Una fuente que salta para vida eterna (Juan 4:10-15)


“Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?  ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla”.
Juan 4:10-15

INTRODUCCIÓN


              Continuando con la historia de la samaritana el apóstol Juan nos introduce inmediatamente a la conversación entre Jesús y esta mujer. Esta sección nos muestra como Jesús evangelizaba de manera individual a las personas. Como lo hizo con Nicodemo, toma ventaja de la necesidad espiritual que la persona tiene para presentarle el plan de salvación, solo que no lo hace de manera directa, sino a través de una exclamación figurada la cual su oyente la interpreta literalmente y le provoca una duda, a lo cual Jesús responde con una afirmación un poco más clara que lleva al oyente a responderse a sí mismo acerca del verdadero significado hasta llegar al clímax de la verdad espiritual. Vemos aquí el gran contraste entre la persona de Nicodemo y la samaritana. Por un lado, Nicodemo era un judío principal, fariseo y respetado en su comunidad; mientras que la samaritana pertenecía a un raza odiada y de mala reputación. Sin embargo, ambos estaban necesitados de la gracia de Dios y ahora Jesús estaba allí para ofrecerle el camino de la salvación.

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Una fuente que salta para vida eterna 

¿CONOCEMOS EL DON DE DIOS?


“Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva”.
Juan 4:10

             No olvidemos que Jesús fue el que inicio la conversación con la samaritana al pedirle agua para beber lo cual causó asombro en ella al ver que un judío se atrevía a dirigirle la palabra sabiendo que era de Samaria: “Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber… La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí”, (Juan 4:7,9). Es increíble el considerar la gran capacidad de nuestro Señor al iniciar esta conversación que traería una gran enseñanza espiritual a nuestra vida ya que tomaba ventaja de los acontecimientos del momento para enlazarlos con los espirituales. Jesús le pide agua para beber porque tenía sed, una sed física, pero sabía que ella tenía una sed espiritual que solo el don de Dios podía satisfacer. Con todo esto, Jesús ya rompió el silencio y con astucia provoco la atención de la mujer. Sus palabras pudieran significar un rechazo ante la persona de Cristo si las hubiese expresado en un tono alto y despreciativo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?, o simplemente expresaban una gran admiración. Como sea esto le permite al Maestro introducirse en los aspectos espirituales al decirle: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva ¿Conocemos realmente el don de Dios? La palabra don proviene del griego doreá (δωρεά), la cual literalmente significa regalo. El don de Dios es eso precisamente, un regalo para la humanidad el cual no se gana por méritos propios, sino que se obtiene por medio de la fe, por su inmensa misericordia. Muchas personas ignoran el valor del don de Dios el cual puede otorgarle la vida eterna. Jesús compara este maravilloso don con el agua viva.

¿DÓNDE ESMOS SACIANDO NUESTRA SED?


“La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?”.
Juan 4:11-12

                Como Nicodemo, la mujer no comprendió lo que realmente Jesús estaba diciéndole. En el tiempo de Jesús las personas hacían diferencia entre el agua de un pozo  y el agua de un manantial que siempre estaba fluyendo. La mujer se percató que Jesús no tenía como sacar el agua del pozo lo cual nos sugiere que efectivamente era muy profundo y le pregunta ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?, La palabra pozo proviene del griego freár (φρέαρ) la cual sugiere una cisterna muy profunda que poseía agua estancada que era alimentada posiblemente por las filtraciones de la tierra, sin embargo, Jesús le dice que le ofrece un agua mucho mejor que esta que está estancada, le ofrece agua viva. Ellos solían designa como agua viva aquella que estaba en constante movimiento y que era producto de un fresco manantial. La samaritana trato de menoscabar sus palabras al decirle que el lugar de donde ella tomaba era mejor ya que tradicionalmente se sabía que ese pozo había sido cavado por su padre Jacob y que tanto él como sus hijos y rebaños habían sido saciados por sus aguas. Notemos el tono desafiante de la mujer al decir nuestro padre Jacob, ya que los judíos no los consideraban de tal linaje, sin embargo, ellos defendían su linaje al aseverar que eran descendiente de José por medio de las tribus de Efraín y Manases. También le recrimina al Señor porque a través de sus palabras se estaba considerando superior a Jacob. Muchas personas como la samaritana buscan saciar su sed en pozos de aguas estancadas que no tienen vida en sí mismas. Como seres humanos, todos tenemos en lo más íntimo de nuestro ser una necesidad espiritual que muchas veces los hombres intentan satisfacer a través de sus filosofías, creencias religiosas o en el pecado de este mundo. Pero estos solo son pozos de agua estancada que no saciaran completamente la sed espiritual que tenemos. Solo Cristo ofrece esa agua viva que puede refrescar nuestra cansada alma.

SOLO JESÚS OFRECE EL AGUA VIVA


“Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla”.
Juan 4:13-15

                El Señor afirma lo que anteriormente ya dijimos: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed. Nada de este mundo podrá saciar nuestra sed espiritual, todo lo que hay en este mundo traerá a lo mejor un alivio temporal, pero volveremos a tener sed. No obstante se nos dice: más el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. Aquí la palabra que se traduce como fuente es pegé (πηγή), la cual denota una fuente viva de donde brota un hermoso manantial de agua que es capaz de saciar la sed del viajero más cansado de este mundo. Desde tiempos antiguos Dios ha comparado la sed con la necesidad espiritual que existe en el hombre. El rey David comparaba su anhelo por Dios como la sed de un siervo en el desierto: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía”, (Salmo 42:1). El profeta Isaías prometía que sacaríamos con gozo la sed de nuestras almas con las aguas de su salvación: “Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación.”, (Isaías 12:3). En Apocalipsis se nos promete que el Cordero nos pastoreara a aguas de vida: “porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos”, (Apocalipsis 7:17). Finalmente, el profeta Ezequiel tuvo una visión donde veía que las aguas que salían del Templo regaban toda la tierra y producía fruto y daba vida a toda clase de árboles cuyas hojas nunca caían y era de medicina para las que naciones (Ezequiel 47:1-12).


                Sin embargo, ¿qué significado tiene esta agua viva que nuestro Señor dice que nos dará y que saciara para siempre nuestra sed? El profeta Isaías lo declara de manera clara: “Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos”, (Isaías 44:3). Obviamente lo que Jesús está prometiendo es el Espíritu Santo el cual tiene el poder de transformar nuestra vida y llenarla de un gozo inefable. Cuando el Espíritu Santo viene a nuestra vida opera en nosotros el nuevo nacimiento, tal y como lo vimos en el capítulo 3 con Nicodemo, y esto es comparado como un manantial donde incluso nuestro pecados pueden ser borrados y así nuestra alma es purificada por la sangre de Cristo: “En aquel tiempo habrá un manantial abierto para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para la purificación del pecado y de la inmundicia”, (Zacarías 13:1). Este maravilloso don es gratuito, tal y como lo declaro Isaías: “A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche”, (Isaías 55:1); y posteriormente Juan en Apocalipsis: “Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida”, (Apocalipsis 21:6). Por tanto, cualquier cosa que este mundo nos ofrezca no es capaz de calmar nuestra sed espiritual, solamente Jesús nos ofrece esa agua viva la cual produce en nosotros por medio del Espíritu Santo esa renovación de nuestro espíritu y un gozo indescriptible como consecuencia de la salvación de nuestra alma. Cuando la mujer escucho esto clamo a Jesús diciendo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla. No lograba todavía comprender que Jesús se refería a saciar la sed espiritual y no la física del cuerpo; pero como ella nosotros también debemos clamar a nuestro Señor pidiéndole que nos de esa agua viva para que nuestra alma jamás vuelva a tener sed.


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