Cuando nos humillamos ante su palabra (2 Crónicas 34:23-28)

“Y ella respondió: Jehová Dios de Israel ha dicho así: Decid al varón que os ha enviado a mí, que así ha dicho Jehová: He aquí yo traigo mal sobre este lugar, y sobre los moradores de él, todas las maldiciones que están escritas en el libro que leyeron delante del rey de Judá; por cuanto me han dejado, y han ofrecido sacrificios dioses ajenos, provocándome a ira con todas las obras de sus manos; por tanto, se derramará mi ira sobre este lugar, y no se apagará. Mas al rey de Judá, que os ha enviado a consultar a Jehová, así le diréis: Jehová el Dios de Israel ha dicho así: Por cuanto oíste las palabras del libro, y tu corazón se conmovió, y te humillaste delante de Dios al oír sus palabras sobre este lugar y sobre sus moradores, y te humillaste delante de mí, y rasgaste tus vestidos y lloraste en mi presencia, yo también te he oído, dice Jehová. He aquí que yo te recogeré con tus padres, y serás recogido en tu sepulcro en paz, y tus ojos no verán todo el mal que yo traigo sobre este lugar y sobre los moradores de él. Y ellos refirieron al rey la respuesta”.
2 Crónicas 34:23-28

INTRODUCCIÓN.


Después de la muerte de Salomón el reino se dividió en dos, Israel en la parte norte, y Judá en la parte sur. De entre todos los reyes buenos que tuvo el reino del sur, Josías quizás sobresale entre todos ellos porque desde sus 8 años se dispuso a buscar a Dios de todo su corazón y por todas las reformas espirituales que hizo, pero quizás lo más admirable fue su gran devoción y temor a la palabra de Dios. Cuando Josías mando a reconstruir el templo sus funcionarios encontraron un libro entre los escombros sin saber que se trataba de la ley de Dios y estos a su vez se lo leyeron al rey. Veamos lo que podemos aprender de esta sorprendente historia.

Josías
Josías se humilla ante la palabra de Dios

                               I.            EL HALLAZGO DEL LIBRO ENCONTRADO Y LEÍDO.


“A los dieciocho años de su reinado, después de haber limpiado la tierra y la casa, envió a Safán hijo de Azalía, a Maasías gobernador de la ciudad, y a Joa hijo de Joacaz, canciller, para que reparasen la casa de Jehová su Dios. Vinieron éstos al sumo sacerdote Hilcías, y dieron el dinero que había sido traído a la casa de Jehová, que los levitas que guardaban la puerta habían recogido de mano de Manasés y de Efraín y de todo el remanente de Israel, de todo Judá y Benjamín, y de los habitantes de Jerusalén. Y lo entregaron en mano de los que hacían la obra, que eran mayordomos en la casa de Jehová, los cuales lo daban a los que hacían la obra y trabajaban en la casa de Jehová, para reparar y restaurar el templo… Y al sacar el dinero que había sido traído a la casa de Jehová, el sacerdote Hilcías halló el libro de la ley de Jehová dada por medio de Moisés”.
2 Crónicas 34:8-10, 14

En estos versículos vemos como los funcionarios del rey Josías encontraron el libro que contenía la ley de Dios, la cual al parecer por años había estado perdida y tanto el pueblo como sus funcionarios no la conocían. Cuan triste es cuando el pueblo es privado de la ley de Dios, la ignorancia en cuento a sus promesas y estatutos los hace tropezar en la trampa del pecado, y así había pasado con este pueblo ya que después de los reinados de Manasés y Amón habían transcurrido alrededor de 57 años donde la superstición e idolatría habían reinado en medio de Judá y la ley de Dios había quedado en el completo olvido.

“Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos”.
Oseas 4:6

            Cuando la palabra de Dios no es predicada la maldad crece sin ninguna oposición. Aquel día el libro de la ley fue encontrado, desempolvado y leído delante del rey.

                            II.            LA ACTITUD HACIA LA PALABRA DE DIOS.


Cuando el rey Josías escucho lo que la ley decía, y al considerar su gran pecado delante de Dios y los juicios que vendrían sobre ellos por causa de su maldad, su actitud cambio y esta debería ser la nuestra ante la palabra de Dios. Veamos cual debería ser nuestra actitud ante la palabra de Dios.

1.      Arrepentirnos de nuestros pecados.


En primer lugar reconoció el pecado que se había cometido y le dolió en su corazón: “Luego que el rey oyó las palabras de la ley, rasgó sus vestidos”, (2 Crónicas 34:19). Más adelante la profetisa Hulda dice referente a su actitud ante haber oído los juicios que vendrían por los pecados de su pueblo: Por cuanto oíste las palabras del libro, y tu corazón se conmovió, y te humillaste delante de Dios al oír sus palabras sobre este lugar y sobre sus moradores, y te humillaste delante de mí, y rasgaste tus vestidos y lloraste en mi presencia, yo también te he oído. Muchos que escuchan la palabra de Dios se muestran insensibles y deciden seguir en sus pecados ignorando que su decisión los llevara a la condenación eterna. No obstante, nosotros debemos ser atentos a la palabra de Dios y reconocer nuestras maldades.

2.      Buscar la ayuda en la palabra de Dios.


En segundo lugar, busco ayuda en la misma palabra de Dios: “Andad, consultad a Jehová por mí y por el remanente de Israel y de Judá acerca de las palabras del libro que se ha hallado; porque grande es la ira de Jehová que ha caído sobre nosotros, por cuanto nuestros padres no guardaron la palabra de Jehová, para hacer conforme a todo lo que está escrito en este libro”, (2 Crónicas 34:21). La misma palabra que muestra el inexorable destino del pecador es la que le ofrece la salida y el plan de salvación.

3.      Creer en la palabra de Dios.


En tercer lugar, creer en que la misericordia de Dios es suficiente para salvarnos. Como consecuencia de su humillación, Dios le prometió que no vería este mal que venía sobre Jerusalén y él le creyó: He aquí que yo te recogeré con tus padres, y serás recogido en tu sepulcro en paz, y tus ojos no verán todo el mal que yo traigo sobre este lugar y sobre los moradores de él. Y ellos refirieron al rey la respuesta. Lo único que necesitamos es creer y Josías lo hizo.

4.      Obedecer la palabra de Dios.


Finalmente, la actitud de tomo Josías después de creer que Dios lo había perdonado fue de completa obediencia en su palabra: “Y estando el rey en pie en su sitio, hizo delante de Jehová pacto de caminar en pos de Jehová y de guardar sus mandamientos, sus testimonios y sus estatutos, con todo su corazón y con toda su alma, poniendo por obra las palabras del pacto que estaban escritas en aquel libro. E hizo que se obligaran a ello todos los que estaban en Jerusalén y en Benjamín; y los moradores de Jerusalén hicieron conforme al pacto de Dios, del Dios de sus padres”, (2 Crónicas 34:31-32). Después de creer en Dios y sus promesas, el rey se comprometió a obedecer su ley, y obligo a su pueblo a sujetarse a Dios, de igual forma, cada uno de nosotros debe obedecer su palabra después de recibir por fe su gran salvación y por eso Pablo decía que aquellos que se someten al señorío de Cristo y cree en su sacrificio será salvo: “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”, (Romanos 10:9).

                         III.            LAS CONSECUENCIAS DE HUMILLARNOS ANTE SU PALABRA.


“Por cuanto oíste las palabras del libro, y tu corazón se conmovió, y te humillaste delante de Dios al oír sus palabras sobre este lugar y sobre sus moradores, y te humillaste delante de mí, y rasgaste tus vestidos y lloraste en mi presencia, yo también te he oído, dice Jehová. He aquí que yo te recogeré con tus padres, y serás recogido en tu sepulcro en paz, y tus ojos no verán todo el mal que yo traigo sobre este lugar y sobre los moradores de él”.

            Como consecuencia de haberse humillado ante la palabra de Dios, Josías fue salvado del terrible juicio que venía sobre Jerusalén por causa de sus pecados, así todo aquel que se arrepiente de sus pecados Jesús lo salva de la condenación eterna.

CONCLUSIÓN.


            Nuestra actitud hacia la palabra de Dios tiene que ser en completa humillación y obediencia, porque cuando hacemos así el Señor perdona nuestros pecados y nos rescata de la condenación eterna: “Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas”, (Santiago 1:21).




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