Un llamado a no olvidar-Parte I (Jeremías 2:1-8)


“Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: Anda y clama a los oídos de Jerusalén, diciendo: Así dice Jehová: Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto, en tierra no sembrada.  Santo era Israel a Jehová, primicias de sus nuevos frutos. Todos los que le devoraban eran culpables; mal venía sobre ellos, dice Jehová.  Oíd la palabra de Jehová, casa de Jacob, y todas las familias de la casa de Israel. Así dijo Jehová: ¿Qué maldad hallaron en mí vuestros padres, que se alejaron de mí, y se fueron tras la vanidad y se hicieron vanos? Y no dijeron: ¿Dónde está Jehová, que nos hizo subir de la tierra de Egipto, que nos condujo por el desierto, por una tierra desierta y despoblada, por tierra seca y de sombra de muerte, por una tierra por la cual no pasó varón, ni allí habitó hombre? Y os introduje en tierra de abundancia, para que comieseis su fruto y su bien; pero entrasteis y contaminasteis mi tierra, e hicisteis abominable mi heredad.   Los sacerdotes no dijeron: ¿Dónde está Jehová? y los que tenían la ley no me conocieron; y los pastores se rebelaron contra mí, y los profetas profetizaron en nombre de Baal, y anduvieron tras lo que no aprovecha”.
Jeremías 2:1-8

INTRODUCCIÓN


En estos versículos encontramos un triste lamento del Señor al recordar los días en los cuales Israel caminaba de su mano. Para esta época la sentencia estaba dada. Israel, al lado norte de la nación ya había sido destruida por los asirios, y no dentro de muy poco la gran Jerusalén, la ciudad donde estaba el Templo de Dios estaba a punto de caer, sus muros y el mismo Templo iban a ser quemados y destruidos, sus tesoros iban a ser saqueados y muchos judíos caerían a espada y la desolación iba a ser grande. La nación de grandes reyes, sacerdotes y profetas, y que una vez fue la ciudad del gran Rey estaba a punto de convertirse en un gran muladar. Esto provoca el lamento de Dios por ella y nos hace un llamado a no olvidar.     

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Lamento de Jeremías por Jerusalen

I.                   EL LAMENTO POR LA ANTIGUA FIDELIDAD DE ISRAEL.


“Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: Anda y clama a los oídos de Jerusalén, diciendo: Así dice Jehová: Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto, en tierra no sembrada”.

            Con mucho dolor el Señor recuerda la antigua fidelidad de Israel, cuando la nación era dirigida por su ángel por el desierto y la protegía de todos los peligros, la sustentaba con el mana del cielo:

“Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos.  Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, más de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre.  Tu vestido nunca se envejeció sobre ti, ni el pie se te ha hinchado en estos cuarenta años”.
Deuteronomio 8:2-4

            Posteriormente, al mando de Josué la introduce en la tierra de Canaán para dársela como posesión perpetua y los respalda en la conquista, siendo Dios el que peleaba por ellos. Muchas veces el temor del Señor caía sobre estas ciudades dándoles a los israelitas la ventaja en la batalla. Así lo declaro Rahab: “Sé que Jehová os ha dado esta tierra; porque el temor de vosotros ha caído sobre nosotros, y todos los moradores del país ya han desmayado por causa de vosotros”, (Josué 2:9). También los llenaba de gran consternación y mortandad haciendo que descendieran del cielo rocas que los mataba y hasta hacia que se detuviera la tierra de su rotación normal: “Y Jehová los llenó de consternación delante de Israel, y los hirió con gran mortandad en Gabaón; y los siguió por el camino que sube a Bet-horón, y los hirió hasta Azeca y Maceda.  Y mientras iban huyendo de los israelitas, a la bajada de Bet-horón, Jehová arrojó desde el cielo grandes piedras sobre ellos hasta Azeca, y murieron; y fueron más los que murieron por las piedras del granizo, que los que los hijos de Israel mataron a espada. Entonces Josué habló a Jehová el día en que Jehová entregó al amorreo delante de los hijos de Israel, y dijo en presencia de los israelitas: Sol, detente en Gabaón;  y  tú, luna, en el valle de Ajalón. Y el sol se detuvo y la luna se paró, hasta que la gente se hubo vengado de sus enemigos…”, (Josué 10:10-13). Fue así como el Señor la introduce en tierra de Canaán y toman posesión de ella. Lamentablemente, a la muerte de Josué Israel se desvió del camino de Dios: “Y el pueblo había servido a Jehová todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que sobrevivieron a Josué, los cuales habían visto todas las grandes obras de Jehová, que él había hecho por Israel… Y toda aquella generación también fue reunida a sus padres. Y se levantó después de ellos otra generación que no conocía a Jehová, ni la obra que él había hecho por Israel. Después los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a los baales”, (Jueces 2:7, 10-11).  Por su apostasía Dios los entrego a sus enemigos: “Y se encendió contra Israel el furor de Jehová, el cual los entregó en manos de robadores que los despojaron, y los vendió en mano de sus enemigos de alrededor; y no pudieron ya hacer frente a sus enemigos”, (Jueces 2:14). Sin embargo, Dios en su infinita misericordia les levanto jueces que los liberaban de la opresión de estas naciones, jueces como Otoniel, Aod, Samgar, Débora y Barac, Gedeón, Sansón, entre otros. Lamentablemente, el pueblo era inconstante, ya que mientras el juez vivía, servían a Dios, pero al morir se volvían a los ídolos. El libro de jueces describe bien su mal proceder: “En estos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía”, (Jueces 21:25). Por esta conducta no pudieron doblegar a sus enemigos y fue la nación de los filisteos que siempre estuvo en constante guerra contra ellos. Posteriormente, ante un Israel idolatra y un sacerdocio descuidado al mando de Elí, Dios decide levantar a un hombre que llegaría a ser juez, sacerdote y profeta, y dirigiría con sabiduría al pueblo por el camino de la santidad: “He aquí, vienen días en que cortaré tu brazo y el brazo de la casa de tu padre, de modo que no haya anciano en tu casa… Y te será por señal esto que acontecerá a tus dos hijos, Ofni y Finees: ambos morirán en un día. Y yo me suscitaré un sacerdote fiel…” (1 Samuel 2:31, 34-35). Y así ocurrió, Dios levanto a Samuel.

            Cuando Samuel era viejo, el pueblo se preocupó porque los hijos de Samuel no eran hombres justos como él por lo que se atrevieron a despreciar el gobierno Teocrático y pedir rey como las demás naciones, a lo cual Dios accedió, pero su petición les trajo gran daño, ya que Saúl, el primer rey de Israel, cometió muchos errores que la nación sufrió, pero a su muerte, ya Dios había preparado el corazón de David para que reinase en su lugar, en 40 años David logro establecer con firmeza el reino del Señor: “…Y Jehová dio la victoria a David por dondequiera que fue”, (2 Samuel 8:14). A su muerte su hijo Salomón reino con gran sabiduría y su fama creció enormemente y la nación se enriqueció en gran manera: “Y todos los vasos de beber del rey Salomón eran de oro, y asimismo toda la vajilla de la casa del bosque del Líbano era de oro fino; nada de plata, porque en tiempo de Salomón no era apreciada”, (1 Reyes 10:21). Fue en tiempos de Salomón que se construyó el Templo el cual la misma gloria de Dios lo llenaba: “Y cuando los sacerdotes salieron del santuario, la nube llenó la casa de Jehová. Y los sacerdotes no pudieron permanecer para ministrar por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Jehová”, (1 Reyes 8:10-11). Tristemente, las muchas mujeres que Salomón tuvo lo desviaron de Dios y apostato adorando a sus dioses, esto molesto al Señor que dividió su reino y a su muerte, la parte sur, Judá cuya capital era Jerusalén quedo en manos de su hijo Roboam, y Jeroboam llego a ser rey en la parte norte, Israel, cuya capital llego a ser Samaria. A partir de aquí hay una triste historia de reyes malos en la parte norte que se volvieron a dioses falsos y su pecado provoco la ira de Dios y como consecuencia fueron conquistados por los Asirios y llevados cautivos a otras tierras y Samaria fue poblada por otras naciones pagana llegando a contaminarse la raza israelita. En la parta sur hubo algunos reyes buenos, pero finalmente la nación se corrompió y por ello el Señor levanto a la nación de Babilonia que la conquisto, destruyo y deporto.

            Así llegamos a tiempos de Jeremías, el último profeta antes de la destrucción de Jerusalén, y antes de él hubo otros que Dios envió para amonestarlos por sus pecados pero no oyeron, y como consecuencia su pecado los alcanzo.

II.                LA CALAMIDAD DE ISRAEL EN TIEMPOS DE JEREMÍAS.


“Oíd la palabra de Jehová, casa de Jacob, y todas las familias de la casa de Israel. Así dijo Jehová: ¿Qué maldad hallaron en mí vuestros padres, que se alejaron de mí, y se fueron tras la vanidad y se hicieron vanos?...”

            Para esta época Jeremías llora la actual situación de Jerusalén. Aquella hermosa ciudad donde se había erigido el Templo de Dios con sus grandes muros que la rodeaban ahora se encontraba destruida. Sus muros habían sido destruidos,  el Templo saqueado y quemado, la mayor parte de sus ciudadanos deportados a Babilonia, su rey y príncipes capturados y humillados, y el ejército completamente aniquilado. Todo esto fue por causa de su apostasía. Apostasía es cuando alguien después de haber conocido a Dios, retrocede y se va en pos de otros dioses. Poco a poco la nación retrocedió en su fe hacia el Señor, y aunque Dios levanto profetas que les exhortaron a volverse de su error, persistieron en su pecado obedeciendo a falsos profetas y adorando dioses falsos.

            Cada uno de nosotros debemos aprender de la historia de Israel, como a ellos Dios nos puede bendecir y conducir por medio de Jesucristo a la vida eterna, pero necesitamos permanecer en la fe, no apostatar siguiendo doctrinas falsas, mantenernos en la sana doctrina, en santidad y obediencia a su palabra.

            CONCLUSIÓN



            La apostasía es cuando alguien que conoció al Señor se aleja de la verdadera fe siguiendo doctrinas erradas, esto desagrada a Dios y como le paso a Israel puede ocasionar nuestra ruina, por lo que debemos examinarnos y asegurarnos de encontrarnos cimentados en la verdadera fe.


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