Las Consecuencias del Pecado y su Remedio



“El que encubre sus pecados no prosperará; más el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia”.
Proverbios 28:13


INTRODUCCIÓN


                   A través de todo lo que hemos estudiado podemos comprender la gravedad del mismo pecado, de cómo este entro al mundo por medio de la desobediencia de Adán y de cómo ha afectado la naturaleza humana separándolos de Dios y condenándolos al infierno. La practica de todo pecado trae serias consecuencias para aquellos que lo practican, tal y como lo declara Salomón en uno de sus proverbios: El que encubre sus pecados no prosperará.Veamos en esta ocasión cuáles son las terribles consecuencias del pecado en la vida del hombre y el remedio que Dios nos da para escapar de los trágicos efectos del pecado.

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Las Consecuencias del Pecado y su Remedio


LAS CONSECUENCIAS DEL PECADO


                    El pecado se presenta a la vida del hombre como algo deleitoso y de hecho trae un placer temporal a la vida del ser humano, sin embargo, sus consecuencias son trágicas para aquellos que la practican. Ya vimos que el pecado es transgredir la ley de Dios, y esta ley se transgrede a través de practicar muchas cosas que la Biblia condena. A lo largo de la Escritura se nos detallan estos pecados, por ejemplo en Gálatas Pablo los llama los deseos de la carne: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”, (Gálatas 5:19-21). En 1 Corintios el mismo apóstol presenta otra lista: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios”, (1 Corintios 6:9-10). En el libro de Proverbios se nos presentan otros: “Seis cosas aborrece Jehová, y aun siete abomina su alma: Los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, El corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos”, (Proverbios 6:16-19). Y en Apocalipsis se nos da otra lista: “Mas los perros estarán fuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira”, (Apocalipsis 22:15). Como factor común uno puede ver que la primera consecuencia de practicar el pecado es condenación eterna, pero veamos en detalle en qué consisten las consecuencias del pecado.

            El pecado cosecha el mismo mal para nuestro perjuicio.


“No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; más el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna”.
Gálatas 6:7-8

              El que practica el pecado debe estar seguro que cosechara corrupción y destrucción que lo conducirán al fracaso total en su vida y al sufrimiento seguro. En Gálatas se nos dice que nadie puede escapar de esta ley espiritual, que aquello que se siembra se cosecha. Tal y como ocurre en el orden natural, si se siembra maíz, se cosechará maíz, y no frijoles; igual es en lo espiritual, ya que si sembramos en justicia el Señor traerá una cosecha de gran bendición; en contraste, si sembramos para nuestra carne, de ella cosecharemos muerte y corrupción por el mismo pecado que sembramos. Esto es parecido a un bumerán que es arrojado y vuelve a la mano que lo arrojo. Esto se puede ver en la Biblia. Por ejemplo, Jacob engaño a su padre haciéndose pasar por su hermano para que lo bendijera (Génesis 27:1-40), pero después de eso cosecho exactamente lo que hizo ya que sufrió por las mentiras de su suegro Labán el cual lo engaño con sus hijas al no darle a Raquel sino a Lea y haciéndolo trabajar 14 años para obtener lo que quería, le cambio el salario muchas veces y sufrió un total de 20 años, todo por haber escapado de su casa después de haber engañado a su padre y hermano: “Estos veinte años he estado contigo; tus ovejas y tus cabras nunca abortaron, ni yo comí carnero de tus ovejas. Nunca te traje lo arrebatado por las fieras: yo pagaba el daño; lo hurtado así de día como de noche, a mí me lo cobrabas. De día me consumía el calor, y de noche la helada, y el sueño huía de mis ojos. Así he estado veinte años en tu casa; catorce años te serví por tus dos hijas, y seis años por tu ganado, y has cambiado mi salario diez veces. Si el Dios de mi padre, Dios de Abraham y temor de Isaac, no estuviera conmigo, de cierto me enviarías ahora con las manos vacías; pero Dios vio mi aflicción y el trabajo de mis manos, y te reprendió anoche”, (Génesis 31:38-42). Ahora bien, la cosecha de Jacob no termino aquí, sino sus propios hijos lo engañaron (tal y como él lo hizo con su propio padre) haciéndole creer que su hijo José estaba muerto: “Entonces tomaron ellos la túnica de José, y degollaron un cabrito de las cabras, y tiñeron la túnica con la sangre; y enviaron la túnica de colores y la trajeron a su padre, y dijeron: Esto hemos hallado; reconoce ahora si es la túnica de tu hijo, o no. Y él la reconoció, y dijo: La túnica de mi hijo es; alguna mala bestia lo devoró; José ha sido despedazado. Entonces Jacob rasgó sus vestidos, y puso cilicio sobre sus lomos, y guardó luto por su hijo muchos días. Y se levantaron todos sus hijos y todas sus hijas para consolarlo; mas él no quiso recibir consuelo, y dijo: Descenderé enlutado a mi hijo hasta el Seol. Y lo lloró su padre”, (Génesis 37:31-35). Sin duda alguna este ejemplo es una clara muestra de cómo se cumple la ley de la siembra y la cosecha, por ello todo aquel que peca está cosechando mal y esto le traerá en el futuro terribles consecuencias que le provocaran gran sufrimiento. Es obvio que lo contrario ocurre cuando sembramos para bien.

            El pecado esclaviza.


“Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado”.
Juan 8:34

Otras de las terribles consecuencias del pecado es que los vuelve sus esclavos. Un esclavo era una persona que perdía todos sus derechos de ser una persona libre, por tanto, no tenía voluntad propia para escoger, sino que sus acciones y vida se limitaban al deseo de su amo. Así es el hombre que practica el pecado, se vuelve en un esclavo de este, ya que no puede liberarse de él, sino lo ata con fuertes cadenas espirituales que lo arrastran al infierno, por ello Jesús dijo: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. El hombre no tiene la capacidad para romper estas cadenas que lo esclavizan, no se trata de un esfuerzo humano o terapias psicológicas que le puedan ayudar a liberarse de estas fuertes ataduras, porque son espirituales, solamente el poder del Espíritu Santo puede hacer este milagro.

El pecado destruye la vida de los que lo practican.


El pecado destruye paulatinamente la vida de los seres humanos. Uno lo puede ver en todos los tipos de prácticas pecaminosas. Por ejemplo, Proverbios advierte que debemos alejarnos de la borrachera porque eso mismo que provoca deleite temporal al hombre lo esclaviza hasta destruirlo: “¿Para quién será el ay? ¿Para quién el dolor? ¿Para quién las rencillas?  ¿Para quién las quejas? ¿Para quién las heridas en balde? ¿Para quién lo amoratado de los ojos? Para los que se detienen mucho en el vino, para los que van buscando la mistura. No mires al vino cuando rojea, cuando resplandece su color en la copa. Se entra suavemente; más al fin como serpiente morderá, y como áspid dará dolor. Tus ojos mirarán cosas extrañas, y tu corazón hablará perversidades. Serás como el que yace en medio del mar, o como el que está en la punta de un mastelero. Y dirás: Me hirieron, mas no me dolió; me azotaron, mas no lo sentí; cuando despertare, aún lo volveré a buscar”, (Proverbios 23:29-35). De igual forma lo vemos en la vida de aquellos que practican el adulterio y la fornicación: “Vi entre los simples, consideré entre los jóvenes, a un joven falto de entendimiento, el cual pasaba por la calle, junto a la esquina, e iba camino a la casa de ella, a la tarde del día, cuando ya oscurecía, en la oscuridad y tinieblas de la noche. Cuando he aquí, una mujer le sale al encuentro, con atavío de ramera y astuta de corazón. Alborotadora y rencillosa, sus pies no pueden estar en casa; unas veces está en la calle, otras veces en las plazas, acechando por todas las esquinas. Se asió de él, y le besó. Con semblante descarado le dijo: Sacrificios de paz había prometido, hoy he pagado mis votos; por tanto, he salido a encontrarte, buscando diligentemente tu rostro, y te he hallado. He adornado mi cama con colchas recamadas con cordoncillo de Egipto; he perfumado mi cámara con mirra, áloes y canela. Ven, embriaguémonos de amores hasta la mañana; alegrémonos en amores. Porque el marido no está en casa; se ha ido a un largo viaje. La bolsa de dinero llevó en su mano; el día señalado volverá a su casa. Lo rindió con la suavidad de sus muchas palabras, le obligó con la zalamería de sus labios. Al punto se marchó tras ella, como va el buey al degolladero, y como el necio a las prisiones para ser castigado; como el ave que se apresura a la red, y no sabe que es contra su vida, hasta que la saeta traspasa su corazón. Ahora pues, hijos, oídme, y estad atentos a las razones de mi boca. No se aparte tu corazón a sus caminos; no yerres en sus veredas. Porque a muchos ha hecho caer heridos, y aun los más fuertes han sido muertos por ella. Camino al Seol es su casa, que conduce a las cámaras de la muerte”, (Proverbios 7:7-27). Y en general así es con todo pecado, ya que sus conductas pecaminosas los alejan de Dios y conducen sus vidas al fracaso total, llámese ese pecado: soberbia, idolatría, codicia, homicidio, robo, etc., por eso el profeta dijo: “El alma que pecare, esa morirá”, (Ezequiel 18:20).

El pecado lleva a la condenación eterna.


              Finalmente, el pecado conduce a la condenación eterna: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios”, (1 Corintios 6:9-10). La paga final del pecado es la condenación eterna en el infierno, nadie que muera en sus pecados podrá salvarse de este inexorable destino. Pero veamos entonces el remedio para el pecado.

EL REMEDIO PARA EL PECADO


                El deseo de Dios es que nadie se pierda sino que sea salvo de la condenación eterna, por ello establece un medio para poder escapar de las consecuencias de nuestros pecados: “Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”, (Romanos 6:23). Dios nos ofrece la salvación de nuestras almas a través de la fe en su Hijo Jesucristo, el cual murió por todos nuestros pecados, y en este sentido la salvación es la anti-tesis del pecado. Dios como Juez justo, demanda el castigo por el pecado ya que el dejarlo sin castigo sería un acto de injusticia y por tanto no puede pasarlos por alto, de allí que Cristo vino a esta tierra para pagar por nuestros pecados para que nosotros fuésemos salvos a través de su sacrificio. En teología hay un tema más que se considera en la doctrina del pecado, y es el de la imputación. Imputar significar atribuirle algo bueno o malo a alguien, y en este sentido todos nuestros pecados fueron imputados a Jesús quien pago nuestra deuda en la cruz del Calvario. Charles Ryrie lo explica de una forma muy sencilla basado en la carta a Filemón: “La carta a Filemón contiene lo que probablemente es la ilustración más bella de la imputación. Pablo le dice a Filemón que si su esclavo Onésimo debe algo, que se lo cargue a la cuenta del apóstol. En otras palabras, cualquier deuda que Onésimo pudiera haber contraído sería cargada a la cuenta de Pablo y éste la pagaría. En forma similar, nuestros pecados fueron atribuidos, imputados, cargados a Cristo, y Él pagó completamente nuestra deuda”. De acuerdo con esta afirmación existen tres imputaciones:

1.      La imputación del pecado de Adán a la raza humana: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”,  (Romanos 5:12). Como ya hemos visto, por medio de la desobediencia de Adán el pecado paso a toda la humanidad, este mal fue imputado a los seres humanos de tal forma que todos nacemos con esta naturaleza pecadora, y son estos pecados que nos condenan.
2.      La imputación de nuestros pecados a Cristo: “quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados”, (1 Pedro 2:24). Lewis S. Chafer lo llama “la sustitución del pecador por Cristo”, ya que Cristo toma el lugar del pecador arrepentido y así es librado de la condenación.
3.      La imputación de la justicia de Cristo al creyente: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”, (2 Corintios 5:21). Lewis S. Chafer llama a esto “la  adjudicación de la justicia de Dios al creyente en Cristo”, y en este sentido la justicia de Cristo le es adjudicada al creyente para presentarlo santo y sin mancha delante de su Padre para que este sea salvo de la condenación eterna.

De esta forma Dios provee una solución para el estado de condenación en el cual el hombre se encuentra, ya que si este se arrepiente de sus pecados y cree que el sacrificio de Jesús es suficiente para salvarlo, este es santificado y hecho heredero de la vida eterna. 

EL PECADO Y EL CRISTIANO


                 Como cristianos nuestros pecados han sido perdonados y hemos nacido a una nueva vida, tal y como lo declara Juan: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”, (Juan 1:12). A partir de aquí Dios crea en nosotros una nueva naturaleza la cual nos capacita para buscar a Dios y tener comunión con El: “De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”, (2 Corintios 5:17). Sin embargo, esto no significa que el creyente ya no tenga la vieja naturaleza, esta continua allí y por ello debe luchar por alimentar su nueva naturaleza para no ceder a los deseos de la carne.

              El creyente debe despojarse de todo pecado.


“En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros. Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo. El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”.
Efesios 4:22-32
              En estos versículos el apóstol Pablo nos enseña la manera de como los cristianos podemos vencer nuestra naturaleza pecaminosa y vivir realmente para Dios. En general podemos aprender los siguientes puntos:

1.      Renovar nuestra mente: renovaos en el espíritu de vuestra mente. Cuando venimos a Cristo nuestra mente esta viciada por muchas cosas malas que el mundo nos ha enseñado y por ello es necesario renovarla con los principios divinos de la palabra de Dios: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”, (Romanos 12:2). Es obvio que esta renovación de nuestra mente se hace a través del estudio de su palabra ya que en ella tenemos el consejo oportuno y es fuente de sabiduría y salvación que perfecciona al creyente para toda buena obra: “que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”, (2 Timoteo 3:15-17).
2.      Despojarnos del viejo hombre y vestirnos del nuevo: En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos… y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. En el antiguo oriente el hecho de mudarse de ropa era algo que no ocurría muy frecuente. La gente vestía siempre con la misma mudada y solo en ciertas ocasiones especiales se cambiaban de ropas, ya sea cuando llegaban a la adolescencia, o cuando se casaban, pero por lo general se mantenían con la misma mudada. Ahora viene Pablo y les dice a los creyentes que se despojen del ropaje del viejo hombre, y se vistan del nuevo hombre creado por Dios en justicia y santidad. Como cristianos debemos estar dispuestos a dejar atrás la vieja vida, abandonar las viejas costumbres y malos hábitos, apartarnos de toda tradición pecaminosa y enfocarnos en todo aquello que edifica nuestra vida.
3.      Sustituir los viejos vicios pecaminosos por hábitos cristianos: Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros. Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo. El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes... Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. Si nos damos cuenta el consejo del apóstol es sustituir los viejos hábitos por nuevos, por ejemplo, sustituir la mentira con hablar verdad, sustituir el enojo por el perdón evitando que el día se termine y la ira continúe, el robo por trabajar y compartir con los necesitados, las palabras corrompidas por palabras que edifiquen, y así sucesivamente.
4.      Mantener nuestra plena comunión con el Espíritu Santo: Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Esto es clave y se logra en la medida que buscamos mas las cosas de arriba y edificamos nuestra vida.

              El creyente debe pedir perdón por sus pecados.


“Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”.
1 Juan 2:1

El creyente debe esforzarse por vivir en santidad delante de Dios, pero si peca, debe acudir en arrepentimiento a su Señor para confesar sus pecados y pedir perdón. Como creyentes debemos cuidar nuestra vida de no seguir perseverando en nuestros pecados ya que de hacerlo Dios como nuestro Padre puede disciplinarnos y no olvidemos que todo aquel que no se aparta de sus pecados jamás perseverará para bien: “El que encubre sus pecados no prosperará; más el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia”, (Proverbios 28:13). Por ello evaluemos nuestra vida y en oración pidámosle a Dios perdón por todos nuestros pecados y que nos ayuden a identificar aquellos que aun se nos son ocultos: “¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos”, (Salmo 19:12).

La disciplina del Señor hacia sus hijos.


“El que tiene en poco la disciplina menosprecia su alma; mas el que escucha la corrección tiene entendimiento”.
Proverbios 15:32

Dios a través de su Espíritu Santo y su palabra nos amonesta a dejar el pecado, pero si el creyente no lo hace viene de parte de Él la disciplina. El libro de Proverbios nos dice que debemos aprender a amar la disciplina del Señor porque es para nuestro bien: El que tiene en poco la disciplina menosprecia su alma; mas el que escucha la corrección tiene entendimiento. Lo ideal es que atendamos a su corrección desde el primer momento en que somos amonestados, pero sino estemos conscientes que experimentaremos la disciplina del Señor ya que somos hijos suyos: “y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados”, (Hebreos 12:5-11). El Señor demanda santidad en la vida de sus hijos, pero si estos se apartan y no atienden su amonestación debemos estar consciente que vendrá de parte de El la disciplina con el fin de hacernos volver al camino correcto, muy diferente los incrédulos, que lejos de disciplinarlos, endurece en algunas ocasiones su corazón para que su terquedad los conduzca a condenación, tal y como le paso a faraón: “Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra. De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece”, (Romanos 9:17-18).

La victoria final sobre el pecado.


“He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”.
Romanos 15:51-57

              Esta es la victoria final sobre el pecado y la misma muerte. Como ya vimos anteriormente por medio del pecado la muerte entro a este mundo, y por ello se dice que la muerte es una consecuencia mas del pecado, tal y como Dios se lo advirtió a Adán. No obstante, Cristo venció al pecado y la muerte, sometió a Satanás y ahora todo aquel que cree en El puede ser salvo de sus pecados y heredar la promesa de la resurrección. Pablo afirma que llegara el día cuando los creyentes seremos raptados y los muertos en Cristo resucitaran, entonces este cuerpo corruptible se vestirá de incorrupción, este cuerpo mortal se vestirá de inmortalidad. Por ello exclama con cantico de gran alegría: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. Esta es la esperanza de todos los cristianos ya que sabemos que aquella imagen perfecta que se perdió en el huerto del Edén, Cristo la restaurará y no habrá mas pecado, no llanto, ni dolor: “Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”, (Apocalipsis 21:3-4). El pecado tendrá un fin y los cristianos obtendremos la victoria final gracias a Cristo. Lewis S. Chafer lo expresa así: “La revelación y la razón se unen para dar testimonio de que el mal es algo temporal en el universo de Dios. La razón nos dice que, puesto que Dios es infinitamente santo y es el Diseñador y Creador del Universo, el mal tuvo que haber comenzado sus manifestaciones después de la creación y mediante permiso de Dios, y que tiene que servir para el cumplimiento de algún propósito compatible con la justicia divina. La razón también espera que cuando ese propósito se haya cumplido, el mal será separado de la creación de Dios, y Dios, que ha tomado a su cargo la responsabilidad de juzgar el mal, cumplirá esa obra hasta el grado de perfección que caracteriza a todas sus obras. Por otro lado, la revelación predice una victoria venidera sobre el mal, la cual es de tal naturaleza que ninguna mente humana puede comprenderla”.

EPÍLOGO



                     En conclusión, el pecado entro a este mundo por medio de la desobediencia de Adán, y así todo hombre nace con esta naturaleza pecaminosa que lo impulsa a hacer el mal. La paga del pecado es la muerte, pero Dios ofrece un medio de salvación que es a través de la fe en su Hijo Jesucristo, y es gracias a nuestro Señor que podemos llegar a obtener la victoria final sobre el pecado y la muerte sabiendo que un día todo mal tendrá su fin.



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