaba a Cristo. Su mensaje no era muy profundo, tampoco se preocupaba por cuestiones de teología muy avanzadas, simplemente se dedicó a predicarles el plan de salvación a través de Jesucristo: Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía. Es importante también que este mensaje estaba acompañado de señales, o milagros que confirmaban las palabras del evangelista: Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados; así que había gran gozo en aquella ciudad. Así, entre la predicación y las señales, la iglesia comenzó a ganar más almas para Cristo, ahora no solo judíos habían creído, sino también los samaritanos.

            La iglesia Gentil.


“Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo”.
Hechos 10:45

Lo inesperado estaba por pasar, los gentiles también alcanzarían el don de la salvación y formarían parte de la iglesia del Señor. Para los creyentes judíos del primer siglo el cristianismo no les parecía algo diferente al judaísmo que por años habían practicado, al contrario, consideraban su nueva fe como la culminación del mismo, a tal punto que siguieron cumpliendo con las tradiciones como la circuncisión, guardar el sábado, no comer animales inmundos, no entrar en la casa de un gentil, etc. Por ello Dios está a punto de tratar con Pedro, el apóstol que ayudaría a iniciar esta iglesia. Se nos dice que en cierta ocasión Pedro se preparaba para orar en un aposento alto cuando tuvo una visión que lo prepararía para lo que venía: “Al día siguiente, mientras ellos iban por el camino y se acercaban a la ciudad, Pedro subió a la azotea para orar, cerca de la hora sexta. Y tuvo gran hambre, y quiso comer; pero mientras le preparaban algo, le sobrevino un éxtasis; y vio el cielo abierto, y que descendía algo semejante a un gran lienzo, que atado de las cuatro puntas era bajado a la tierra; en el cual había de todos los cuadrúpedos terrestres y reptiles y aves del cielo. Y le vino una voz: Levántate, Pedro, mata y come”, (Hechos 10:9-13). Prácticamente lo que Dios le mostro a Pedro en su visión fue un número de cuadrúpedos terrestres y reptiles que en el judaísmo eran considerados inmundos, y le pidió que los matara y comiera. Pedro contesto de acuerdo a sus creencias: “Entonces Pedro dijo: Señor, no; porque ninguna cosa común o inmunda he comido jamás”, (Hechos 10:14). En sus palabras detectamos su fuerte arraigo a las tradiciones judías, y esto hubiera sido un impedimento para que Pedro entrase a la casa de un gentil a predicarle el evangelio; sin embargo, el Señor estaba a punto de enseñarle que ya estas costumbres no encajaban en la nueva dispensación de la gracia: “Volvió la voz a él la segunda vez: Lo que Dios limpió, no lo llames tú común… Y mientras Pedro estaba perplejo dentro de sí sobre lo que significaría la visión que había visto, he aquí los hombres que habían sido enviados por Cornelio, los cuales, preguntando por la casa de Simón, llegaron a la puerta”, (Hechos 10:15,17). Antes de que todo esto aconteciera, Dios había enviado un ángel a Cornelio, un gentil, para que enviara por Pedro quien le presentaría el mensaje del evangelio: “Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio, centurión de la compañía llamada la Italiana, piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre. Este vio claramente en una visión, como a la hora novena del día, que un ángel de Dios entraba donde él estaba, y le decía: Cornelio. El, mirándole fijamente, y atemorizado, dijo: ¿Qué es, Señor? Y le dijo: Tus oraciones y tus limosnas han subido para memoria delante de Dios. Envía, pues, ahora hombres a Jope, y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro. Este posa en casa de cierto Simón curtidor, que tiene su casa junto al mar; él te dirá lo que es necesario que hagas”, (Hechos 10:1-6).  Fue así que Cornelio envió tras hombres a buscar a Pedro, y el Espíritu Santo trabajo en Pedro para prepararlo para que les predicara sin ningún prejuicio a los gentiles: “Ido el ángel que hablaba con Cornelio, éste llamó a dos de sus criados, y a un devoto soldado de los que le asistían; a los cuales envió a Jope, después de haberles contado todo… Y mientras Pedro pensaba en la visión, le dijo el Espíritu: He aquí, tres hombres te buscan. Levántate, pues, y desciende y no dudes de ir con ellos, porque yo los he enviado”, (Hechos 10:7-8, 19-20). Así, el apóstol Pedro predico a Cornelio, su familia y amigos, y éstos creyeron al evangelio y se convirtieron (Hechos 10:27-43), y no solo eso, sino fueron bautizados con el Espíritu Santo porque los oyeron hablar en otras lenguas, y esto sorprendió a los judíos porque no se imaginaban que esta promesa también fuera para los gentiles: “Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. Porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios. Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?”, (Hechos 10:44-47). Así los primeros creyentes gentiles se agregaban a la iglesia del Señor.

Es interesante pensar en el papel que Pedro jugo en la fundación de la iglesia primitiva. Fue él quien les predico por primera vez a los judíos, de los cuales creyeron como 3,000, iniciando así la iglesia judía (Hechos 2:1-42). Posteriormente, el mismo apóstol Pedro fue a la casa de Cornelio y les predico el mensaje del evangelio, a él, a su familia y amigos, los cuales creyeron y se convirtieron, naciendo así la iglesia gentil. Debido a esto, se cree que es el cumplimiento de aquella profecía que Jesús le dio a Pedro que él tendría las llaves del reino de los cielos: “Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos”, (Mateo 16:18-19). Fue Pedro quien quito la llave a las puertas que separaban a los judíos y gentiles del reino de Dios, y así iniciaron ambas iglesias, sin embargo, con el tiempo habrían otros que comenzarían con su obra, tanto en Jerusalén, como la gentil, estos fueron Santiago, el hermano de Jesús, y Pablo.

                La iglesia en Antioquía.


“Ahora bien, los que habían sido esparcidos a causa de la persecución que hubo con motivo de Esteban, pasaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, no hablando a nadie la palabra, sino sólo a los judíos. Pero había entre ellos unos varones de Chipre y de Cirene, los cuales, cuando entraron en Antioquía, hablaron también a los griegos, anunciando el evangelio del Señor Jesús. Y la mano del Señor estaba con ellos, y gran número creyó y se convirtió al Señor”.
Hechos 11:19-21

                El libro de los Hechos hace referencia a otro acontecimiento clave en la historia de la iglesia y que marcaría un centro de misiones en el futuro de donde se expandiría la iglesia alrededor del mundo. Debido a que los creyentes judíos fueron esparcidos por todas partes debido a la persecución que en Jerusalén se había desatado y que inicio con la muerte de Esteban , algunos de ellos llegaron a Antioquia donde comenzaron testificándoles a los judíos de allí, pero no tardo mucho tiempos antes que los gentiles oyeran el evangelio y creyeran. Realmente se trataba de Antioquia de Siria, una de 16 Antioquía que Seleuco fundo (como Antioquía de Pisidia, en Galacia). Fue considerada como la tercer capital del Imperio Romano, y allí comenzó a nacer una nueva comunidad que confesaba su fe en Cristo, y tanto fue su influencia que allí fue cuando se les comenzó a llamar por primera vez cristianos: “Y se congregaron allí todo un año con la iglesia, y enseñaron a mucha gente; y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía”, (Hechos 11:26). Su influencia no solo fue tan grande que determino el nombre con el cual seriamos llamado los creyente durante siglos, sino que su fama llego hasta la misma iglesia de Jerusalén y decidieron enviar a Bernabé para inspeccionar su fe, quien se impresiono tanto que decidió quedarse allí y llevar a un recién convertido llamado Saulo de Tarso, quien se convertiría en el apóstol Pablo: “Llegó la noticia de estas cosas a oídos de la iglesia que estaba en Jerusalén; y enviaron a Bernabé que fuese hasta Antioquía. Este, cuando llegó, y vio la gracia de Dios, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor. Porque era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una gran multitud fue agregada al Señor. Después fue Bernabé a Tarso para buscar a Saulo; y hallándole, le trajo a Antioquía”, (Hechos 11:21-25). Además de esto la actividad del Espíritu Santo en esta región fue tal, y Dios la utilizo para ayudar incluso a los creyentes de Jerusalén: “En aquellos días unos profetas descendieron de Jerusalén a Antioquía. Y levantándose uno de ellos, llamado Agabo, daba a entender por el Espíritu, que vendría una gran hambre en toda la tierra habitada; la cual sucedió en tiempo de Claudio. Entonces los discípulos, cada uno conforme a lo que tenía, determinaron enviar socorro a los hermanos que habitaban en Judea; lo cual en efecto hicieron, enviándolo a los ancianos por mano de Bernabé y de Saulo”, (Hechos 11:27-30). Fue aquí también, donde Pablo y Bernabé recibieron el llamamiento del Espíritu Santo para el ministerio de apóstol, los cuales, teniendo su cede en Antioquia, iniciarían con una serie de viajes misioneros alrededor del mundo antiguo: “Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros: Bernabé, Simón el que se llamaba Niger, Lucio de Cirene, Manaén el que se había criado junto con Herodes el tetrarca, y Saulo. Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado. Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron”, (Hechos 13:1-3).

                Los viajes misioneros de Pablo.


“Ellos, entonces, enviados por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia, y de allí navegaron a Chipre”.
Hechos 13:4

                Hechos de los apóstoles describen sorprendentemente los viajes misioneros del apóstol Pablo, quien realizo una gran labor evangelista alrededor del mundo antiguo. Jeff Caliguire comenta acerca de este hombre: “Hace casi dos mil años, este hombre de Tarso, una ciudad costera del Asia Menor, ayudó a lanzar una empresa que cambió la historia del mundo. En un tiempo anterior a los faxes, teléfonos celulares, correos electrónicos, internet y aun de la tecnología masiva, deslumbro a un mercado desinteresado: transformo a muchos fanáticos delirantes”. El historiador Schaff llego a decir referente al apóstol Pablo que fue: “el hombre que ha ejercido mayor influencia sobre la historia del mundo”, y ciertamente basta leer el libro de Hechos de los apóstoles para darnos cuenta de ello, donde 28 capítulos de del libro, es decir, más de la mitad de dicho libro, se dedica a relatar la vida y obra misionera de Pablo, mostrándonos su gran pasión y entrega por ganar para Cristo a los perdidos: “Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios”, (Hechos 20:24). Pablo tiene su primera aparición cuando tan solamente era un joven llamado Saulo que consentía la muerte de Esteban: “Y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon; y los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo”, (Hechos 7:58). El apóstol nació en la ciudad de Tarso de Cilicia, sus padres eran judíos y se ignora desde qué época se hallaban habitando en la culta ciudad helénica. Si cuando Saulo se convirtió tenía, como es probable, unos treinta años, y si este hecho ocurrió alrededor de los años 36 ó 37 de la era cristiana, podemos fijar la fecha de su nacimiento, más o menos por el año 7, cuando Jesús contaba unos 10 u 11 años de edad, y vivía en Nazaret con sus padres. Se cree que desde niño fue destinado a seguir la carrera de rabino. Con este fin se confió su preparación intelectual y religiosa  al  judío  más  ilustre  de  su  tiempo,  el  célebre  Gamaliel,  a  quien  sus compatriotas  llamaban  "el  esplendor de  la  ley".  Tenía  en  Jerusalén  una escuela que  contaba  con  1,000  discípulos;  500  que  estudiaban  la  ley  del  Antiguo Testamento, y 500 literatura y filosofía. El consejo prudente que dio al Sanedrín, cuando  comparecieron  los  apóstoles  (Hechos 5:34-40),  es  un  rasgo  de  la sabiduría que le caracterizaba. Pablo nos da cuenta de su educación a los pies del gran  maestro: “Yo de cierto soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero criado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel, estrictamente conforme a la ley de nuestros padres, celoso de Dios, como hoy lo sois todos vosotros”, (Hechos 22:3). Además de sus estudios teológicos, Saulo tuvo que aprender un oficio manual. El mismo Gamaliel decía que el estudio de  la ley, cuando no iba acompañado del trabajo,  conducía  al  pecado. Un oficio era importante para los rabinos ya que no dependía de nadie y no cobraban por enseñar la ley de Dios, sino, ellos mismo se auto sostenían, y en el caso de Pablo, se dedicaba a hacer tiendas: “y como era del mismo oficio, se quedó con ellos, y trabajaban juntos, pues el oficio de ellos era hacer tiendas”, (Hechos 18:3). Varias expresiones de sus epístolas (por ejemplo, Tito 1:12), y su discurso en el  Areópago  de  Atenas,  demuestran  que  estaba  familiarizado  con  la  literatura griega que se leía y comentaba en sus días. Por si fuera poco, poseía la ciudadanía romana: “Así que, luego se apartaron de él los que le iban a dar tormento; y aun el tribuno, al saber que era ciudadano romano, también tuvo temor por haberle atado”, (Hechos 22:29), y dominaba perfectamente el idioma griego a parte de su lengua natal que era el hebreo: “Cuando comenzaron a meter a Pablo en la fortaleza, dijo al tribuno: ¿Se me permite decirte algo? Y él dijo: ¿Sabes griego?”, (Hechos 21:27). Su prominente carrera como fariseo y sus credenciales hizo que se ganara el favor de los sacerdotes del Sanedrín a tal punto que le dieron cartas de autorización para perseguir a la iglesia del Señor: “Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén”, (Hechos 9:1-2).  Creyendo que servía a Dios, decidió extermina a los cristianos, y como F. Godet, lo dijo,  “Saulo persiguió con maldad, pero no por maldad. Le animaba la mejor intención del mundo, y creía estar sirviendo a Dios cuando defendía la teocracia, la ley y el templo”. Sin embargo, Dios tenía en sus planes convertirlo a su gracia para usarlo para llevar el evangelio a los gentiles: “Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer”, (Hechos 9:3-6).

                Estudiar la vida de Pablo nos enseña que el Señor tiene planes para todos sus escogidos y por muy perdidos que estos se encuentren tarde o temprano son derribados para que se cumpla el designio divino. Aquel día Pablo quedo siego y consternado al darse cuenta que todo en lo que él creía era una mentira, que aquellos a quienes él perseguía eran los portadores de la única verdad, y hoy se encontraba entre aquellos que había perseguido. Este día Pablo recibió una misión especial de parte de Jesús: “Pero levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti, librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados”, (Hechos 26:16-18). Esto mismo le fue confirmado a Ananías cuando fue enviado por el Señor a orar e imponerle las manos a Pablo Para que éste recibiese la vista: “El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre”, (Hechos 9:15-16). Al final, como se lo dijo Pablo a Agripa, no fue rebelde a la visión celestial, sino procuro cumplirla: “Por lo cual, oh rey Agripa, no fui rebelde a la visión celestial, sino que anuncié primeramente a los que están en Damasco, y Jerusalén, y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento”, (Hechos 26:19-20). Y esto fue así, recién convertido inicio predicando en Damasco lo cual confundió tanto a sus oyentes al ver que aquel que un día persiguió a los cristianos hoy se había convertido en uno de ellos molestando a tal punto a los judíos de Damasco que planearon matarlo y por tal motivo fue ayudado por los discípulos a escapar: “En seguida predicaba a Cristo en las sinagogas, diciendo que éste era el Hijo de Dios. Y todos los que le oían estaban atónitos, y decían: ¿No es éste el que asolaba en Jerusalén a los que invocaban este nombre, y a eso vino acá, para llevarlos presos ante los principales sacerdotes?... Pasados muchos días, los judíos resolvieron en consejo matarle… Entonces los discípulos, tomándole de noche, le bajaron por el muro, descolgándole en una canasta”,  (Hechos 9:20-21, 23,25). No obstante, sus primeros días en el cristianismo no fue fácil, ya que por su reputación de perseguidor nadie quería juntarse con él, por temor, pero gracias a Bernabé logro la aceptación de todos ellos incluyendo los apóstoles: “Cuando llegó a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos; pero todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo. Entonces Bernabé, tomándole, lo trajo a los apóstoles, y les contó cómo Saulo había visto en el camino al Señor, el cual le había hablado, y cómo en Damasco había hablado valerosamente en el nombre de Jesús. Y estaba con ellos en Jerusalén; y entraba y salía”, (Hechos 9:26-28). Paradójicamente, en este periodo que inicio con una gran persecución la iglesia logro crecer más, extendiéndose por toda Judea, Jerusalén y Samaria, pero pronto Pablo llevaría las misiones más allá de estas fronteras, a los gentiles de todo el mundo antiguo conocido: “Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo”, (Hechos 9:31).

                Después de la conversión de Pablo, pasaron al menos tres años aprendiendo y buscando del Señor antes de recibir su llamamiento como apóstol: “Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre, ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo; sino que fui a Arabia, y volví de nuevo a Damasco. Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para ver a Pedro, y permanecí con él quince días; pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo el hermano del Señor”, (Gálatas 1:15-19). Finalmente, Dios decide llamar a Pablo y así junto con Bernabé inicia su labor misionera: “Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros: Bernabé, Simón el que se llamaba Niger, Lucio de Cirene, Manaén el que se había criado junto con Herodes el tetrarca, y Saulo. Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado. Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron”, (Hechos 13:1-3).

                A partir del capítulo 13, versículo 4, encontramos el relato de los cuatro viajes misioneros del apóstol Pablo. Prácticamente su estrategia de evangelización consistía en acudir a lugares públicos donde se le permitía compartir su mensaje, estas podían ser sinagogas judías o cualquier casa o lugar donde se realizaban debates públicos. Luego de hacerlo generalmente se ganaba el odio de los líderes judíos u otros paganos, pero ya para ese tiempo había ganado discípulos para Cristo, y con la ayuda de estos continuaba e ese lugar y fundaba iglesias. Si consideramos el libro de los Hechos de los apóstoles podemos ver los lugares que visito en cada viaje misionero:

                Primer Viaje Misionero.
1.       Partida de Antioquia de Siria.
2.       Chipre.
3.       Antioquia de Pisidia.
4.       Iconio.
5.       Listra.
6.       Derbe.
7.       Regreso a Antioquia de Siria.


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Primer Viaje Misionero de Pablo


Segundo Viaje Misionero.
1.       Partida de Antioquía de Siria.
2.       Derbe.
3.       Listra.
4.       Filipos.
5.       Tesalónica.
6.       Berea.
7.       Atenas.
8.       Corinto.
9.       Regreso a Antioquía de Siria.

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Segundo Viaje Misionero de Pablo 
                Tercer Viaje Misionero.
1.       Éfeso.
2.       Macedonia.
3.       Troas.
4.       Mileto.
5.       Tiro.
6.       Cesarea (En casa de Felipe el evangelista).
7.       Jerusalén (Alboroto y prisiones).
8.       Cesarea (Prisiones y defensa de Pablo).

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Tercer Viaje Misionero de Pablo


Cuarto Viaje Misionero: a Roma.
1.       Cesarea (Pablo embarca a Roma siendo custodiado por los soldados romanos).
2.       Malta (Después del naufragio).
3.       Roma (Pablo prisionero en Roma y pasa dos años en una casa alquilada testificando de su fe).

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Viaje a Roma


Cuando llegamos al último versículo de Hechos de los apóstoles sentimos la sensación que eso no termina allí, y ciertamente así es: “Y Pablo permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento”, (Hechos 28:30-31). Pablo realiza su defensa delante del Cesar en Roma y permanece dos años allí con relativa libertad, pero, ¿qué ocurrió después de esto? 

                De acuerdo al testimonio de algunos padres de la iglesia primitiva podemos conocer lo que posiblemente sucedió después. El testimonio de más valor que existe es el de Clemente de Roma, que se supone fue discípulo de Pablo y ser el mismo que aparece en Filipenses 4:3. Este, escribiendo desde Roma a Corinto, dice que Pablo, antes de su martirio,  predicó el evangelio en Oriente y Occidente instruyendo a todo el mundo conocido en aquel entonces y que se encontraba bajo el dominio del Imperio Romano. Se dice que Pablo llego hasta la Extremidad de Occidente, lo cual la mayoría aseguran que se refiere a España, lo cual concuerdo con su deseo expresado en su carta a los Romanos: “cuando vaya a España, iré a vosotros; porque espero veros al pasar, y ser encaminado allá por vosotros, una vez que haya gozado con vosotros”, (Romanos 15:24). Además de esta fuente, existe un documento perteneciente al año 170, habla también del viaje de Pablo a España conocido como el Canon de Muratorí. Por tanto, se cree que después de su primera visita a Roma, Pablo fue liberado y continuo con su actividad evangelizadora, hasta volver a ser capturado cuando la persecución bajo Nerón arrecio contra los cristianos. El escritor del tercer siglo, Eusebio dice acerca de Pablo: “Después de defenderse con éxito, se admite por todos, que el apóstol fue otra vez a proclamar el evangelio, y después vino a Roma, por segunda vez, y sufrió el martirio bajo Nerón”. De modo que lo que sigue al relato en los Hechos es la continuación de sus viajes misioneros, incluyendo a España lo cual ocurrió alrededor del año 63 d.C. Al ser puesto en libertad, no fue luego a España, como sería fácil suponer. El cuidado de las iglesias le llamaba al Oriente. Hizo un viaje por el Asia Menor, de acuerdo con los deseos expresados desde su prisión, en la Epístola a Filipenses 2:24 y en Filemón 22, y después de cumplir con esta misión para con las iglesias, pudo pensar en efectuar el tan anhelado viaje a la Península Ibérica. No es probable que haya pasado por Roma, porque en ese tiempo Nerón, como un león rugiente, perseguía a los santos. Es lo más probable que en Oriente se haya embarcado para Massilla (la Marsella moderna), y de Massilla a España, llegando allí en el año 64. Se cree que después de permanecer unos dos años en España, Pablo volvió a Éfeso donde tuvo que ver con dolor que se habían cumplido sus predicciones a los ancianos de aquella iglesia. Los lobos rapaces que no perdonaban el rebaño se habían levantado por todas partes, y la siembra de la cizaña había seguido a la de la buena simiente. Siempre viajaba, a pesar de su edad ya avanzada, y parece que en Nicópolis fue prendido, encarcelado y conducido a Roma.

En esta segunda prisión, Pablo se encuentra en condiciones más desfavorables que cuando fue preso a Roma la primera vez. La iglesia en esa ciudad estaba desolada por la persecución. Cualquiera podía impunemente maltratar a un cristiano. Cinco años antes predicaba en su prisión y recibía a los judíos influyentes de Roma, pero ahora se halla en las prisiones a modo de malhechor y no cualquiera en ese entonces se atrevía a confesar su fe y amistad con un cristiano capturado: “Tenga el Señor misericordia de la casa de Onesíforo, porque muchas veces me confortó, y no se avergonzó de mis cadenas, sino que cuando estuvo en Roma, me buscó solícitamente y me halló”, (2 Timoteo 1:16-17). Bajo la persecución de Nerón Pablo fue capturado, enjuiciado y condenado a muerte. Sabemos algo del juicio, por lo que Pablo mismo escribió a Timoteo: “En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta. Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la boca del león”, (2 Timoteo 4:16-17). En esa hora de peligro faltó el hermano, faltó el amigo, faltaron todos. Pero el mejor intercesor y abogado estuvo a su lado dándole fuerzas para llevar la cruz hasta el fin de la carrera. Pablo sabía que sus días estaban contados a tal punto que en su segunda carta a Timoteo se despide de su discípulo: “Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida”, (2 Timoteo 4:6-8). La sentencia de muerte fue pronunciada. La ciudadanía romana le libró de una muerte ignominiosa y de la tortura, tan fácilmente aplicada a los cristianos que morían por su fe. Fue decapitado fuera de las puertas de la ciudad, en la vía de Ostia, donde existe una pirámide de aquella época, único testigo de la muerte de Pablo. Sus hermanos en la fe tomaron el cadáver que se supone fue sepultado en las catacumbas. Así murió Pablo, apóstol no sin dejar un precioso tesoro de miles de almas ganadas alrededor del mundo y sus maravillosos escritos inspirados por el mismo Espíritu Santo que hoy tenemos en nuestra vida.

LA PERSECUCIÓN BAJO NERÓN


“Más ni con los remedios humanos ni con las larguezas del príncipe o con los cultos expiatorios perdía fuerza la creencia infamante de que el incendio había sido ordenado. En consecuencia, para acabar con los rumores, Nerón presentó como culpables y sometió a los más rebuscados tormentos a los que el vulgo llamaba cristianos”.
Tácito

neron
Busto del emperador Nerón
                  Nerón llegó al poder en octubre del año 54, gracias a las intrigas de su madre Agripina, quien no vaciló ante el asesinato en sus esfuerzos por asegurar la sucesión del trono en favor de su hijo. Al principio, Nerón no cometió los crímenes por los que después se hizo famoso. Aún más, varias de las leyes de los primeros años de su gobierno fueron de beneficio para los pobres y los desposeídos. Pero poco a poco el joven emperador se dejó llevar por sus propios afanes de grandeza y placer, y por una corte que se desvivía por satisfacer sus más mínimos caprichos. Diez años después de haber llegado al trono ya Nerón era despreciado por buena parte del pueblo, y también por los poetas y literatos, a cuyo número Nerón pretendía pertenecer sin tener los dones necesarios para ello. Era un desgraciado embriagado de su propia vanagloria, consagrado a buscar los aplausos de una multitud de aduladores. Formó la compañía llamada de los "caballeros de Augusto'' cuya misión era la de seguir al loco emperador a todos sus actos de exhibición, y aplaudir cualquier travesura que imaginase. Roma vio a su emperador ocupado en la tarea de conducir carros en el circo; cantar y declamar en las tribunas, y disputarse los premios musicales. Cuantos se oponían a su voluntad, o bien morían misteriosamente, o bien recibían órdenes de quitarse la vida. Cuando la esposa de uno de sus amigos le gustó, sencillamente hizo enviar a su amigo a Portugal, y tomó la mujer para sí. Todos estos hechos —y muchos rumores— corrían de boca en boca, y hacían que el pueblo siempre esperara lo peor de su soberano. Pero Nerón tenía también gusto artístico, y aspiraba a transformar la ciudad. Sus planes eran tan vastos que todo lo que había le estorbaba. Quería hacer una ciudad nueva que marcase una nueva época en la historia, y que llevase su nombre: Nerópolis. Para llevar a Roma la idea que ardía en su candente imaginación, tenía que hacer desaparecer templos que eran mirados como sagrados, y palacios históricos que jamás Roma hubiera permitido  tocar.   ¿Cómo  hacer   desaparecer   esos   obstáculos? Nerón concibió la tremenda idea de incendiar la ciudad. Un voraz incendio, que se manifestó simultáneamente en muchas partes de la ciudad, convirtió a Roma en una inmensa hoguera, el 19 de julio del año 64. Las llamas, devorando todo lo que encontraban, subían las colinas y descendían a los valles. El fuego seguía su marcha atravesando la ciudad en todas direcciones, y durante seis días y siete noches caían miles de edificios que quedaban reducidos a escombros. Los montones de ruinas detuvieron el fuego, pero volvió a reanimarse y prosiguió tres días más. Los muertos y contusos eran numerosísimos. Nerón, que se había ausentado para alejar las sospechas que caerían sobre él, regresó a tiempo para ver el incendio. Se dijo que desde las alturas de una torre, y vestido con traje teatral contempló el espectáculo, y cantó con la lira una antigua elegía. Si esto es leyenda, tiene el mérito de pintar el carácter diabólico de este hombre siniestro. Después del incendio los romanos estaban disgustados al ver que todo estaba destruido, todos sabían que Nerón era el culpable de todo, y entonces Nerón pensó entonces en hacer caer sobre otros la culpa. Necesitaba víctimas, y su mente diabólica pensó en los cristianos. El público estaba predispuesto a cualquier acto hostil a la iglesia, de modo que Nerón sólo tuvo que encender la mecha para que estallara la bomba bien repleta de odio a los cristianos. ¿No habían visto a los cristianos mirar con indiferencia los monumentos del paganismo? ¿No decían éstos que todo estaba corrompido y que todo sería destruido por fuego? El pueblo desencadenó su furia contra los mansos y humildes discípulos del Salvador. Nunca se conocerá el número de víctimas que perecieron en esta persecución. Actos de la más brutal crueldad se llevaron a cabo con hombres y mujeres. Tácito, el historiador romano, ha descrito en sus memorias el salvajismo y crueldad que deleitaron a la población. Los cristianos eran envueltos en pieles de animales y arrojados a los perros para ser comidos por éstos; muchos fueron crucificados; otros arrojados a las fieras en el anfiteatro, para apagar la sed de sangre de cincuenta mil espectadores; y para satisfacer las locuras del emperador se alumbraron los jardines de su mansión con los cuerpos de los cristianos que eran atados a los postes revestidos de materiales combustibles, para encenderlos cuando se paseaba Nerón en su carro triunfal entre estas antorchas humanas, y la multitud delirante que presenciaba y aplaudía aquellas atrocidades.

               Aunque al principio se acusó a los cristianos de incendiarios, todo parece indicar que pronto se comenzó a perseguirles por el mismo hecho de ser cristianos, y por todas las supuestas abominaciones que iban unidas a ese nombre. El propio Nerón debe haberse percatado de que el pueblo sabía que se perseguía a los cristianos no por el incendio, sino por otras razones.  Tácito también nos dice que en fin de cuentas “no se les condenó tanto por el incendio como por su odio a la raza humana”. En vista de todo esto, y a fin de justificar su conducta, Nerón promulgó contra los cristianos un edicto que desafortunadamente no ha llegado a nuestros días. Probablemente los planes de Nerón incluían extender la persecución a las provincias, si no para destruir el cristianismo en ellas, al menos para lograr nuevas fuentes de víctimas para sus espectáculos. Pero en el año 68 buena parte del imperio se rebeló contra el tirano, y el senado romano lo depuso. Prófugo y sin tener a dónde ir, Nerón se suicidó. A su muerte, muchas de sus leyes fueron abolidas. Pero su edicto contra los cristianos siguió en pie. Esto quería decir que, mientras nadie se ocupara de perseguirles, los cristianos podían vivir en paz; pero tan pronto como algún emperador u otro funcionario decidiera desatar la persecución podía siempre apelar a la ley promulgada por Nerón.

LA DESTRUCCIÓN DE JERUSALÉN


“No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada…”
Lucas 21:6

                     Cuando Félix era gobernador de Judea, hubo una disputa entre judíos y sirios acerca de la ciudad de Cesárea. Ambos partidos pretendían que les pertenecía. De las palabras pasaron a los hechos, tomando las armas unos contra otros. Félix puso fin a la contienda mandando a Roma delegados de ambos partidos para someter el caso al emperador. Este falló en favor de los sirios, y cuando, el año 67, la noticia llegó a Judea, estalló inmediatamente la rebelión. Sirios, judíos y romanos se mezclaron en la sangrienta revuelta, que asumió bien pronto un carácter alarmante. Las aldeas eran teatro de escenas horribles. El mar de Galilea, donde Jesús había predicado sobre el reino de los cielos, estaba teñido de sangre y cubierto de cadáveres flotantes. Una gran victoria de los judíos sobre las tropas romanas, mandadas por Cestio, dio impulsos a la rebelión, que se generalizó en todo el país. Los hombres sensatos veían que todo aquello era un esfuerzo estéril, porque tarde o temprano tenían que sucumbir bajo los dardos de los romanos; pero ya por patriotismo, ya por el impulso de las circunstancias, no pudieron hacer otra cosa sino tomar parte en la guerra. Uno de éstos fue el célebre Josefo, quien tan grandes servicios prestaría a la historia, y a quien le fue confiado el comando de las fuerzas que actuaron en Galilea. La noticia del levantamiento de Judea llegó a Roma cuando el loco emperador Nerón estaba ocupado en los preparativos de un viaje a Grecia donde, seguido de un gran séquito de aduladores, iba a lucir sus dotes de artista, disputándose todos los premios ofrecidos en los concursos. Con gran acierto confió al viejo militar Vespasiano el mando de las legiones que tenían que ir a subyugar a Judea. Vespasiano mandó a su hijo Tito hasta Alejandría para reunir las fuerzas que había en aquella región, y él, cruzando el Helesponto o Dardanelos, siguió por tierra a Siria. Juntando las fuerzas de Tito, de Antonio, de Agripa y de Soheme, y cinco mil hombres más mandados por los árabes, Vespasiano emprendió la reconquista al frente de unos 60, 000 hombres.


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Destrucción de Jerusalen 

Empezó la guerra en Galilea, donde Josefo oponía una heroica y bien estudiada resistencia. La lucha fue ardua pero Josefo tuvo que ceder el terreno a los vencedores, huyendo a una caverna en la que pasó un tiempo escondido con unos cuarenta hombres que le siguieron. Como Vespasiano le ofreciese toda clase de seguridades concluyó por entregarse, y desde entonces aparece siempre al lado de los Flavios Vespasianos, tanto en el sitio de Jerusalén, como después de pacificado el país, en honor de los cuales Josefo añadió a su nombre el de Flavio. Desde el punto de vista patriótico ha sido muy censurada la conducta de Josefo, pero uno no puede menos de ver la mano de Dios obrando para que este ilustrado judío fuese testigo ocular de la guerra que daría un fiel cumplimiento a las palabras proféticas de Jesucristo acerca de Jerusalén y del pueblo elegido. Mientras los ejércitos dominaban el país, la guerra civil se había declarado en Jerusalén. Tres partidos se disputaban el poder. Se vivía bajo el régimen del terror. La aristocracia había sido derrocada, y un populacho salvaje, encabezado por un tal Juan de Giscala, encuartelado en el templo, dominaba la ciudad. En otro distrito de la ciudad mandaba un tal Simón. El sumo sacerdote, los principales escribas y fariseos, y todos los grandes aristócratas de Jerusalén fueron muertos, y sus cadáveres arrastrados por las calles y arrojadas fuera del muro. Grande fue la impresión de la población cuando vio la suerte que tocó a estos orgullosos señores, a quienes habían visto revestidos de espléndidos trajes, y a quienes ahora veían tendidos desnudos por las calles. Muchos de ellos eran los mismos que habían condenado a Cristo, a Esteban y a Jacobo.

Aquello era la abominación predicha por el profeta Daniel. Los cristianos se acordaron de las palabras del Maestro: “Entonces los que estén en Judea, huyan a los montes”, (Mateo 24:16.) los cristianos de Jerusalén lograron huir a Pella, una ciudad de la región montañosa de Perea, donde pudieron permanecer libres de los males que azotaban a Jerusalén. La huida tuvo lugar en el año 68. La iglesia vivió sostenida casi milagrosamente, y continuó su obra en toda la región transjordánica. En este tiempo Vespasiano fue proclamado emperador y, teniendo que volver a Roma, dejó a cargo de su hijo Tito la terminación de la guerra. Los romanos avanzaron y de pronto Jerusalén se vio sitiada por las fuerzas de Tito. Jesús había predicho la ruina de la ciudad cuando lloró sobre ella (Lucas 19:42-44). Josefo nos ha dejado un minucioso relato del sitio y destrucción de Jerusalén, y es admirable la semejanza que existe entre la profecía de Cristo y los hechos narrados por este historiador.  Como el sitio se prolongaba, las provisiones empezaron a escasear. Los soldados rebuscaban todos los rincones de las casas, quitando a las familias los víveres de que disponían “Les hacían sufrir tormentos inauditos —dice Josefo— para hacerles confesar donde tenían escondido un pan o un puñado de harina. A los pobres les quitaban los yuyos que con peligro de sus vidas juntaban durante la noche, sin escuchar los ruegos que les hacían, en nombre de Dios, para que les dejasen siquiera una pequeña parte, y creían que les hacían una gran merced con no matarlos después de robarles”. Sobre los sufrimientos dentro de la ciudad, bajo el terror implantado por Juan de Giscala y Simón, dice el citado historiador: “Sería entrar en una tarea imposible detallar particularmente todas las crueldades de esos impíos. Me contento con decir que no creo que desde el comienzo de la creación del mundo se haya visto a una ciudad sufrir tanto, ni otros hombres en los cuales la malicia fuese tan fecunda en toda clase de maldades”.  Estas palabras de Josefo hacen recordar el anuncio profético de Cristo: “Porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá”, (Mateo 24:21). Muchos trataban de salir de la ciudad en busca de víveres, y caían en poder de los sitiadores. Como era difícil guardarlos a causa del gran número, los crucificaban frente a los muros de la ciudad, con el fin de atemorizar a los de adentro. No pasaba día sin que tomasen quinientos y aún más de entre estos que procuraban huir. Tito era un hombre tan magnánimo cómo es posible serlo en tales circunstancias, y sufría con los actos de crueldad que tenía que presenciar, y que por la ley implacable de la guerra no le era posible remediar. Los soldados romanos hacían sufrir horriblemente a los pobres que eran crucificados. “No había bastante madera para hacer cruces —dice Josefo— ni sitio donde colocarlas”. Oigamos aún a Josefo: “Los judíos, viéndose encerrados en la ciudad, desesperaron de su suerte. El hambre, cada vez peor, devoraba familias enteras. Las casas estaban llenas de cadáveres de mujeres y de niños, y las calles, de los de los ancianos. Los jóvenes iban cayéndose por las plazas públicas. Se les hubiera creído más bien espectros que personas vivas. No tenían fuerzas para enterrar sus muertos, y aunque la hubieran tenido, no habrían podido hacerlo a causa del gran número, y porque no sabían cuántos días de vida les quedaban a ellos. Otros se arrastraban hasta el lugar de la sepultura para esperar allí la muerte. Al principio se hacía enterrar los muertos por cuenta del tesoro público, para librarse de la hediondez. Pero no siendo posible continuar cumpliendo con esta tarea, los arrojaban por encima del muro a los valles. El horror que tuvo Tito al ver llenos estos valles, cuando rodeaba la plaza, y la putrefacción que salía de tantos cadáveres le hizo lanzar un profundo suspiro: levantó las manos al cielo y llamó a Dios por testigo de que no era él el causante de aquello” Josefo, desde el muro, hablaba a los sitiados para persuadirlos de que era inútil continuar la resistencia, pero era desoído. Tito quería evitar escenas desgarradoras, pero la tenacidad de los sitiados hacía imposible todo arreglo. Los que podían huir de la ciudad tragaban monedas de oro para encontrarse con algún dinero cuando éste fuese de utilidad. Los soldados llegaron a saberlo y entonces comenzaron a abrir el vientre de todos los que caían en su poder para apoderarse de aquel dinero. Los árabes y los sirios fueron los que más se ejercitaron en esta crueldad, fruto de la avaricia. En una sola noche más de dos mil infelices murieron de este modo. Cuando Tito tuvo conocimiento de esto, castigó severamente a los culpables. Las poderosas máquinas guerreras de los romanos lograron abrir una brecha en los muros, y los soldados avanzaron. La resistencia no pudo ser muy heroica debido al estado de debilidad en que se hallaban los combatientes judíos. Fortaleza tras fortaleza fue cediendo al empuje vigoroso de los vencedores.

Los secuaces de Juan de Giscala, atrincherados en el templo, hacían sus últimos esfuerzos. Tito había resuelto salvar el templo. No quería que esa maravilla del mundo fuese destruida. Pero un soldado arrojó una antorcha encendida y el incendio del templo se inició con rapidez. Tito, en este momento, estaba descansando en su tienda. Al saberlo corrió al templo y ordenó que se detuviese el fuego; todo fue inútil. Uno mayor que Tito había dicho: “No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada”, (Lucas 21:6).  Esto ocurría el año 70 de nuestra era. Las víctimas de esta espantosa catástrofe llegaron a 1, 100, 000, entre hombres, mujeres y niños, y si se agregan los que murieron en los combates precedentes, el número asciende a 1, 357, 000, según los cálculos de Josefo.  Otros 90, 000 fueron vendidos como esclavos.  Así terminó Jerusalén. Cuarenta años antes, frente al palacio de Pilato, al pedir la muerte de Jesús, sus habitantes habían clamado: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos”,  (Mateo 27:25) ¡Jamás juramento alguna tuvo un cumplimiento tan evidente!

LOS MÁRTIRES DE LA IGLESIA APOSTÓLICA


“De cierto, de cierto te digo: Cuando eras más joven, te ceñías, e ibas a donde querías; más cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras. Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: Sígueme”.
Juan 21.18-19

                 La iglesia apostólica llego a experimentar un rápido crecimiento en Jerusalén, figuras como Pedro, Juan y Santiago el hermano de Jesús figuraron entre sus primeros líderes. La actividad misionera alcanzo miles de almas en Samaria y hasta lo último de mundo. Pablo jugo un papel muy importante en esto, pero al igual que él, hubo otros que fueron a las partes de Egipto, África y la India donde también el mensaje se difundió diseminando el cristianismo en estas regiones. A continuación presentamos una pequeña descripción de la obra y muerte de los héroes de la fe que se destacaron en este importante periodo.

Jacobo el hermano de Juan

“En aquel mismo tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la iglesia para maltratarles. Y mató a espada a Jacobo, hermano de Juan”.
Hechos 12:1-2

Después de Esteban, el siguiente mártir que encontramos en el relato de Hechos de los Apóstoles es Jacobo hijo de Zebedeo, hermano mayor de Juan. No fue hasta diez años después de la muerte de Esteban que tuvo lugar este segundo martirio. Ocurrió que tan pronto como Herodes Agripa I fue designado gobernador de Judea el cual queriendo ganar el favor de los dirigentes judíos desato una persecución terrible contra los líderes de la iglesia que termina con el encarcelamiento de Pedro y la muerte de Jacobo. El escritor antiguo Clemente de Alejandría nos dice que cuando Jacobo estaba siendo conducido al lugar de su martirio, su acusador fue llevado al arrepentimiento, cayendo a sus pies para pedirle perdón, profesándose cristiano, y decidiendo que Jacobo no iba a recibir solo la corona del martirio. Por ello, ambos fueron decapitados juntos. Así recibió resuelto y bien dispuesto el primer mártir apostólico aquella copa, que él le había dicho a nuestro Salvador que estaba dispuesto a beber. Estos acontecimientos tuvieron lugar alrededor del 44 d.C.

Felipe

De acuerdo al relato bíblico fue de los primeros discípulos de Jesús y nació en Betsaida de Galilea: “El siguiente día quiso Jesús ir a Galilea, y halló a Felipe, y le dijo: Sígueme. Y Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y Pedro”, (Juan 1:43-44). De acuerdo a la tradición trabajó diligentemente en Asia Superior, y sufrió el martirio en Heliópolis, Frigia. Fue azotado, echado en la cárcel, y después crucificado, en el 54 d.C.

Mateo

Su profesión era recaudador de impuestos, había nacido en Nazaret y se conoció también con el nombre de Leví: “Después de estas cosas salió, y vio a un publicano llamado Leví, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme”, (Lucas 5:27). Escribió su evangelio en hebreo, que fue después traducido al griego por Jacobo el Menor. Los escenarios de sus labores fueron Partia y Etiopía, país en el que sufrió el martirio, siendo muerto con una alabarda en la ciudad de Nadaba en el año 60 d.C.

Jacobo (Santiago, hermano de Jesús)

No hay que confundirlo con ninguno de los dos apóstoles de este nombre: Jacobo hijo de Zebedeo, ni Jacobo hijo de Alfeo (Mateo 10:2-3). Se trata de Jacobo el hermano del Señor: “pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo el hermano del Señor”, (Gálatas 1:19) autor de la Epístola de Santiago. Santiago es considerado el más prominente de todos los Santiagos (Jacobos) que se mencionan en el Nuevo Testamento, medio hermano de Jesús y líder del Concilio de Jerusalén. En cuanto a su nombre en sí, nuestra forma Santiago es un derivado medieval del latín Sant Iacobs, que literalmente significa San Jacobo, lo cual significa que ambos nombres identifican a la misma persona. Jacobo, el hermano del Señor, no figura entre los discípulos sino después de la resurrección de Cristo. Es probable que haya sido uno de los hermanos de Jesús que no querían creer en la misión mesiánica de Jesús (Juan 7:5);  pero que vencido por la realidad de la resurrección (13 Corintios 15:7) no pudo menos que convertirse y entrar a actuar con los discípulos. Pronto ocupa un lugar prominente entre los hermanos y los apóstoles. Su nombre es mencionado por Pedro al salir de la cárcel: “Haced saber esto a Jacobo y a los hermanos”, (Hechos 12:17.) Pablo, al hablar de las columnas de la iglesia de Jerusalén, lo nombra antes que a Pedro y Juan (Gálatas 2:9). En el concilio de Jerusalén (Hechos 15) también toma parte activa, y muchos suponen que fue el que presidió la reunión. Cuando Pablo fue a Jerusalén por última vez (Hechos 21:18) fue a visitar a Jacobo, y los ancianos de la iglesia se reunieron en su casa.

Según atestiguan muchos escritores de los primeros siglos, Jacobo (o Santiago) llevaba una vida completamente ascética, lo que le daba acceso a los judíos no convertidos. Se privaba de todo lo que constituye algún placer o comodidad, y su fama de hombre santo era popular en la ciudad donde era conocido bajo el sobrenombre de Justo. Nunca renunció al rigorismo de la ley mosaica de la cual no se consideraba completamente desligado aunque había abrazado la fe cristiana. La epístola por él escrita confirma estos testimonios sobre su carácter austero. Acerca de su muerte, se sabe que sufrió el martirio, siendo lapidado cerca del Templo. Josefo hace sobre su muerte el siguiente relato en su libro Antigüedades: “Anano (o Hanán), que tomó el cargo de sumo sacerdote, era un hombre audaz, altanero y muy insolente. Era de la secta de los saduceos, quienes sobrepasan a todos los judíos en la manera cruel con que tratan a los culpables. Pensó que era el momento oportuno para ejercer su autoridad. Festo había muerto, y Albino, que había sido enviado a Judea para sucederle, estaba en viaje. Así que él reunió el Sanedrín e hizo comparecer al hermano de Jesús, llamado Cristo, cuyo nombre era Jacobo, y a varios otros de sus compañeros, y habiendo formulado una acusación contra ellos como quebrantadores de la ley, los entregó para ser apedreados”. Se dice que murió a la edad de noventa y seis años. Renán hablando de su muerte dice: “La muerte de este santo personaje hizo el peor efecto en la ciudad. Los devotos fariseos, los estrictos observadores de la ley, sintiéndose muy descontentos. Jacobo era universalmente estimado; se le tenía por uno de los hombres cuyas plegarias eran de suma eficacia... Casi todo el mundo estuvo de acuerdo en pedir a Herodes Agripa II que pusiera límites a la audacia del sumo sacerdote. Albino tuvo conocimiento del atentado de Anano, cuando ya había salido de Alejandría con dirección a Judea, escribió a Anano una carta amenazadora; después lo destituyó. Por consiguiente Anano fue sumo sacerdote sólo tres meses”.

Matías

De él se sabe menos que de la mayoría de los discípulos; fue escogido para llenar la vacante dejada por Judas Iscariote. Fue apedreado en Jerusalén y luego decapitado.

Andrés

Hermano de Pedro, predicó el evangelio a muchas naciones de Asia; pero al llegar a Edesa fue prendido y crucificado en una cruz cuyos extremos fueron fijados transversalmente en el suelo. De ahí el origen del término de Cruz de San Andrés.

Marcos

Nació de padres judíos de la tribu de Leví. Se supone que fue convertido al cristianismo por Pedro, a quien sirvió como amanuense, y bajo cuyo cuidado escribió su Evangelio en griego. Marcos fue arrastrado y despedazado por el populacho de Alejandría, en la gran solemnidad de su ídolo Serapis, acabando su vida en sus implacables manos.

Pedro

Muy poco se sabe sobre los últimos días de este noble apóstol que desempeñó una parte tan importante entre los doce, y que tan gloriosamente actuó en los primeros días de la iglesia de Jerusalén. Si recordamos que a él le fue encomendada la predicación del evangelio a los judíos, no está fuera de lugar suponer que se dedicó a viajar para llevar el divino mensaje a los israelitas esparcidos por todo el mundo. Descartada como leyenda la infundada tradición de los veinticinco años de residencia en Roma, surge la pregunta: ¿qué hizo Pedro, y dónde estuvo todo el tiempo que transcurre entre los últimos datos que de él tenemos en el libro de los Hechos, y su muerte? La mejor respuesta a esa pregunta la tenemos en su Primera Epístola. En el último capítulo leemos la siguiente salutación: “La iglesia que está en Babilonia, elegida juntamente con vosotros, y Marcos mi hijo, os saludan”, (1 Pedro 5:13). De ahí se desprende que Pedro se hallaba en la Mesopotamia, donde residían numerosos israelitas, a los cuales seguramente él estaba evangelizando, sin dejar por eso de hacer la misma cosa entre los gentiles de esa región. Los romanistas, en su desesperación por demostrar que Pedro estaba en Roma, dan al nombre de Babilonia un sentido simbólico, sosteniendo que significa Roma. En el Apocalipsis es evidente que Babilonia es el nombre con que se designa la ciudad de los Césares, pero es del todo contrario a una sana regla de interpretación, querer ver símbolos en unas sencillas palabras de salutación fraternal. En la misma Epístola vemos también que ésta fue dirigida a los expatriados de la dispersión: “Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia”, (1 Pedro 1:1). Como no es lógico suponer que se dirija una carta de esta índole a personas o agrupaciones desconocidas, es también lógico admitir que Pedro haya trabajado en esas regiones durante el período que nos ocupa.

Tocante a su muerte, todo conduce a suponer que murió crucificado. Una prueba de esto la tenemos en el evangelio según San Juan. Ahí leemos estas palabras que el Señor dirigió a Pedro: “De cierto, de cierto te digo: Cuando eras más joven, te ceñías, e ibas a donde querías; mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras. Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: Sígueme”, (Juan 21.18-19). El testimonio de varios autores de los tiempos primitivos: Tertuliano, Orígenes, Eusebio, agrega más pruebas a la creencia que prevalecía, en los primeros siglos, de que Pedro murió crucificado, y era también admitido que por pedido suyo pidió ser crucificado cabeza abajo por considerarse indigno de sufrir la misma muerte de su Maestro.

Pablo

También el apóstol Pablo, que antes se llamaba Saulo, tras su enorme trabajo y obra indescriptible para promover el Evangelio de Cristo, sufrió también bajo esta primera persecución bajo Nerón. Dice Abdías que cuando se dispuso su ejecución, que Nerón envió a dos de sus caballeros, Ferega y Partemio, para que le dieran la noticia de que iba a ser muerto. Al llegar a Pablo, que estaba instruyendo al pueblo, le pidieron que orara por ellos, para que ellos creyeran.  Él les dijo que poco después ellos creerían y serían bautizados delante de su sepulcro. Hecho esto, los soldados llegaron y lo sacaron de la ciudad al lugar de las ejecuciones, donde, después de haber orado, dio su cuello a la espada.

Judas

Hermano de Jacobo el menor, era comúnmente llamado Tadeo. Fue crucificado en Edesa el 72 d.C.

Bartolomé

Predicó en varios países, y habiendo traducido el Evangelio de Mateo lenguaje de la India, lo propagó en aquel país. Finalmente fue cruelmente azotado y luego crucificado por los agitados idólatras.

Tomás

Llamado Dídimo, predicó el Evangelio en Partia y la India, donde al provocar a los sacerdotes paganos a ira, sufrio el martirio al ser atravesado con una lanza.

Lucas

El evangelista, fue autor del Evangelio que lleva su nombre. Viajó con por varios países, y se supone que fue colgado de un olivo por los idolátricos sacerdotes de Grecia.

Simón de cananista

De sobrenombre Zelote, predicó el Evangelio en Mauritania, África, incluso en Gran Bretaña, país en el que fue crucificado en el 74 d.C.

Juan

El «discípulo amado» era hermano de Jacobo el Mayor. Las iglesias Esmirna, Pérgamo, Sardis, Filadelfia, Laodicea y Tiatira fueron fundadas por él. Fue enviado de Éfeso a Roma, donde se afirma que fue echado en un caldo de aceite hirviendo. Escapó milagrosamente, sin daño alguno. Domiciano desterró posteriormente a la isla de Patmos, donde escribió el Libro de Apocalipsis. Nerva, el sucesor de Domiciano, lo liberó. Fue el único apóstol que escapó del martirio y tuvo una muerte natural alrededor del 100 d.C.

Bernabé

Era de Chipre, pero de ascendencia judía. Se supone que su muerte tu lugar alrededor del 73 d.C. 


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