La Iglesia Primitiva


“No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida”.
Apocalipsis 2:10

Ignacio
Martirio de San Ignacio de Antioquia
“Estoy empezando a ser discípulo... El fuego y la cruz, muchedumbres de fieras, huesos quebrados... todo he de aceptarlo, con tal que yo alcance a Jesucristo”.
San Ignacio de Antioquía

INTRODUCCIÓN


                  Se conoce como la Iglesia Primitiva al periodo comprendido entre el año 100 d.C. hasta que Constantino le puso fin a las persecuciones con el edicto de Milán en el año 313 d.C. Este periodo de 200 años le proporciona a los estudiosos bíblicos una clara comprensión de la formación final de la iglesia cristiana la cual marco la pauta para su final formación teológica y eclesiástica, influencia que sobrevive hasta el día de hoy. Después de la muerte de Nerón, Vespasiano ascendió al trono y posteriormente su hijo Tito. Durante su reinado la iglesia gozo de relativa tranquilidad lo cual le permitió su rápido e increíble crecimiento. Tanto en Samaria, las regiones de Mesopotamia, Grecia, Roma, España, Persia, Arabia, Egipto, Media, Francia, Inglaterra, Alemania, África, la India y muchas otras naciones alrededor del mundo contaban ya con comunidades cristianas, su crecimiento era tan increíble que el mundo pagano se asombraba de ello. Justino Mártir comento al respecto de este crecimiento: “No hay una sola raza de hombres, ya sean bárbaros o griegos, o de cualquier otro nombre, nómades errantes o pastores viviendo en tiendas, entre los cuales no se hagan oraciones y acciones de gracias en el nombre del crucificado Jesús”. En un pasaje de Ireneo, escrito más o menos en la misma época que el que acabamos de citar, se habla de iglesias en Alemania, Francia, España, Egipto, Libia, y otras regiones; y un comentario de Tertuliano de finales del segundo siglo nos da la idea del tipo de crecimiento que la iglesia había experimentado: “Somos solamente de ayer, y hemos llenado todo lugar entre vosotros; ciudades, islas, fortalezas, pueblos, mercados, campos, tribus, compañías, senado, foro; no os hemos dejado sino los templos de vuestros dioses. Si los cristianos se retirasen de las comunidades paganas vosotros (los paganos) quedaríais horrorizados de la soledad en que os encontraríais, en un silencio y estupor como el de un mundo muerto”

LAS 10 PERSECUCIONES DEL IMPERIO ROMANO


“La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”.
Tertuliano

                  Sin embargo, este crecimiento acelerado no fue bien visto por todos los habitantes del mundo antiguo. Debido a su poderosa influencia, el cristianismo hacia que las personas se alejaran de los templos paganos, la idolatría y sus festividades, esto fue visto como una amenaza a sus tradiciones. Con el tiempo los cristianos tendrían serios problemas con el Estado al no reconocer la divinidad del emperador. Todo esto comenzó a  preparar el camino para una nueva persecución que tendría como fin erradicar el cristianismo del imperio romano. Fue con la ascensión de Domiciano al trono que las persecuciones en contra de la iglesia comenzó a arreciar, de hecho, existe una carta escrita por Plinio al emperador Trajano donde le consulta si su actuar es el correcto en cuanto al castigo que le proporcionaba  a los cristianos, dicho documento es una preciosa fuente de origen pagano que da testimonio de esto. Veamos el contenido de esta carta:

“Es mi costumbre, señor, someter a vos todo asunto acerca del cual tengo alguna duda. ¿Quién, en verdad, puede dirigir mis escrúpulos o instruir mi ignorancia? Nunca me he hallado presente al juicio de cristianos, y por eso no sé por qué razones, o hasta qué punto se acostumbra comúnmente castigarlos, y hacer indagaciones. Mis dudas no han sido pocas, sobre si se debe hacer distinción de edades, o si se debe proceder igualmente con los jóvenes como con los ancianos, si se debe perdonar a los arrepentidos, o si uno que ha sido cristiano debe obtener alguna ventaja por haber dejado de serlo, si el hombre en sí mismo, sin otro delito, o si los delitos necesarios ligados al nombre deben ser causa de castigo. Mientras, en los casos de aquellos que han sido traídos ante mí en calidad de cristianos, mi conducta ha sido ésta: Les he preguntado si eran o no cristianos. A los que profesaban serlo, les hice la pregunta dos o tres veces, amenazándoles con la pena suprema. A los que insistieron, ordené que fuesen ejecutados. Porque, en verdad, no pude dudar, cualquiera que fuese la naturaleza de lo que ellos profesan, que su pertinacia a todo trance y obstinación inflexible, debían ser castigadas. Hubo otros que tenían idéntica locura, respecto a quienes, por ser ciudadanos romanos, escribí que tenían que ser enviados a Roma para ser juzgados. Como a menudo sucede, la misma tramitación de este asunto, aumentó pronto el área de las acusaciones, y ocurrieron otros casos más. Recibimos un anónimo conteniendo los nombres de muchas personas. A los que negaron ser o haber sido cristianos, habiendo invocado a los dioses, y habiendo ofrecido vino e incienso ante vuestra estatua, la que para este fin había hecho traer junto con las imágenes de los dioses, además, habiendo ultrajado a Cristo, cosas a ninguna de las cuales se dice, es posible forzar a que hagan los que son real y verdaderamente cristianos, a éstos me pareció propio poner en libertad. Otros de los nombrados por el delator admitieron que eran cristianos, y pronto después lo negaron, añadiendo que habían sido cristianos, pero que habían dejado de serlo, algunos tres años, otros muchos años, algunos de ellos más de veinte años, antes. Todos éstos no sólo adoraron vuestra Imagen y efigies de los dioses, sino que también ultrajaron a Cristo. Afirmaron, sin embargo, que todo su delito o extravío había consistido en esto: habían tenido la costumbre de reunirse en un día determinado, antes de la salida del sol, y dirigir, por turno, una forma de invocación a Cristo, como a un dios; también hacían pacto juramentado, no con propósitos malos, sino con el de no cometer hurtos o robos, ni adulterio, ni mentir, ni negar un depósito que les hubiera sido confiado. Terminadas estas ceremonias se separaban para volver a reunirse con el fin de tomar alimentos —alimentos comunes y de calidad inocente. Sin embargo cesaron de hacer esto después de mi edicto, en el cual, siguiendo vuestras órdenes, he prohibido la existencia de fraternidades. Esto me hizo pensar que era de suma necesidad inquirir, aun por medio de la tortura, de dos jóvenes llamadas diaconisas, lo que había de cierto. No pude descubrir otra cosa sino una mala y extravagante superstición: por consiguiente, habiendo suspendido mis investigaciones, he recurrido a vuestros consejos. En verdad, el asunto me ha parecido digno de consulta, sobre todo a causa del número de personas comprometidas. Porque, muchos de toda edad y de todo rango, y de ambos sexos, se encuentran y se encontrarán en peligro. No sólo las ciudades están contagiadas de esta superstición, sino también las aldeas y el campo; pero parece posible detenerla y curarla. En verdad, es suficiente claro que los templos, que estaban casi enteramente desiertos, han empezado a ser frecuentados, y los ritos religiosos de costumbre, que fueron interrumpidos empiezan a efectuarse de nuevo, y la carne de los animales sacrificados encuentra venta, para la cual hasta ahora se podía hallar muy pocos compradores. De todo esto es fácil formarse una idea sobre el gran número de personas que se pueden reformar, si se les da lugar a arrepentimiento”.


                Por tanto, a partir de Domiciano podemos contar al menos diez persecuciones terribles dirigidas por los peores emperadores tiranos que se dedicaron a perseguir a los cristianos, sin embargo, la iglesia, lejos de desaparecer se fortalecía y crecía en medio de la tribulación: “Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás; pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas mi testigo fiel fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás”, (Apocalipsis 2:13). Muchos ven en el mensaje de Apocalipsis a la iglesia de Esmirna un paralelo profético en este periodo, ya que aquí veremos una iglesia pobre, fiel aun en medio de las peores torturas, y algunos creen que esos diez días en los cuales tendrían tribulación, se refiere a esas diez persecuciones sangrientas que vivieron en este periodo: “No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida”, (Apocalipsis 2:10). Veamos estas diez persecuciones tal y como las describe John Fox en su libro Los Mártires.

Primera persecución, bajo Domiciano, el 81 d.C.


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Juan es desterrado a Patmos por el emperador Domiciano

El emperador Domiciano, de natural inclinado a la crueldad, dio muerte primero a su hermano, y luego suscitó la segunda persecución contra los cristianos. En su furor dio muerte a algunos senadores romanos, a algunos por malicia, y a otros para confiscar sus fincas. Luego mandó que todos los pertenecientes al linaje de David fueran ejecutados. Entre los numerosos mártires que sufrieron durante esta persecución estaban Simeón, obispo de Jerusalén, que fue crucificado, y el apóstol Juan, fue desterrado a la isla Patmos. Flavia, hija de un senador romano, fue asimismo desterrada al Ponto; y se dictó una ley diciendo: “Que ningún cristiano, una vez traído ante un tribunal, quede exento de castigo sin que renuncie a su religión”. Durante este reinado se redactaron varias historias inventadas, con el fin de dañar a los cristianos. Tal era el apasionamiento de los paganos que si cualquier hambre, epidemia o terremotos asolaban cualquiera de las provincias romanas, se achacaba a los cristianos. Estas persecuciones contra los cristianos aumentaron el número de informadores, y muchos, movidos por la codicia, testificaron en falso contra las vidas de los inocentes. Otra dificultad fue que cuando cualquier cristiano era llevado ante los tribunales, se les sometía a un juramento de prueba, y si rehusaban tomarlo, se les sentenciaba a muerte, mientras que si se confesaban cristianos, la sentencia era la misma.

Entre los mártires más destacado de este periodo tenemos: Dionisio, el areopaguita, era ateniense de nacimiento, y fue instruido en toda la literatura útil y estética de Grecia. Viajó luego a Egipto para estudiar astronomía, e hizo observaciones muy precisas del gran eclipse sobrenatural que tuvo lugar en el tiempo de la crucifixión de nuestro Salvador. La santidad de su forma de vivir y la pureza de sus maneras le recomendaron de tal manera ante los cristianos en general que fue designado obispo de Atenas. Nicodemo, un benevolente cristiano de alguna distinción, sufrió en Roma durante el furor de la persecución de Domiciano. Protasio y Gervasio fueron martirizados en Milán. Timoteo, el célebre discípulo de San Pablo, fue obispo de Éfeso, donde gobernó celosamente la Iglesia hasta el 97 d.C. En este tiempo, cuando los paganos estaban para celebrar una fiesta llamada Catagogión, Timoteo, enfrentándose a la procesión, los reprendió severamente por su ridícula idolatría, lo que exasperó de tal manera al pueblo que cayeron sobre el con palos, y lo golpearon de manera tan terrible que expiró dos días después por efecto de los golpes.

Segunda persecución, bajo Trajano, 108 d.C.


Entre los mártires de esta persecución se encuentra el ilustre Ignacio, obispo de Antioquia de Siria, el cual fue el sucesor del apóstol Pedro. Durante cuarenta años actuó como pastor de la floreciente iglesia de Antioquia, en la cual era estimado por sus virtudes y preciosos dones espirituales. En la tercera persecución general que tuvo lugar bajo Trajano, fue prendido en Antioquia, y el año 110 conducido a Roma para sufrir el martirio en el anfiteatro. En una de sus homilías Crisóstomo comenta acerca de su martirio: “Una guerra cruel se había encendido contra las iglesias, y como si la tierra estuviese dominada por una atroz tiranía, los fieles eran tomados en las plazas públicas, sin que tuvieran otro crimen que reprocharles que el de haber abandonado el error para entrar en las veredas de la piedad, de haber renunciado a las supersticiones de los demonios, de reconocer al Dios verdadero, y adorar a su Hijo Unigénito, La religión que profesaban esos ardientes partidarios, les hacía merecedores de coronas, aplausos y honores; y sin embargo, era por causa de la religión que los castigaban, que les hacían sufrir mil formas de suplicio a los que habían abrazado la fe, y mayormente a los que dirigían las iglesias; porque el demonio, lleno de astucia y malicia, creía que venciendo a los pastores le sería fácil dominar al rebaño. Pero el que confunde los designios de los malvados, quiso mostrarle que no son los hombres los que gobiernan las iglesias, sino que es él mismo que dirige a los creyentes de todo país, y permitió que los pastores fuesen entregados al suplicio, para que viese que su muerte, lejos de detener los progresos del evangelio, no hacían sino extender su reino, y mostrarle que la doctrina cristiana no procede de los hombres, sino que su fuente está en los cielos; que es Dios quien gobierna todas las iglesias del mundo, y que es imposible triunfar cuando se hace la guerra al Altísimo”.

ignacio
Martirio de Ignacio de Antioquia

                   Al ser condenado Ignacio, se resolvió que fuese llevado a Roma para morir en el circo. Fue conducido por diez soldados, a los que él llamaba diez leopardos, a causa del deleite que tenían en hacerle sufrir toda clase de crueldades. Las iglesias que había entre Antioquia y Roma, salían al encuentro del peregrino mártir, y se agrupaban en torno suyo para verlo, saludarlo y animarle. En Esmirna, tuvo el gozo de encontrarse con Policarpo. Sobre el trayecto de Antioquia a Roma, dice Crisóstomo: “Otra astucia de Satanás consistía en no hacer morir a los pastores en las iglesias donde actuaban, sino que los transportaba a un país lejano. Creía debilitarlos, privándolos de las cosas necesarias, y cansándolos en la larga ruta. Fue así como hizo con el bienaventurado Ignacio. Lo obligó a pasar de Antioquia a Roma, haciéndole ver una distancia enorme, y esperando abatir su constancia por las dificultades de un viaje largo y penoso. Pero él ignoraba que teniendo a Jesús por compañero de ese viaje, se haría más robusto, daría más pruebas de la fuerza de su alma, y confirmaría las iglesias en la fe. Las ciudades acudían de todas partes, al camino, para animar a este valiente atleta, le traían víveres en abundancia, los sostenían por medio de sus oraciones y enviándole delegados”. 

 “Y ellas mismas recibían no poca consolación viendo al mártir correr hacia la muerte con el afán de un cristiano llamado al reino de los cielos; su mismo viaje y el ardor y la serenidad de su rostro, hacían ver a todos los fieles de esas ciudades que no era a la muerte que iba sino a una vida nueva, a la posesión del reino celestial. Instruía a las ciudades que había en el camino, tanto por su mismo viaje como por los discursos; y lo que sucedió a los judíos con Pablo cuando lo cargaron de cadenas para enviarlo a Roma, creyendo enviarlo a la muerte, mientras estaban enviando un maestro a los judíos que habitaban en Roma, se cumplió de nuevo con Ignacio, y de un modo aún más notable; porque no solamente para los cristianos que habitaban en Roma, sino para todas las ciudades del trayecto, fue un maestro admirable, un maestro que les enseñaba a no hacer caso de esta vida pasajera, a no tener en cuenta para nada las cosas visibles, a no suspirar sino por los bienes futuros, a mirar los cielos, a no atemorizarse por ningún mal ni por ninguna de las penas de esta vida. Esas eran las enseñanzas que daba, y otras más, a todos los pueblos por los cuales pasaba .Era un sol que se levantaba en el Oriente y corría al Occidente, derramando más luz que el astro que nos alumbra. Este astro lanza desde arriba rayos sensibles y materias; Ignacio brillaba aquí abajo, instruyendo las almas, alumbrándolas con una luz espiritual. El sol avanza hacia las regiones del poniente, luego se oculta y deja al mundo en las tinieblas; era avanzando hacia las mismas regiones que Ignacio se levantaba, y que derramando mayor claridad, hacía mayor bien a los que estaban en la ruta. Cuando entró en Roma enseñó a esta ciudad idólatra una filosofía cristiana, y Dios quiso que allí terminase sus días, para que su muerte fuese una lección a todos los romanos”. Sobre su muerte en el inmenso Coliseo de la gran capital del Imperio, dice: “No fue condenado a morir fuera de la ciudad, ni en la prisión, ni en un lugar apartado; pero sufrió el martirio en la solemnidad de los juegos, en presencia de toda la ciudad congregada para ese espectáculo, siendo dado como presa a las bestias feroces que lanzaron contra él. Murió de esta manera, para que levantando un trofeo contra el demonio, en presencia de todos los espectadores, tuviesen envidia de tales combates, y se mostrasen llenos de admiración ante el coraje que le hacía morir sin pena, y hasta con satisfacción. Veía con alegría a las bestias feroces, no como quien tenía que morir, sino como quien estaba llamado a una vida mejor y más espiritual”. Fue también una obra muy importante la que hizo Ignacio al escribir cartas a las iglesias durante su viaje. Es en éstas que se hallan los datos principales sobre su martirio. Es lamentable que los sostenedores del papado hayan fraguado epístolas que atribuyen a Ignacio, y aun adulterado las auténticas. Uno de los problemas más controvertidos sobre la literatura cristiana del segundo siglo es el relacionado con la autenticidad de las cartas que se atribuyen a Ignacio. La crítica actualmente rechaza como apócrifas cinco de éstas y admite siete como genuinas. Entre las más ilustres palabras que quedaron grabadas en la historia, se encuentran las últimas palabras de este ilustre santo al enfrentar el martirio: “Ahora comienzo a ser un discípulo. Nada me importa de las cosas visibles o invisibles, para poder sólo ganar a Cristo. ¡Que el fuego y la cruz, que manadas de bestias salvajes, que la rotura de los huesos y el desgarramiento de todo el cuerpo, y que toda la malicia del diablo vengan sobre mí!; ¡sea así, si sólo puedo ganar a Cristo Jesús!” E incluso cuando fue sentenciado a ser echado a las fieras, tal era el ardiente deseo que tenía de padecer, que decía, cada vez que oía rugir a los leones: “Soy el trigo de Cristo; voy a ser molido con los dientes de fieras salvajes para que pueda ser hallado pan puro”.

La tercera persecución bajo Adriano.


Adriano, el sucesor de Trajano, prosiguió esta tercera persecución con tanta severidad como su sucesor. Alrededor de este tiempo fueron martirizados Alejandro, obispo de Roma, y sus dos diáconos; también Quirino y Hermes, con sus familias; Zeno, un noble romano, y alrededor de diez mil otros cristianos. Muchos fueron crucificados en el Monte Ararat, coronados de espinas, siendo traspasados con lanzas, en imitación de la pasión de Cristo. Eustaquio, un valiente comandante romano, con muchos éxitos militares, recibió la orden de parte del emperador de unirse a un sacrificio idolátrico para celebrar algunas de sus propias victorias. Pero su fe (pues era cristiano de corazón) era tanto más grande que su vanidad, que rehusó noblemente. Enfurecido por esta negativa, el desagradecido emperador olvidó los servicios de este diestro comandante, y ordenó su martirio y el de toda su familia. En el martirio de Faustines y Jovitas, que eran hermanos y ciudadanos de Brescia, tantos fueron sus padecimientos y tan grande su paciencia, que el Calocerio, un pagano, contemplándolos, quedó absorto de admiración, y exclamó, en un arrebato: “¡Grande es el Dios de los cristianos!”, por lo cual fue prendido y se le hizo sufrir pareja suerte. Muchas otras crueldades y rigores tuvieron que sufrir los cristianos, hasta que Quadratus, obispo de Atenas, hizo una erudita apología en su favor delante del emperador, que estaba entonces presente, y Arístides, un filósofo de la misma ciudad, escribió una elegante epístola, lo que llevó a Adriano a disminuir su severidad y a ceder en favor de ellos. Adriano, al morir en el 138 d.C., fue sucedido por Antonino Pío, uno de los más gentiles monarcas que detuvo las persecuciones contra los cristianos.

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Faustines y Jovitas entre las fieras

La cuarta persecución bajo Marco Aurelio Antonino, 162 d.C.


Marco Aurelio sucedió en el trono en el año 161 de nuestro Señor, era un hombre de naturaleza más rígida y severa, y aunque elogiable en el estudio de la filosofía y en su actividad de gobierno, fue duro y fiero contra los cristianos, y desencadenó la cuarta persecución. Las crueldades ejecutadas en esta persecución fueron de tal calibre que muchos de los espectadores se estremecían de honor al verlas, y quedaban atónitos ante el valor de los sufrientes. Algunos de los mártires eran obligados a pasar, con sus pies ya heridos, sobre espinas, clavos, aguzadas conchas, etc., puestos de punta; otros eran azotados hasta que quedaban a la vista sus tendones y venas, y, después de haber sufrido los más atroces tormentos que pudieran inventarse, eran destruidos por las muertes más temibles. Germánico, un hombre joven, pero verdadero cristiano, siendo entregado a las fieras a causa de su fe, se condujo con un valor tan asombroso que varios paganos se convirtieron a aquella fe que inspiraba tal arrojo.

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Martirio de Policarpo de Esmirna

Entre los mártires de este periodo tenemos al ilustre Policarpo, obispo de Esmirna. Policarpo era uno de los discípulos de San Juan. Conoció el evangelio en los años tempranos de su vida, y se consagró de todo corazón a pastorear la iglesia de Esmirna, en la que actuó durante muchos años. Era venerado de todos, no sólo por sus canas, sino también por la piedad manifiesta en su vida, y el espíritu cristiano que animaba todos sus actos. En el año 167 la persecución se levantó violenta contra las iglesias de toda la región que circunda a Esmirna. El procónsul de Asia, hasta entonces no había mostrado hostilidad, pero fue arrastrado en esta mala corriente por los sacerdotes paganos y los judíos intolerantes. Su método consistía en hacer una exhibición de los instrumentos de tortura, y de los animales salvajes a los cuales serían arrojados los que no quisieran abjurar. Si con esto no conseguía atemorizar a los cristianos, los condenaba a muerte. En medio de indescriptibles tormentos, que horrorizaban aun a los mismos espectadores paganos, los cristianos mostraban una tranquilidad y resignación que los verdugos no podían comprender. Existe una carta que la iglesia de Esmirna envió a las iglesias hermanas, en la cual se halla un relato detallado de los sufrimientos a que fueron expuestos, y de la manera como supieron llevarlos con resignación y constancia. “Nos parecía —dice la iglesia— que en medio de los sufrimientos estaban ausentes del cuerpo, o que el Señor estaba al lado de ellos y caminaba entre ellos, y que reposando en la gracia de Cristo, despreciaban los tormentos de este mundo”. No es extraño que en estas circunstancias ocurriesen algunos casos de fanatismo. Se dice que un cierto frigio llamado Quinto, se presentó ante el tribunal del procónsul declarando que era cristiano y que quería sufrir por su fe, pero cuando le mostraron las bestias salvajes su ánimo falso cedió y ofreció sacrificios a los ídolos jurando por el genio del emperador. La iglesia desaprobó este acto de extravagancia, porque el evangelio no enseña a buscar la muerte voluntariamente. La ciudad quería el martirio del más ilustre y más conocido de los siervos del Señor. La multitud clamaba pidiendo que Policarpo fuese arrojado a las fieras. Cuando el noble anciano lo supo, pensó en quedarse quieto esperando lo que Dios determinase acerca de su persona, pero los hermanos le rogaron que se ocultase en una aldea vecina. No bien hubo llegado Policarpo, aparecieron los soldados buscándole, pues había sido traicionado por uno de los que estaban enterados de su huida. Pudo escaparse aun esta vez, pero las autoridades sometiendo a la tortura a dos esclavos, lograron que uno declarase dónde se hallaba. Cuando Policarpo se vio frente a sus perseguidores, comprendió que su fin estaba cerca, y dijo: “Hágase la voluntad de Dios”. Pidió que diesen de comer y beber a los soldados que habían venido a prenderle, pidiendo a ellos solamente que le permitiesen pasar una hora en oración con su Dios, pero su corazón estaba tan lleno que durante dos horas continuas habló con su Padre celestial, pidiendo de él la fuerza que necesitaba para sufrir el martirio. Los paganos estaban conmovidos ante la actitud del noble varón de Dios. Los oficiales llevaron a Policarpo a la ciudad, montado en un asno. Le salió al encuentro el principal magistrado policial, quien le hizo subir en su coche y dirigiéndose a él amablemente le dijo: “¿Qué mal puede haber en decir, Mi Señor el emperador, y en sacrificar, y así salvar la vida?” Policarpo no respondía, pero como insistiese le contestó que no estaba dispuesto a seguir sus consejos. Cuando vieron que no podían persuadirle se enfurecieron contra él, y empezaron a maltratarlo, hasta arrojarlo al suelo desde el carro en que iban, y a consecuencia del golpe sufrió contusiones en una pierna. Al comparecer delante del procónsul, éste le dijo que tuviese compasión de su edad avanzada, que jurase por el nombre del emperador y que diese pruebas de arrepentimiento, uniéndose a los gritos de la multitud que clamaba: "Afuera con los impíos". Policarpo miró serenamente a la multitud, y, señalándola con un ademán resuelto, dijo, “Afuera con los impíos”. El procónsul entonces le dice: “Jura, maldice a Cristo, y te pongo en libertad”. El anciano le respondió: “Ochenta y seis años lo he servido y Él no me ha hecho sino bien, ¿cómo puedo maldecirlo, a mi Señor y Salvador?” El procónsul seguía el interrogatorio y Policarpo le dice entonces: “Bueno, si deseas saber lo que soy, te digo francamente que soy cristiano. Si quieres saber en qué consiste la doctrina cristiana, señala una hora para oírme”.  El procónsul entonces, demostrando que quería salvar al anciano, y que no compartía las ideas de la multitud le dijo: “Persuade al pueblo”. Policarpo respondió: “Yo me siento ligado a dar cuenta delante de ti, porque nuestra religión nos enseña a honrar a los magistrados establecidos por Dios, en lo que no afecte a nuestra salvación. Pero tocante a éstos, creo que son indignos de que me defienda delante de ellos”. Aquí el procónsul le amenazó con las bestias y con la pira, pero como no consiguió mover el ánimo del fiel testigo de Cristo, mandó que los heraldos pregonasen en el circo: “Policarpo ha confesado ser cristiano”'. Esto equivalía a decir que había sido condenado a muerte. Entonces la multitud empezó a dar gritos de júbilo y a decir: “Este es el que enseña en contra de los dioses, el padre de los cristianos, el enemigo de las divinidades, el que enseña a abandonar el culto de los dioses, y a no ofrecerles sacrificio”. El procónsul accedió al pedido de los judíos y paganos de que Policarpo fuese quemado vivo, y ellos mismos se apresuraron a traer la leña para levantar la hoguera. Cuando querían asegurarlo al poste de la pira les dijo: “Dejadme así, el que me ha dado fuerzas para venir al encuentro de las llamas, también me dará fuerzas para permanecer firme en el poste”. Antes de que encendiesen el fuego, oró con fervor diciendo: “¡Oh Señor, Todopoderoso, Dios, Padre de tu amado hijo Jesucristo, de quien hemos recibido tu conocimiento, Dios de los ángeles, y de toda la creación, de la raza humana y de los santos que viven en tu presencia, te alabo de que me hayas tenido por digno, en este día y en esta hora, de tener parte en el número de tus testigos, en la copa de Cristo”. Al encenderse la hoguera, las llamas rodearon su cuerpo, como un arco, sin tocarlo; entonces dieron orden al verdugo que lo traspasara con una espada, con lo que manó tal cantidad de sangre que apagó el fuego. Sin embargo se dio orden, por instigación de los enemigos del Evangelio, especialmente judíos, de que su cuerpo fuera consumido en la hoguera, y la petición de sus amigos, que querían darle cristiana sepultura, fue rechazada. Sin embargo, recogieron sus huesos y tanto de sus miembros como pudieron, y los hicieron enterrar decentemente. Así partió a estar con el Señor aquel que le amó y sirvió fielmente durante muchos años y en medio de tantas pruebas.

Otros que sufrieron el martirio fueron, Metrodoro, un ministro que predicaba denodadamente, y Pionio, que hizo varias excelentes apologías de la fe cristiana, fueron también quemados. Carpo y Papilo, dos dignos cristianos, y Agatónica, una piadosa mujer, sufrió el martirio en Pergamópolis, en Asia. Felicitate, una ilustre dama romana, de una familia de buena posición, y muy virtuosa, era una devota cristiana, tenía siete hijos, a los que había educado con la más ejemplar piedad. Enero, el mayor, fue flagelado y prensado hasta morir con pesos; Félix y Felipe, que le seguían en edad, fueron descerebrados con garrotes; Silvano, el cuarto, fue asesinado siendo echado a un precipicio; y los tres hijos menores, Alejandro, Vital y Marcial, fueron decapitados. La madre fue después decapitada con la misma espada que los otros tres.

Justino Mártir, el célebre filósofo, murió mártir en esta persecución. Nació de padres paganos en la antigua Siquem de Samaria, en los días cuando el último apóstol entraba en el reposo de los santos. Desde muy temprano empezó a mostrar una sed insaciable de verdad, y su afán por hallarla ha hecho que se le compare al mercader de la parábola de la perla de gran precio. Las creencias populares de las religiones dominantes le causaban disgusto, comprendiendo que eran sólo invenciones de hombres supersticiosos o interesados, que sólo podían satisfacer a los espíritus indiferentes. Buscó entonces la verdad en las escuelas de los filósofos, conversando con aquellos que demos­traban poseer ideas más sublimes que las que alimentaban a las multitudes extraviadas. Miraba a todos lados buscando el faro que podría guiarle al anhelado puerto de la sabiduría. Golpeaba a las puertas de todas las escuelas filosóficas. Hoy lo hallamos en contacto con un sabio y mañana con otro, pero sólo podían hablarle de un Creador que gobierna y dirige las cosas grandes del Universo, pero según ellos, es indiferente a las necesidades individuales del hombre. De la escuela de los estoicos pasa a la de Pitágoras, pero siempre se halla envuelto en la niebla de vanas especulaciones, sin hallar en la filosofía aquella luz que su alma anhela. Viaja incesantemente de país en país, buscando los mejores frutos del saber humano. Ora en Roma, ora en Atenas, ora en Alejandría, pero en busca de la misma cosa, siempre deseando conocer la verdad y tener luz sobre los insondables problemas que surgen ante el universo, la vida, la muerte y la eternidad. Por fin creyó haber llegado a la meta de sus peregrinaciones abrazando las enseñanzas de Platón, por medio de las cuales llegó a entrever las sublimidades de un Dios personal. Estaba en los umbrales, pero la puerta continuaba cerrada desoyendo sus clamores. El dios de Platón no era tampoco el que podía satisfacer a un hombre que tenía hambre y sed de justicia. Su alma no podía alimentarse con áridos silogismos y vanas disputas de palabras. Tenía, pues, que seguir buscando lo que su alma necesitaba. Era Dios que guiaba a su futuro siervo por la senda de la sabiduría humana para que se diese cuenta de que en ella no reside la suprema bendición de Dios.

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Justino Mártir el apologista
El poderoso testimonio que los cristianos daban en sus días le impresionó mucho, y al verles morir tan valientemente por su fe, se puso a pensar si no serían ellos los poseedores de la bendición que él buscaba. No le era posible creer que aquel sublime martirologio, aquellas fervientes plegarias frente a la muerte, aquella activa y desinteresada propaganda de su fe, fuese obra de fanáticos y mucho menos de personas malas, como el vulgo se lo figuraba. Alguna fuerza divina, algún poder para él desconocido, alguna causa por él ignorada, en fin, un algo tenía que haber, que infundiese tan dulces esperanzas, que crease tanto heroísmo, y que diese animación y vida al movi­miento que no habían podido detener las espadas inclementes de los césares, ni las fieras salvajes del anfiteatro. Caminando un día, pensativo, por las orillas del mar, vestido con su toga de filósofo, encontró a un anciano venerable, que le impresionó por su imponente aspecto y por la bondad de su carácter. Reconociendo en el manto que Justino era uno de los que buscan la verdad, aquel anciano se le acercó procurando entablar conversación. Era un cristiano que andaba buscando la oportunidad de cumplir con el mandato del Maestro de llevar el evangelio a toda criatura. Ni bien empezó a hablarle logró tocar la cuerda más sensible del corazón de Justino. Le dijo que la filosofía promete lo que no puede dar. Entonces le habló de las Sagradas Escrituras, que encierran todo el consejo de Dios, y le indicó la conveniencia de leerlas atentamente, añadiendo: “ruega a Dios que abra tu corazón para ver la luz, porque sin la voluntad de Dios y de su hijo Jesucristo, ningún hombre alcanzará la verdad”. El corazón de Justino ardía dentro de él al oír las palabras de su interlocutor. Fue entonces cuando se decidió a estudiar asiduamente las Escrituras del Antiguo Testamento. Las profecías le llenaron de admiración. La manera como éstas se cumplieron, le convenció de que aquellos hombres que las escribieron habían sido inspirados por Dios. Los Evangelios lo pusieron en contacto con aquel que pudo decir: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”. Pudo oír las palabras de aquel que habló como ningún otro habló, conocer los hechos de aquel que obró como ningún otro obró, y leer la vida del que vivió como ningún otro vivió. Las Escrituras le guiaron a Cristo, en quien halló la verdadera filosofía, y desde ese momento, Justino aparece militando entre los despreciados discípulos del que murió en una cruz.

En aquellos tiempos no se conocía la distinción moderna de clérigos y legos. No había una clase determinada de cristianos que monopolizase la predicación. Todos los que tenían el don lo hacían indistintamente, ya fuesen o no, obispos de la congregación. Justino, pues, sin abandonar la toga de filósofo que le daba acceso a los paganos, se consagró a predicar la verdad, no ya como uno que la buscaba sino como uno que la poseía. No cesaba de trabajar para que muchos viniesen al conocimiento del evangelio, pues creía que el que conoce la verdad y no hace a otros participantes de ella, será juzgado severamente por Dios. Toda su carrera, desde su conversión a su martirio, estuvo en armonía con esta creencia. Día tras día se le podía ver en las plazas, rodeado de grupos de personas que le escuchaban ansiosos. Los que pasaban se sentían atraídos por su toga, y después de la corriente salutación: “salve, filósofo”, se quedaban a escucharle. Cumplía así el dicho de Salomón acerca de la Sabiduría: “En las alturas junto al camino, a las encrucijadas de las veredas se para; En el lugar de las puertas, a la entrada de la ciudad, a la entrada de las puertas da voces: Oh hombres, a vosotros clamo; dirijo mi voz a los hijos de los hombres. Entended, oh simples, discreción; y vosotros, necios, entrad en cordura. Oíd, porque hablaré cosas excelentes, y abriré mis labios para cosas rectas. Porque mi boca hablará verdad, y la impiedad abominan mis labios”, (Proverbios 8:2-7). Así era uno de los instrumentos poderosos en las manos del Señor, para hacer llegar a las multitudes el conocimiento del evangelio.

Como escritor, Justino puede ser considerado uno de los más notables de los tiempos primitivos del cristianismo. Algunas de sus obras han llegado hasta nosotros. Refiriéndose a sus escritos, dice el profesor escocés James Orr: “El mayor de los apologistas de este período, cuyos trabajos aún se conservan, es Justino Mártir. De él poseemos dos Apologías dirigidas a Antonio Pío y al Senado Romano (año 150), y el Diálogo con Trifón, un judío, escrito algo más tarde. La primera Apología de Justino es una pieza argumentativa concebida noblemente, y admirablemente presentada. Consta de tres partes — la primera refuta los cargos hechos contra los cristianos; la segunda prueba la verdad de la religión cristiana, principalmente por medio de las profecías; la tercera explica la naturaleza del culto cristiano. La segunda Apología fue motivada por un vergonzoso caso de persecución bajo Urbico, el prefecto. El diálogo con Trifón es el relato de una larga discusión en Efeso, con un judío liberal, y hace frente a las objeciones que hace al cristianismo”. Los escritos de Justino tienen el mérito de revelarnos cuáles eran las creencias y costumbres de aquella época.

Refiriéndose al poder regenerador del evangelio, dice: “Podemos señalar a muchos entre nosotros, que de hombres violentos y tiranos, fueron cambiados por un poder victorioso. Yo hallé en la doctrina de Cristo la única filosofía segura y saludable, porque tiene en sí el poder de encaminar a los que se apartan de la senda recua y es dulce la porción que tienen aquellos que la practican. Que la doctrina es más dulce que la miel, es evidente por el hecho de que los que son formados en ella, no niegan el nombre del Maestro aunque tengan que morir. Nosotros que antes seguíamos artes mágicas, nos dedicamos al bien y al único Dios; que teníamos como la mejor cosa la adquisición de riquezas y posesiones, ahora tenemos todas las cosas en común, y comunicamos mutuamente en las necesidades; que nos odiábamos y destruíamos el uno al otro, y que a causa de las costumbres diferentes, no nos sentábamos junto al mismo fuego con personas de otras tribus, ahora, desde que vino Cristo, vivimos familiarmente con ellos, y oramos por nuestros enemigos, y procuramos persuadir a los que nos aborrecen injustamente, para que vivan conforme a los buenos preceptos de Cristo, a fin de que juntamente con nosotros, sean hechos participantes de la misma gozosa esperanza del galardón de Dios, ordenador de todo”.

Sobre el culto cristiano en aquella época dice: “El día llamado del sol, todos los que viven en las ciudades o en el campo, se juntan en un lugar y se leen las Memorias de los apóstoles o los escritos de los profetas, tanto como el tiempo lo permite; entonces el que preside, enseña y exhorta a imitar estas buenas cosas. Luego nos levantamos juntos y oramos (en otro pasaje menciona también el canto); traen pan, vino y agua, y el que preside ofrece oraciones y acciones de gracias según su don, y el pueblo dice amén. Nos reunimos en el día del sol, porque es el día cuando Dios creó el mundo, y Jesucristo resucitó de entre los muertos”. Vemos que el culto no era ritualista ni ceremonioso, sino que consistía en la lectura de las Escrituras, la explicación de la misma, las oraciones, el canto y la participación de la cena que tenía lugar, principalmente, el primer día de la semana.

Refiriéndose a la beneficencia cristiana, dice: “Los ricos entre nosotros ayudan a los necesitados; cada uno da lo que cree justo; y lo que se colecta es puesto aparte por el que preside, quien alivia a los huérfanos y a las viudas y a los que están enfermos o necesitados; o a los que están presos o son forasteros entre nosotros; en una palabra, cuida de los necesitados”La actividad de Justino no pudo menos que despertar el odio de los adversarios. Un filósofo contrario a sus ideas deseando deshacerse de él, denunció que era cristiano, y junto con seis hermanos más, tuvo que comparecer ante las autoridades. Allí confesó abiertamente su fe en Cristo, no temiendo la ira de sus adversarios, y fue condenado a muerte. Un estoico, burlándose, le preguntó si suponía que después que le hubiesen cortado la cabeza iría al cielo. Justino le contestó que no lo suponía sino que estaba seguro. La decapitación de Justino y sus compañeros ocurrió probablemente en el año 167, siendo emperador Marco Aurelio. Se ha dicho que las vidas de los cristianos primitivos consistían de “persecución por encima del suelo y oración por debajo del suelo”.  Sus vidas están expresadas por el Coliseo y las catacumbas. Debajo de Roma están los subterráneos que llamamos las catacumbas, que eran a la vez templos y tumbas. La primitiva Iglesia en Roma podría ser llamada con razón la Iglesia de las Catacumbas. Hay unas sesenta catacumbas cerca de Roma, en las que se han seguido unas seiscientas millas de galerías, y esto no es la totalidad. Estas galerías tienen una altura de alrededor de ocho pies (2.4 metros) y una anchura de entre tres a cinco pies (de casi 1 metro hasta 1.5), y contienen a cada lado varias hileras de recesos largos, bajos, horizontales, uno encima de otros como a modo de literas en un barco.

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La Iglesia de las catacumbas

En estos nichos eran puestos los cadáveres, y eran cerrados bien con una simple lápida de mármol, o con varias grandes losas de tierra cocida ligadas con mortero. En estas lápidas o losas hay grabados o pintados epitafios y símbolos. Tanto los paganos como los cristianos sepultaban a sus muertos en estas catacumbas. Cuando se abrieron los sepulcros cristianos, los esqueletos contaron su temible historia. Se encuentran cabezas separadas del cuerpo; costillas y clavículas rotas, huesos frecuentemente calcinados por el fuego. Pero a pesar de la terrible historia de persecución que podemos leer ahí, las inscripciones respiran paz, gozo y triunfo. Aquí tenemos unas cuantas: “Aquí yace Marcia, puesta a reposar en un sueño de paz”. “Lorenzo a su más dulce hijo, llevado por los ángeles”. “Victorioso en paz y en Cristo”. “Al ser llamado, se fue en paz”. Recordemos, al leer estas inscripciones la historia que los esqueletos cuentan de persecución, tortura y fuego. Pero la plena fuerza de estos epitafios se aprecia cuando los contrastarnos con los epitafios paganos, como: “Vive para esta hora presente, porque de nada más estamos seguros”. “Levanto mi mano contra los dioses que me arrebataron a los veinte años, aunque nada malo había hecho”. “Una vez no era. Ahora no soy. Nada sé de ello, y no es mi preocupación”. “Peregrino, no me maldigas cuando pases por aquí, porque estoy en tinieblas y no puedo responder”. En la preciosa obra cristiana “El Mártir de las Catacumbas”, se describe la forma tétrica de estas catacumbas, así como la esperanza que las tumbas de los cristianos testificaban: “A  lo  largo de  las murallas habían planchas semejantes  a  lápidas  que  parecían  cubrir  largas  y  estrechas  excavaciones. Estos  nichos  celulares se  alineaban  a  ambos  lados  tan  estrechamente  que  apenas  quedaba  entre  uno  y  otro.  Las inscripciones  que  se  veían  en  planchas  evidenciaban  que  eran  tumbas  de  cristianos.  No  tuvo tiempo de detenerse a leer, pero había una nota la repetición de la misma expresión, tal como: HONORIA - ELLA DUERME EN PAZ, FAUSTA - EN PAZ. En  casi  todas  las  planchas  Él  vio  la  misma  dulce  benigna  palabra.  "PAZ,"  pensaba Marcelo. "Que gente más maravillosa son estos cristianos, que aun en medio de escenarios como Éste abrigan su sublime desdén a la muerte". Sus ojos se habituaban cada vez mejor a las tinieblas conforme avanzaba. Ahora el pasillo empezaba a estrecharse; el techo se inclinaba y los lados se acercaban; ellos tenían que agacharse y caminar más despacio. Las murallas eran toscas y rudamente cortadas conforme las dejaban los trabajadores  cuando  extraían  de  aquí  su  última  carga  de  arena  para  los  edificios  del  exterior. La humedad  subterránea  y  las  acrecencias  de  honguillos  se  hallaban  regadas  por  todas  partes, agravando  todo  su  color  tétrico,  saturando  el  aire  de  pesada  humedad, mientras  que  el  humo  de las antorchas hacia la atmosfera tanto más depresiva”. Las catacumbas ocuparon un lugar muy importantes para los cristianos de esta época, ya que al ser perseguidos, buscaron no solo refugio, sino un lugar donde hallaban la tan ansiada comunión los unos de con los otros. El autor del Mártir de las Catacumbas lo expresa así: “Continuaron su lenta marcha, hasta que una luz brillo delante de ellos, hiriendo las densas tinieblas  con  sus  rayos.  Los  sonidos  aumentaban,  elevándose  de  pronto  en  un  coro  de magnificencia imponderable, para luego disminuir y menguar hasta tornarse en unos lamentos de penitentes súplicas… Estaban  en  una  cámara  abovedada  como  de  unos  cinco metros  de  alto  y  diez  en  cuadro.  Y  en  tan  reducido  espacio  se  albergaban  como  cien  personas, hombres,  mujeres  y  niños.  A  un  lado  había  una  mesa,  tras  la  cual  estaba  de  pie  un  anciano venerable, el cual parecía ser el dirigente de ellos. El lugar se hallaba iluminado con el reflejo de algunas  antorchas  que  arrojaban  su mortecina  luz  rojiza  sobre  la  asamblea  toda. A  los  presentes se  les  veía  cargados  de  inquietud  y  demacrados,  observándose  en  sus  rostros  la  misma característica  palidez  que  habla  visto  en  el  cavador. 

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Emblema cristiano de este siglo
¡Ah,  pero  la  expresión  que  ahora  se  veía  en ellos no era en lo absoluto de tristeza, ni de miseria ni de desesperación! ¡Más bien una atractiva esperanza iluminaba sus ojos, y en sus rostros se dibujaba un gozo victorioso y triunfal!... Y mientras  permanecía  estático  y  silencioso,  escuchó  el  canto  entonado  con  el  alma  por  esta congregación: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios todopoderoso. Justos y verdaderos son tus caminos, Tú, oh Rey de los santos. ¿Quién no Te teme·, oh Dios, y ha de glorificar Tu sagrado Nombre? Porque Tú solo eres santo. Porque todas las naciones han de venir y adorar delante De Ti, porque tus juicios se han manifestado. A  esto  siguió  una  pausa.  El  dirigente  leyó  algo  en  un  rollo…   Era  la  aseveración más  sublime  de  la  inmortalidad  del  alma,  y  de  la  vida después  de  la  muerte.  La  congregación  toda  parecía  pendiente  del  majestuoso  poder  de  estas palabras,  que  parecían  transmitir  hálitos  de  vida.  Finalmente  el  lector  llegó  a  prorrumpir  en  una exclamación de gozo, que arrancó clamores de gratitud y la más entusiasmada esperanza de parte de  toda  la  congregación.  Las  palabras  penetraron  al  corazón  del  observador  recién  llegado, aunque  Él  todavía  no  comprendía  la  plenitud  de  su  significado:  “¿Dónde  está·,  oh  muerte,  tu aguijón?  ¿Dónde,  oh  sepulcro,  tu  victoria?  ya  que  el  aguijón  de  la  muerte  es  el  pecado,  y  la potencia  del  pecado,  la  ley.  Mas  a  Dios  gracias,  que  nos  da  la  victoria  por  el  Señor  nuestro Jesucristo”. De esta manera, los cristianos se congregaban en las catacumbas para adorar libremente al Señor y huir de la cruel persecución. Los más frecuentes símbolos cristianos en las paredes de las catacumbas son el buen Pastor con el cordero en sus hombros, una nave con todo el velamen, arpas, anclas, coronas, vides, y por encima de todo, el pez.

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Símbolos cristianos encontrados en las catacumbas

Los mártires de Lyon y Viena figuran también entre las filas de los campeones de la fe de este siglo. La primera vez que Francia aparece en la historia del cristianismo, se presenta acompañada de una legión de mártires; primicias gloriosas de los miles que en siglos posteriores, sellarían con su muerte el testimonio de la fe que habían abrazado. Fue en el año 177, cuando las iglesias de Lyon y Viena (esta última es una ciudad francesa sobre el Ródano, que no hay que confundir con la capital de Austria del mismo nombre) sintieron el azote inclemente del paganismo. Los hechos relacionados con esta persecución fueron fielmente narrados por las iglesias de Lyon y Viena en una carta que enviaron a las iglesias hermanas de otras regiones. Esta carta se atribuye a la magistral pluma de Ireneo, y ha sido conservada, casi íntegramente, por Eusebio. Su autenticidad nunca fue puesta en duda, y ha sido llamada la perla literaria de la literatura cristiana de los primeros siglos. Al presentar a nuestros lectores los hechos de esos mártires, no podemos hacer nada mejor que reproducir los párrafos más notables de esta joya de la literatura y de la historia. He aquí el preámbulo: “Los siervos de Jesucristo que están en Viena y Lyon, en la Galia, a los hermanos de Asia y de Frigia, que tienen la misma esperanza, paz, gracia y gloria de la parte de Dios Padre y de Jesucristo nuestro Señor”. Empieza la narración de los sufrimientos y dice: “Jamás las palabras podrán expresar, ni la pluma describir, el rigor de la persecución, la furia de los gentiles contra los santos, la crueldad de los suplicios que soportaron con constancia los bienaventurados mártires. El enemigo desplegó contra nosotros todas sus fuerzas, como preludio de lo que hará sufrir a los elegidos en su último advenimiento, cuando haya recibido mayor poder contra ellos. No hay cosa que no haya hecho para adiestrar de antemano a sus ministros en contra de los siervos de Dios. Empezaron por prohibirnos la entrada a los edificios públicos, a los baños, al foro; llegaron a prohibirnos toda aparición. Pero la gracia de Dios combatió por nosotros; libró del combate a los más débiles, y expuso a los que, por su coraje, se asemejan a firmes columnas, capaces de resistir a todos los esfuerzos del enemigo. Estos héroes, pues, habiendo llegado a la hora de la prueba, sufrieron toda clase de oprobios y tormentos; pero miraron todo eso como poca cosa, a causa del anhelo que tenían de reunirse lo más pronto a Jesucristo, enseñándonos, por su ejemplo, que las aflicciones de esta vida no tienen proporción con la gloria futura que sobre nosotros ha de ser manifestada. Empezaron por soportar con la más generosa constancia todo lo que se puede sufrir de parte de un populacho insolente; gritos injuriosos, pillaje de sus bienes, insultos, arrestos y prisiones, pedradas, y todos los excesos que puede hacer un pueblo furioso y bárbaro contra aquellos a quienes cree sus enemigos. Siendo arrastrados al foro, fueron interrogados delante de todo el pueblo, por el tribuno y autoridades de la ciudad; y después de haber confesado noblemente su fe, fueron puestos en la cárcel hasta la venida del presidente”.

También esta carta habla sobre la noble actitud de Epagato dice la carta: “Cuando el magistrado llegó, los confesores fueron llevados delante del tribunal; y como él los tratara con toda clase de crueldades, Vetio Epagato, uno de nuestros hermanos, dio un bello ejemplo del amor que tenía para con Dios y para con el prójimo. Era un joven tan ordenado, que en su temprana juventud, había merecido el elogio que las Escrituras hacen del anciano Zacarías; como él andaba de modo irreprochable en el camino de todos los mandamientos del Señor, siempre listo para ser servicial al prójimo, lleno de fervor y de celo por la gloria de Dios. No pudo ver sin indignación la iniquidad del juicio que se nos hacía; penetrado de un justo dolor, pidió permiso para defender la causa de sus hermanos y demostrar que en nuestras costumbres no hay ni ateísmo ni impiedad. Al hacer esta proposición, la multitud que rodeaba el tribunal, se puso a lanzar gritos contra él, porque era muy conocido; y el presidente, herido por una demanda tan justa, por toda respuesta le preguntó si era cristiano. Epagato respondió con voz alta y dará que lo era, y en seguida fue colocado junto con los mártires y llamado el abogado de los cristianos; nombre glorioso que merecía, porque tenía, tanto o más que Zacarías, el Espíritu dentro de sí por abogado y consolador; lo que demostró por medio de ese amor ardiente que le hacía dar su sangre y su vida en defensa de sus hermanos. Era un verdadero discípulo, siguiendo en todas partes al Cordero divino”.

Blandina
Martirio de Blandina
También se encuentra entre los mártires de Lyon, una niña esclava llamada Blandina, ocupa el lugar prominente. Oigamos lo que sobre ella dice la carta de las iglesias: “Entonces hicieron sufrir a los mártires tormentos tan atroces que no hay palabras para narrarlos; Satán puso todo en juego para hacerles confesar las blasfemias y calumnias de que eran acusados. El furor del pueblo, del gobernador y de los soldados, se manifestó especialmente contra Santos, diácono de Viena; contra Maturo, neófito pero ya atleta generoso; contra Átale natural de Pérgamo, columna y sostén de la iglesia de aquella ciudad, y contra Blandina, joven esclava por medio de quien Jesucristo ha dejado ver cómo él sabe glorificar delante de Dios, lo que parece vil y menospreciable a los ojos de los hombres. Todos temíamos por esta joven; y aun su dueña, que figuraba en el número de los mártires, tenía miedo de que no tuviese la fuerza de confesar la fe, a causa de la debilidad de su cuerpo. Sin embargo, mostró tanto coraje, que hizo fatigar a los verdugos que la atormentaron desde la mañana hasta la noche. Después de haberla hecho sufrir todo género de suplicios, no sabiendo más que hacerle, se declararon vencidos; se quedaron muy sorprendidos de que respirase aún dentro de un cuerpo herido, y decían que uno solo de los suplicios bastaba para hacerla expirar, y que no era necesario hacerla sufrir tantos ni tan fuertes. Pero la santa mártir adquiría nuevas fuerzas, como buena atleta, confesando su fe era para ella un refrigerio, un reposo, y cambiar sus tormentos en delicias el poder decir: Yo soy cristiana. Entre nosotros no se comete ningún mal”. Sobre su primera presentación en el circo, dice la carta: “Blandina fue suspendida a un poste, para ser devorada por las bestias. Estando atada en forma de cruz, y orando con mucho fervor, llenaba de coraje a los otros mártires, que creían ver en su hermana, la representación del que fue crucificado por ellos, para enseñarles que cualquiera que sufra aquí por su gloria, gozará en el cielo de la vida eterna con Dios su Padre. Pero como ninguna bestia se atrevió a tocarla, la enviaron de nuevo a la prisión reservándola para otro combate, para que apareciendo victoriosa en muchos encuentros, hiciese caer, por una parte, una condenación mayor sobre la malicia de Satán y levantase por otra, el coraje de sus hermanos, quienes veían en ella una muchacha pobre, débil y despreciable, pero revestida de la fuerza invencible de Jesucristo, triunfar del infierno tantas veces, y ganar por medio de una victoria gloriosa, la corona de la inmortalidad”. En el segundo encuentro Blandina aparece en el  circo junto con el joven Póntico, y la carta dice así: “El último día de los espectáculos, hicieron comparecer de nuevo a Blandina y a un joven de unos quince años llamado Póntico. Todos los días lo habían traído al anfiteatro, para intimidarlo por la vista de los suplicios que hacían sufrir a los otros. Los gentiles querían forzarlos a jurar por sus ídolos. Como ellos seguían negando su pretendida divinidad, el pueblo se enfureció contra ellos; y sin ninguna compasión por la juventud del uno ni por el sexo de la otra, los hicieron pasar por todo género de tormentos, instigándoles a que jurasen. Pero su constancia fue invencible; porque Póntico, animado por su hermana, quien lo exhortaba y fortificaba frente a los paganos, sufrió generosamente todos los suplicios y entregó su espíritu. La bienaventurada Blandina quedó, pues, la última, como una madre noble, que después de haber enviado delante de ella sus hijos victoriosos a quienes animó en el combate, se apresura para ir a unirse con ellos. Entró en la misma carrera con tanto gozo como si fuese al festín nupcial y no al matadero, donde serviría de alimento a las fieras. Después de haber sufrido los azotes, de ser expuesta a las bestias, de ser quemada en la silla de hierro candente, la encerraron en una red y la presentaron a un toro, que la arrojó varias veces al aire; pero la santa mártir, ocupada en la esperanza que le daba su fe, hablaba con Jesucristo y no sentía los tormentos. Al fin degollaron esta víctima 'inocente; y los mismos paganos confesaron que nunca habían visto a una mujer, sufrir tanto ni con tan heroica constancia”.

Refiriéndose al martirio de Santos dice: El diácono Santos sufrió, por su parte, con una valentía sobrehumana, todos los suplicios que los verdugos pudieron imaginar, con la esperanza de arrancarle alguna palabra deshonrosa a su fe. Llevó tan lejos su constancia que ni aun quiso decir su nombre, su ciudad, su país, ni si era libre o esclavo. A todas estas preguntas contestaba en lengua romana: “Yo soy cristiano”; confesando que esta profesión era su nombre, su patria, su condición, en una palabra, su todo, sin que los paganos pudiesen arrancarle otra respuesta. Esta firmeza irritó de tal modo al gobernador y a los verdugos, que después de haber empleado todos los demás suplicios, hicieron quemar chapas de cobre hasta quedar rojas y se las aplicaron a las partes más sensibles del cuerpo. Este santo mártir vio asar sus carnes sin cambiar siquiera de postura, y quedó inconmovible en la confesión de su fe, porque Jesucristo, fuente de vida, derramaba sobre él un rocío celestial que lo refrescaba y fortalecía. Su cuerpo así quemado y destrozado, era una llaga, y no tenía más la figura humana. Pero Jesucristo que sufría en él y desplegaba su gloria, confundía así al enemigo y animaba a los fieles, haciéndoles ver, por su ejemplo, que a nada se teme cuando uno tiene el amor del Padre, y que uno no sufre nada cuando contempla la gloria del Hijo. En efecto, sus verdugos se apresuraron algunos días después, a aplicarle nuevas torturas, en los momentos cuando la inflamación de las llagas las hacía tan dolorosas, que no podía sufrir que lo tocasen ni aun ligeramente. Se vanagloriaban de que sucumbiría al dolor, o que por lo menos, muriendo en los suplicios, intimidaría a otros. Pero contra las expectativas generales, su cuerpo desfigurado y dislocado, adquirió, en los últimos tormentos, su forma primitiva y el uso de todos sus miembros; de modo que esta segunda tortura, por la gracia de Jesucristo, fue el remedio de la primera”.

También entre estos mártires encontramos a Potín. Era éste un anciano de la iglesia y hombre de edad muy avanzada. Refiriéndose a su martirio dice así el documento que estamos citando: “Se apoderaron del bienaventurado Potín, que gobernaba la iglesia de Lyon en calidad de obispo. Tenía más de ochenta años, y se encontraba enfermo. Como apenas podía sostenerse y respirar, a causa de sus enfermedades, aunque el deseo del martirio le daba nuevas fuerzas, se vieron obligados a llevarlo al tribunal. La edad y la enfermedad ya habían deshecho su cuerpo; pero su alma quedaba unida para servir al triunfo de Jesucristo. Mientras los soldados lo conducían era seguido por otros soldados de la ciudad y de todo el pueblo que daba voces contra él, como si hubiera sido el mismo Cristo. Pero nada pudo abatir al anciano, ni impedirle confesar altamente su fe. Interrogado por el gobernador acerca de quién era el Dios de los cristianos, le contestó que si fuera digno, lo conocería. En seguida fue bárbaramente golpeado sin que tuviesen ninguna consideración a su avanzada edad. Los que estaban cerca lo herían a puñetazos y a puntapiés; los que estaban lejos le tiraban la primera cosa que hallaban. Todos se hubieran creído culpables de un gran crimen si no lo hubieran insultado, para vengar el honor de los dioses. Apenas respiraba cuando fue llevado a la prisión, donde entregó su alma dos días después”.

Otros dos mártires notables fueron Atalio y Alejandro. Veamos lo que dice el precioso documento que traducimos: “Como Atalio era muy conocido y distinguido a causa de sus buenas cualidades, el pueblo pedía incesantemente que lo trajesen al combate. Entró en la arena con santa seguridad. El testimonio de su conciencia le hacía intrépido, porque estaba aguerrido en todos los ejercicios de la milicia cristiana, y había sido entre nosotros un testigo fiel de la verdad. Primeramente le hicieron dar vueltas en el anfiteatro con un letrero delante de sí en el cual estaba escrito en latín: Este es Atalio el cristiano. El pueblo se estremecía contra él; pero el gobernador, al saber que era ciudadano romano, lo hizo conducir otra vez a la prisión, junto con los otros. Y escribió al emperador tocante a los mártires, y esperaba su decisión. La respuesta, que tenía que venir de Roma tardaba en llegar, y durante este tiempo los mártires pudieron reanimar a los hermanos que por temor habían renegado su fe, y prepararles para dar un valiente testimonio que confundiría a los paganos. Volvamos a Atalio y Alejandro: “Mientras los interrogaban, un cierto Alejandro, frigio de nación y médico de profesión, que desde hacía mucho residía en la Galia (Francia) estaba cerca del tribunal. Era conocido de todos, a causa del amor que tenía a Dios, y de la libertad con que predicaba el evangelio; porque también desempeñaba las funciones de apóstol. Estando cerca del tribunal, exhortaba por medio de señales y gestos a los que eran interrogados, para que confesasen generosamente su fe. El pueblo que se dio cuenta, y que estaba enfurecido al ver a los que antes habían renegado su fe, confesarla con tanta constancia, dio gritos contra Alejandro, a quien atribuían este cambio. Al preguntarle el gobernador quién era, respondió: "Yo soy cristiano"; e inmediatamente fue condenado a ser entregado a las fieras. Al día siguiente entró en el anfiteatro con Atalio, a quien el gobernador, por agradar al pueblo, entregó a ese suplicio, a pesar de ser ciudadano romano. Ambos, después de sufrir todos los tormentos imaginables, fueron degollados. Alejandro no pronunció ni una sola queja ni palabra, pero hablaba interiormente con Dios. Atalio, mientras lo asaban en la silla de hierro, y que el olor de sus miembros quemados se podía sentir de lejos, dijo al pueblo en latín: "Esto es comer carne humana; lo que vosotros hacéis: pero nosotros no comemos hombres ni cometemos ninguna otra clase de crimen"”. Cuando los mártires ya habían sucumbido, se ocuparon de ultrajar sus cadáveres. Así se expresa la carta: “La ira de ellos fue más allá de la muerte. Arrojaron, para que fuesen comidos por los perros, los cadáveres de aquellos que la infección y otras calamidades habían hecho morir, y los hicieron custodiar día y noche, por temor de que alguno de nosotros les diese sepultura. Juntaron también los miembros esparcidos de los que habían luchado en el anfiteatro, restos dejados por las bestias y las llamas, con los cuerpos de aquellos a quienes habían decapitado y los hicieron custodiar varios días por los soldados”. Los restos fueron finalmente quemados y arrojados al Ródano. La persecución no se sintió sólo en Lyon y Viena, sino en toda la región circunvecina. Un mártir ilustre que pereció poco tiempo después que los ya mencionados, fue Sinforiano de quien dice la carta: “Había en este tiempo en Autum, un joven llamado Sinforiano, de una familia noble y cristiana. Estaba en la flor de su edad y era instruido en las letras y en las buenas costumbres. La ciudad de Autum era una de las más antiguas y más ilustres de la Galia, pero también de las más supersticiosas. Adoraban principalmente a Cibeles, Apolión y Diana. Un día el pueblo estaba reunido para celebrar la solemnidad profana de Cibeles, a la cual llamaban la madre de los dioses. En ese tiempo el cónsul Heraclio estaba en Autum buscando cristianos. Le presentaron a Sinforiano, a quien habían arrestado como sedicioso, porque no había adorado al ídolo de Cibeles, que llevaban en una carroza, seguida de una gran multitud. Heraclio, sentado en el tribunal, le preguntó su nombre. El respondió: "Yo soy cristiano, y me llamo Sinforiano". El juez le dijo: "¿Eres cristiano? Por lo que veo tú te nos has escapado, porque no se profesa mucho, ahora, ese nombre entre nosotros. ¿Por qué rehúsas adorar la imagen de la madre de los dioses?"  Sinforiano contestó: "Os lo he dicho ya, yo soy cristiano, adoro al verdadero Dios que reina en los cielos; en cuanto al ídolo del demonio, si me lo permitís, lo romperé a martillazos". Él dijo: "Este no es sólo sacrílego, quiere ser rebelde. Que los oficiales digan si es ciudadano de este lugar". "Es de aquí —respondió uno— y hasta de una familia noble". "He aquí, tal vez, dijo el juez, porque tú te haces ilusiones. ¿O ignoras tú los edictos de nuestros emperadores? Que un oficial los lea". Leen el edicto de Marco Aurelio, como lo hemos visto ya. Al terminarse la lectura. "¿Qué te parece, —dijo el juez a Sinforiano—, podemos quebrantar las ordenanzas de los príncipes? Hay dos acusaciones contra ti, de sacrilegio, y de rebelión contra las leyes; si no obedeces, lavarán este crimen en tu sangre". Habiendo declarado Sinforiano, en términos positivos, que permanecía firme en el culto del verdadero Dios, y que detestaba las supersticiones de los idólatras, Heraclio lo hizo castigar y conducir a la prisión. Algunos días después lo hizo comparecer de nuevo, probó de tentarlo con buenos modales, y le prometió una rica gratificación del tesoro público, con los honores de la milicia, si quería servir a los dioses inmortales. Añadió que no podía evitar de condenarlo al último suplicio, si aún rehusaba adorar las estatuas de Cibeles, de Apolión y de Diana”. Habiendo rehusado los ofrecimientos que se le hacían, Sinforiano fue condenado a muerte, sobre la valiente y serena actitud de su cristiana madre, dice la carta: “Mientras lo conducían fuera de la ciudad, como una víctima al sacrificio, su madre, venerable tanto por su piedad como por sus años, le gritó desde lo alto de las murallas: "Hijo mío, Sinforiano, mi hijo querido, acuérdate del Dios vivo, y ármate de constancia. No hay que temer a la muerte que conduce a la vida; levanta tu corazón, mira al que reina en los cielos. Hoy no te quitan la vida, te la cambian por una mejor. Hoy en cambio de una vida perecedera tú tendrás una vida perdurable"”. Al terminar este admirable relato, preguntemos con James Orr: “Las otras religiones tienen sus mártires; ¿pero tienen mártires como éstos?”.

La quinta persecución bajo Severo, el 192 d.C.


Severo, recuperado de una grave enfermedad por los cuidados de un cristiano, llegó a ser un gran favorecedor de los cristianos en general; pero al prevalecer los prejuicios y la furia de la multitud ignorante, se pusieron en acción unas leyes obsoletas contra los cristianos. El avance del cristianismo alarmaba a los paganos, y reavivaron la enmohecida calumnia de achacar a los cristianos les desgracias accidentales que sobrevenían. Esta persecución se desencadenó en el 192 d.C. Pero aunque rugía la malicia persecutoria, sin embargo el Evangelio resplandecía fulgurosamente; y firme como inexpugnable roca resistía con éxito a los ataques de sus chillones enemigos. Tertuliano, que vivió en esta época, nos informa de que si los cristianos se hubieran ido en masa de los territorios romanos, el imperio habría quedado despoblado en gran manera.

Víctor, obispo de Roma, sufrió el martirio en el primer año del siglo tercero, el 201 d.C. Leónidas, padre del célebre Orígenes, fue decapitado por cristiano. Muchos de los oyentes de Orígenes también sufrieron el martirio; en particular dos hermanos, llamados Plutarco y Sereno; otro Sereno, Herón y Heráclides, fueron decapitados. A Rhais le derramaron brea hirviendo sobre la cabeza, y luego lo quemaron, como también su madre Marcela. Potainiena, hermana de Rhais, fue ejecutada de la misma forma que Rhais; pero Basflides, oficial del ejército, a quien se le ordenó que asistiera a la ejecución, se convirtió. Al pedírsele a Basílides, que era oficial, que hiciera un cierto juramento, rehusó, diciendo que no podría jurar por los ídolos romanos, por cuanto era cristiano. Llenos de estupor, los del populacho no podían al principio creer lo que oían; pero tan pronto él confirmó lo que había dicho, fue arrastrado ante el juez, echado en la cárcel, y poco después decapitado.

Ireneo
Ireneo de Lyon
Entre los mártires de esta persecución también se encuentra el ilustre Ireneo obispo de Lyon. El siglo segundo no ha producido un cristiano más eminente que Ireneo. Su actividad misionera, su celo por la causa de la verdad, su talento de escritor, sus admirables dotes pastorales y su martirio, le han hecho pasar a la posteridad rodeado de una aureola luminosa. Nació en Asia Menor en el año 140, y tuvo el privilegio de ser discípulo de Policarpo, de cuyo martirio en Esmirna ya nos hemos ocupado. Toda su vida recordó Ireneo con gran satisfacción que había aprendido la doctrina cristiana de los labios de aquellos que estuvieron en contacto inmediato con los apóstoles. Escribiendo a Florino, quien se había desencaminado de la enseñanza que aprendiera en Esmirna, al mismo tiempo que él, le dice: “Estas doctrinas (las de Florino) no te las enseñaron los ancianos que nos precedieron, y que estuvieron en trato con los apóstoles; porque siendo aún muchacho yo te vi en compañía de Policarpo, en Asia Menor, porque tengo presente en mi memoria lo que pasaba entonces, mejor que lo que pasa hoy. Lo que hemos oído en la niñez crece juntamente con el alma y se identifica con ella; a tal punto que puedo describir el sitio donde el bienaventurado Policarpo se sentaba y hablaba; sus entradas y sus salidas; sus modales y su fisonomía; sus discursos que dirigía a la congregación; cómo hablaba de sus relaciones con San Juan y con los otros que vieron al Señor, sus milagros y sus enseñanzas. Cómo había recibido todo de los que fueron testigos oculares de su vida, lo narraba de acuerdo con la Escritura. Estas cosas, por la virtud de la gracia de Dios, me impartió a mí, y yo las escuchaba con ansiedad, y las escribí, no sobre papel, sino en mi corazón; y por la gracia de Dios, las recuerdo constantemente con memoria fresca y despierta. Y puedo testificar delante de Dios, que si el bienaventurado presbítero apostólico hubiese oído tales cosas, hubiera gritado, se hubiera tapado los oídos, y, conforme a su costumbre, hubiera dicho: « ¡Oh mi Dios! ¡A qué tiempos me has traído, para tener que sufrir esto!», huyendo del lugar, donde sentado o en pie, hubiese oído tales palabras”.

Policarpo transmitió a Ireneo, su espíritu, su carácter, y sus costumbres. Siendo aún joven se estableció en Lyon, donde pronto aparece actuando en calidad de anciano de la iglesia, la cual mostraba para con él gran aprecio y admiración. Durante la persecución que asoló a las iglesias de Lyon y Viena, parece que se hallaba ausente, pero regresó pronto, y la iglesia le eligió para ocupar el puesto que había dejado Potín, quien como hemos visto sufrió el martirio a edad muy avanzada. Teniendo que pastorear a esa iglesia y a los grupos de cristianos que había cerca de Lyon, pudo revelarse como un hábil y juicioso conductor del rebaño, haciendo frente a la lucha externa de la persecución, que aún continuaba, y a los conflictos internos producidos por las doctrinas extrañas. El Oriente, que había mandado excelentes obreros cristianos a Europa a sembrar la buena simiente del evangelio, también mandó enemigos que sembrasen la peligrosa cizaña. La doctrina seguía sintiendo los duros ataques de la herejía. El gnosticismo había ganado mucho terreno. Sus fantásticas especulaciones respondían muy bien al orgullo humano. Ireneo recordaba lo que había oído a Policarpo, y éste a Juan, acerca de estas peligrosas tendencias. Los gnósticos procuraban hacer del cristianismo una cuestión científica más bien que religiosa. Querían que la sabiduría reemplazase a la fe. Todo esto sonaba muy bien en los oídos carnales, pero en realidad el gnosticismo no poseía la verdadera ciencia de la cual hacía tanto alarde. Argumentaban sobre el origen del pecado, mientras los cristianos buscaban verse libres del pecado. Confundían el árbol de la ciencia con el árbol de la vida. Pero los cristianos, digámoslo, no se oponían al estudio de estos problemas, sino a hacer consistir la religión en estas enseñanzas estériles, descuidando la ciencia que nos hace sabios para la salvación. Ocurría entonces lo que ocurre ahora muchas veces con personas mareadas por una ciencia falsa o superficial, que demuestran la más culpable negligencia en lo que afecta a los problemas prácticos de la vida espiritual. Los montañistas también, dentro de lo mucho de bueno que enseñaban, habían caído en errores y excesos un tanto peligrosos, llevando la espiritualidad a un terreno movedizo. Ireneo, a quien Pressensé llama "un ardiente apóstol de la unidad eclesiástica", aspiraba a que todos los que invocaban el nombre de Cristo formasen un solo redil. Hombre esencialmente moderado, procuraba conciliar las tendencias más opuestas. No se puede decir que lo haya logrado, pero no deja de merecer un sincero aplauso por sus buenos deseos a este respecto. Por amor al orden fue demasiado lejos en sus concesiones a la jerarquía, que ya empezaba a quererse implantar en el cristianismo.

En el año 180 escribió su famoso libro titulado Contra Herejías. Escribe con la habilidad de un griego y piensa con la profundidad de un romano. Presenta a los propagandistas de ideas erróneas cubiertos con la careta de la ortodoxia, entrando en las casas de los cristianos, usando todos los medios astutos para hacerlos mover de la simplicidad que es en Cristo, apelando al orgullo humano, hablando de ciencia y de grandezas aparentes. Este libro refleja el alma de Ireneo. Fue escrito en un estilo simple, pero varonil, y no con el objeto de alcanzar los aplausos de los labios, sino con el de presentar la verdad cristiana en la forma por él interpretada. Su libro está libre de aquel espíritu de desprecio que suele verse con mucha frecuencia en los libros de controversia. Creía en la sinceridad de sus adversarios, y si inevitablemente dice algo amargo, lo compara a las medicinas de este gusto, que son desagradables al tomarlas, pero buenas para curar las enfermedades. “Nosotros los amamos —decía— más de lo que ellos se aman a sí mismos. El amor que les tenemos es sincero, y sería un bien para ellos responder a este amor... Por lo tanto, mientras multiplicamos nuestros esfuerzos para lograr que se conviertan, no cesamos de extenderles una mano amigable”. En esos tiempos los cristianos no temían la discusión, y en lugar de apelar, como más tarde, a la violencia y a las excomuniones, argumentaban bíblicamente y con serenidad para ganar las almas de los que se hallaban extraviados y fuera de la verdadera doctrina. Según algunos historiadores, Ireneo sufrió el martirio en el año 197, pero la antigüedad cristiana no ha dejado ningún detalle sobre las circunstancias y pormenores de su muerte.

Extendiéndose las persecuciones a África, muchos fueron martirizados en aquel lugar del globo; mencionaremos a los más destacados entre ellos. Perpetua, de unos veintidós años, casada. Los que sufrieron con ella fueron Felicitas, una mujer casada y ya en muy avanzado estado de gestación cuando fue arrestada, y Revocato, catecúmeno de Cartago, y un esclavo. Los nombres de los otros presos destinados a sufrir en esta ocasión eran Saturnino, Secundulo y Satur. En el día señalado para su ejecución fueron llevados al anfiteatro. A Satur, Secúndulo y Revocato les mandaron que corrieran entre los cuidados de las fieras. Estos, dispuestos en dos hileras, los flagelaron severamente mientras corrían entre ellos. Felicitas y Perpetua fueron desnudadas para echarlas a un toro bravo, que se lanzó primero contra Perpetua, dejándola inconsciente; luego se abalanzó contra Felicitas, y la acornó terriblemente; pero no habían quedado muertas, por lo que el verdugo las despachó con una espada. Revocato y Satur fueron devorados por las fieras; Saturnino fue decapitado, y Secúndulo murió en la cárcel. Estas ejecuciones tuvieron lugar en el ocho de marzo del año 205. Esperato y otros doce fueron decapitados, lo mismo que Androcles en Francia. Asclepiades, obispo de Antioquia, sufrió muchas torturas, pero no fue muerto. Cecilia, una joven dama de una buena familia en Roma, fue casada con un caballero llamado Valeriano, y convirtió a su marido y hermano, que fueron decapitados; el máximo, u oficial, que los llevó a la ejecución, fue convertido por ellos, y sufrió su misma suerte. La dama fue echada desnuda en un baño hirviente, y permaneciendo allí un tiempo considerable, la decapitaron con una espada. Esto sucedió el 222 d.C. Calixto, obispo de Roma, sufrió martirio el 224 d.C., pero no se registra la forma de su muerte; Urbano, obispo de Roma, sufrió la misma suerte el 232 d.C.

tertuliano
Tertuliano, padre de la iglesia primitiva y maestro 
Además de estos mártires, también tenemos a otro ilustre cristiano que si bien es cierto no sufrió el martirio, se destacó entre todos ellos, su nombre fue Tertuliano. Nació en el año 160, siendo su padre un centurión del ejército romano. Pertenecía, por lo tanto, a la clase mediana de la sociedad. En vista de sus dotes naturales de orador fogoso, sus padres lo iniciaron en la carrera de las leyes, esperando verlo actuar de manera sobresaliente en las contiendas que se debatían en el Foro. Llegó a ser poderoso en la lengua griega, pero su idioma, el idioma con el que iba a pelear mil batallas y escribir numerosos volúmenes, fue el latín, que dominó y manejó cual ningún otro en su época. La vida pagana le arrastró en todas las corrientes del vicio. El circo, el bajo teatro, y los mil placeres carnales que Cartago ofrecía, tuvieron en el joven pagano un apasionado admirador y partícipe. No sabemos cómo tuvo lugar su conversión, pero parece que ésta fue repentina, y tal vez producida por el espectáculo inspirador que le ofrecían los mártires que iban valiente y gozosamente al encuentro de la muerte. Pero sabemos que se convirtió siendo hombre ya hecho, y cuando había probado la impotencia de los placeres mundanales para satisfacer las necesidades del hombre. La crisis por la cual pasó tuvo necesariamente que ser violenta, para que fuese vencida su impetuosa naturaleza carnal, y pudiese ser formado en él ese hombre nuevo que es creado conforme a Dios en justicia y santidad de verdad. Pressensé al hablar de este cambio y de su carácter, dice: “Entró en la nueva carrera con toda impetuosidad de su naturaleza, y desde el día que puso la mano al arado, en el campo regado con tanta sangre, nunca lanzó una mirada hacia atrás. De las cosas que quedaron atrás, sólo pensó como de cosas malditas y se esforzó con todo su poder hacia el blanco que estaba delante. Sin pesar ninguno, holló con sus pies toda cosa que se interponía entre él y sus aspiraciones, ya fuese este obstáculo el paganismo con sus pompas y glorias, o ya las formas eclesiásticas de su tiempo, cuando le parecía que dejaban de llenar su verdadero objeto. Siempre estaba listo para declarar que sólo las cosas imposibles eran dignas de nuestros esfuerzos. Tuvo, por lo tanto, la porción que le toca a los espíritus ardientes y anhelosos, nunca supo lo que era reposo; su mano estuvo siempre contra todos. Su vida fue una larga batalla, primeramente consigo mismo, luego con toda influencia opuesta a sus ideas, o que en algo difería. Para él la moderación era imposible; iba a los extremos tanto en el odio como en el amor, en lenguaje como en pensamiento; pero todo acto o palabra de su parte, era el resultado de profundas convicciones, y estaban animados por lo que sólo puede dar vitalidad a los esfuerzos del espíritu humano —un sincero ardor y pasión por la verdad. Aun los excesos de su vehemencia le dieron un elemento de poder, porque empleaba a su servicio una elocuencia fogosa. Todo su carácter se resume en una palabra: pasión”. El historiador católico Duchesne, al referirse a Tertuliano, dice: “Desde el año 197 se le halla con la pluma en la mano, exhortando a los mártires, defendiendo la religión ante la opinión pagana y contra los rigores del procónsul. Desde sus primeros escritos se revela esa retórica ardiente, esa verbosidad inagotable, este conocimiento profundo de su tiempo, esa familiaridad con los hechos antiguos y los libros que los relatan, ese espíritu instigador y agresivo, que caracteriza toda su literatura”.

Se inició como escritor cristiano dirigiendo una carta animadora a los muchos hermanos que estaban presos y esperando la hora del martirio. Parece que envidia la suerte de aquellos que sufrían por la buena causa, y expresa sus profundos anhelos de llegar pronto al fin de su peregrinación terrestre. Este mundo corrompido no tiene para él ningún encanto, a causa del reino tan manifiesto del pecado. Suspira por estar con el Señor, y verse libre de la atmósfera corrupta de esta existencia. La prisión obscura que habitaban todos los mártires no podía ser peor que todo lo que se halla en medio de una sociedad corrompida. El corazón del autor se ve en uno de los párrafos de esta carta, que dice así: “No tenéis los falsos dioses ante vuestros ojos, no tenéis que pasar delante de sus estatuas; no tenéis que participar con vuestra presencia de las fiestas de los paganos; estáis libres de tener que aspirar el incienso corrompido; vuestros oídos no se ofenden con los clamores que salen de los teatros, ni vuestras almas son irritadas por la crueldad, la locura y vileza de aquellos que toman parte; vuestros ojos no se profanan por las escenas que se ven en esos refugios del vicio y de la prostitución”.

El lenguaje de Tertuliano demuestra el pesar e indignación que producían en su ánimo las escenas que tenía que contemplar a cada paso en las calles y plazas de la gran ciudad africana. Los mismos o aún más profundos sentimientos expresa cuando escribe su famoso tratado contra los espectáculos. Sus escritos son numerosos, extensos y variados. Escribió con tal vitalidad, que aun cuando han desaparecido las causas que produjeron sus obras, éstas no han perdido del todo su frescura, y diez y siete siglos que median entre nosotros y él, no han podido marchitar las flores de su jardín literario. No hay cuestión teológica, especulativa, doctrinal y moral que él no haya tratado, ni error que no haya sentido la descarga de sus terribles plumazos. Su Apología es más bien un desafío a los paganos. Defiende valientemente a sus hermanos perseguidos, en el gran foro de este mundo, con todo el ardor que tiene el buen abogado cuando sabe que su causa es justa. Como él mismo dice, no teme a ninguna de las dos cartas del dios Jano. “Crucificadnos, —escribe a los paganos— torturadnos, que cuanto más nos segáis más crecemos. La sangre de cristianos es semilla de cristianos”. En aquellos días habían crecido mucho las iglesias montañistas. Las ideas que sus adeptos profesaban, cuadraban tan bien con la manera de ser de Tertuliano, que se ha dicho que si el montañismo no hubiera existido, Tertuliano lo habría fundado. No tardó en adherirse a este movimiento, poniendo por completo su persona, sus facultades y su elocuencia al servicio de esta causa. Hay que entender que los montañistas se habían apartado de los otros cristianos en señal de protesta contra el formalismo, clericalismo, y decadencia espiritual que se empezaba a notar en muchas iglesias. Aspiraban a mantener la más completa pureza y fervor. Daban énfasis al sacerdocio universal de los creyentes, y eran democráticos en el gobierno de las iglesias, en oposición a las pretensiones del naciente episcopado. Se acusa a los montañistas de haber llevado a un extremo peligroso lo que ellos creían ser la inspiración profética. Hombres y mujeres se levantaban en las asambleas, no sólo para predicar, sino para profetizar acerca del futuro. El movimiento revestía todos los caracteres de los avivamientos; gran exaltación, mucho rigorismo, terribles amenazas. Creían en la inminencia de la segunda venida del Señor; gloriosa esperanza que los otros cristianos empezaban a perder. Tertuliano decía: “¡Oh qué espectáculo será la gloriosa y triunfante venida de Cristo, tan seguramente prometida, y tan cercana! ¡Qué gozo el de los ángeles y qué gloria la de los santos resucitados! ¡Empezará su reino y se levantará una nueva Jerusalén! Después vendrá la escena final —el amanecer del gran día del juicio y de la confusión de las naciones que se burlaban y no esperaban aquel día que con llama devoradora destruirá el viejo mundo, con todas sus obras. ¡Oh glorioso espectáculo!”. Tertuliano fue siempre montañista en su espíritu. Para adherirse a ellos no tuvo que pasar por ninguna crisis ni efectuar ningún cambio de ideas. Lo que le decidió a pronunciarse franca y abiertamente por ellos fue el observar que eran calumniados y combatidos injustamente. Tertuliano murió en el año 220, legando al cristianismo el ejemplo de su incansable actividad, de su fervor y sinceridad nunca desconocidos, de su amor a los perseguidos por causa de la justicia; y sus magníficas obras literarias que perdurarán en el mundo como ricos modelos de la primitiva elocuencia cristiana. El hacha de Juan Bautista nunca se le cayó de la mano, y constantemente la hizo caer firme y pesada sobre la raíz del árbol carcomido de la idolatría.

Finalmente, no podemos dejar de mencionar otro cristiano prominente que impacto el segundo siglo con su teología, su nombre fue Clemente de Alejandría. Al parecer, Clemente era natural de Atenas, la ciudad que durante siglos había sido famosa por sus filósofos. Sus padres eran paganos; pero el joven Clemente se convirtió de algún modo que desconocemos, y se lanzó entonces en búsqueda de quien pudiese enseñarle más acerca del cristianismo. Tras viajar por buena parte del Mediterráneo, encontró en Alejandría un maestro que le satisfizo. Este maestro era Panteno, de quien es poco lo que sabemos. Pero en todo caso Clemente permaneció en Alejandría, y sucedió a Panteno a la muerte de su maestro. En el año 202, a causa de la persecución de Septimio Severo, Clemente se vio obligado a abandonar Alejandría, y anduvo por varias regiones del Mediterráneo oriental —particularmente Siria y Asia Menor— hasta su muerte, que tuvo lugar alrededor del año 215. Alejandría, donde Clemente recibió su formación teológica y donde primero ejerció su magisterio, era el centro donde se daban cita todas las diversas doctrinas que circulaban en esa época. Clemente no fue pastor como Ireneo, sino maestro, y maestro de intelectuales. Por tanto, lo que él busca no fue tanto exponer la fe tradicional de la iglesia, ni guiar a todo el rebaño de tal modo que evite caer en las redes de las herejías, sino más bien ayudar a quienes buscan las verdades más profundas, y convencer a los intelectuales paganos de que el cristianismo no es después de todo la religión absurda que sus enemigos pretenden. En su Exhortación a los paganos, Clemente da muestras de su método teológico al apelar a Platón y otros filósofos. “Busco conocer a Dios, y no sólo las obras de Dios. ¿Quién me ayudará en mi búsqueda? ... ¿Cómo entonces, oh Platón, ha de buscarse a Dios?” El propósito de Clemente en este pasaje es mostrarles a sus lectores paganos que buena parte de las doctrinas cristianas encuentra apoyo en las enseñanzas de Platón. De ese modo los paganos podrán acercarse al cristianismo sin creer que se trata, como decían muchos, de una religión de gentes ignorantes y supersticiosas. Pero la razón por la que Clemente apela a Platón no es sólo la conveniencia del argumento. Clemente está convencido de que la verdad es una sola, y que por tanto cualquier verdad que Platón haya conocido no puede ser distinta de la verdad que se ha revelado en Jesucristo y en las Escrituras. Según él, la filosofía les ha sido dada a los griegos de igual modo que la ley les ha sido dada a los judíos. Y tanto la filosofía como la Ley tienen el propósito de llevar a la verdad última, que nos ha sido revelada en Jesucristo. Los filósofos son a los griegos lo que los profetas fueron a los judíos. Con los judíos Dios ha establecido el pacto de la ley; y con los griegos, el de la filosofía. ¿Cómo entonces hemos de coordinar lo que nos dicen los filósofos con lo que nos dicen las Escrituras? A simple vista, parece haber una enorme distancia entre ambos. Pero según Clemente un estudio cuidadoso de las Escrituras nos llevará a las mismas verdades que los filósofos enseñaron. Esto se debe a que todas las Escrituras están escritas en alegorías o, como dice Clemente, en parábolas. El texto sagrado tiene siempre más de un sentido. El sentido literal no ha de despreciarse. Pero quien se queda en él es como el niño que se contenta con beber leche, y nunca llega a ser adulto. Más allá del sentido literal se encuentran otros sentidos que el verdadero sabio ha de descubrir. La relación entre la fe y la razón es muy estrecha, pues una no puede funcionar sin la otra. La razón siempre construye sus argumentos sobre la base de ciertos principios que ella misma no puede demostrar, pero que acepta por fe. Para el sabio, la fe ha de ser entonces el primer principio, el punto de partida, sobre el cual la razón ha de construir sus edificios. Pero el cristiano que se queda en la fe, al igual que el que no va más allá del sentido literal de las Escrituras, es como el niño de leche, que no puede crecer por falta de alimento sólido. Frente a tales personas, que se contentan con los rudimentos de la fe, se encuentra el sabio o, como dice Clemente, el “verdadero gnóstico”. El sabio va más allá del sentido literal de las Escrituras, y de los rudimentos de la fe. El propio Clemente concibe entonces su propia tarea, no como la del pastor que guía a la grey, sino como la del “verdadero gnóstico” que dirige a otros de iguales inclinaciones. Naturalmente, esto tiende a producir una teología de tipo elitista, y Clemente ha sido criticado frecuentemente por esa tendencia en su pensamiento. En cuanto al contenido mismo de la teología de Clemente, hemos de decir poco. Aunque él piensa estar sencillamente interpretando las Escrituras, su exégesis alegórica le hace posible encontrar en ellas ideas y doctrinas que vienen más bien de la tradición platónica. Dios es el Uno Inefable, acerca del cual es imposible decir cosa alguna en sentido recto. Todo lo que podemos decir de Dios consiste en negarle todo límite. Lo demás es lenguaje metafórico, que nos resulta útil porque no tenemos otro, pero que sin embargo no describe a Dios. Este Uno Inefable se nos da a conocer en el Verbo, que les reveló a los filósofos y a los profetas toda la verdad que supieron, y que últimamente se ha encarnado en Jesucristo. En todo esto, Clemente sigue a Justino, y en cierta medida al filósofo judío alejandrino Filón. Por otra parte, la importancia de Clemente no está en lo que haya dicho sobre tal o cual doctrina, sino en el modo en que su pensamiento es característico de todo un ambiente y tradición que se forjaron en la ciudad de Alejandría, y que sería de gran importancia para el curso posterior de la teología.

La sexta persecución bajo Maximino, el 235 d.C.


maximino
Emperador Maximino perseguidor de la iglesia
El 235 d.C. comenzó, bajo Maximino, una nueva persecución. El gobernador de Capadocia, Seremiano, hizo todo lo posible para exterminar a los cristianos de aquella provincia. Las personas principales que murieron bajo este reinado fueron Pontiano, obispo de Roma; Anteros, un griego, su sucesor, que ofendió al gobierno al recogerlas actas de los mártires. Pamaquio y Quirito, senadores romanos, junto con sus familias enteras, y muchos otros cristianos; Simplicio, también senador, Calepodio, un ministro cristiano, que fue echado al Tiber, Martina, una noble y hermosa doncella; e Hipólito, un prelado cristiano, que fue atado a un caballo indómito, y arrastrado hasta morir. Durante esta persecución, suscitada por Maximino, muchísimos cristianos fueron ejecutados sin juicio, y enterrados indiscriminadamente a montones, a veces cincuenta o sesenta echados juntos en una fosa común, sin la más mínima decencia. Al morir el tirano Maximino en el 238 d.C., le sucedió Gordiano, y durante su reinado, así como el de su sucesor, Felipe, la Iglesia estuvo libre de persecuciones durante más de diez años; pero en el 249 d.C. se desató una violenta persecución en Alejandría, por instigación de un sacerdote pagano, sin conocimiento del emperador.


Séptima persecución bajo Decio, el 249 d.C.


Ésta estuvo ocasionada en parte por el aborrecimiento que tenía contra su predecesor Felipe, que era considerado cristiano, y tuvo lugar en parte por sus celos ante el asombroso avance del cristianismo; porque los templos paganos comenzaban a ser abandonados, y las iglesias cristianas estaban llenas. Estas razones estimularon a Decio a intentar la extirpación del nombre mismo de cristiano; y fue cosa desafortunada para el Evangelio que varios errores se habían deslizado para este tiempo dentro de la Iglesia; los cristianos estaban divididos entre sí; los intereses propios dividían a aquellos a los que el amor social debía haber mantenido unidos; y la ironía del orgullo dio lugar a una variedad de facciones. Los paganos, en general, tenían la ambición de poner en acción los decretos imperiales en esta ocasión, y consideraban el asesinato de los cristianos como un mérito para sí mismos. En esta ocasión los mártires fueron innumerables; pero haremos relación de los principales.

Fabiano, obispo de Roma, fue la primera persona en posición eminente que sintió la severidad de esta persecución. El difunto emperador había puesto su tesoro al cuidado de este buen hombre, debido a su integridad. Pero Decio, al no hallar tanto como su avaricia le había hecho esperar, decidió vengarse del buen prelado. Fue entonces arrestado, y decapitado el 20 de enero del 250 d.C. Julián, nativo de Cilicia, como nos informa San Crisóstomo, fue arrestado por ser cristiano. Fue metido en una bolsa de cuero, junto con varias serpientes y escorpiones, y echado así al mar. Pedro, un joven muy atractivo tanto de físico como por sus cualidades intelectuales, fue decapitado por rehusar sacrificar a Venus. En el juicio declaró: “Estoy atónito de que sacrifiquéis a una mujer tan infame, cuyas abominaciones son registradas por vuestros mismos historiadores, y cuya vida consistió de unas acciones que vuestras mismas leyes castigarían. No, al verdadero Dios ofreceré yo el sacrificio aceptable de alabanzas y oraciones”. Al oír esto Optimo, procónsul de Asia, ordenó al preso que fuera estirado en la rueda de tormento, rompiéndole todos los huesos, y luego fue enviado a ser decapitado. A Nicomaco, hecho comparecer ante el procónsul como cristiano, le mandaron que sacrificara a los ídolos paganos. Nicomaco replicó: “No puedo dar a demonios la reverencia debida sólo al Todopoderoso”. Esta manera de hablar enfureció de tal manera al procónsul que Nicomaco fue puesto en el potro. Después de soportar los tormentos durante un tiempo, se retractó; pero apenas si había dado tal prueba de debilidad que cayó en las mayores agonías, cayó al suelo, y expiró inmediatamente. Denisa, una joven de sólo dieciséis años, que contempló este terrible juicio, exclamó de repente: “Oh infeliz, ¡para qué comprar un momento de alivio a costa de una eternidad de miseria!”.  Optimo, al oír esto, la llamó, y al reconocerse Denisa como cristiana, fue poco después decapitada, por orden suya. Andrés y Pablo, dos compañeros de Nicomaco el mártir, sufrieron el martirio el 251 d.C. por lapidación, y murieron clamando a su bendito Redentor. Alejandro y Epimaco, de Alejandría, fueron arrestados por ser cristianos; al confesar que efectivamente lo eran, fueron golpeados con estacas, desgarrados con garfios, y al final quemados con fuego; también se nos informa, en un fragmento preservado por Eusebio, que cuatro mujeres mártires sufrieron aquel mismo día, y en el mismo lugar, pero no de la misma manera, por cuanto fueron decapitadas.

Luciano y Marciano, dos malvados paganos, aunque hábiles magos, se convirtieron al cristianismo, y para expiar sus antiguos errores vivieron como ermitaños, sustentándose sólo con pan y agua. Después de un tiempo en esta condición, se volvieron en celosos predicadores, e hicieron muchos convertidos. Sin embargo, rugiendo en este entonces la persecución, fueron arrestados y llevados ante Sabinio, el gobernador de Bitinia. Al preguntárseles en base de qué autoridad se dedicaban a predicar, Luciano contestó: “Que las leyes de la caridad y de la humanidad obligaban a todo hombre a buscar la conversión de sus semejantes, y a hacer todo lo que estuviera en su poder para liberarlos de las redes del diablo”. Habiendo respondido Luciano de esta manera, Marciano añadió que la conversión de ellos había tenido lugar por la misma gracia que le había sido dada a San Pablo, que, de celoso perseguidor de la Iglesia, se convirtió en predicador del Evangelio. Viendo el procónsul que no podía prevalecer sobre ellos para que renunciaran a su fe, los condenó a ser quemados vivos, sentencia que fue pronto ejecutada. Trifón y Respicio, dos hombres eminentes, fueron aprehendidos como cristianos, y encarcelados en Niza. Sus pies fueron traspasados con clavos; fueron arrastrados por las calles, azotados, desgarrados con garfios de hierro, quemados con antorchas, y finalmente decapitados, el 1 de febrero del 251 d.C. Agata, una dama siciliana, no era tan notable por sus dotes personales y adquiridas como por su piedad; tal era su hermosura que Quintiano, gobernador de Sicilia, se enamoró de ella, e hizo muchos intentos por vencer su castidad, pero sin éxito. A fin de gratificar sus pasiones con la mayor facilidad, puso a la virtuosa dama en manos de Afrodica, una mujer infame y licenciosa. Esta miserable trató, con sus artificios, de ganarla a la deseada prostitución, pero vio fallidos todos sus esfuerzos, porque la castidad de Agata era inexpugnable, y ella sabía muy bien que sólo la virtud podría procurar una verdadera dicha, Afrodica hizo saber a Quintiano la inutilidad de sus esfuerzos, y éste, enfurecido al ver sus designios torcidos, cambió su concupiscencia en resentimiento. Al confesar ella que era cristiana, decidió satisfacerse con la venganza, al no poderlo hacer con su pasión. Siguiendo órdenes suyas, fue flagelada, quemada con hierros candentes, y desgarrada con aguzados garfios. Habiendo soportado estas torturas con una admirable fortaleza, fue luego puesta desnuda sobre ascuas mezcladas con vidrio, y luego devuelta a la cárcel, donde expiró el 5 de febrero del 251. Cirilo, obispo de Gortyna, fue arrestado por órdenes de Lucio, gobernador de aquel lugar, que sin embargo le exhortó a obedecer la orden imperial, a hacer los sacrificios, y salvar su venerable persona de la destrucción; porque ahora tenía ochenta y cuatro años. El buen prelado le contestó que como había enseñado a otros durante mucho tiempo que salvaran sus almas, ahora sólo podía pensar en su propia salvación. El digno prelado escuchó su sentencia, dada con furor, sin la menor emoción, anduvo animosamente hasta el lugar de la ejecución, y sufrió su martirio con gran entereza.

En ningún lugar se manifestó esta persecución con tanta saña como en la isla de Creta, porque el gobernador, sumamente activo en la ejecución de los edictos imperiales, hizo correr a ríos la sangre de los piadosos. Babylas, un cristiano con educación académica, llegó a ser obispo de Antioquia el 237 d.C., después de Zebino. Actuó con un celo sin paralelo, y gobernó la Iglesia con una prudencia admirable durante los tiempos más tormentosos. La primera desgracia que tuvo lugar en Antioquia durante su misión fue su asedio por Sapor, rey de Persia, que, habiendo invadido toda la Siria, tomó y saqueó esta ciudad entre otras, y trató a los moradores cristianos de la ciudad con mayor dureza que a los otros; pero pronto fue derrotado totalmente por Gordiano. Después de la muerte de Gordiano, en el reinado de Decio, este emperador vino a Antioquía, y allí, expresando su deseo de visitar una asamblea de cristianos; pero Babylas se le opuso, y se negó absolutamente a que entrara. El emperador disimuló su ira en aquel tiempo, pero pronto envió a buscar al obispo, reprendiéndole duramente por su insolencia, y luego le ordenó que sacrificara a las deidades paganas como expiación por su ofensa. Al rehusar, fue echado en la cárcel, cargado de cadenas, tratado con la mayor severidad, y luego decapitado, junto con tres jóvenes que habían sido sus alumnos. Esto sucedió el 251 d.C. Alejandro, obispo de Jerusalén, fue encarcelado por su religión por este mismo tiempo, y allí murió debido a la dureza de su encierro. Juliano, un anciano y cojo debido a la gota, y Cronión, otro cristiano, fueron atados a las jorobas de unos camellos, flagelados cruelmente, y luego echados a un fuego y consumidos. También cuarenta doncellas fueron quemadas en Antioquia, después de haber sido encarceladas y flageladas. En el año 251 de nuestro Señor, el emperador Decio, después de haber erigido un templo pagano en Éfeso, ordenó que todos los habitantes de la ciudad sacrificaran a los ídolos. Esta orden fue noblemente rechazada por siete de sus propios soldados, esto es, Maximiano, Marciano, Joanes, Malco, Dionisio, Seraión y Constantino. El emperador, queriendo ganar a estos soldados a que renunciaran a su fe mediante sus exhortaciones y delicadeza, les dio un tiempo considerable de respiro hasta volver de una expedición. Durante la ausencia del emperador, estos huyeron y se ocultaron en una cueva; al saber esto el emperador a su vuelta, la boca de la cueva fue cegada, y todos murieron de hambre. Teodora, una hermosa y joven dama de Antioquia rehusó sacrificar a los ídolos de Roma, y fue condenada al burdel, para que su virtud fuera sacrificada a la brutalidad de la concupiscencia. Dídimo, un cristiano, se disfrazó con un uniforme de soldado romano, fue al burdel, informó a Teodora de quién era, y la aconsejó a que huyera disfrazada con sus ropas. Hecho esto, y al encontrarse un hombre en el burdel en lugar de una hermosa dama, Didimo fue llevado ante el gobernador, a quien le confesó la verdad; al reconocerse cristiano, de inmediato fue pronunciada contra él la sentencia de muerte. Teodora, al oír que su liberador iba a sufrir, acudió ante el juez, y rogó que la sentencia recayera sobre ella como la persona culpable; pero sordo a los clamores de los inocentes, e insensible a las demandas de la justicia, el implacable juez condenó a ambos; y fueron ejecutados, primero decapitados, y luego sus cuerpos quemados. Secundiano, acusado de ser cristiano, estaba siendo llevado a la cárcel por varios soldados. Por el camino, Veriano y Marcelino les dijeron: “¿A dónde lleváis a un inocente?”. Esta pregunta llevó al arresto de ellos, y los tres, tras haber sido torturados, fueron colgados y decapitados.

Orígenes
Orígenes
Orígenes, discípulo más destacado de Clemente de Alejandría, el célebre presbítero y catequista de Alejandría. La obra literaria de Orígenes fue inmensa. Puesto que sus conocimientos bíblicos eran enormes y estaba consciente de que el texto de las Escrituras contenía ligeras variantes, compuso la Hexapla. Esta era una colección, en seis columnas, del Antiguo Testamento en diversas formas: el texto hebreo, una transliteración en letras griegas de ese mismo texto —de modo que el lector que desconocía el hebreo pudiera conocer el sonido del hebreo, sobre la base del griego— y cuatro versiones distintas al griego. Además, se dedicó a comparar los diversos textos del Antiguo Testamento, y produjo toda una serie de símbolos para designar variantes, omisiones y añadiduras. Además, Orígenes compuso comentarios y sermones sobre buena parte del texto bíblico. Y a esto han de añadirse su apología Contra Celso. La teología de Orígenes sigue un espíritu muy parecido al de su maestro Clemente. Se trata de un intento de relacionar la fe cristiana con la filosofía que estaba en boga en Alejandría en esa época. Esa filosofía era lo que los historiadores llaman “el neoplatonicismo”.Fue arrestado cuando tenía sesenta y cuatro años, y fue arrojado en una inmunda mazmorra, cargado de cadenas, con los pies en el cepo, y sus piernas extendidas al máximo durante varios días seguidos. Fue amenazado con fuego, y torturado con todos los medios prolijos que pudieran inventar las mentes más infernales. Durante este cruel y prolongado tormento murió el emperador Decio, y Gallo, que le sucedió, se enzarzó en una guerra contra los godos, con lo que los cristianos tuvieron un respiro. Durante este intervalo, Orígenes obtuvo la libertad, y, retirándose a Tiro, se quedó allá hasta su muerte, que le sobrevino a los sesenta y nueve años de edad.

Habiendo Gallo concluido sus guerras, se desató una plaga en el imperio; el emperador ordenó entonces sacrificios a las deidades paganas, y se desencadenaron persecuciones desde el corazón del imperio, extendiéndose hasta las provincias más apartadas, y muchos cayeron mártires de la impetuosidad del populacho, así como del prejuicio de los magistrados. Entre estos mártires estuvieron Comelio, obispo cristiano de Roma, y su sucesor Lucio, en el 253. La mayoría de los errores que se introdujeron en la Iglesia en esta época surgieron por poner la razón humana en competición con la revelación; pero al demostrar los teólogos más capaces la falacia de tales argumentos, las opiniones que se habían suscitado se desvanecieron como las estrellas delante del sol.

La octava persecución comenzando con Valeriano, 257 d.C.


Ésta comenzó bajo Valeriano, en el mes de abril del 257 d.C., y continuó durante tres años y seis meses. Los mártires que cayeron en esta persecución fueron innumerables, y sus torturas y muertes igual de variadas y penosas. Los más eminentes entre los mártires fueron los siguientes, aunque no se respetaron ni rango, ni sexo ni edad. Rufina y Secunda eran dos hermosas y cumplidas damas, hijas de Asterio, un caballero eminente en Roma. Rufina, la mayor, estaba prometida en matrimonio a Armentario, un joven noble; Secunda, la menor, a Verino, persona de alcurnia y opulencia. Los pretendientes, al comenzar la persecución, eran ambos cristianos; pero cuando surgió el peligro, renunciaron a su fe para salvar sus fortunas. Se esforzaron entonces mucho en persuadir a las damas a que hicieran lo mismo, pero, frustrados en sus propósitos, fueron tan abyectos como para informar en contra de ellas, que, arrestadas como cristianas, fueron hechas comparecer ante Junio Donato, gobernador de Roma, donde, en el 257 d.C., sellaron su martirio con su sangre. Esteban, obispo de Roma, fue decapitado aquel mismo año, y por aquel tiempo Saturnino, el piadoso obispo ortodoxo de Toulouse, que rehusó sacrificar a los ídolos, fue tratado con todas las más bárbaras indignidades imaginables, y atado por los pies a la cola de un toro. Al darse una señal, el enfurecido animal fue conducido escaleras abajo por las escalinatas del templo, con lo que le fue destrozado el cráneo del digno mártir hasta salírsele los sesos. Sixto sucedió a Esteban como obispo de Roma. Se supone que era griego de nacimiento u origen, y había servido durante un tiempo como diácono bajo Esteban. Su gran fidelidad, singular sabiduría y valor no común lo distinguieron en muchas ocasiones; y la feliz conclusión de una controversia con algunos herejes es generalmente adscrita a su piedad y prudencia. En el año 258, Marciano, que dirigía los asuntos del gobierno en Roma, consiguió una orden del emperador Valeriano para dar muerte a todo el clero cristiano de Roma, y por ello el obispo, con seis de sus diáconos, sufrió el martirio en el 258.

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Rufina y Segunda, hermanas que sufrieron el martirio
Acerquémonos al fuego del martirizado Lorenzo, para que nuestros fríos corazones sean por él hechos arder. El implacable tirano, sabiendo que no sólo era ministro de los sacramentos, sino también distribuidor de las riquezas de la Iglesia, se prometía una doble presa con el arresto de una sola persona. Primero, con el rastrillo de la avaricia, conseguir para sí mismo el tesoro de cristianos pobres; luego, con el feroz bieldo de la tiranía, para agitarlos y perturbarlos, agotarlos en su profesión. Con un rostro feroz y cruel semblante, el codicioso lobo exigió saber dónde Lorenzo había repartido las riquezas de la Iglesia; éste, pidiendo tres días de tiempo, prometió declarar dónde podría conseguir el tesoro. Mientras tanto, hizo congregar una gran cantidad de cristianos pobres. Así, cuando llegó el día en que debía dar su respuesta, el perseguidor le ordenó que se mantuviera fiel a su promesa. Entonces, el valiente Lorenzo, extendiendo sus brazos hacia los pobres, dijo: “Estos son el precioso tesoro de la Iglesia; estos son verdaderamente el tesoro, aquellos en los que reina la fe de Cristo, en los que Jesucristo tiene su morada. ¿Qué joyas más preciosas puede tener Cristo, que aquellos en quienes ha prometido morar? Porque así está escrito: Tuve hambre, y me disteis de comer, tuve sed, y me disteis de beber, fui forastero, y me recogisteis. Y también: Por cuanto lo hicisteis a uno de estos más pequeños de mis hermanos, a mí me lo hicisteis ¿Qué mayores riquezas puede poseer Cristo nuestro Maestro que el pueblo pobre en quien quiere ser visto?”.

La novena persecución comenzando con Aureliano, 274 d.C.


Los principales que padecieron en esta fueron: Félix, obispo de Roma. Este prelado accedió a la sede de Roma en el 274. Fue el primer mártir de la petulancia de Aureliano, siendo decapitado en el veintidós de diciembre aquel mismo año. Agapito, un joven caballero, que había vendido sus posesiones y dado el dinero a los pobres, fue arrestado como cristiano, torturado, y luego decapitado en Praeneste, una ciudad a un día de viaje de Roma. Estos son los únicos mártires que fueron registrados durante este reinado, que pronto vio su fin, al ser el emperador asesinado en Bizancio por sus propios criados. Aureliano fue sucedido por Tácito, que fue seguido por Probo, y éste por Caro; al ser muerto este emperador por un rayo, sus hijos Camio y Numeriano le sucedieron, y durante todos estos reinados la iglesia tuvo paz.

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Moneda de bronce con el busto de Aureliano

Diocleciano accedió al trono imperial en el 284 d.C. Al principio mostró gran favor a los cristianos. En el año 286 asoció consigo en el imperio a Maximiano. Algunos cristianos fueron muertos antes que se desatara ninguna persecución general. Entre estos se encontraban Feliciano y Primo, que eran hermanos. Marco y Marceliano eran mellizos, naturales de Roma, y de noble linaje. Sus padres eran paganos, pero los tutores, a los que había sido encomendada la educación de los hijos, los criaron como cristianos. Su constancia aplacó finalmente a los que deseaban que se convirtieran en paganos, y sus padres y toda la familia se convirtieron a una fe que antes reprobaban. Fueron martirizados siendo atados a estacas, con los pies traspasados por clavos. Después de permanecer en esta situación un día y una noche, sus sufrimientos fueron terminados con unas lanzas que traspasaron sus cuerpos. Zoe, la mujer del carcelero, que había tenido el cuidado de los mártires acabados de mencionar, fue también convertida por ellos, y fue colgada de un árbol, con un fuego de paja encendido debajo de ella. Cuando su cuerpo fue bajado, fue echado a un río, con una gran piedra atada al mismo, a fin de que se hundiera.

En el año 286 tuvo lugar un hecho de lo más notable. Una legión de soldados, que consistía de seis mil seiscientos sesenta y seis hombres, estaba totalmente constituida por cristianos. Esta legión era llamada la Legión Tebana, porque los hombres habían sido reclutados en Tebas; estuvieron acuartelados en oriente hasta que el emperador Maximiano ordenó que se dirigieran a las Galias, para que le ayudaran contra los rebeldes de Borgofia. Pasaron los Alpes, entrando en las Galias, a las órdenes de Mauricio, Cándido y Exupernio, sus dignos comandantes, y al final se reunieron con el emperador. Maximiano, para este tiempo, ordenó un sacrificio general, al que debía asistir todo el ejército; también ordenó que se debiera tomar juramento de lealtad y al mismo tiempo que se debía jurar ayudar a la extirpación del cristianismo en las Galias. Alarmados ante estas órdenes, cada uno de los componentes de la Legión Tebana rehusó de manera absoluta sacrificar o tomar los juramentos prescritos. Esto enfureció de tal manera a Maximiano que ordenó que toda la legión fuera diezmada, esto es, que se seleccionara a uno de cada diez hombres, y matarlo a espada. Habiéndose ejecutado esta sanguinaria orden, el resto permanecieron inflexibles, teniendo lugar una segunda muerte, y uno de cada diez hombres de los que quedaban vivos fue muerto a espada. Este segundo castigo no tuvo más efectos que el primero; los soldados se mantuvieron firmes en su decisión y en sus principios, pero por consejo de sus oficiales hicieron una protesta de fidelidad a su emperador. Se podría pensar que esto iba a ablandar al emperador, pero tuvo el efecto contrario, porque, encolerizado ante la perseverancia y unanimidad que demostraban, ordenó que toda la legión fuera muerta, lo que fue efectivamente ejecutado por las otras tropas, que los despedazaron con sus espadas, el 22 de septiembre del 286.

Alban, de quien recibió su nombre Sant Alban's, en Henfordshire, fue el primer mártir británico. Gran Bretaña había recibido el Evangelio de Cristo mediante Lucio, el primer rey cristiano, pero no sufrió de la ira de la persecución hasta muchos años después. Alban era originalmente pagano, pero convertido por un clérigo cristiano, llamado Anfíbalo, a quien dio hospitalidad a causa de su religión. Los enemigos de Anfíbalo, enterándose del lugar dónde estaba escondido, llegaron a casa de Alban, a fin de facilitar su huida, se presentó como la persona a la que buscaban. Al descubrirse el engaño, el gobernador ordenó que le azotaran, y luego fue sentenciado a ser decapitado, el 22 de junio del 287 d.C. Nos asegura el venerable Beda que, en esta ocasión, el verdugo se convirtió súbitamente al cristianismo, y pidió permiso para morir por Alban, o con él. Obteniendo su segunda petición, fueron ambos decapitados por un soldado, que asumió voluntariamente el papel de verdugo. Esto sucedió en el veintidós de junio del 287 en Verulam, ahora St Alban's, en Henfordshire, donde se levantó una magnífica iglesia en su memoria para el tiempo de Constantino el Grande. El edificio, destruido en las guerras sajonas, fue reconstruido por Offa, rey de Mercia, y junto a él se levantó un monasterio, siendo aún visibles algunas de sus ruinas; la iglesia es un noble edificio gótico. Fe, una mujer cristiana de Aquitanía, Francia, fue asada sobre una parrilla, y luego decapitada, en el 287 d.C. Quintín era un cristiano natural de Roma, pero decidió emprender la propagación del Evangelio en las Galias, con un tal Luciano, y predicaron juntos en Amiens; después de ello Luciano fue a Beaumaris, donde fue martirizado. Quintín permaneció en la Picardía, y mostró gran celo en su ministerio. Arrestado como cristiano, fue estirado con poleas hasta que se dislocaron sus miembros; su cuerpo fue desgarrado con azotes de alambres, y derramaron aceite y brea hirviendo sobre su carne desnuda; se le aplicaron antorchas encendidas a sus lados y sobacos; después de haber sido torturado de esta manera, fue enviado de vuelta a la mazmorra, muriendo allí el 31 de octubre del 287 por las atrocidades que le habían infligido. Su cuerpo fue lanzado al Somme.

La décima persecución bajo Diocleciano, 303 d.C.


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Emperador Diocleciano

Bajo los emperadores romanos, y comúnmente llamada la Era de los Mártires, fue ocasionada en parte por el número en aumento de los cristianos y por sus crecientes riquezas, y por el odio de Galerio, el hijo adoptivo de Diocleciano, que, estimulado por su madre, una fanática pagana, nunca dejó de empujar al emperador para que iniciara esta persecución hasta que logró su propósito. El día fatal fijado para el comienzo de la sangrienta obra era el veintitrés de febrero del 303 d.C., el día en que se celebraba la Terminalia, y en el que, como se jactaban los crueles paganos, esperaban terminar con el cristianismo. En el día señalado comenzó la persecución en Nicomedia, en la mañana del cual el prefecto de la ciudad acudió, con un gran número de oficiales y alguaciles, a la iglesia de los cristianos, donde, forzando las puertas, tomaron todos los libros sagrados y los lanzaron a las llamas. Toda esta acción tuvo lugar en presencia de Diocleciano y Galerio, los cuales, no satisfechos con quemar los libros, hicieron derruir la iglesia sin dejar ni rastro. Esto fue seguido por un severo edicto, ordenando la destrucción de todas las otras iglesias y libros de los cristianos; pronto siguió una orden, para proscribir a los cristianos de todas las denominaciones. La publicación de este edicto ocasionó un martirio inmediato, porque un atrevido cristiano no sólo lo arrancó del lugar en el que estaba puesto, sino que execró el nombre del emperador por esta injusticia. Una provocación así fue suficiente para atraer sobre sí la venganza pagana; fue entonces arrestado, severamente torturado, y finalmente quemado vivo. Todos los cristianos fueron prendidos y encarcelados; Galerio ordenó en privado que el palacio imperial fuera incendiado, para que los cristianos fueran acusados de incendiarios, dándose una plausible razón para llevar a cabo la persecución con la mayor de las severidades. Comenzó un sacrificio general, lo que ocasionó el inicio de los martirios. No se hacía distinción de edad ni de sexo; el nombre de cristiano era tan odioso para los paganos que todos inmediatamente cayeron víctimas de sus opiniones. Muchas casas fueron incendiadas, y familias cristianas enteras perecieron en las llamas; a otros les ataron piedras en el cuello, y atados juntos fueron llevados al mar. La persecución se hizo general en todas las provincias romanas, pero principalmente en el este. Por cuanto duró diez años, es imposible determinar el número de mártires, ni enumerar las varias formas de martirio. Potros, azotes, espadas, dagas, cruces, veneno y hambre se emplearon en los diversos lugares para dar muerte a los cristianos; y se agotó la imaginación en el esfuerzo de inventar torturas contra gentes que no habían cometido crimen alguno, sino que pensaban de manera distinta de los seguidores de la superstición.

Una ciudad de Frigia, totalmente poblada por cristianos, fue quemada, y todos los moradores perecieron en las llamas. Cansados de la degollina, finalmente, varios gobernadores de provincias presentaron ante la corte imperial lo inapropiado de tal conducta. Por ello a muchos se les eximió de ser ejecutados, pero, aunque no eran muertos, se hacía todo por hacerles la vida miserable; a muchos se les cortaban las orejas, las narices, se les sacaba el ojo derecho, se inutilizaban sus miembros mediante terribles dislocaciones, y se les quemaba la carne en lugares visibles con hierros candentes. Es necesario ahora señalar de manera particular a las personas más destacadas que dieron su vida en martirio en esta sangrienta persecución. Sebastián, un célebre mártir, había nacido en Narbona, en las Galias, y después llego a ser oficial de la guardia del emperador en Roma. Permaneció un verdadero cristiano en medio de la idolatría. Sin dejarse seducir por los esplendores de la corte, sin mancharse por los malos ejemplos, e incontaminado por esperanzas de ascenso. Rehusando caer en el paganismo, el emperador lo hizo llevar a un campo cercano a la ciudad, llamado Campo de Marte, y que allí le dieran muerte con flechas; ejecutada la sentencia, algunos piadosos cristianos acudieron al lugar de la ejecución, para dar sepultura a su cuerpo, y se dieron entonces cuenta de que había señales de vida en su cuerpo; lo llevaron de inmediato a lugar seguro, y en poco tiempo se recuperó, preparándose para un segundo martirio; porque tan pronto como pudo salir se puso intencionadamente en el camino del emperador cuando éste subía hacia el templo, y lo reprendió por sus muchas crueldades e irrazonables prejuicios contra el cristianismo. Diocleciano, cuando pudo recobrarse de su asombro, ordenó que Sebastián fuera arrestado y llevado a un lugar cercano a palacio, y allí golpeado hasta morir; y para que los cristianos no lograran ni recuperar ni sepultar su cuerpo, ordenó que fuera echado a la alcantarilla. Sin embargo, una dama cristiana llamada Lucina encontró la manera de sacarlo de allí, y de sepultarlo en las catacumbas, o nichos de los muertos. Vito, siciliano de una familia de alto rango, fue educado como cristiano; al aumentar sus virtudes con el paso de los años, su constancia le apoyó a través de todas las aflicciones, y su fe fue superior a los más grandes peligros. Su padre Hylas, que era pagano, al descubrir que su hijo había sido instruido en los principios del cristianismo por la nodriza que lo había criado, empleó todos sus esfuerzos por volverlo al paganismo, y al final sacrificó su hijo a los ídolos, el 14 de junio del 303 d.C. Víctor era un cristiano de buena familia en Marsella, en Francia; pasaba gran parte de la noche visitando a los afligidos y confirmando a los débiles; esta piadosa obra no la podía llevar a cabo durante el día de manera consonante con su propia seguridad; gastó su fortuna en aliviar las angustias de los cristianos pobres. Finalmente, empero, fue arrestado por edicto del emperador Maximiano, que le ordenó ser atado y arrastrado por las calles. Durante el cumplimiento de esta orden fue tratado con todo tipo de crueldades e indignidades por el enfurecido populacho. Siguiendo inflexible, su valor fue considerado como obstinación. Se ordenó que fuera puesto al potro, y él volvió sus ojos al cielo, orando a Dios que le diera paciencia, tras lo cual sufrió las torturas con la más admirable entereza. Cansados los verdugos de atormentarle, fue llevado a una mazmorra. En este encierro convirtió a sus carceleros, llamados Alejandro, Feliciano y Longino. Enterándose el emperador de esto, ordenó que fueran ejecutados de inmediato, y los carceleros fueron por ello decapitados. Víctor fue de nuevo puesto al potro, golpeado con varas sin misericordia, y de nuevo echado en la cárcel. Al ser interrogado por tercera vez acerca de su religión, perseveró en sus principios; trajeron entonces un pequeño altar, y le ordenaron que de inmediato ofreciera incienso sobre él. Enardecido de indignación ante tal petición, se adelantó valientemente, y con una patada derribó el altar y el ídolo. Esto enfureció de tal manera a Maximiano, que estaba presente, que ordenó que el pie que había golpeado el altar fuera de inmediato amputado; luego Víctor fue echado a un molino, y destrozado por las muelas, en el 303 d.C.

Estando en Tarso Máximo, gobernador de Cilicia, hicieron comparecer ante él a tres cristianos; sus nombres eran Taraco, un anciano, Probo y Andrónico. Después de repetidas torturas y exhortaciones para que se retractaran, fueron finalmente llevados a su ejecución. Llevados al anfiteatro, les soltaron varias fieras; pero ninguno de los animales, aunque hambriento, los quería tocar. Entonces el guardador sacó un gran oso, que aquel mismo día había destruido a tres hombres; pero tanto este voraz animal como una feroz leona rehusaron tocar a los presos. Al ver imposible su designio de destruirlos por medio de las fieras, Máximo ordenó su muerte por la espada, el 11 de octubre del 303 d.C. Romano, natural de Palestina, era diácono de la iglesia de Cesarea en la época del comienzo de la persecución de Diocleciano. Condenado por su fe en Antioquía, fue flagelado, puesto en el potro, su cuerpo fue desgarrado con garfios, su carne cortada con cuchillos, su rostro marcado, le hicieron saltar los dientes a golpes, y le arrancaron el cabello desde las raíces. Poco después ordenaron que fuera estrangulado. Era el 17 de noviembre del 303 d.C. Susana, sobrina de Cayo, obispo de Roma, se le notifico por parte del emperador Diocleciano para que se casara con un noble pagano, que era un pariente próximo del emperador. Rehusando el honor que se le proponía, fue decapitada por orden del emperador. Doroteo, el gran chambelán de la casa de Diocleciano, era cristiano, y se esforzó mucho en ganar convertidos. En sus labores religiosas fue ayudado por Gorgonio, otro cristiano, que pertenecía al palacio. Fueron primero torturados y luego estrangulados. Pedro, un eunuco que pertenecía al emperador, era un cristiano de una singular modestia y humildad. Fue puesto sobre una parrilla y asado a fuego lento hasta que expiró. Cipriano, conocido como el mago, para distinguirlo de Cipriano obispo de Cartago, era natural de Antioquia. Recibió una educación académica en su juventud, y se aplicó de manera particular a la astrología; después de ello, viajó para ampliar conocimientos, yendo por Grecia, Egipto, la India, etc. Con el paso del tiempo conoció a Justina, una joven dama de Antioquia, cuyo nacimiento, belleza y cualidades suscitaban la admiración de todos los que la conocían. Un caballero pagano pidió a Cipriano que le ayudara a conseguir el amor de la bella Justina; emprendiendo él esta tarea, pronto fue sin embargo convertido, quemó sus libros de astrología y magia, recibió el bautismo, y se sintió animado por el poderoso espíritu de gracia. La conversión de Cipriano ejerció un gran efecto sobre el caballero pagano que le pagaba sus gestiones con Justina, y pronto él mismo abrazó el cristianismo. Durante las persecuciones de Diocleciano, Cipriano y Justina fueron apresados como cristianos; el primero fue desgarrado con tenazas, y la segunda azotada; después de sufrir otros tormentos, fueron ambos decapitados. Eulalia, una dama española de familia cristiana, era notable en su juventud por su gentil temperamento, y por su solidez de entendimiento, pocas veces hallado en los caprichos de los años juveniles. Apresada como cristiana, el magistrado intentó de las maneras más suaves ganarla al paganismo, pero ella ridiculizó las deidades paganas con tal aspereza que el juez, enfurecido por su conducta, ordenó que fuera torturada. Así, sus costados fueron desgarrados con garfios, y sus pechos quemados de la manera más espantosa, hasta que expiró debido a la violencia de las llamas; esto ocurrió en diciembre del 303 d.C. En el año 304, cuando la persecución alcanzó a España, Daciano, gobernador de Tarragona, ordenó que Valerio, el obispo, y Vicente, el diácono, fueran apresados, cargados de cadenas y encarcelados. Al mantenerse firmes los presos en su resolución, Valerio fue desterrado, y Vicente fue puesto al potro, dislocándose sus miembros, desgarrándole la carne con garfios, y siendo puesto sobre la parrilla, no sólo poniendo un fuego debajo de él, sino pinchos encima, que atravesaban su carne. Al no destruirle estos tormentos, ni hacerle cambiar de actitud, fue devuelto a la cárcel, confinado en una pequeña e inmunda mazmorra oscura, sembrada de piedras de sílex aguzadas y de vidrios rotos, donde murió el 22 de enero del 304. Su cuerpo fue echado al río. La persecución de Diocleciano comenzó a endurecerse de manera particular en el 304 d.C., cuando muchos cristianos fueron torturados de manera cruel y muertos con las muertes más penosas e ignominiosas. De ellos enumeraremos a los más eminentes y destacados. Saturnino, un sacerdote de Albitina, una ciudad de África, fue, después de su tortura, enviado de nuevo a la cárcel, donde se le dejó morir de hambre. Sus cuatro hijos, tras ser atormentados de varias maneras, compartieron la misma suerte con su padre. Dativas, un noble senador romano; Telico, un piadoso cristiano; Victoria, una joven dama de una familia de alcurnia y fortuna, con algunos otros de clases sociales más humildes, todos ellos discípulos de Saturnino, fueron torturados de manera similar, y perecieron de la misma manera.

Agrape, Quionia e Irene, tres hermanas, fueron encarceladas en Tesalónica, cuando la persecución de Diocleciano llegó a Grecia. Fueron quemadas, y recibieron en las llamas la corona del martirio el 25 de marzo del 304. El gobernador, al ver que no podía causar impresión alguna sobre Irene, ordenó que fuera expuesta desnuda por las calles, y cuando esta vergonzosa orden fue ejecutada, se encendió un fuego cerca de la muralla de la ciudad, entre cuyas llamas subió su espíritu más allá de la crueldad humana. Agato, hombre de piadosa mente, y Cassice, Felipa y Eutiquia, fueron martirizados por el mismo tiempo; pero los detalles no nos han sido transmitidos. Marcelino, obispo de Roma, que sucedió a Cayo en aquella sede, habiéndose opuesto intensamente a que se dieran honras divinas a Diocleciano, sufrió el martirio, mediante una variedad de torturas, en el año 304, consolando su alma, hasta expirar, con la perspectiva de aquellos gloriosos galardones que recibiría por las torturas experimentadas en el cuerpo. Victorio, Carpoforo, Severo y Sevehano eran hermanos, y los cuatro estaban empleados en cargos de gran confianza y honor en la ciudad de Roma. Habiéndose manifestado contra el culto a los ídolos, fueron arrestados y azotados con la plumbetx, o azotes que en sus extremos llevaban bolas de plomo. Este castigo fue aplicado con tal exceso de crueldad que los piadosos hermanos cayeron mártires bajo su dureza. Timoteo, diácono de Mauritania, y su mujer Maura, no habían estado unidos por más de tres semanas por el vínculo del matrimonio cuando se vieron separados uno del otro por la persecución. Timoteo, apresado por cristiano, fue llevado ante Arriano, gobernador de Tebas, que sabiendo que guardaba las Sagradas Escrituras, le mandó que se las entregara para quemarlas. A esto respondió: “Si tuviera hijos, antes te los daría para que fueran sacrificados, que separarme de la Palabra de Dios”.  El gobernador, airado en gran manera ante esta contestación, ordenó que le fueran sacados los ojos con hierros candentes, diciendo: “Al menos los libros no te serán de utilidad, porque no verás para leerlos”.  Su paciencia ante esta acción fue tan grande que el gobernador se exasperó más y más; por ello, a fin de quebrantar su fortaleza, ordenó que lo colgaran de los pies, con un peso colgado del cuello, y una mordaza en la boca. En este estado, Maura le apremió tiernamente a que se retractara, por causa de ella; pero él, cuando le quitaron la mordaza de la boca, en lugar de acceder a los ruegos de su mujer, la censuró intensamente por su desviado amor, y declaró su resolución de morir por su fe. La consecuencia de esto fue que Maura decidió imitar su valor y fidelidad, y o bien acompañarle, o bien seguirle a la gloria. El gobernador, tras intentar en vano que cambiara de actitud, ordenó que fuera torturada, lo que tuvo lugar con gran severidad. Tras ello, Timoteo y Maura fueron crucificados cerca el uno del otro el 304 d.C. A Sabino, obispo de Assisi, le fue cortada la mano por orden del gobernador de Toscana, por rehusar sacrificar a Júpiter y por empujar el ídolo de delante de él. Estando en la cárcel, convirtió al gobernador y a su familia, los cuales sufrieron martirio por la fe. Poco después de la ejecución de ellos, el mismo Sabino fue flagelado hasta morir, en diciembre del 304 d.C.

Cansado de la farsa del estado y de los negocios públicos, el emperador Diocleciano abdicó la diadema imperial, y fue sucedido por Constancio y Galerio; el primero era un príncipe de una disposición sumamente gentil y humana, y el segundo igualmente destacable por su crueldad y tiranía. Estos se dividieron el imperio en dos gobiernos iguales, minando Galerio en oriente y Constancio en occidente; y los pueblos bajo ambos gobiernos sintieron los efectos de las disposiciones de los dos emperadores, porque los de occidente eran gobernados de la manera más gentil, mientras que los que residían en oriente sentían todas las miserias de la opresión y de torturas dilatadas. Entre los muchos martirizados por orden de Galerio, enumeraremos los más eminentes. Anfiano era un caballero eminente en Lucia, y estudiante de Eusebio; Julita, una mujer licaonia de linaje regio, pero más célebre por sus virtudes que por su sangre noble. Mientras estaba en el potro, dieron muerte a su hijo delante de ella. Julita, de Capadocia, era una dama de distinguida capacidad, gran virtud e insólito valor. Para completar su ejecución, le derramaron brea hirviendo sobre los pies, desgarraron sus costados con garfios, y recibió la culminación de su martirio siendo decapitada el 16 de abril del 305 d.C. Hermolaos, un cristiano piadoso y venerable, muy anciano, y gran amigo de Pantaleón, sufrió el martirio por la fe en el mismo día y de la misma manera que Pantaleón. Eustratio, secretario del gobernador de Armina, fue echado en un horno de fuego por exhortar a algunos cristianos que habían sido apresados a que perseveraran en su fe. Nicander y Marciano, dos destacados oficiales militares romanos, fueron encarcelados por su fe. Como eran ambos hombres de gran valía en su profesión, se emplearon todos los medios imaginables para persuadirles a renunciar al cristianismo; pero, al encontrarse estos medios ineficaces, fueron decapitados. En el reino de Nápoles tuvieron lugar varios martirios, en particular Januaries, obispo de Beneventum; Sosio, diácono de Misene; Próculo, que también era diácono; Eutico y Acutio, hombres del Pueblo; Festo, diácono, y Desiderio, lector, todos ellos fueron, por ser cristianos, condenados por el gobernador de Campania a ser devorados por las fieras. Pero las salvajes fieras no querían tocarlos, por lo que fueron decapitados. Quirinio, obispo de Siscia, llevado ante el gobernador Matenio, recibió la orden de sacrificar a las deidades paganas, en conformidad a las órdenes de varios emperadores romanos. El gobernador, al ver su decisión contraria, lo envió a la cárcel, cargado de cadenas, diciéndose que las durezas de una mazmorra, algunos tormentos ocasionales y el peso de las cadenas podrían quebrantar su resolución. Pero decidido en sus principios, fue enviado a Amancio, el principal gobernador de Panonia, hoy día Hungría, que lo cargó de cadenas, y lo arrastró por las principales ciudades del Danubio, exponiéndolo a la mofa popular doquiera que iba. Llegando finalmente a Sabaria, y viendo que Quirino no iba a renunciar a su fe, ordenó arrojarlo al río, con una piedra atada al cuello. Al ejecutarse esta sentencia, Quirino flotó durante cierto tiempo, exhortando al pueblo en los términos más piadosos, y concluyendo sus amonestaciones con esta oración: “No es nada nuevo para ti, oh todopoderoso Jesús, detener los cursos de los ríos, ni hacer que alguien camine sobre el agua, como hiciste con tu siervo Pedro; el pueblo ya ha visto la prueba de tu poder en mí, concédeme ahora que dé mi vida por tu causa, oh mi Dios”. Al pronunciar estas últimas palabras se hundió de inmediato, y murió, el 4 de junio del 308 d.C. Su cuerpo fue después rescatado y sepultado por algunos piadosos cristianos. Pánfilo, natural de Fenicia, de una familia de alcurnia, fue un hombre de tan grande erudición que fue llamado un segundo Orígenes. Fue recibido en el cuerpo del clero en Cesarea, donde estableció una biblioteca pública y dedicó su tiempo a la práctica de toda virtud cristiana. Copió la mayor parte de las obras de Orígenes de su propio puño y letra, y, ayudado por Eusebio, dio una copia correcta del Antiguo Testamento, que había sufrido mucho por la ignorancia o negligencia de los anteriores transcriptores. En el año 307 fue prendido y sufrió tortura y martirio. Marcelo, obispo de Roma, al ser desterrado por su fe, cayó mártir de las desgracias que sufrió en el exilio, el 16 de enero del 310 d.C. Pedro, el decimosexto obispo de Alejandría, fue martirizado el 25 de noviembre del 311 d.C. por orden de Máximo César, que minaba en el este. Inés, una doncella de sólo trece años, fue decapitada por ser cristiana; también lo fue Serena, la esposa emperatriz de Diocleciano. Valentín, su sacerdote, sufrió la misma suerte en Roma; y Erasmo, obispo, fue martirizado en Campania. Poco después de esto, la persecución aminoró en las zonas centrales del imperio, así como en occidente; y la providencia comenzó finalmente a manifestar la venganza contra los perseguidores.

Mientras el oriente era gobernado con gran crueldad, en occidente había otro emperador muy diferente llamado Constantino. Acerca de su primera educación religiosa no se poseen dalos suficientes. Su padre demostró alguna inclinación al cristianismo. Su madre Elena, si no cristiana declarada, era también adicta al credo de los que tanto sufrían por su fe. Como los cristianos eran numerosos, no es extraño que Constantino haya tenido trato con algunos de ellos en su juventud, y que esto lo haya predispuesto en su favor. Fue testigo de la persecución bajo Diocleciano. Se encontraba en Nicomedia cuando ésta principió, y las escenas de fanatismo y barbarie que presenció, formaban un notable contraste con las ideas de tolerancia que profesaba su padre. Pudo ver que en el cristianismo había algo que no podía ser destruido ni con fuego ni con la espada más aguda. Cuando fue proclamado Augusto por las legiones que su padre había conducido a Britania, es decir el año 306, se mostró aún ligado al paganismo y en el año 308 ofreció sacrificios en el templo de Apolo por la buena marcha de su reinado. Creía que era deudor a los dioses por la buena suerte de su carrera. Sólo después de sus victorias contra Magencia es que hace sus primeras declaraciones públicas en favor del cristianismo, esto es, en el año 312, cuando llegó a ser único emperador de Occidente.


Las circunstancias que produjeron este cambio en la conducta de Constantino tienen como única explicación lo que se llama la historia de la visión de la cruz. Daremos el relato como ha sido transmitido a la posteridad por Eusebio, quien dice que se lo relató al mismo Constantino, asegurándole con juramento que todo lo que le decía era la pura verdad. He aquí el relato. Cuando Magencio estaba haciendo sus preparativos para entrar en campaña y se encomendaba a los dioses de su predilección, observando escrupulosamente las ceremonias paganas, Constantino se puso a pensar en la necesidad que tenía de no confiar únicamente en la fuerza de sus armas y valor de sus soldados, Los fracasos de los últimos emperadores disminuían su confianza en el poder protector de los dioses, y vacilaba acerca de la actitud que debía asumir. El ejemplo de su padre, quien creía en un solo Dios omnipotente, le recordó que no debía confiar en ningún otro. Se dirigió por lo tanto a este Dios, pidiéndole que se le revelase y que le diese la victoria en la próxima batalla que estaba por librar. Mientras estaba orando vio, suspendida en los cielos, una cruz refulgente y debajo de ella esta inscripción: Tonto Nika. Se dice que la visión fue vista por todo el ejército que se dirigía a Italia, y que todos se llenaron de asombro. Probablemente la inscripción fue vista en el idioma del emperador, el latín: In Hoc Signo Vinces lo que significa: Con este signo vencerás. Mientras Constantino estaba pensando en la visión, Cristo le apareció en sueños con el mismo símbolo que había visto en el cielo, y le dijo que formase una bandera según ese modelo para usarla como protección contra los enemigos. Esto dio origen al lábaro, estandarte que está suspendido en una cruz y que lleva la X como monograma de Cristo. Después de esta visión, Constantino hizo llamar a varios maestros cristianos, a quienes preguntó acerca de sus creencias y de la significación del símbolo que le había aparecido. Así Constantino uso el símbolo de la cruz y venció. Desde entonces decreto el cristianismo como la religión oficial del imperio y trajo un periodo de paz a toda la iglesia la cual dura hasta el tiempo de John Wycliff.


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