La promesa del Espíritu Santo (Juan 7:37-44)



“En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado. Entonces algunos de la multitud, oyendo estas palabras, decían: Verdaderamente éste es el profeta. Otros decían: Este es el Cristo. Pero algunos decían: ¿De Galilea ha de venir el Cristo? ¿No dice la Escritura que del linaje de David, y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Cristo? Hubo entonces disensión entre la gente a causa de él. Y algunos de ellos querían prenderle; pero ninguno le echó mano”.
Juan 7:37-44

INTRODUCCIÓN


                  Llegamos al último día de una de las principales festividades que los judíos celebraban en Jerusalén, el día octavo de la fiesta de los tabernáculos: “Pero a los quince días del mes séptimo, cuando hayáis recogido el fruto de la tierra, haréis fiesta a Jehová por siete días; el primer día será de reposo, y el octavo día será también día de reposo”, (Levíticos 23:39). Ya hemos explicado la importancia que esta fiesta tenía en la vida de los judíos, ya que por un lado recordaban la peregrinación de Israel por el desierto, y por otro agradecían la cosecha que Dios les concedía. Al octavo día el pueblo entero reposaba en las cabañas provisionales que hacían y recordaban cómo Dios había proveído durante 40 años el preciado maná, y al mismo tiempo hacían memoria de cómo Dios había hecho brotar agua de la peña en dos ocasiones diferentes, especialmente porque al octavo día no se les permitía hacer ningún trabajo y el agua escaseaba en medio del gran sol y les era prohibido ir a un pozo o cisterna, sacarla y cargarla hasta la cabaña provisional, lo cual hacía que los judíos comprendieran lo valioso que es el precioso líquido para la sobrevivencia del ser humano en el desierto. Es justo en este momento clave de la celebración en el cual Jesucristo se levanta y dice otras de sus declaraciones más impactantes que la Biblia registra y que hace referencia a la venida del Espíritu Santo en la vida del creyente: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.

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La promesa del Espíritu Santo

LA PROMESA DEL ESPÍRITU SANTO


“En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado”.
Juan 7:37-39

                Justo en el último de la fiesta, en el momento más importante y solemne de la festividad, Jesús se para y alzando su voz declara una poderosa promesa para todos los sedientos de Dios: En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. Este día era grande, porque era la culminación de una de las tres fiestas más solemnes de los judíos las cuales ellos esperaban año tras año con el fin de buscar a Dios y saciar la necesidad espiritual que cada uno tenía. Año tras año los judíos de la dispersión realizaban peregrinaciones hasta Jerusalén con el fin de estar en estas tres celebraciones porque dentro de ellos existía esa sed de justicia que solamente Dios podía saciar, sin embargo, aquel día Jesús se levantó y en voz alta dijo que esa sed de Dios que sentían podía ser saciada para siempre si tan solo creyesen en Él. Lo cierto es que ninguna religión o ceremonia puede saciar el corazón del hombre, y como le prometió a la mujer samaritana también a todos nosotros se nos promete que podemos beber del agua que corre de un rio de agua vida: El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Los judíos acostumbraban beber agua de pozos o cisternas, pero el agua que Jesús ofrecía no era como esas aguas estancadas, sino proviene un rio que siempre corre y está fresca. Esta es la diferencia entre lo que la religión humana ofrece y lo que Cristo tiene para cada uno de nosotros. Ahora bien, esta poderosa declaración no es más que una gran profecía de lo que iba a venir más adelante, la venida del Espíritu Santo: Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado. El apóstol Juan asocia esta declaración de los ríos de agua viva que satisfacen la sed de justicia del hombre con la venida del Espíritu Santo. En el Antiguo Testamento existen algunas profecías que anunciaban el agua de vida que Dios traería sobre la vida de los seres humanos, por ejemplo, Isaías lo declara de la siguiente forma: “Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y dará vigor a tus huesos; y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan”, (Isaías 58:11). Y en Zacarías lo leemos de la siguiente manera: “Acontecerá también en aquel día, que saldrán de Jerusalén aguas vivas, la mitad de ellas hacia el mar oriental, y la otra mitad hacia el mar occidental, en verano y en invierno”, (Zacarías 14:8). Posiblemente Jesús inspiro sus palabras en alguna de estas profecías, y esas aguas vivas que los profetas anunciaban no era más que el Espíritu Santo que Joel anuncio que vendría en los postreros tiempos: “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días”, (Joel 2:28-29). Esta profecía de Joel se cumplió después de la muerte y resurrección de Jesús, en el día de Pentecostés: “Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen”, (Hechos 2:1-4). Es el Espíritu Santo que trae el poder que el creyente necesita para vivir de acuerdo a la voluntad de Dios, es su presencia la que siempre lo acompaña y le instruye en toda justicia a través de iluminar su mente y corazón en cuanto al verdadero significado de la palabra de Dios, además de calmar el hambre y la sed espiritual que tanto agobiaba su alma. Esta definitivamente es una de las grandes promesas de Dios, el convertirnos en templo y morada del Espíritu Santo, de Dios mismo, tal y como lo declara la Escritura: “En quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”, (Efesios 2:22).

LA CONFUSIÓN DE LOS JUDÍOS EN CUANTO A LA PERSONA DE JESÚS


“Entonces algunos de la multitud, oyendo estas palabras, decían: Verdaderamente éste es el profeta. Otros decían: Este es el Cristo. Pero algunos decían: ¿De Galilea ha de venir el Cristo? ¿No dice la Escritura que del linaje de David, y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Cristo? Hubo entonces disensión entre la gente a causa de él. Y algunos de ellos querían prenderle; pero ninguno le echó mano”.
Juan 7:40-44

                  Una vez más vemos como Jesús causo confusión y controversias en medio de la gente. Por un lado estaban las personas que se admiran de Él y lo consideraban un profeta: Entonces algunos de la multitud, oyendo estas palabras, decían: Verdaderamente éste es el profeta. Otros se preguntaban si a lo mejor era el Mesías que estaban esperando: Otros decían: Este es el Cristo. Pero algunos contradecían estas palabras diciendo que jamás el Cristo vendría de Galilea, porque Jesús se había criado en Nazaret, pero ignoraban que había nacido en Belén: Pero algunos decían: ¿De Galilea ha de venir el Cristo? ¿No dice la Escritura que del linaje de David, y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Cristo? Al final las palabras de Cristo no lograron penetrar en la mayoría de las personas porque una vez más sus prejuicios religiosos lo desviaron de la verdad: Hubo entonces disensión entre la gente a causa de él. Y algunos de ellos querían prenderle; pero ninguno le echó mano. De esta forma aquella fiesta estaba terminando y muchos judíos volvieron de ella con la necesidad de su alma insatisfecha porque solamente Jesús puede darnos la verdadera agua de vida que es el Espíritu Santo, quiera Dios que todos nosotros no busquemos saciar nuestras necesidades espirituales en ningún rito religiosos porque solamente Jesús puede darnos el descanso de nuestra alma y hacer que nuestro interior corran ríos de agua viva.




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