Las Tres Fuentes que Tientan al Hombre a Pecar



“Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie”.
Santiago 1:13

INTRODUCCIÓN


                 El pecado es una realidad, y hasta ahora sabemos que Satanás fue el primer ser creado que pecó y éste a su vez lo introdujo a la vida del ser humano ya que fue él quien tentó al hombre a desobedecer a Dios, y fue a través de esta desobediencia que el pecado entro al mundo. Ahora bien, ¿de dónde proviene la fuente de tentación que hace que los hombres pequen? Definitivamente podemos asegurar que de Dios no tal y como Santiago lo afirma: Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie. Veamos a la luz de la palabra de Dios de dónde provienen estas fuentes que influyen en el hombre para que este peque.


 
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Las Tres Fuentes que Tientan al Hombre a Pecar

SATANÁS Y SUS DEMONIOS INFLUYEN EN LOS HOMBRES PARA QUE ESTOS PEQUEN


                  Una de las fuentes que influyen en el hombre para que este peque es Satanás y sus mismos demonios. De hecho uno de los nombres que recibe en la Biblia es el tentador, y respecto a esto Thomas E. Trash y Wayde I. Goodall en su libro, La Batalla, nos dicen: “A Satanás le gusta tentar e incitar a la gente a pecar. Hizo eso con los espíritus celestiales que ahora  son sus demonios, haciéndolos abandonar su propia morada (Judas 6; Apocalipsis 12:8), y en la actualidad continua tentando a la gente. Satanás tentó a Jesús (Mateo 4:3), y continua tentando a los cristianos a pesar de su relación con Dios (1 Tesalonicenses 3:5)”. En general, La Biblia afirma que “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo” (Mateo 4:1), fue él quien tentó “a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada”  los cuales ahora son sus demonios (Judas 6), el Apóstol Pablo envió a Timoteo a Tesalónica temiendo que los “hubiera tentado el tentador” a los cristianos de ese lugar (1 Tesalonicenses 3:5). Fue Satanás quien tentó al rey David a censar al pueblo lo cual desagrado a Dios: “Pero Satanás se levantó contra Israel, e incitó a David a que hiciese censo de Israel”, (1 Crónicas 21:1). Fue el diablo quien tentó a Ananías y Safira para que mintiesen a los discípulos referente al precio de la venta de la heredad: “Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad?”, (Hechos 5:3), y en general, tienta a los hombres a todo lo perverso y malo: “No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración; y volved a juntaros en uno, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia”, (1 Corintios 7:5). De igual forma, podemos ver que sus demonios también tientan a los hombres para que hagan lo malo para su propia perdición, así le paso al rey Acab: “Entonces él dijo: Oye, pues, palabra de Jehová: Yo vi a Jehová sentado en su trono, y todo el ejército de los cielos estaba junto a él, a su derecha y a su izquierda. Y Jehová dijo: ¿Quién inducirá a Acab, para que suba y caiga en Ramot de Galaad? Y uno decía de una manera, y otro decía de otra. Y salió un espíritu y se puso delante de Jehová, y dijo: Yo le induciré. Y Jehová le dijo: ¿De qué manera? Él dijo: Yo saldré, y seré espíritu de mentira en boca de todos sus profetas. Y él dijo: Le inducirás, y aun lo conseguirás; vé, pues, y hazlo así”, (1 Reyes 22:19-22). Por tanto, una de las fuentes que impulsan al hombre a pecar es Satanás y sus demonios.

EL MUNDO ES UNA FUENTE DE TENTACIÓN


                 Otra de las fuentes que tientan al hombre a pecar es el mundo. En 1 Juan se nos pide a los cristianos a no amar al mundo: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo”, (1 Juan 2:15-16). En este pasaje el término mundo se traduce de la palabra griega kósmos (κόσμος) y dependiendo del contexto donde aparece se usa para refiere a las personas como en Juan 3:16 que dice que tanto amo Dios al mundo, es decir las personas, o al sistema cultura-social-político-religioso donde vivimos. Cuando Juan dice: No améis al mundo, se refiere a no amar a este sistema en el que vivimos ya que está diseñado para que pequemos y nos alejemos de Dios: Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Si bien es cierto en el mundo hay cosas buenas, y en sí el planeta tierra nos ofrece muchas cosas buenas, y en este mundo se han creado muchas cosas que han ayudado al hombre a su desarrollo y mejor nivel de vida, también Satanás ha influido para que el sistema que nos rodea nos aleje de su presencia, tal y como lo vemos en las modas, el afán que se vive, el deseo desmedido por lo material, la música moderna que exalta al hombre, las modas que han hecho perder el pudor, la falsa religión, el ateísmo, algunas filosofías o enunciados científico que niegan la existencia de Dios, y en general, el libertinaje que hoy en día se vive y que impulsa al hombre a satisfacer los deseos de su carne, los deseos de sus ojos y la vanagloria de la vida. Todo esto es así porque el mundo está temporalmente a cargo de este mundo: “Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno”, (1 Juan 5:19). Por eso, cuando el diablo tentó a Jesús le ofreció los reinos de la tierra porque a él se los habían dado: “Y le llevó el diablo a un alto monte, y le mostró en un momento todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy. Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos”, (Lucas 4:5-7). Si bien es cierto Dios entrego este mundo para que lo cuidase: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra”, (Génesis 1:27-28), su derecho se perdió cuando este pecó, y así el diablo reclamo este mundo, pero este dominio que ejerce es temporal porque un día Cristo, en su segunda venida, lo reclamará y establecerá su reino milenial: “Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años”, (Apocalipsis 20:4). al respecto de todo esto, Charles Ryrie nos dice: “El mundo se opone al pueblo de Dios y promueve los propósitos de Satanás. Así que, el sistema del mundo es una fuente de pecado cuando cualquiera se conforma al mismo”.

              Este sistema mundial ha sido diseñado por el enemigo de nuestras almas de tal forma que va en contra de todo lo que adora al único y verdadero Dios, este es un mundo que no conoce a Cristo: “En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció”, (Juan 1:10). Por no conocerle no puede recibir al Espíritu Santo: “El Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros”, (Juan 14:17). Por ser contrario a Dios, este mundo lo aborrece a Él y a sus seguidores: “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece”, (Juan 15:18-19). Y el mismo Señor Jesús dijo que este no era su mundo ya que no le reconoce: “Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí”, (Juan 18:36). Hoy en día debemos estar claros que los cristianos no somos de este mundo, aunque vivimos en él no debemos compartir sus prácticas pecaminosas, sino nuestros principios deben ser los bíblicos, por ello nuestro Señor oró en el Getsemaní para que estando en el mundo no fuésemos de él, sino fuésemos santificados, es decir, apartados para Dios: “Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad”, (Juan 17:14-19). En este sentido es imposible que un verdadero cristiano sea amigo de este mundo, porque de lo contrario se constituye en enemigo de Dios: “¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios. ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente?”, (Santiago 4:4-5). Por ende, Los cristianos debemos vivir en este mundo pero sin compartir sus principios anti-bíblicos, sin ceder a la tentación de este mundo.

LA MISMA NATURALEZA PECAMINOSA DEL HOMBRE LO IMPULSA A PECAR


                  Finalmente, la tercera fuente de donde proviene la tentación que nos impulsa a pecar está dentro de nosotros. En la Biblia a nuestra naturaleza pecaminosa se le conoce como los deseos de la carne: “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis”, (Gálatas 5:16-17). La palabra carne se traduce del griego sarx (σάρξ), y no se refiere a la carne física del cuerpo, sino que con esta se designan a los deseos de la naturaleza pecaminosa los cuales Pablo advierte que no deben practicarse: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”, (Gálatas 5:19-21). Esta naturaleza está presente en todos nosotros y domina los deseos de los hombres para que su tendencia sea siempre a pecar. Veamos las posiciones en cuanto a la naturaleza pecaminosa del hombre.

            El pecado original.


Muchos hemos oído hablar del pecado original. Veamos lo que algunos teólogos nos dicen. Charles Ryrie llama al pecado original la herencia del pecado: “Algunos le llaman… pecado heredado. Esto enfatiza la verdad de que todas las personas heredan este estado pecaminoso de sus padres, y los padres de los de ellos, hasta llegar a Adán y Eva… Aun otros prefieren el término pecado original, porque el pecado original de Adán produjo esa corrupción de la naturaleza que fue transmitida por herencia a cada sucesiva generación”. Charles Hodge dice: “A menudo se entiende por pecado original todas las malas consecuencias subjetivas de la apostasía de nuestros primeros padre”. Myer Pearlman nos dice: “El efecto de la caída estaba tan arraigada en la naturaleza del hombre, que Adán, el padre de la raza, transmitió a sus descendientes una tendencia o inclinación a pecar (Salmo 51:5). Esta desventaja espiritual y moral bajo la cual todos los hombres nacen se conoce con el nombre de pecado original”. Catecismo menor de Westminster nos dice: “Lo pecaminoso del estado en que cayó el hombre consiste en la culpabilidad del primer pecado de Adán, la falta de justicia original, y la depravación de toda su naturaleza, a la cual se llama comúnmente pecado original, con todas las transgresiones de hecho que de ella dimanan”. Lewis S. Chafer nos comenta: “Como todo efecto tiene  su  causa, hay una causa o razón que explica el hecho de que el pecado personal es universal. Esa causa es la naturaleza, que algunas veces se la denomina naturaleza adámica, o pecado innato, o pecado original, o el viejo hombre. Cualquiera que sea el término, se refiere a la realidad que se originó en Adán y que ha sido  trasmitida desde Adán a toda la  posteridad”. Y finalmente, J. Oliver Buswell, Jr., nos comenta acerca de este tema: “Cualquiera que sea el uso adoptado es claro, (1) que la culpa del primer pecado de Adán nos es imputada judicialmente por el principio representativo, y (2) que la culpa de nuestra corrupción y de nuestros pecados particulares nos es imputada porque tal culpa está en nosotros individual y colectivamente como especie”. Por tanto, todos los seres humanos nacemos con esta condición que nos impulsa a pecar, y la misma Biblia nos dice que aun antes de nacer nos hemos rebelado contra Dios, así lo dijo David: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”, (Salmo 51:1), y en el Nuevo Testamento Pablo nos explica como el pecado entro por medio de un hombre: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”, (Romanos 5:12). Esto nos enseña que el hombre tiene desde nacimiento una naturaleza pecaminosa que lo impulsa a pecar.

La depravación total.


La depravación total forma parte de otros 4 temas conocidos con el nombre de las doctrina de la gracia, o los cinco puntos del Calvinismo (Los cinco puntos son: la depravación total, la elección incondicional, la expiación limitada, la gracia irresistible y la seguridad de la salvación), por haber sido Juan Calvino el que las llego a presentar. Respecto a este tema la Confesión de Fe de Westminster nos dice “El hombre, mediante su caída en el estado de pecado, ha perdido totalmente toda capacidad para querer algún bien espiritual que acompañe a la salvación; de tal manera que, un hombre natural, siendo completamente opuesto a aquel bien, y estando muerto en pecado, es incapaz de convertirse, o prepararse para ello, por su propia fuerza”. Charles Ryrie comenta al respecto de este tema: “La depravación significa que el hombre fracasa en cuanto a agradar a Dios. Denota su carencia de mérito ante los ojos de Dios. Este fracaso es total porque (a) afecta todos los aspectos del ser del hombre, y (b) afecta a todas las personas”. En este sentido, el hombre en su estado natural se encuentra totalmente corrompido por el pecado a tal punto que es incapaz de hacer lo bueno ya que su naturaleza es mala. En cuanto a los versículos que apoyan este pensamiento tenemos:

1.      El hombre ha sido formado en maldad y concebido en pecado: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”, (Salmo 51:1).
2.      El hombre se encuentra descarriado y apartado completamente de Dios, y esto ocurre aun desde la matriz: “Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron”, (Salmo 58:3).
3.      El hombre se apartó de Dios para seguir su propio camino: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino…”, (Isaías 53:6).
4.      El hombre tiene una naturaleza de continuo solamente el mal: “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”, (Génesis 6:5).
5.      El hombre natural está ciego espiritualmente, incapaz de ver la realidad de su pecado: “en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios”, (2 Corintios 4:4).
6.      Toda la naturaleza del hombre está totalmente depravado: “¿Por qué querréis ser castigados aún? ¿Todavía os rebelaréis? Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite”, (Isaías 1:5-6).
7.      El hombre en su estado natural se encuentra muerto en sus delitos y pecados: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados”, (Efesios 2:1).
8.      El hombre en su estado de depravación total está destituido de la gloria de Dios: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”, (Romanos 3:23)

Todos estos versículos apoyan la posición de Juan Calvino en cuanto a que el hombre en su estado natural está totalmente depravado, inhabilitado completamente de toda intención de hacer lo bueno y agradar a Dios y por tanto es un total esclavo del pecado. El apóstol Pablo auxiliándose de varios textos de los Salmos el profeta Isaías describe la condición del hombre de esta forma: “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios.  Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre;  quebranto y desventura hay en sus caminos; y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos”, (Romanos 3:10-18). Como una consecuencia de esto el hombre se encuentra perdido en sus delitos y pecados, completamente perdido en sus maldades, incapaz de buscar a Dios, tal y como Lewis S. Chafer nos dice: “Al tratar de analizar más específicamente lo que es la naturaleza de pecado, se debe recordar que es una perversión de la creación original de Dios y, en ese sentido, es algo anormal. Todas las facultades del hombre sufrieron por la caída y por la inhabilidad del hombre para hacer  el  bien. Y de  esa  confusión  interna  surge  la  extraña predisposición hacia el mal”.

            ¿Libre albedrío?


              Al considerar los versículos anteriores nos damos cuenta que apoya en mucho la doctrina de Juan Calvino en cuanto a que el hombre se encuentra totalmente depravado. Este estado lo hace incapaz de salvarse a sí mismo ya que no puede elegir el bien ya que su tendencia es de continuo solo el mal, y de acuerdo a Calvino este llega a salvarse a través de una elección incondicional de parte de Dios y un llamamiento que le hace a través de su gracia irresistible: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad”, (Efesios 1:3-4). En este sentido el hombre es completamente incapaz de elegir y tomar la decisión de salvarse, como un muerto no puede elegir. A esta manera de pensar se la ha llamado Calvinismo, debido a su promotor que fue Juan Calvino, teólogo francés que vivió entre 1509 y 1564. No obstante, existe otra posición muy fuerte que algunas iglesias de Cristo han abrazado, y es la de Jacobo Arminio, un teólogo holandés que vivió en 1560 – 1609, la cual se conoce como Arminianismo. Como el Calvinismo, el Arminianismo está de acuerdo de que el hombre está dañado y perdido en sus pecados, pero no lo desliga de su responsabilidad de elegir lo bueno, sino que afirma que el hombre aun después de la caída tiene libre albedrío para elegir el bien o el mal, y se le da la capacidad de reconocer su por su propia la voluntad su culpa y se arrepienta. ¿Será acaso que el hombre caído tiene libre albedrío? Si buscamos pasajes que nos enseñen este punto uno podría sugerir el de Deuteronomio: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia”, (Deuteronomio 30:19). Si nos damos cuenta aquí el Señor amonestaba a Israel y les exhortaba a elegir el bien para que fuera una nación bendecida. ¿Será esto una evidencia de que el hombre caído puede elegir? Si revisamos la historia de Israel nos daremos cuenta que desde el tiempo de los jueces se apartaron de Dios, y aunque hubieron hombres buenos como los jueces, algunos reyes y los profetas; la tendencia normal de ellos fue de continuo el mal, y por ello sufrieron los castigos de Dios que termino con la destrucción de sus ciudades y su deportación a las naciones paganas. Será el fracaso de Israel de ser la nación que Dios esperaba un claro ejemplo de la incapacidad del hombre de elegir lo bueno y salvarse por sus obras. Pues a la luz de los versículos que hemos estudiado parecer ser que sí.
             
              Lo cierto es que a no ser por la intervención divina el hombre es incapaz de elegir lo bueno, sin embargo, no siempre fue así, porque si consideramos al hombre en su estado original, nos daremos cuenta que Adán tenía capacidad de escoger entre lo bueno y malo, de elegir por su propia decisión comer o no del fruto prohibido: “Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”, (Génesis 2:16-17). Es claro que Dios no creo un robot al cual programo para hacer su voluntad, sino a un ser humano cuyo sello de la perfección radicaba mucho en su libre albedrío. Lamentablemente escogió el mal y así el pecado destruyo espiritualmente al hombre y lo dejo inhabilitado para buscar el bien y salvarse a sí mismo. Sin embargo, es gracia a la intervención divina que Dios quebranta el corazón perverso del hombre para que este se arrepienta y se convierta de tal forma que a partir de allí este comienza a tener un mejor discernimiento espiritual de su condición y se le vuelve a dar la capacidad de elegir entre lo bueno y lo malo, y no solo eso, sino que nos da el poder a través del Espíritu Santo para perseverar en sus caminos: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Más vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”, (Romanos 8:1-9).


              Si rescatamos algo del Arminianismo es la responsabilidad que como creyentes tenemos de elegir siempre lo bueno y cuidar nuestra salvación, no porque la vayamos a perder como se afirma en esta línea de pensamiento teológico, sino por agradecimiento y verdadero convencimiento de la obra que Cristo ha hecho por nosotros, debemos vivir santa y piadosamente delante de Dios. Por otro lado, sabemos que el Calvinismo nos enseña la seguridad de nuestra salvación, la cual no se puede perder, pero esto no significa que el creyente debe abusar de la gracia perseverando en el pecado, porque el que tal hace y no cambia ningún aspecto de su vida debe preguntarse si realmente es salvo.



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