Las Virtudes Verdadero del Amor (1 Corintios 13:4-7)



“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.
1 Corintios 13:4-7

INTRODUCCIÓN


                En estos versículos el apóstol Pablo nos describe la grandeza del amor a través de presentarnos las virtudes que lo definen como tal. Estos versículos de 1 Corintios 13 son una descripción clara de lo que el amor hace y no hace, son una descripción de la verdadera naturaleza del amor. En el griego original se utilizan ciertos verbos que dificultan encontrar una traducción apropiada en español y allí que podamos ver como esta lista de cualidades varia de traducción a traducción. Por ejemplo, la NVI traduce estos versículos con estas palabras: “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. La Biblia DHH lo traduce de esta forma: “Tener amor es saber soportar; es ser bondadoso; es no tener envidia, ni ser presumido, ni orgulloso, ni grosero, ni egoísta; es no enojarse ni guardar rencor; es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad. Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo”. Y así podríamos revisar otras versiones de la Biblia donde algunas palabras varían ligeramente, pero esto se debe a lo difícil que resulta en ocasiones encontrar la mejor traducción para dichas palabras griegas. Veamos en que consiste cada característica.

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Las Virtudes Verdadero del Amor

EL AMOR ES PACIENTE EN SU TRATO CON LOS DEMÁS


“El amor es sufrido…”
1 Corintios 13:4

          En primer lugar se nos dice que el amor es sufrido. La palabra sufrido proviene del griego makrozumía (μακροθυμία) lo cual literalmente significa “lejos de enojarse”. En este sentido su uso se aplica a la paciencia que se debe tener respecto a sus semejantes. Crisóstomo la describe como el espíritu que tiene poder para vengarse, pero no se venga. Makrozumía es el espíritu que soporta los insultos y las injurias sin amargura ni queja. “Por lo tanto, como escogidos de Dios, santos y amados,  vístanse de afecto entrañable y de bondad,  humildad,  amabilidad y paciencia (makrozumía, μακροθυμία) de modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro.  Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes” (Colosenses 3:12-13, NVI). La Biblia nos exhorta a ser pacientes los unos a los otros en cuanto al trato personal a través de un verdadero amor, bondad y humildad. Nos enseña a perdonar las ofensas de los demás, así como Jesús nos perdonó todas nuestras transgresiones. Efesios 4:2 nos pide ser humildes y mansos. Estas fueron las actitudes que demostró Jesús cuando estuvo en la tierra. Se trata de actitudes que no afloran naturalmente, sino que deben cultivarse con la determinación de colocar al otro por sobre uno mismo. Sólo el Espíritu Santo puede darnos la capacidad de actuar de este modo con los demás en forma constante. El texto nos dice: soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor. La palabra “sopórtense” proviene del griego anéjomai (ἀνέχομαι) y se utiliza en el sentido de sobrecargar o sobrellevar; no obstante, el uso que Pablo le da a este vocablo tiene una connotación positiva. Denota la idea de ser paciente frente a las debilidades de los demás. A menudo le pedimos a Dios que tenga paciencia con nuestras debilidades, sin embargo, no ejercemos este mismo tipo de paciencia con los demás. Lo que nos permite conocer mejor el sentido de esta palabra es el hecho de que el Nuevo Testamento se la aplica repetidas veces a Dios: “¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad (makrozumía), ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?”, (Romanos 2:4, RV60). Si Dios hubiera sido un hombre, habría “perdido la paciencia” con el mundo por su desobediencia hace mucho tiempo. El cristiano debe tener con sus semejantes la paciencia que Dios ha tenido con él innumerables veces, sabiendo sobrellevar las imperfecciones de sus semejantes con gran paciencia, y esto es una de las características del verdadero amor.

EL AMOR ES BENIGNO


“el amor… es benigno…”
1 Corintios 13:4

                   En segundo lugar, el amor es benigno y esta palabra se traduce del griego jresteúomai (χρηστεύομαι), la cual a su vez proviene de la palabra griega jrestós (χρηστός), y esta también puede traducirse como amabilidad o a veces como misericordia. Esta misma palabra aparece en el listado del fruto del Espíritu en la carta a los Gálatas: “En cambio, el fruto del Espíritu…  benignidad (jrestótes, χρηστότης)”, (Gálatas 5:22). En su sentido etimológico la palabra benigno significa algo o alguien que no causa daño, y en su carta a los Efesios, capítulo 4, versículo 32 el apóstol Pablo desarrolla a profundidad este concepto ya que nos dice cómo debemos ser benignos, es decir, amables (jréstós), y de acuerdo a sus palabras esto se logra siendo misericordiosos con las demás personas, sabiendo perdonar así como Dios nos ha perdonado a nosotros: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”, (Efesios 4:32). Los griegos definían jrestós (χρηστός) como la disposición del corazón para considerar los asuntos de los demás como si fueran propios. Su enfoque está en considerar a los demás antes que a uno mismo, lo que provoca que sea bueno en todos sus aspectos. Así, en una sola palabra, jrestós (χρηστός), Pablo establece la ley de las relaciones personales: Debemos tratar a los demás como Jesucristo nos ha tratado a nosotros, con suma amabilidad. En sí, jrestós (χρηστός) revela un carácter generoso y no áspero, incapaz de hacer daño. La cualidad de la amabilidad se destaca prioritariamente en las relaciones con los demás. Como seres humanos, Dios nos creó mayoritariamente sociables, y es allí donde radica su importancia. Muchos de los problemas dentro de la iglesia vienen de las malas relaciones las cuales afectan la unidad de la misma. Por tanto, la benignidad es una característica del verdadero amor.

EL AMOR NO TIENE ENVIDIA


“El amor no tiene envidia…”
1 Corintios 13:4

                 En tercer lugar, se nos dice que el amor no tiene envidia. La palabra envidia proviene del griego dseleo (ζηλόω) y describe a una persona celosa en exceso, que desea desmedidamente las cosas a tal punto que llega a codiciar lo que otros tienen. Los celos son una respuesta emocional que surge cuando una persona percibe una amenaza hacia algo que considera como propio; sin embargo, estos se vuelven dañinos cuando son tan excesivos que impulsan a la persona que los tiene a ser controlador y posesivo. En la Biblia encontramos como estos celos pueden ser dañinos si provienen de un corazón envidioso. Por ejemplo, Caín tuvo celos de su hermano Abel porque sus obras y ofrendas eran mejores y termino asesinándolo: “Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros. No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas”, (1 Juan 3:11-12). Los hijos de Jacob vendieron a su hermano José a los madianitas por celos: “Y sus hermanos le tenían envidia, más su padre meditaba en esto”, (Génesis 37:11). Los sacerdotes de Jerusalén se llenaron de celos de los apóstoles y por eso los echaron en la cárcel: “Entonces levantándose el sumo sacerdote y todos los que estaban con él, esto es, la secta de los saduceos, se llenaron de celos; y echaron mano a los apóstoles y los pusieron en la cárcel pública”, (Hechos 5:17-18). En general podemos ver que los celos excesivos y envidiosos no van en armonía con el amor. Por otro lado, esta palabra también describe a alguien que se pone celosa por las cosas que otras personas tienen a tal punto que llega a codiciarlas. En la Biblia se nos enseña a no codiciar las cosas de los demás: “No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo”, (Éxodo 20:17). Por tanto, el amor es incapaz de experimentar estos sentimientos de envidia.

EL AMOR NO ES JACTANCIOSO


“El amor no es jactancioso…”
1 Corintios 13:4

                 En cuarto lugar, el amor no es jactancioso. Esta palabra proviene del griego perpereúomai (περπερεύομαι), la cual efectivamente describe a una persona que le gusta alabarse a sí misma. La jactancia o arrogancia es una actitud que Dios desaprueba. El problema con la arrogancia es que no sabe darle gloria a Dios por las cosas que logra o tiene, sino se lo atribuye a sus propias fuerzas. Por ejemplo, Nabucodonosor es un buen ejemplo de un arrogante que por no reconocer a Dios en sus caminos fue humillado a través de una locura que lo hizo creerse un animal del campo: “Al cabo de doce meses, paseando en el palacio real de Babilonia, habló el rey y dijo: ¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad? Aún estaba la palabra en la boca del rey, cuando vino una voz del cielo: A ti se te dice, rey Nabucodonosor: El reino ha sido quitado de ti; y de entre los hombres te arrojarán, y con las bestias del campo será tu habitación, y como a los bueyes te apacentarán; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que reconozcas que el Altísimo tiene el dominio en el reino de los hombres, y lo da a quien él quiere. En la misma hora se cumplió la palabra sobre Nabucodonosor, y fue echado de entre los hombres; y comía hierba como los bueyes, y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo, hasta que su pelo creció como plumas de águila, y sus uñas como las de las aves”, (Daniel 4:29-33). Por tanto, es imposible que el amor sea jactancioso ya que es una actitud pecaminosa que Dios desaprueba completamente, al contrario, el verdadero amor sabe reconocer que todo lo que tiene y ha logrado es gracias al Señor: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy”, (1 Corintios 15:10).

EL AMOR NO SE ENVANECE


“El amor no se envanece…”
1 Corintios 13:4

               También se nos dice que el amor no se envanece. Ser jactancioso parece ser igual a decir que alguien está envanecido, pero si revisamos la palabra griega que Pablo utilizo encontraremos que proviene de fusióo (φυσιόω) que en su sentido literal significa estar inflado, y en su sentido natural describe a una persona fanfarrona. Por un lado, una persona jactanciosa es alguien que presume de sus habilidades o logros cuando alguien está cerca de ella, pero fusióo describe a alguien siempre esta envanecida y que a simple vista refleja orgullo y considera a los demás como a inferiores. Generalmente una persona que se envanece refleja varias características pecaminosas, por ejemplo, de acuerdo a Proverbios una persona que se envanece es alguien jactancioso, orgulloso y altivo: “Altivez de ojos, y orgullo de corazón, y pensamiento de impíos, son pecado”, (Proverbios 21:4). En 2 Timoteo el apóstol Pablo describe el carácter impío de los falsos maestros los cuales son personas envanecidas “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita”, (2 Timoteo 3:1-5). Como vemos el amor no se envanece porque convierte a las personas en seres orgullosos y altivos lo cual es un pecado aborrecible delante de Dios.

EL AMOR NO ES RUDO


“El amor… no hace nada indebido…”
1 Corintios 13:5

                 En sexto lugar, el amor no hace nada indebido. Esta afirmación proviene de una sola palabra griega que es asjemonéo (ἀσχημονέω), la cual se puede traducir cómo comportarse con rudeza o ser grosero. El verdadero amor es dulce, jamás se comporta con rudeza, ni es grosero en su trato. Generalmente la rudeza se refleja a través de nuestras palabras las cuales reflejan el carácter grosero de algunas personas. En la Biblia uno puede recordar algunas personas que fueron groseras en su trato con los demás. Por ejemplo, Nabal hablo tan imprudente y groseramente a los siervos de David que por poco provoca su propia muerte: “Y aquel varón se llamaba Nabal, y su mujer, Abigail. Era aquella mujer de buen entendimiento y de hermosa apariencia, pero el hombre era duro y de malas obras; y era del linaje de Caleb”, (1 Samuel 25:3). Jeroboam sufrió la división de su reino debido a que no accedió a obedecer el consejo de los sabios de hablarles con buenas palabras al pueblo y en lugar de eso fue grosero y prepotente: “Ellos le hablaron diciendo: Si tú fueres hoy siervo de este pueblo y lo sirvieres, y respondiéndoles buenas palabras les hablares, ellos te servirán para siempre. Pero él dejó el consejo que los ancianos le habían dado, y pidió consejo de los jóvenes que se habían criado con él, y estaban delante de él. Y les dijo: ¿Cómo aconsejáis vosotros que respondamos a este pueblo, que me ha hablado diciendo: Disminuye algo del yugo que tu padre puso sobre nosotros? Entonces los jóvenes que se habían criado con él le respondieron diciendo: Así hablarás a este pueblo que te ha dicho estas palabras: Tu padre agravó nuestro yugo, más tú disminúyenos algo; así les hablarás: El menor dedo de los míos es más grueso que los lomos de mi padre. Ahora, pues, mi padre os cargó de pesado yugo, más yo añadiré a vuestro yugo; mi padre os castigó con azotes, más yo os castigaré con escorpiones”, (1 Reyes 12:7-11). No cabe duda de que el ser grosero y rudo no trae nada bueno y no contribuye en nada a las relaciones personales, en cambio el amor es incapaz de hacer algo indebido, de comportarse con rudeza y ser grosero.

EL AMOR NO BUSCA LO SUYO


“El amor… no busca lo suyo…”
1 Corintios 13:5

                  En séptimo lugar, el amor no busca lo suyo. Las palabras griegas que Pablo utiliza son dsetéo ou jeautú (ζητέω οὐ ἑαυτοῦ), y literalmente significa eso, no buscar lo suyo. En este sentido el verdadero amor no es egoísta ya que busca siempre satisfacer a los demás y su prioridad está en poner a los otros antes que a sus propios intereses. Si hay un hombre que fue ejemplo de esto fue Pablo, quien sin obtener ninguna ganancia llevo el evangelio para provecho de los corintios: “¿Cuál, pues, es mi galardón? Que predicando el evangelio, presente gratuitamente el evangelio de Cristo, para no abusar de mi derecho en el evangelio”, (1 Corintios 9:18). Y de la misma forma Pablo exhortaba a los creyentes a preocuparse por el bienestar de los demás de manera sincera y sin esperar nada a cambio: “Ninguno busque su propio bien, sino el del otro… como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos”, (1 Corintios 10:24, 33). El verdadero no busca lo suyo propio, sino el bienestar de su prójimo como un cumplimiento al segundo de los mandamientos más importantes: “Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, (Mateo 22:39). Este sentimiento de no buscar lo suyo sino el bien del prójimo es lo que impulso a Dios a enviar a su Hijo Jesucristo para poner su vida en rescate de muchos mostrándonos así el alcance del verdadero amor: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”, (1 Juan 4:10). Por tanto, el verdadero amor no busca lo suyo sino el bienestar del prójimo.

EL AMOR NO SE ENOJA FÁCILMENTE


“El amor… no se irrita…”
1 Corintios 13:5

               En octavo lugar, el amor no se irrita, o como lo traducen otras versiones de la Biblia no se enoja fácilmente. El término griego utilizado aquí para irritar es paraxúno (παροξύνω) y describe a una persona que es propensa a la ira, es decir, que se enoja fácilmente. El enojo es común en los seres humanos y en el griego hay dos términos que se usan generalmente para referirse a este sentimiento. La primera palabra que aparece en el Nuevo Testamento es orgé (ὀργή) que significa enojarse. La segunda palabra es zumós (θυμός) la cual puede definirse como ira, y a diferencia de orgé indica una condición más agitada de los sentimientos, una explosión de ira debido a la indignación interna llegando incluso a la venganza. Sentir enojo no es malo del todo, lo malo es llegar a la ira la cual puede llevarnos a la venganza. Uno puede ver como unos santos hombres de Dios sintieron enojo en ciertas ocasiones como cuando Pablo y Bernabé se molestaron al ver la actitud idolátrica de los habitantes de Listra: “Cuando lo oyeron los apóstoles Bernabé y Pablo, rasgaron sus ropas, y se lanzaron entre la multitud, dando voces”, (Hechos 14:14). Nuestro Señor Jesús también sintió enojo y aún lo impulso a voltear las mesas de los cambistas cuando vio el negocio que tenían dentro del Templo: “Estaba cerca la pascua de los judíos; y subió Jesús a Jerusalén, y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados. Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas”, (Juan 2:13-15). No obstante, podemos ver otros casos donde la ira se ha apoderado de algunos hombres y estos no han procedido de la mejor forma. Por ejemplo, Moisés fue controlado por su ira y golpeo dos veces la roca deshonrando a Dios y como consecuencia no entro a la tierra prometida: “Y reunieron Moisés y Aarón a la congregación delante de la peña, y les dijo: ¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?  Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias. Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado”, (Números 20:10-12). También podemos ver como la discusión entre Pablo y Bernabé los llevo a una posición de tal enojo que no pudieron ponerse de acuerdo en cuanto a si era debido llevar consigo a Marcos en su segundo viaje misionero a tal punto que se separaron: “Después de algunos días, Pablo dijo a Bernabé: Volvamos a visitar a los hermanos en todas las ciudades en que hemos anunciado la palabra del Señor, para ver cómo están. Y Bernabé quería que llevasen consigo a Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos; pero a Pablo no le parecía bien llevar consigo al que se había apartado de ellos desde Panfilia, y no había ido con ellos a la obra. Y hubo tal desacuerdo entre ellos, que se separaron el uno del otro; Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre”, (Hechos 15:36-39). En este sentido la ira es un pecado que todos debemos abandonar: “Deja la ira, y desecha el enojo; no te excites en manera alguna a hacer lo malo”, (Salmo 37:8), y en el Nuevo Testamento se nos exhorta a abandonarlo: “Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca”, (Colosenses 3:8). Ahora bien, en este versículo de 1 Corintios 13 Pablo utiliza la palabra paraxúno la cual nos habla de alguien que fácilmente se enoja y actúa explosivamente. Como creyentes debemos buscar la forma de no ser reactivos, de no permitir que el enojo nos controle y nuestras acciones respondan a nuestras emociones porque el verdadero amor no se enoja fácilmente.

EL AMOR NO GUARDA RENCOR


“El amor… no guarda rencor…”
1 Corintios 13:5

En noveno lugar, el amor no guarda rencor. La palabra rencor se traduce del griego logídsomai (λογίζομαι) que sugiere la idea de contabilizar algo en inventario. En este sentido se refiere a la acción de guardar un registro de todos los agravios recibido. El problema con esto es que con el tiempo todos estos resentimientos se convierten en raíces de amargura en el corazón y esto provoca desprecio y odio hacia las personas que nos han ofendido. En el sermón del monte Jesús puso a la ira como un pecado tan grave como el homicidio: “Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante”, (Mateo 5:21-26). El paralelismo climático de Jesús ilustra la gravedad del asunto. Primero el enojo es semejante a un crimen que debe juzgarse ante los tribunales locales de la aldea, pero el enojo da paso a insultos llamándolo necio lo cual equivale a un crimen que debe juzgarse en un tribunal más serio como el Sanedrín, y finalmente despierta el odio que se expresa en palabras más hirientes como fatuo o tondo lo cual es un pecado digno del infierno. Jesús nos dice que lo mejor es ir y ponerse de acuerdo con el adversario y lo ilustra con alguien que tiene que poner en orden sus cosas antes de ser echado a la cárcel y pagar allí todo lo que debe. De igual forma, debemos eliminar de nuestro corazón todo odio de nuestro corazón porque un día podríamos morir y pasar al infierno donde será demasiado tarde. Vivir con récores en el corazón puede llevarnos a una vida de insatisfacción debido a la amargura de corazón y en la eternidad al infierno. Por eso la Biblia nos exhorta a no permitir que el día pase y el enojo continúe en su corazón: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo”, (Efesios 4:26). Ahora bien, las Sagradas Escrituras nos dan algunos consejos para contrarrestar la ira:

a)       Primeramente, reconocer nuestra conducta impulsiva e iracunda como un verdadero problema: “El que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia”, (Proverbios 28:13). Si no lo reconocemos como problema jamás cambiaremos.
b)       Reconociendo que todas las pruebas y dificultades vienen a nuestra vida con el fin de desarrollar la paciencia: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia”, (Santiago 1:2-3).
c)       Dejar lugar a la ira de Dios, aun en los casos de extrema injusticia y no ser nosotros los que tomemos la venganza en nuestras propias manos: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”, (Romanos 12:19).
d)       Combatir el mal con el bien no devolviendo mal con mal: “No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal”, (Romanos 12:21), pero cómo hacerlo: orando hasta por nuestros enemigos.
e)        Comunicándonos para resolver el problema pensando bien lo que vamos a decir: La cordura del hombre detiene su furor, y su honra es pasar por alto la ofensa”, (Proverbios 19:11).

Por tanto, el amor no guarda ningún rencor y como creyentes debemos permitir que Dios sane cualquier herida del pasado y dejar que Dios pague a cada uno según sean sus obras.              

EL AMOR ES LA MANIFESTACIÓN DE LA VERDADERA JUSTICIA DE DIOS


“El amor… no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.
1 Corintios 13:6-7

                Finalmente, el amor es la suma de todas las más grandes virtudes que reflejan la verdadera justicia de Dios. Aquí vemos más virtudes que el verdadero amor manifiesta y nos dice que este no se goza de la injusticia, es decir, nadie que ama puede alegrarse por el mal de otra persona, al contrario, solo saber gozarse por la verdad. También nos dice que el amor es capaz de sufrir, creer, esperar y soportar por el bien de la justicia. Aquí encontramos una serie de palabras cuya raíz griega nos revela más e cuanto a su sentido original del pensamiento cristiano. Dice que el amor todo lo sufre, es decir, stegó (στέγω), y este sufrimiento viene como consecuencia de la justicia, también el amor todo lo cree, es decir, pisteúo (πιστεύω), la cual a su vez tiene su raíz en pístis (πίστις) la palabra griega que por excelencia se traduce en el Nuevo Testamento como fe la virtud que llama lo que es como si fuera. Además, el amor todo lo espera, es decir, elpídso (ἐλπίζω), que describe una confianza creciente y segura en las promesas del Señor. Finalmente, el amor todo lo soporta, es decir, jupoméno (ὑπομένω), que describe a una persona perseverante en medio de las pruebas y generalmente se traduce como paciencia, pero no en el sentido de makrozumía (μακροθυμία) que es la paciencia con las personas, sino la paciencia con las pruebas y circunstancias adversas que le ayudan a no abandonar la esperanza en Dios. Por tanto, el verdadero amor posee todas aquellas grandes virtudes que reflejan la justicia de Dios y que son exclusivas del evangelio, el amar justicia y la verdad, la capacidad de sufrir por la justicia, la fe, la esperanza en sus promesas y la paciencia, son sin duda la manifestación de un corazón que sabe amar: El amor… no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.


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