La voz que resucita a los muertos (Juan 11:38-44)



“Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima. Dijo Jesús: Quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto. Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado. Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir”.
Juan 11:38-44

INTRODUCCIÓN


             Llegamos al clímax de toda la historia, la resurrección de Lázaro. Después de 37 versículos llegamos al momento donde nuestro Señor Jesucristo realizara la séptima señal la cual quizás es de las más impresionantes y contundentes ya que con ella nuestro Señor demostrara la autoridad que tiene sobre la misma muerte. Si recordamos un poco, la primera en esterarse que Jesús había llegado a Betania fue Marta la cual fue a su encuentro y de alguna manera le reclama por no haber estado allí para sanar a su hermano, sin embargo, ella expresa su fe en la resurrección de los muertos y Jesús declara aquí su quinto gran “Yo Soy” al decir: “Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”, (Juan 11:25). Luego Marta informó en secreto a María pero ésta al enterarse que el Maestro había llegado corrió hacia Él y los judíos la siguieron y fue allí donde María lloró a los pies de Jesús y nuestro Señor al ver su dolor y los lamentos de otros judíos se conmovió tanto que también lloró. Ahora lo veremos dirigiéndose al sepulcro de su amigo Lázaro donde realizara un gran milagro.

L[azaro-ven-fuera
La voz que resucita a los muertos

JESÚS SE DIRIGE AL SEPULCRO DE LÁZARO


“Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima”.
Juan 11:38

D
espués de todo esto vemos a nuestro Señor profundamente conmovido dirigiéndose al sepulcro de Lázaro: Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Una vez más Juan nos muestra la parte humana de nuestro Señor y Dios Jesucristo, un Dios que se duele de nuestro dolor e incluso llora con nosotros. Para los griegos esto era algo completamente impensable ya que en sus mitologías vemos como sus dioses son seres egoístas incapaces de sentir dolor por la raza humana, pero aquí tenían al mismo Hijo de Dios que lloraba con los que amaba. Si nuestro Dios llora por nuestro dolor podemos estar seguros que también procederá a ayudarnos y así se deja ver en este texto donde en su profundo dolor va al sepulcro con el fin de obrar a favor de aquellos que estaba en gran tristeza. El sepulcro de Lázaro era una cueva a la cual le habían puesto una gran piedra encima: Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima. Las tumbas en los tiempos de Jesús eran cuevas donde se solían meter los cadáveres y eran selladas con una gran piedra en forma de disco con el fin de proteger el cuerpo de animales, el mal tiempo o ladrones, el muerto era envuelto en lienzos y toallas, y dentro de la cueva solían colocarse hiervas aromáticas con el propósito de que el mal olor proveniente de la descomposición del cuerpo fuera atenuado, luego después de un año la familia del muerto regresaba para recoger los huesos del cuerpo y colocarlos en una caja que ponían en un nicho de la cueva.

JESÚS PIDE QUE QUITEN LA PIEDRA


“Dijo Jesús: Quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto…”.
Juan 11:39-41

               Conmovido por la triste escena nuestro Señor decide ir a la tumba de Lázaro con el propósito de resucitarlo, ahora bien, Marta y María no imaginaban lo que estaba a punto de pasar. Cuando finalmente llego al lugar pidió que le quitaran la piedra que cubría la tumba; pero Marta le advirtió que no era tan buena idea porque el muerto ya tenía cuatro días y hedía: Dijo Jesús: Quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días. Marta no deseaba que la piedra se quitara, pero esta era la que impedía que nuestro Señor realizara el milagro, por ello le dijo: Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? Solo basta creer para ver la gloria de Dios, sin embargo, a veces no la vemos porque la incredulidad no nos lo permite ya que existen ciertas piedras espirituales que tenemos que remover para poder ver la gloria de Dios. Muchas personas a veces no logran recibir de parte de Dios porque sus creencias o prejuicios les impiden, no obstante, nosotros debemos apartar la piedra de la incredulidad y permitir que Cristo obre en nuestra vida. Ante la exhortación de Jesús Marta accedió a quitar la piedra: Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto.

LA VOZ QUE RESUCITA A LOS MUERTOS

“Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado. Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir”.
Juan 11:42-44


                  Cuando hubieron quitado la piedra Jesús alzó sus ojos y levanto una plegaria a su padre a oídos de todos los judíos que estaban allí: Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado. Jesús oraba en voz alta agradeciendo al Padre que lo había oído, no porque durara que el Padre lo escuchara, sino para que la multitud que lo rodeara creyera en Él al ver el respaldo que tenia de Dios, y habiendo terminado estas palabras clamo a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera!. Uno puede imaginarse los sentimientos y admiraciones que experimentaron las personas que estaban allí, haber oído aquella poderosa voz que ordenaba a un muerto hacer lo imposible, a lo mejor los escalofríos se apoderaron de muchos, los corazones de otros debieron acelerar su ritmo y la expectativa creció en demasía. Aquella voz ordeno a un muerto a levantarse y esta debió haber resonado más allá de la muerte trayendo a Lázaro a la vida: Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir. Que gloriosa señal, aquel día el llanto y dolor se convirtió en un tan solo momento en asombro y alegría al ver como aquel que había muerto hoy está vivo escapando así de la muerte y reafirmando la autoridad de Jesús como el Hijo de Dios. Uno puede ver como esta señal como la mayor evidencia de la autoridad de Jesús ya que si bien es cierto, es maravilloso e increíble la autoridad de Jesús sobre los elementos de la tierra, sobre las enfermedades y demonios, pero el hecho que tenga autoridad sobre la muerte provoca un mayor asombro que trae esperanzas en aquellos que creemos en Él, porque sabemos que estamos seguros en sus manos y ni siquiera la muerte nos podrá arrebatar se sus manos. Si uno revisa los evangelios se da cuenta que existieron otras ocasiones donde Jesús resucito a los muertos. Por ejemplo, la hija de Jairo había muerto recientemente y fue Jesús quien la resucitó: “Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate. Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía doce años. Y se espantaron grandemente”, (Marcos 5:41-42), vemos aquí como todos aquellos que estaban allí se espantaron al ver semejante portento. En otra ocasión resucito al hijo de la viuda de Naín, este muerto tenía poco tiempo de a ver muerto ya que lo judíos acostumbraban enterrar rápido a sus muertos y no los velaban: “Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud. Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad. Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate. Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre. Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado a su pueblo”, (Lucas 7:1-16). Podemos ver aquí como la gente tuvo gran miedo y glorificaron a Dios diciendo como se había levantado un gran profeta en medio de ellos. También el día que fue crucificado al expirar y morir la tierra tembló y hubo muchas señales y entre ellas algunos muertos  resucitaron: “Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos”, (Mateo 27:50-53). Y en este evangelio hemos vista la resurrección de Lázaro el cual tenía ya cuatro días de muerto. Así como Lázaro escucho su nombre estando más allá de la muerte llegara un día cuando todos los muertos oirán su voz y saldrán, unos para vida eterna y otros para condenación: “No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; más los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación”, (Juan 5:28-29). Que hermoso es saber que un día estando en nuestro sepulcro oiremos la voz de nuestro Señor llamándonos a resucitar, no para condenación eterna, sino para vida eterna, así lo vio el apóstol Pablo cuando el Espíritu Santo le revelo el rapto de la iglesia, donde los muertos en Cristo resucitaran, y luego, los que aun estemos vivos seremos transformados y arrebatados al cielo para encontrarnos con nuestro Señor en las nubes: “Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras”, (1 Tesalonicenses 4:13-18). Con estas palabras debemos consolarnos, ya que si morimos pasamos a la presencia de Dios, pero un día oiremos su voz y vendremos a resurrección de vida y el resto de cristianos que todavía estén en vida serán arrebatados para estar delante de su presencia por toda la eternidad.



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