Las Bienaventuranzas del Reino (Mateo 5:2-12)

“Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo: Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran,  porque ellos recibirán consolación.  Bienaventurados los mansos,  porque ellos recibirán la tierra por heredad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros”.
Mateo 5:2-12

Introducción

                   El Sermón del monte registrado por Mateo 5 es diferente al Sermón del Llano predicado a la multitud en Lucas 6. El Sermón del Monte no se pronunció como una manera de salvar a los perdidos, sino como un estilo de vida para los verdaderos hijos del Reino. Era necesario para todos aquellos que habrían de responder a este sermón el arrepentimiento (Mateo 4:17). En el capítulo 4 vemos a Jesús predicando, enseñando y sanando las dolencias del pueblo, ahora que las multitudes lo siguen toma la iniciativa de ir a un monte para impartirles las verdades solemnes del Reino de Dios, tal y como Moisés lo hizo con Israel cuando lo llevo al Monte Sinaí para entregarle los mandamientos y leyes del Señor. Inmediatamente Jesús abriendo su boca les enseñaba.

bienaventuranzas
Las Bienaventuranzas
                La palabra bienaventurado viene del griego makários (μακάριος), que significa felicísimo, supremamente dichoso. Jesús se refiere al bienestar y gozo espiritual de los que participan en la salvación del Reino de Dios. Esta es una felicidad que es inalterable y autosuficiente, completamente independiente de todas las circunstancias externas de la vida. La felicidad del mundo depende de los factores externos que lo rodean; pero cuando su seguridad es quebrantada ésta desaparece. La palabra española bienaventuranza delata su origen. Contiene la palabra ventura, que indica que es algo que depende de las circunstancias cambiantes de la vida, algo que la vida puede dar pero puede igualmente destruir. La bendición cristiana es totalmente inquebrantable e  indestructible. Es interesante observar que todas las bienaventuranzas no comienzan con verbos, ya que no son simplemente afirmaciones de promesas futuras, sino exclamaciones de cosas que ya son. La bienaventuranza que pertenece al cristiano no se pospone a algún futuro reino de gloria; es una bienaventuranza que existe aquí y ahora. No es algo en lo que el cristiano entrará; es algo donde ya ha entrado. La grandeza de las bienaventuranzas es que no son vislumbres imaginadas de alguna futura belleza; no son promesas doradas de alguna gloria distante; son gritos triunfantes de bendición por un gozo permanente que nada en el mundo puede arrebatar.

Bienaventurados los pobres de espíritu

“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.
Mateo 5:3


           Todas las bienaventuranzas hacen eco a las palabras dichas por los profetas del Antiguo Testamento, especialmente Isaías 61 que alentaban a los más necesitados: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel”, (Isaías 61:1-3). La palabra pobre en este pasaje de Mateo 5:3 proviene del griego ptojós (πτωχός) y se refiere a una persona que carece de posibilidades de vivir dignamente y no tiene absolutamente nada, ni siquiera un trabajo para proveerse. Es un verdadero indigente. En este sentido son las personas podres que por su misma situación de escasez, generalmente, aunque no siempre, deciden poner toda su confianza en Dios. Por tanto las palabras “podres en espíritu” se refiere a aquellas personas que no tienen orgullo espiritual ni dependen de sí mismos, sino que ponen toda su confianza en Dios para vivir. En la Biblia Dios siempre tiene en gran estima a los pobres:

“porque no para siempre será olvidado el menesteroso, ni la esperanza de los pobres perecerá perpetuamente”.

Salmo 9:18


“Todos mis huesos dirán: Jehová, ¿quién como tú, que libras al afligido del más fuerte que él, y al pobre y menesteroso del que le despoja?”.
Salmo 35:10

                Por tanto Jesús está diciendo que son bienaventurados aquellos desposeídos que no confían en sí mismos sino que han puesto toda su confianza en Dios. Las personas que comprenden este gran principio espiritual ya no confían en nada de este mundo, ni siquiera en ellos mismos, su confianza está en Dios, no viven aferrados a las posesiones materiales ya que entienden que no les darán la verdadera felicidad y su única posesión es el Reino de los Cielos. Contrariamente el mundo considera que los verdaderos dichosos de este mundo son aquellos que son los más fuertes y que no necesitan de nadie para vivir, viven confiados en sus riquezas; pero Jesús contrasta este pensamiento. Esta bienaventuranza implica el hecho de que el hombre reconozca su profunda necesidad y dependencia de Dios, solo cuando esto ocurre, el hombre puede acercarse a Dios y ser ciudadano del reine de los cielos. William Barclay lo dice de la siguiente manera:

“¡Ah, la bienaventuranza del que es consciente de su propio y total desamparo, y que ha puesto toda su confianza en Dios porque sólo así puede rendirle aquella perfecta obediencia que le hará ciudadano del Reino del Cielo!”
William Barclay

Bienaventurados los que lloran

“Bienaventurados los que lloran,  porque ellos recibirán consolación”.
    Mateo 5:4


                 La palabra que aquí se traduce como lloro es penzéo (πενθέω) que se traduce como llorar con gran pesar, como cuando se muere un ser querido, llorar por luto. Esta bienaventuranza se puede entender desde el punto de vista de aquellos que sufren ante las injusticias de este mundo con la esperanza que recibirán la consolación de Dios. Esta bienaventuranza, como todas las demás, lanza una paradoja para este mundo. En el cristianismo las grandes recompensas vienen después de un tiempo de prueba y angustia, será imposible recibir la consolación de la respuesta de Dios a nuestras angustias si no atravesamos por el valle sombra y muerte, si no somos bautizado con el dolor y la angustia. El mismo Señor Jesús en el monte Getsemaní sabía que no podía evitar el tomar su amarga copa si quería completar su gloriosa misión.

“De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto”.
Juan 12:24

De igual manera son bienaventurados aquellos que lloran por sus propios pecados. Solo a través del arrepentimiento el ser humano puede alcanzar el perdón de sus pecados. Cuando una persona llora por su maldad como símbolo de arrepentimiento recibe la consolación de Dios a través del perdón de toda su deuda.

“Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”.
Salmo 51:17

                Sin embargo, para el mundo los dichosos son aquellos que buscan su felicidad en todo lo que este mundo ofrece, en sus fiestas, licores, drogas o todo aquello que produzca una falsa alegría. Los placeres temporales y falsos de este mundo los engañan, sin saber que el verdadero consuelo para el ser humano se encuentra en un corazón humillado y dolido por su pecado. La primera bienaventuranza denota un estado consciente de necesidad y dependencia hacia Dios, mientras que la segunda, expresa las emociones que rigen el comportamiento del que lo experimenta. Solo cuando el hombre reconoce su bajeza y naturaleza pecaminosa y ésta se expresa a través del llanto y dolor, la consolación del Señor viene a nuestras vidas. Por ello dice: Bienaventurados los que lloran,  porque ellos recibirán consolación…Esta afirmación nos recuerda la promesa de Jesús cuando dijo que nos enviaría al otro Consolador, el Espíritu Santo. Solo cuando el Espíritu de Dios mora en nuestro corazón conocemos la verdadera consolación para nuestra vida, y esto no recuerda a una promesa de Dios que dio a través de su profeta Isaías:

“Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas fueron, dice Jehová; pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra”.
Isaías 66:2

                Una vez más las Sagradas Escrituras nos presentan el mismo concepto: El Dios Omnipotente que creo todas las cosas mirará a los pobre (los que reconocen su necesidad de Dios) y humildes (los que expresan su dolor y llanto por su pecado) y a los que tiemblan a su palabra.

Bienaventurados los Mansos

“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad”.
Mateo 5:5


              La palabra manso proviene del griego praus (πραΰς) la cual en ocasiones se traduce como humilde en otras versiones de la Biblia. Realmente la humildad no era una virtud sobresaliente para los griegos en los tiempos de Jesús, más bien era una característica que expresaba cobardía e inferioridad por lo que a nadie le gustaba de ser llamado humilde o manso. Sin embargo ahora viene Jesús introduciéndola como una de las más grandes virtudes en la vida de los seres humanos.  En este pasaje Jesús está citando el Salmo 37:11 que dice: “pero los mansos heredarán la tierra
y se recrearán con abundancia de paz”, (Salmo 37:11), y en el hebreo la palabra manso es anáv (עָנָו), palabra que se usaba para referirse a los afligidos y desposeídos cuya única esperanza estaba en Dios. En los tiempos de Jesús eran muchos los desposeídos y afligidos que sufrían la opresión de los romanos y otros malvados que se aprovechaban de la situación política del país para sacar provecho. Sin embargo, Jesús les dice bienaventurados a éstos que la sociedad puede llamar los desposeídos y desgraciados. Los que son considerados desposeídos Jesús les dice: recibirán la tierra por heredad. Una vez más Jesús contrasta la realidad de los seres humano al decir que los únicos que tienen una verdadera herencia son aquellos que a los ojos de la humanidad son pobres y desposeídos. Los ricos y poderosos pueden llamarse dichosos porque creen que tiene su existencia segura en este mundo al creerse dueños de todo lo que tienen, pero los verdaderos dichosos son los manso que esperan en Dios su herencia. En el Nuevo Testamento hay dos palabras que se usan para describir la virtud de la humildad y aparecen juntas en un versículo donde Jesús nos invita a imitarlo.

“Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas”.

                  En este texto aparecen dos palabras que describen la personalidad de Jesús y que aparentemente son sinónimos en nuestro idioma, mas no en el griego. La primera es praus (πραΰς), la cual ya hemos considerado anteriormente, sin embargo, hay un detalle importante en cuanto al uso que frecuentemente se le daba en el griego. Praus llego a ser una palabra que en ocasiones también se utilizaba para describir a un animal que había sido domesticado y entrenado para obedecer a sus amos sin el peligro de que respondiera con agresividad. En el cristiano esta cualidad de mansedumbre describe a una persona completamente sujeta a Dios, que ha crucificado todos sus bajos instintos, que no reniega, sino que está pronta a obedecer lo que su Señor le dice. 


Por otra parte, la segunda palabra de donde se traduce humilde es tapeinós (ταπεινός), la cual describe a una persona que tiene un concepto equilibrado de sí misma. Una persona humilde reconoce sus capacidades, cualidades así como sus limitaciones e imperfecciones, jamás se considera estar por encima de los demás; pero tampoco se llega a considerar inferior.

“Humildad no es pensar menos de ti, sino menos en ti”.
Rick Warren

                Estas virtudes son contrarias a lo que el mundo suele practicar pero son de gran estima delante de Dios: “Jehová exalta a los humildes, y humilla a los impíos hasta la tierra”, (Salmo 147:6). Ahora Jesús, el gran Maestro estaba parado enfrente de una multitud de abatidos y despreciada por la sociedad de su tiempo diciéndoles: Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”.
Mateo 5:6


           En esta bienaventuranza el Señor Jesús se auxilia de dos necesidades físicas fundamentales para la vida para enseñar una gran verdad espiritual, el hambre y la sed. Posiblemente muchas personas de los países occidentales no conozcan lo que es tener un hambre o sed que no se puedan saciar, pero para los habitantes de Israel y tierras palestinas esto sería algo común, especialmente en los tiempos en los cuales Jesús dirige estas palabras. En la época de Jesús, especialmente en la región de Galilea donde Jesús enfoco mucho su atención, la vida era bastante difícil. El salario de un jornalero por un día de trabajo era de un denario, la moneda romana que equivalía al drama, la moneda griega, sin embargo, muchas veces esto apenas alcanzaba para sobrevivir. De igual manera el agua era un recurso bastante limitado por el hecho de estar rodeados por tierras desérticas. Por tanto, tener hambre y sed era una cosa bastante común entre los judíos de los tiempos de Jesús.     En el griego original las palabras que se traducen como hambre y sed son peináo(πεινάω) y dipsáo(διψάω) respectivamente los cuales representan dos necesidades físicas comunes. No obstante, Jesús no se está refiriendo aquí a una necesidad física sino a una espiritual. Los judíos vivían en una época de dominio romano donde las injusticias ocurrían a cada momento. Ellos no eran una nación independiente, sino estaban regidas por la soberanía romana, sus autoridades no se interesaban por el bienestar de los más necesitados y sus líderes religiosos formaban parte de esta corrupción. Era lógico pensar que muchos de ellos estaban hambrientos y sedientos de justicia.


                La verdadera justicia solo puede encontrarse en Dios. Este atributo por medio del cual nos hace aceptos a Dios y nos garantiza su favor debe ser una necesidad constante en la vida de aquellos que le aman y se presentan ante Él con un corazón contrito y humillado. Las primeras tres bienaventuranzas nos abren la puerta para experimentar las siguientes, entre ellas el tener hambre y sed de la justicia Divina, tal y como lo expresa el salmista: “Quebrantada está mi alma de desear tus juicios en todo tiempo”, (Salmo 119:20). Solo un corazón quebrantado es capaz de experimentar una necesidad grande por la justicia de su Señor, y los que así lo hagan serán bienaventurados porque ellos serán saciados.

               La palabra saciados viene del griego jortádso (χορτάζω) que da la idea no solo de quitar una necesidad como el hambre y la sed, sino de saciarlo hasta el máximo. Así hará Dios con sus escogidos que buscan llenar su alma hambrienta y sedienta la cual nada de este mundo puede satisfacerla como lo hacen las ricas y magnificas virtudes de la Santa Divinidad. Como lo dijo San Agustín:

“Serán también saciados en la vida presente de aquella comida de quien dice el Señor: "Mi comida es el hacer la voluntad de mi Padre" (Juan 4:34), la cual es la justicia, y aquella agua, de la que todo el que bebiere: "se hará en él una fuente de agua que saltará hasta la vida eterna" (Juan 4:14)”
San Agustín, de sermone Domini, 1,2

Bienaventurados los misericordiosos


“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”.
Mateo 5:7


                 Llegamos a una nueva bienaventuranza que describe bien el carácter de aquellos que han sido renovados al mostrar un espíritu contrito y humillado: la misericordia. Increíblemente en esta bienaventuranza se cumple la ley de la siembra y la cosecha: el que hace misericordia alcanza la misericordia de su Señor. La palabra misericordia proviene del griego eleéo (ἐλεέω) que literalmente significa: la capacidad de ponerse uno totalmente en el lugar de otro de manera que ve con sus ojos, piensa con su mente y siente con sus sentimientos. Desde este punto de vista la misericordia no es una simple compasión o sentir lastima por alguien, es como dirían ponerse en la misma situación de la otra persona y percibir sus problemas como si uno los estuviera pasando. En el Antiguo Testamento hay un versículo donde se promete que Dios se mostrara misericordioso con los misericordiosos: “Con el misericordioso te mostrarás misericordioso…” (Salmo 18:25). En este caso la palabra misericordia en el original hebreo es: kjasád (חָסַד), la cual tiene la misma connotación que en el griego. Nuestro Señor Jesús es el mejor ejemplo de lo que significa tener misericordia. Precisamente Él se humillo así mismo para despojarse de su divinidad y tomar forma de hombre y ser expuesto a las mismas debilidades y tentaciones que como mortales experimentamos.

                 La Biblia nos enseña como Jesús se hizo Hombre:

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”.
Filipenses 2:5-8

                Por tanto que hoy puede compadecerse de nosotros ya que el mismo se sometió a las mismas debilidades que nos aquejan:

“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”.
Hebreos 4:14

              El aspecto de la misericordia está presente en el pensamiento central de toda la Biblia y en el Nuevo Testamento se le hace un gran énfasis para que aquellos que han sido regenerados por la misericordia de Dios reflejan la misma misericordia con aquellos que atraviesan por grandes necesidades: “Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio”, (Santiago 2:13). Por tanto, así como Dios nos ha mostrado su gran misericordia al enviar a su propio Hijo, el cual tomo forma de Hombre para someterse voluntariamente a todas las debilidades y tentaciones que como seres humanos nos asaltan, así nosotros debemos identificarnos con las debilidades y problemas de otros como si fuéramos nosotros mismos los que la atraviesan. Por tal motivo William Barclay la llama “la bienaventuranza de la perfecta simpatía”. Vivimos en un mundo de violencia donde las personas solo se interesan por ellas misma, un mundo insensible al dolor de los demás, sin embargo, se espera que aquellos que hemos sido rescatados de la penumbra de nuestro pecados, no porque lo mereciéramos, sino por la misericordia de Dios, exprese la misma misericordia que nos salvó a un mundo moribundo, sabiendo que sus misericordias jamás terminaran en nuestra vida. Por eso Jesús dijo: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”.

    Bienaventurados los limpios de Corazón


 Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

Mateo 5:8

            Una vez nuestro Señor Jesús habla acerca de otra gran bienaventuranza relacionada con los ciudadanos del reino de los cielos, la cual solo puede ser reproducida en el carácter de una persona que se ha humillado y llorado sus pecados. La bienaventuranza está dirigida a los de limpio corazón, y en este texto la palabra limpio viene del griego kazarós (καθαρός) el cual posee un significado un poco más profundo que el de limpio. En primer lugar, kazarós (καθαρός), hace referente a una perfecta limpieza, pero también nos habla de pureza, sin mezclas o adulteraciones. En este sentido, son bienaventurados aquellos que verdaderamente poseen un corazón integro, sin adulteraciones o mezclas de este mundo, éstos serán los que verán a Dios. En esta bienaventuranza encontramos el anhelo de ver a Dios. Antiguamente las Escrituras habían declarado la imposibilidad del hombre de ver a Dios: “Dijo más: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá”, (Éxodo 33:20), sin embargo, encontramos hombres en el Antiguo Testamento que ganaron el favor de Dios y llegaron a tener una relación muy cercana a Él (Moisés, Noé, Enoc, Job, José, etc.). Así encontramos en las Escrituras antiguas testamentarias el gran anhelo de los hombres piadosos por contemplar la gloria de Dios personalmente: “Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo”, (Salmo 27:4). Ahora bien, el Texto Sagrado declara en el Antiguo Testamento la condición para poder gozar de este gran privilegio: “¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?  El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño”, (Salmo 24:3-4). Por ende, la pureza del corazón es un requisito indispensable para poder ver a Dios, así lo declara también el Nuevo Testamento.

“Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura”.
Hebreos 10:22

                Por ello es necesario que el corazón, el cual es el centro de todas las intenciones, se encuentre limpio de todo pecado para poder gozar de una buena comunión con Dios en esta vida, por ello el apóstol Juan nos exhorta a vivir piadosamente y sin practicar el pecado ya que eso nos aleja de Dios sabiendo que su sangre nos limpia de toda maldad.

“Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”.
1 Juan 1:6-7
               
                San Jerónimo dijo: “Por ser Dios limpio solo puede conocerse por los que son limpios de corazón. No puede ser templo de Dios el que no está completamente limpio, y esto es lo que se expresa cuando dice: Porque ellos verán a Dios”, recordándonos aquel pasaje que dice: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”, (Hebreos 12:14).       Finalmente las Escrituras nos prometen a todos los cristianos que un día veremos cara a cara a Dios en la persona de nuestro Señor Jesucristo el cual ha redimido nuestras almas del pecado.
“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”.
1 Juan 3:2

Bienaventurados los pacificadores


“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.
Mateo 5:9

             Llegamos a la séptima bienaventuranza: la de los pacificadores. En el griego eirenopoiós (εἰρηνοποιός) es la palabra que se traduce como pacificadores en la Reina Valera versión 60. Comúnmente se piensa que un pacificador es una persona que no se mete en problemas, que ama la soledad y no busca problemas; pero esta palabra griega expresa un significado más profundo. La idea principal de esta palabra es describir a una persona que no solo ama la paz, sino que está dispuesta a trabajar y sacrificarse con tal de que sus semejantes la alcancen. Los verdaderos pacificadores son aquellos que luchan por llevar la paz entre sus semejantes, aunque esto paradójicamente provoque en ocasiones la oposición de otros segmentos sociales que afecte sus intereses personales. Esto lo podemos ver bien en la vida de nuestro Señor Jesús el cual traía la verdadera paz a este mundo cargado y atribulado, sin embargo, esto le provoco problemas con las tradiciones religiosas de su tiempo las cuales solo se enfocaban en lo externo y cargaban más a las atribuladas almas. Por ello hubo un constante conflicto entre Jesús y las facciones religiosas. Alguien dijo en cierta ocasión que no hay que sacrificar la verdad por la tranquilidad, esto significa que en ocasiones el hacer lo correcto traerá conflictos con aquellos que viven en las tinieblas pero al mismo tiempo llevará la perfecta paz a aquellos que estén atribulados y dispuestos a descansar en sus promesas. En el hebreo la palabra paz es shalóm (שָׁלוֹם) y su significado no solo implica que la persona tenga ausencia de problemas, sino que goce de salud y de todas las bendiciones materiales y espirituales que Dios le pueda otorgar. Ese es el verdadero anhelo de Dios para con nuestra vida. Por eso Juan le decía a Gallo en su tercera epístola: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma”, (3 Juan 2). Dios quiere que gocemos de la verdadera paz, pero al mismo tiempo somos responsables de trabajar para que otros puedan gozar de ella. En la Escritura vemos el ejemplo de Bernabé, el cual estuvo dispuesto a vender sus propiedades para bendecir la vida de los cristianos más necesitados:

“Entonces José, a quien los apóstoles pusieron por sobrenombre Bernabé (que traducido es, Hijo de consolación), levita, natural de Chipre,  como tenía una heredad, la vendió y trajo el precio y lo puso a los pies de los apóstoles”.
Hechos 4:36-37
               
                Para ser promotores de esta gloriosa paz debemos ser proclamadores de la verdad del Evangelio de Jesucristo el cual murió para reconciliar al mundo con su Padre y esto es un privilegio exclusivo de aquellos ciudadanos del reino que son llamado hijos de Dios, no por el hecho de que se ganaron el privilegio, sino por la infinita misericordia que nos hace aceptos y herederos de su reino.

“Se llaman pacíficos los que no pelean ni se aborrecen mutuamente, sino que se reconcilian con los adversarios, éstos se llaman con propiedad hijos de Dios. Esta es la misión del Unigénito: reunir las cosas separadas y establecer la paz entre los que pelean contra sí mismos”.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15:4

Bienaventurados los que padecen por causa de la justicia


“Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.  Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros”.
Mateo 5:10-12

          Pronto llegamos a la última bienaventuranza: la de los que padecen persecución por causa de la justicia. Definitivamente cada una de las bienaventuranzas describen las características de los ciudadanos del reino de Dios: humildad, corazón quebrantado, amantes de la justicia, misericordiosos, corazón limpio y trabajadores de la paz. Cualquiera pensaría que estas clases de personas serian apreciadas en cualquier sociedad ya que harían de este mundo un mejor lugar para vivir; pero paradójicamente nunca ha sido así. Desde que el pecado se introdujo al mundo han sido los justos los que han padecido. Desde Abel, el primer justo en morir por su testimonio, el mundo ha perseguido a todos aquellos que viven en justicia. Esto es así porque este mundo influenciado por Satanás y dañado por el pecado está en oposición con los principios del evangelio. Lo podemos ver en el Antiguo Testamento con los profetas, los cuales sufrieron el rechazo en el tiempo de los reyes de Israel y Judá ya que sus exhortaciones contradecían y condenaban su vida de pecado. Lo vemos en los evangelios, los cuales describen como los líderes judíos condenaron a muerte a Jesús ya que sus enseñanzas señalaban su pecado y en general así pasará con todos aquellos que decidan vivir en la luz ya que este mundo es tinieblas. Jesús lo dijo de esta manera: “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia…” Ser testigo de Cristo nunca ha sido una tarea fácil, de hecho la palabra testigo proviene del griego mártus (μάρτυς) de donde se deriva la palabra española “mártir”. Por tanto es de esperarse que todo aquel que se esfuerce por vivir de acuerdo a los principio del evangelio sufra oposición por el falso sistema moral y filosófico de este mundo. Este mundo está en contra de los principios del evangelio, lo vemos así en el libro de los Hechos de los Apóstoles los cuales recibieron la persecución de los judíos ortodoxos, la historia eclesiásticas nos narra la persecución que los cristianos sufrieron por el imperio romano hasta el siglo III en manos de Nerón y los diez sádicos emperadores que le sucedieron. Las persecuciones durante la santa inquisición tampoco son la excepción, donde millones de cristianos murieron por causa de su fe debido a la persecución de los papas de la Iglesia Católica Apostólica Romana. Las historias de misiones evangelistas están llenas de oposiciones, martirios y persecución, ya que el reino de las tinieblas se opondrá al avance de la luz, de allí que las escrituras testifique: “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan”, (Mateo 11:12). Conociendo esto Jesús no les oculta nada a sus discípulos ni los engaña diciéndoles que todo iba a ser fácil en la vida cristiana, al contrario en muchos ocasiones les hablo acerca de los sufrimientos que les esperaba a todos aquellos que quisieran seguir sus pisadas. Sin embargo, es cierto que este padecimiento por causa de la justicia no es en vano. Nuestra recompensa es el reino de los cielos; porque de ellos es el reino de los cielos. El apóstol Pablo estaba consciente de esto y les ensañaba a los cristianos de Filipo que su mayor anhelo era ser semejante a Cristo en padecimientos y muerte ya que nada se comparaba a las recompensas espirituales que alcanzaría.

“Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte”.

Filipenses 3:8-10

                  Como las demás bienaventuranzas, ésta también incluye una promesa: porque de ellos es el reino de los cielos. Al igual que la primera, la última bienaventuranza cambia de hablar en tercera persona “ellos”, a la segunda persona “vosotros”. Cambia de hablar en futuro al presente. El reino de los cielos les pertenece a aquellos que han decido seguir las pisadas de Jesús, los cuales luchan por reflejar el carácter piadoso que las bienaventuranzas enseñan aun cuando esto representen oposición y tribulación en su vida. Una vida así es la que provoca el fruto del carácter que Dios anda buscando en sus hijos.  Rick Warren lo ha dicho así: “Dios está más interesado en el desarrollo de tu carácter que en tu comodidad”.


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About Walter Cuadra

2 Comments:

  1. me parece muy acertado sus estudios DIOS los siga bendiciendo y derramando sabiduria sobre sus vidas.

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  2. Aunque creas en la trinidad tus estudios, son muy buenos. Dios te bendiga y te de más sabiduría.

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