La lamentación de Jesús por Jerusalén (Mateo 23:37-39)


“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta. Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

Mateo 23:37-39

 

INTRODUCCIÓN

              Hemos llegado al final de este maravillo capítulo el cual, como lo dijimos al principio de su estudio, lo dividimos en tres secciones para su análisis, la primera fue la observación de Jesús a una religión hipócrita que cargaba a las personas de pesadas cargas que sus líderes no querían mover (Mateo 23:1-12), luego, la segunda división consistió en presentar los siete ayes de Jesús hacia los fariseos y escribas (Mateo 23:13-36), y finalmente, hoy estudiamos la tercera división la cual corresponde al lamento de Jesús por Jerusalén (Mateo 23:37-39). Después de sus duras palabras hacia una religión hipócrita y de duro corazón, el Señor se lamenta del futuro que le espera a Jerusalén quien tuvo la oportunidad de ser salvos, pero no supieron aprovechar la oportunidad.

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La lamentación de Jesús sobre Jerusalén 

LOS INSISTENTES LLAMADOS DE DIOS A SU PUEBLO

                Después de acusar a los escribas y fariseos por la dureza de su corazón y la hipocresía que los caracterizaba, el Señor se quebranta haciendo lamentación sobre el futuro que le esperaba a Jerusalén la cual lo había rechazado innumerable veces. Las palabras: ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados!, describen la constate insistencia de Dios hacia su pueblo de acercarlos a Él a través de sus siervos los profetas, sin embargo, el pueblo se negó. Vasta leer el Antiguo Testamento para darnos cuenta de cómo el Señor llamo insistentemente a su pueblo al arrepentimiento, pero estos no escucharon sino persistieron en sus pecados de tal forma que esa actitud de rebeldía los llevo a su ruina.

Las constantes insistencias de Dios a que su pueblo se vuelva a Él.

“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! …”

Mateo 23:37

La historia del amor de Dios por Israel comienza cuando Israel era esclavo de Egipto. Dios amó tanto a Israel que decidió engrandecerlo sobre las naciones, y lo hizo no porque la nación fuese la mejor de todas sino porque la amaba: “No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano poderosa, y os ha rescatado de servidumbre, de la mano de Faraón rey de Egipto”, (Deuteronomio 7:7-8). Lamentablemente Israel no supo valorar este amor, sino constantemente se rebelaban en contra del Él en el desierto y por eso condeno a aquella generación a vagar 40 años en el desierto para que muriesen allí y fueran sus hijos los que heredaran la tierra prometida: “Y Jehová dijo a Moisés: ¿Hasta cuándo me ha de irritar este pueblo? ¿Hasta cuándo no me creerán, con todas las señales que he hecho en medio de ellos?... Mas tan ciertamente como vivo yo, y mi gloria llena toda la tierra, todos los que vieron mi gloria y mis señales que he hecho en Egipto y en el desierto, y me han tentado ya diez veces, y no han oído mi voz, no verán la tierra de la cual juré a sus padres; no, ninguno de los que me han irritado la verá”, (Números 14:11, 21-23). Esto así se cumplió, después de 40 años en el desierto aquella generación que eran niños había crecido y fueron los que conquistaron y poseyeron la tierra de Canaán al mando de Josué. Mientras Josué vivió, Israel fue fiel a Dios, pero a su muerte, la nación volvió a revelarse en contra de su Señor: “Y el pueblo había servido a Jehová todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que sobrevivieron a Josué, los cuales habían visto todas las grandes obras de Jehová, que él había hecho por Israel… Después los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a los baales. Dejaron a Jehová el Dios de sus padres, que los había sacado de la tierra de Egipto, y se fueron tras otros dioses, los dioses de los pueblos que estaban en sus alrededores, a los cuales adoraron; y provocaron a ira a Jehová”, (Jueces 2:7, 11-12). Durante este periodo que se conoce como el tiempo de los jueces de Israel, el pueblo cayó en un circulo vicioso donde se rebelaban en contra del Señor, luego el Señor los castigaba con alguna nación extranjera que los oprimía, después ellos clamaban arrepentidos, luego el Señor les levantaba un siervo que llamaban juez que los liberaba, para luego ser fieles mientras este juez vivía, pero a la muerte de este, Israel se volvía a rebelar en contra de Dios y el ciclo volvía a repetirse: “Y cuando Jehová les levantaba jueces, Jehová estaba con el juez, y los libraba de mano de los enemigos todo el tiempo de aquel juez; porque Jehová era movido a misericordia por sus gemidos a causa de los que los oprimían y afligían. Mas acontecía que al morir el juez, ellos volvían atrás, y se corrompían más que sus padres, siguiendo a dioses ajenos para servirles, e inclinándose delante de ellos; y no se apartaban de sus obras, ni de su obstinado camino”, (Jueces 2:18-19). Durante este tiempo Dios libro constantemente a Israel a través de muchas naciones extrajeras a través de diferentes jueces tal y como: Otoniel (Jueces 3:7-11), Aod (Jueces 3:12-30), Samgar (Jueces 3:31), Débora y Barac (Jueces 4:1-24), Gedeón (Jueces 6-8), Tola (Jueces 10:1-2), Yaír (Jueces 10:3-5), Jefté (Jueces 10:6-18, 11-12:1-7), Ibsán (Jueces 12:8-10), Elón (Jueces 12:11), Abdón (Jueces 12:13-15 y Sansón (Jueces 13-16). Sin embargo, el pueblo no fue totalmente fiel, y en tiempo de Samuel el cual fungió como sacerdote, juez y profeta, el pueblo se atrevió a pedir rey y dejar el gobierno teocrático que tenían, así Dios les dio a Saul como rey, comenzando el tiempo de la monarquía en Israel, pero el reinado de Saul les afecto mucho como nación, pero a su muerte, David fue elegido como el rey de Israel y en sus tiempos, Israel busco a Dios y la nación consolidó su territorio (2 Samuel 5:6-25). Luego, a su muerte, vino una época de oro para Israel bajo el reinado de su hijo Salomón al cual el Señor le dio riquezas, sabiduría y poder sobre todos sus enemigos; pero al final de sus días, el corazón de Salomón no fue fiel a Dios sino que se torció adorando ídolos extranjeros por la influencia de sus muchas mujeres: “Y cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos, y su corazón no era perfecto con Jehová su Dios, como el corazón de su padre David”, (1 Reyes 11:4). Por ello, a su muerte, ocurrió la división del reino, el reino de Israel del norte con 10 tribus fue gobernado por Jeroboam, mientras que el reino del sur quedo en Judá siendo reinado por Roboam, el hijo de Salomón. Lamentablemente, el reino del norte, Israel, cuya capital llego a ser Samaria, no tuvo reyes buenos, todos fueron malos y no tuvieron corazón recto delante del Señor. Dios en su misericordia les envió profetas que los amonestaban, profetas como Elías, Eliseo, Amós y Oseas, pero el reino del norte en Israel no los escuchó y como consecuencia fueron conquistados por Asiria y deportados a naciones extranjeras, y así, se perdieron las tribus del norte de Israel: “Y los hijos de Israel anduvieron en todos los pecados de Jeroboam que él hizo, sin apartarse de ellos, hasta que Jehová quitó a Israel de delante de su rostro, como él lo había dicho por medio de todos los profetas sus siervos; e Israel fue llevado cautivo de su tierra a Asiria, hasta hoy”, (2 Reyes 17:22-23). En cuanto al reino del sur, Judá, cuya capital fue Jerusalén, tuvo algunos reyes buenos que guiaron al pueblo en los caminos de Dios, pero estos reyes buenos fueron la minoría, la mayoría, y especialmente los últimos fueron malos y arrastraron a la nación al pecado, a pasar de esto, Dios les levanto profetas que los amonestaron tal y como Abdías, Joel, Isaías, Miqueas, Nahum, Sofonías, Habacuc y Jeremías, pero tristemente no los escucharon. Como consecuencia, Jerusalén fue destruida, el templo y sus muros quemados, y así los judíos fueron deportados por 70 años a Babilonia. De esta forma, Israel fue destruida por sus pecados y rechazaron las bondades del Señor.

Después de todo esto, vino el tiempo de la cautividad de Israel, sin embargo, a pesar que todo esto, el Señor tuvo misericordia de su pueblo, y aun en tiempos de la cautividad el Señor les levantó profetas como Ezequiel y Daniel que les hablaron, y Daniel, recordando las profecías de Jeremías, anunciaba que después de 70 años su pueblo regresaría a Jerusalén: “En el año primero de su reinado, yo Daniel miré atentamente en los libros el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén en setenta años”, (Daniel 9:2). Luego después de 70 años de cautividad, siendo los conquistadores del mundo el imperio medo-persa, el Señor visito a su pueblo y el tiempo de volver a Jerusalén llego, así, hubo varios grupos importantes que regresaron, Como los que dirigió Zorobabel y el sumo sacerdote Josué, como los que dirigió Esdras o Nehemías, cada uno aporto una misión importante en la restauración de Jerusalén como nación. Aun en este periodo la fidelidad de Israel no fue completa y Dios levanto algunos profetas que los amonestaron, tales como Hageo, Sacaría y Malaquías. Después de Malaquías, no volvió a existir otra voz de profeta por medio del cual el Señor les hablase a su pueblo, hasta los días de Juan el bautista, aproximadamente 400 años después de Malaquías, en el desierto de Judá, surgió este hombre proclamando un mensaje de arrepentimiento para la nación judía: “En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”, (Mateo 3:1-2). Así, las profecías mesiánicas habían comenzado a cumplirse y meses después el Señor Jesús apareció, pero lamentablemente, Israel volvió a rechazar el mensaje de Dios, y estaba vez no de un profeta de Dios, sino, del verdadero Hijo de Dios, el Mesías que tanto afirmaban esperar, pero que no supieron reconocer, por ello, el Señor lamenta diciendo en esta ocasión: ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados!.

El lamento profundo de Jesús por Jerusalén.

“… ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!”.

Mateo 23:37

Vasta conocer la historia de Dios con su pueblo Israel para entender el gran amor que expreso hacia su pueblo y en Jeremías declara su profundo dolor al ver como aquella nación que tanto cuido y salvo, se perdió en toda clase de pecados: “Anda y clama a los oídos de Jerusalén, diciendo: Así dice Jehová: Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto, en tierra no sembrada. Santo era Israel a Jehová, primicias de sus nuevos frutos. Todos los que le devoraban eran culpables; mal venía sobre ellos, dice Jehová. Oíd la palabra de Jehová, casa de Jacob, y todas las familias de la casa de Israel. Así dijo Jehová: ¿Qué maldad hallaron en mí vuestros padres, que se alejaron de mí, y se fueron tras la vanidad y se hicieron vanos? Y no dijeron: ¿Dónde está Jehová, que nos hizo subir de la tierra de Egipto, que nos condujo por el desierto, por una tierra desierta y despoblada, por tierra seca y de sombra de muerte, por una tierra por la cual no pasó varón, ni allí habitó hombre? Y os introduje en tierra de abundancia, para que comieseis su fruto y su bien; pero entrasteis y contaminasteis mi tierra, e hicisteis abominable mi heredad”, (Jeremías 2:2-7). Por ello, el Señor hoy vuelve a lamentar porque la historia de Israel rechazando a Dios que solo desea el bien para ellos se vuelve a repetir: ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! Cuando una gallina presiente el peligro, rápidamente cacarea llamando a sus polluelos para que estos corran a esconderse bajo sus alas y así protegerlos del ataque de animales depredadores, tristemente Israel no hizo eso, no corrió a ampararse bajo la sombra del Omnipotente y como consecuencia perseveraron en sus maldades y quedaron expuestos a la destrucción, tal y como el Señor lo declarara en los siguientes versículos.

EL JUICIO DE DIOS PARA UNA NACIÓN QUE CERRO SUS OÍDOS

“He aquí vuestra casa os es dejada desierta. Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

Mateo 23:38-39

                 La proclamación de Jesús es un anuncio profético de lo que pasaría en el año 70 d.C.: He aquí vuestra casa os es dejada desierta. Estos hombres rechazaron a Cristo y lo crucificaron, por ello el Señor lamentaba su futuro porque venían días en los cuales Jerusalén seria destruida por lo romanos, cuando el general Tito llegara con sus tropas y así Jerusalén seria destruida junto con el Templo el cual seria saqueado, miles de judíos murieron ese día y el remanente fue dispersado alrededor del mundo, así fue el final de aquella nación que pudo haber aceptado a su Mesías y cambiar las cosas. Sin embargo, el amor por su pueblo Israel no ha cambiado, y si bien es cierto, hoy en día los gentiles hemos alcanzado la salvación por medio de Jesús con algunos pocos judíos, la nación sigue esperando a su Mesías sin saber que Él ya vino, pero será en los días de la Gran Tribulación donde Israel comprenderá que Jesús es el Cristo y en medio de esos momentos difíciles dirá: Bendito el que viene en el nombre del Señor. Nosotros no debemos abusar de la misericordia y paciencia de Dios, sino aceptar su llamado antes que nuestras oportunidades se terminen y sea demasiado tarde. A partir de este momento, ya el Señor a lamentado a Jerusalén y el momento de su muerte se acerca cada vez más.



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