El Fruto de los Sarmientos (Juan 15:7-15)


“Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos. Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido. Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer”.
Juan 15:7-15

INTRODUCCIÓN


              Continuando con nuestro estudio de este maravilloso evangelio, el evangelio según Juan, llagamos a otra hermosa porción bíblica que nos enseña mucho en esta alegoría de la vid verdadera que estamos considerando. Ya vimos como el tema de la viña y la vid había sido usado por Dios para hablar acerca de su relación con Israel y los frutos de justicia que esperaba encontrar en ellos, y como ahora la vid verdadera es Jesucristo. De la misma manera, vimos como los pámpanos, es decir, los sarmientos o ramas somo nosotros los cristianos, y que la única manera de dar mucho fruto es permaneciendo unidos a Él y siendo limpiados por su palabra. Veamos hoy la clase de fruto que los creyentes en Cristo podemos dar.

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El Fruto de los Sarmientos


EL FRUTO DE NUESTRAS PETICIONES CONTESTADAS


“Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho”.
Juan 15:7

               Uno de los frutos que el creyente que permanece en Cristo y ha sido limpiado por Él produce es que sus peticiones reciben respuesta a través de la oración: Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. Algo palpable que el mundo puede ver en nuestras vidas es el hecho de que nuestras peticiones pueden ser respondidas por Dios a través de la oración. A lo largo de la historia hemos visto como algunas personas desean que otras oren por ellas porque estas tienen la fama de que Dios les responde sus oraciones, sin embargo, nosotros podemos llegar a tener los mismos resultados que esta si realmente permanecemos unidos a Cristo y hemos sido limpiados por su palabra, cuando este es así, el Señor promete que podríamos pedir lo que queramos y esto nos será hecho. Es obvio que si permanecemos en su voluntad nuestras oraciones serán puras y sinceras, reuniendo las siguientes características que nos asegurarán que recibiremos lo que pedimos:

1.       Nuestras oraciones recibirán respuestas si las hacemos con fe: “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá”, (Marcos 11:24).
2.       Nuestras oraciones recibirán respuestas si estamos limpios de cualquier pecado y obedecemos sus mandamientos: “Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él”, (1 Juan 3:21-22).
3.       Nuestras oraciones recibirán respuesta de Dios si no pedimos egoístamente o para nuestro mal: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites”, (Santiago 4:3).
4.       Nuestras oraciones recibirán respuesta de Dios si perseveramos en ellas: “También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que, viniendo de continuo, me agote la paciencia. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?”, (Lucas 18:1-8).

EL FRUTO DE SER SUS DISCÍPULOS


“En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos”.
Juan 15:8

            Otro de los frutos que podemos dar es una vida conforme a la voluntad del Padre y como verdaderos discípulos: En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos. En el cristianismo, un discípulo, es una persona que se ha entregado a Cristo y que sigue sus enseñanzas, apartado de este mundo de pecado y que, a través de su vida, da un testimonio al mundo de haber si transformado. Mientras el hombre no se arrepienta de sus pecado, será imposible que produzca el fruto de la auténtica conversión, pero cuando alguien se ha rendido a Cristo y vive de acuerdo a su palabra, su testimonio impacta a las personas que lo conocen alabando así a Dios por la obras restauradora que ha hecho: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”, (Mateo 15:16).

EL FRUTO DE GUARDAR SUS MANDAMIENTOS


“Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor”.
Juan 15:9-10

               Tenemos aquí otro de los frutos que el cristiano produce cuando permanece unido a Cristo y es limpiado por su palabra, el obedecer sus mandamientos: Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Así como el Padre ha amado a Cristo, así Él nos ama a nosotros, y es este amor que nos impulsa a obedecer sus mandamientos. Cuando hablamos aquí de mandamientos, nos referimos a obedecer su palabra, o sea, aquellos mandamientos relacionados con la ley moral, tales como no robar, no ser adultero, no matar, no codiciar, no tener dioses falsos o adorarlos, no practicar la brujería, o tatuarse el cuerpo, o practicar el travestismo, etc. Obviamente el obedecer sus mandamientos no implica obedecer la ley sacerdotal como guardar el sábado o celebrar sacrificios o las fiestas que Moisés dejo establecidas en el pentateuco, así como las leyes civiles que regían la vida en comunidad de los israelitas, así como su aplicación judicial. De igual forma, estos mandamientos morales se repiten en el Nuevo Testamento, a veces se habla de las obras de la carne o son prohibiciones directas que los verdaderos hijos de Dios deben evitar, pero en todo esto no debemos olvidar que lo hacemos, no por miedo a su castigo, sino como agradecimiento a su amor que nos ha trasformado y a través de la ayuda del Espíritu Santo nos da la capacidad de poder guardarlos.

EL FRUTO DEL GOZO


“Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido”.
Juan 15:11

                 Otro de los frutos que el creyente que permanece unido a Cristo produce es el gozo: Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido. El gozo es más que un sentimiento de alegría, es un estado de regocijo y completa satisfacción que experimenta el creyente como resultado de su comunión con Cristo. No se trata de la alegría que nos producen las cosas materiales o los placeres que este mundo ofrece, más bien el gozo en el cristiano es el resultado de la obra salvífica que Cristo ha ejercido sobre cada uno de nosotros. Es el resultado de experimentar la liberación de nuestras cargas y disfrutar de su benevolencia, y por ello el gozo es un sentimiento de origen espiritual que se mantiene permanentemente, siempre y cuando nuestra comunión con Cristo no se rompa y por ello las Escrituras nos dicen: “Estad siempre gozosos”, (1 Tesalonicenses 5:16).

EL FRUTO DEL VERDADERO AMOR


“Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos”.
Juan 15:12-13

            El fruto del verdadero amor puede darse solamente en la vida de aquellos que han sido limpiados de sus pecados por la sangre de Cristo y permanecen unidos a Él: Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Sin la ayuda de Dios es completamente imposible llegar a experimentar y practicar el amor en toda su plenitud, ya que generalmente somos seres egoístas que solo buscan su propia satisfacción y bienestar, pero cuando alguien es transformado por Cristo, este puede llegar a amar a su prójimo así como Dios lo ha amado a Él, y como dice Jesús aquí, dar su vida por sus amigos como el Señor lo hizo por nosotros: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano”, (1 Juan 4:20-21).

EL FRUTO DE LA VERDADERA COMUNIÓN CON DIOS


“Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer”.
Juan 15:14-15

               Aquí encontramos otro fruto y es el de la verdadera comunión con Dios. Aquí Jesús dice algo muy importante, y es que ya no nos vería como siervos, sino como verdaderos amigos, dando a entender que la relación entre Él y sus discípulos había subido de nivel de confianza, ya que no es lo mismo tratar con un siervo o esclavo, que hacerlo con un amigo, pero esto no se puede lograr si la persona no ha sido limpiada de sus pecados por Cristo. En la Biblia se nos dice que es gracia a la obra redentora del Señor que podemos llegar a ser no solo amigos de Dios, sino también sus hijos: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados”, (Romanos 8:16-17)

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