Una Enfermedad para glorificar a Dios (Juan 9:1-5)


“Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo”.
Juan 9:1-5

INTRODUCCIÓN


                Iniciamos en esta ocasión un nuevo capítulo en este evangelio escrito por el apóstol Juan. Muchos lo ven como el comienzo de una nueva sección que se comenzara a desarrollar, después de la última fiesta de los tabernáculos a la cual Jesús acudió y donde se dieron los eventos considerados en los capítulos 7 y 8, y donde la declaración de nuestro Señor de ser la luz del mundo fue la temática principal del último capítulo. Ahora el tema de la luz del mundo continúa en este capítulo nueve al presentarnos a Jesús como aquel que puede dar vista al ciego y sacarlo del mundo de oscuridad. Esta es la sexta señal de siete que se presenta en este evangelio y con el concluyen los milagros que nuestro Señor Jesucristo realiza. No olvidemos que este evangelio presenta solo siete señales y no más como los otros evangelios, y estas son : la transformación del agua en vino (Juan 2:1-11), la sanidad del hijo de un hombre (Juan 4:46-54), sanidad de un paralitico (Juan 5:1-9), multiplicación de los panes y los peces (Juan 6:1-14), caminar sobre el agua (Juan 6:15-21), sanidad de un ciego (Juan 9:1-7) y la resurrección de Lázaro (Juan 11:38-44). Estas siete señales tienen un propósito presentar un atributo de Jesús que lo identifican como Dios y hoy consideraremos la sexta señal, la sanidad del ciego.

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Una Enfermedad para glorificar a Dios


¿QUIÉN PECÓ PARA QUE ESTE NACIERA CIEGO?



“Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?”
Juan 9:1-2

                  Una vez más los hechos continúan desarrollándose en la ciudad de Jerusalén y en este caso Jesús y sus discípulos se encuentran con un ciego que al parecer era famoso en aquel lugar ya que la pregunta que le realizan a Jesús sugiere esto: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?. Los judíos solían tener una teología en cuanto al pecado, las enfermedades y pruebas severas. Ellos creían que, si alguien padecía de una enfermedad terrible como nacer ciego, esta paralitico o enfermedad crónica era por causa de sus pecados, o los pecados de sus antepasados; por ello sus discípulos le preguntaron a Jesús si la ceguera de este hombre era consecuencia del pecado de este hombre o por los pecados de sus padres. Por ejemplo, si leemos el libro de Job nos daremos cuenta de que los amigos de Job creían que él se encontraba en esa terrible situación porque había cometido algún pecado: “Mas ¡oh, quién diera que Dios hablara, y abriera sus labios contigo, y te declarara los secretos de la sabiduría, que son de doble valor que las riquezas! Conocerías entonces que Dios te ha castigado menos de lo que tu iniquidad merece”, (Job 11:5-6). Ahora sabemos que esto no siempre es así. Ellos interpretaban las palabras del segundo mandamiento como una continuidad que Dios le daba al pecado de los padres, castigándolos por generaciones y extendiéndose a todos sus descendientes: “No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos”, (Éxodo 20:5-6). Muchos toman estos versículos para aseverar que las maldiciones generaciones existen y pueden seguir incluso a los cristianos, pero esto no es así, porque si bien es cierto, Dios castiga el pecado de los hombres que no se arrepienten y si sus descendientes persisten en sus mismos pecados tienen el mismo fin; también es cierto que la misericordia de Dios es mayor y alcanza a millares siempre y cuando estos se arrepientan. Por tanto, si sus hijos se arrepienten, estos no pagarán por los pecados de sus padres, así lo declara el Señor en Jeremías: “En aquellos días no dirán más: Los padres comieron las uvas agrias y los dientes de los hijos tienen la dentera, sino que cada cual morirá por su propia maldad; los dientes de todo hombre que comiere las uvas agrias tendrán la dentera”, (Jeremías 31:29-30). De igual manera Ezequiel afirma que cada uno morirá por su pecado: “Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: ¿Qué pensáis vosotros, los que usáis este refrán sobre la tierra de Israel, que dice: Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera? Vivo yo, dice Jehová el Señor, que nunca más tendréis por qué usar este refrán en Israel. He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare, esa morirá”, (Ezequiel 18:1-4). Sin embargo, Jesús les enseñará otra forma de interpretar las causas del sufrimiento humano.

A VECES EL SUFRIMIENTO VIENE PARA DAR PASO A LAS OBRAS DE DIOS


“Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo”.
Juan 9:3-5


                   El sufrimiento humano es un misterio muy difícil de comprender, especialmente porque a veces este alcanza a los justos. Gracias al libro de Job nos podemos dar cuenta que a veces los justos sufren por causa de Satanás, y para ser perfeccionados en la fe, especialmente cuando están a punto de recibir futuras bendiciones. A veces el sufrimiento humano viene con el objetivo de perfeccionar el carácter de los santos y a veces es por malas decisiones que estos toman. También es cierto que el sufrimiento es consecuencia de la maldad del hombre, pero aquí vemos otra razón por la cual las personas sufren: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. De alguna manera Dios había permitido que este hombre naciera ciego porque en sus planes estaba devolverle la vista para glorificar el nombre de Cristo. Ya anteriormente Jesús había afirmado su divinidad diciendo que Él era la luz de este mundo, ahora aquí estaba este ciego de nacimiento que muchos en Jerusalén conocían, por ello nuestro Señor estaba dispuesto a demostrar que sus palabras eran verdaderas al devolverle la vista a este hombre a plena vista de muchos testigos, por ello les dijo a sus discípulos: Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo. Así como hay un día donde el hombre realiza todas sus actividades cotidianas, así también hay una noche donde todos descansan y toda obra humana cesa. Así hay un mundo de completa luz donde reina Dios y otro de tinieblas donde muchos se encuentran perdidos; pero Jesús vino a darnos luz, una luz que nos conduce a la gloria eterna, así como a este hombre que se encontraba literalmente hundido en un mundo de completa oscuridad; pero Jesús la luz del mundo le dio vista para que no solo gozara de las bendiciones de Dios, sino para que otras personas alabaran el nombre de Cristo al considerar sus poderosas obras. A veces los cristianos tendremos que atravesar por diferentes situaciones difíciles, pero todo eso será porque Dios quiere manifestar sus obras a favor de nuestra vida para que no solo nosotros seamos bendecidos por nuestra fe, sino para que también otros alaben las obras de nuestro Padre.


Ahora bien, si bien es cierto que habrá casos como el de Job o este ciego donde Dios hará un milagro a favor nuestro, esto no significa que esto ocurrirá con todos los cristianos ya que, en ocasiones, por razones que solo Él sabe, no ocurre exactamente así. Uno puede recordar el caso de Pablo el cual muy probablemente tenia una enfermedad en sus ojos y había pedido a Dios tres veces que lo sanara; pero no se le concedió su petición: “Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”, (2 Corintios 12;7-9). La razón por la cual algunos opinan que Pablo tenia una enfermedad en los ojos es por sus palabras en la carta a los Gálatas: “Os ruego, hermanos, que os hagáis como yo, porque yo también me hice como vosotros. Ningún agravio me habéis hecho. Pues vosotros sabéis que a causa de una enfermedad del cuerpo os anuncié el evangelio al principio; y no me despreciasteis ni desechasteis por la prueba que tenía en mi cuerpo, antes bien me recibisteis como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús. ¿Dónde, pues, está esa satisfacción que experimentabais? Porque os doy testimonio de que si hubieseis podido, os hubierais sacado vuestros propios ojos para dármelos”, (Gálatas 4:12-15). De igual forma podemos recordar las historias de grandes hombres de Dios que han sufrido por terribles enfermedades y no han sido curados, como Charles Spurgeon que sufrió por una enfermedad llamada “la gota” hasta el día de su muerte, o David Brainerd el cual sufrió de tuberculosis y murió a los 29 años, o William Carey el gran misionero que impacto a través del evangelio la India que perdió a uno de sus hijos por las frecuentes enfermedades de esa nación y sufrió la esquizofrenia de su esposa que enloqueció ante la terrible situación que sufrían, así podemos ver que en ocasiones no será la voluntad de Dios sanar las enfermedades o librarnos de dolorosas situaciones. Quizá algunos ciervos tengan que padecer enormemente en esta tierra, pero no dudemos que Dios tiene planes especiales para cada uno y en la eternidad el ha prometido grandes recompensas que no se comparan a ningún sufrimiento de esta tierra: “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.  Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios”, (Romanos 8:18-19).



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