El Fruto del Espíritu: El Amor


“… porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”.
Romanos 5:5 (RV60)

               Iniciamos considerando la primera y la mayor de todas las virtudes que el apóstol Pablo enumera en Gálatas 5:22-23, el Amor. El amor en sí constituye la plataforma donde tienen origen el resto de las grandes virtudes humanas. El amor es definitivamente uno de los más nobles y sublimes de las virtudes humanas, como el libro de Cantares lo describe es un don incalculable que nadie puede extinguir: “Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos. Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor, de cierto lo menospreciarían”, (Cantares 8:7, RV60). El amor en sí constituye la plataforma donde tienen origen el resto de las grandes virtudes humanas. El amor es un concepto muy utilizado en nuestra sociedad, y hasta cierto sentido, un tanto trillado, pero a la luz de las Escrituras  es un don otorgado por Dios a los hombres (“… porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”.) y al mismo tiempo constituye la esencia de nuestro glorioso Señor. En nuestra sociedad, le llamamos amor a la pasión sensual que dos jóvenes sienten el uno por el otro, al afecto de un padre hacia su hijo o viceversa, al cariño cultivado por una amistad sincera, al pacto matrimonial que mantiene unidos a una pareja; pero, realmente que es el amor a la luz de la Biblia. Para poder comprender mejor este concepto, podemos ir a estudiar el idioma griego en el cual fue escrito el Nuevo Testamento ya que este utiliza cuatro palabras diferentes para referirse a cuatro diferentes formas en las cuales el amor puede expresarse entre los seres humanos. Veamos brevemente en que consiste cada uno.


Amor
El Fruto del Espíritu: El Amor


1.      Eros es una palabra de origen griego, muy utilizada por algunos filósofos en sus escritos como Platón, Sócrates y Aristóteles; pero no aparece en el Nuevo Testamento. Eros describe un amor basado en los instintos sexuales, es un deseo basado en la atracción física mas que en cualquier otra característica, de allí que se diga que este amor es egoísta ya que busca su propio placer. Generalmente se guía más por sus instintos y deseos que por el razonamiento.  Este tipo de amor habla de enamorarse, de los sentimientos y de lo romántico, pero no habla de compromiso, entrega o fidelidad. Ahora bien, ¿es malo el amor eros? De alguna manera todos nosotros necesitamos amor eros en nuestra vida ya que Dios ha puesto una atracción natural entre el hombre y la mujer, lo malo de este amor eros es que se apodere de la persona y esta se entregue a la sensualidad y libertinaje sexual. Uno puede ver rasgos de este amor eros en algunos personajes de la Biblia. Por ejemplo, tenemos el caso de Jacob, el cual quedo prendido de amor por Raquel, tanto que trabajo por ella 7 años: “Y Jacob amó a Raquel, y dijo: Yo te serviré siete años por Raquel tu hija menor”, (Génesis 29:18). Entre una pareja de esposos debe existir una atracción física que también los una, y eso podría considerarse amor eros, pero lo importante es que el amor entre la pareja no solo sea eros, porque de lo contrario solo será una atracción física que buscara satisfacer su deseo sexual. En la Biblia tenemos un ejemplo de cuando una persona es gobernada por este tipo de amor eros. Y allá en 2 Samuel se nos describe que había uno de los hijos de David llamado Amnón el cual se enamoró perdidamente por su media hermana Tamar que, hasta enfermo, este puede ser considerado un buen ejemplo de amor eros: “Aconteció después de esto, que teniendo Absalón hijo de David una hermana hermosa que se llamaba Tamar, se enamoró de ella Amnón hijo de David. Y estaba Amnón angustiado hasta enfermarse por Tamar su hermana, pues por ser ella virgen, le parecía a Amnón que sería difícil hacerle cosa alguna”, (2 Samuel 13:1-2). Tanta fue la obsesión que este hombre desarrollo que enfermo y un amigo lo noto, el cual lo aconsejo que se fingiese enfermo y le pidiera a su padre David que ella le sirviera en su cama, y así paso, pero termino abusando sexualmente de ella y aborreciéndola: “Y cuando ella se las puso delante para que comiese, asió de ella, y le dijo: Ven, hermana mía, acuéstate conmigo. Ella entonces le respondió: No, hermano mío, no me hagas violencia; porque no se debe hacer así en Israel. No hagas tal vileza. Porque ¿adónde iría yo con mi deshonra? Y aun tú serías estimado como uno de los perversos en Israel. Te ruego pues, ahora, que hables al rey, que él no me negará a ti. Mas él no la quiso oír, sino que pudiendo más que ella, la forzó, y se acostó con ella. Luego la aborreció Amnón con tan gran aborrecimiento, que el odio con que la aborreció fue mayor que el amor con que la había amado. Y le dijo Amnón: Levántate, y vete. Y ella le respondió: No hay razón; mayor mal es este de arrojarme, que el que me has hecho. Mas él no la quiso oír, sino que llamando a su criado que le servía, le dijo: Échame a ésta fuera de aquí, y cierra tras ella la puerta. Y llevaba ella un vestido de diversos colores, traje que vestían las hijas vírgenes de los reyes. Su criado, pues, la echó fuera, y cerró la puerta tras ella”, (2 Samuel 13:11-18). Si nos damos cuenta una persona gobernada por este tipo de amor eros es egoísta, solo piensa en satisfacerse sin mayor compromiso y está basado a en la pura atracción física.
2.      Fileo (φιλέω) es la segunda palabra que los griegos usaban para referirse al amor y este denota el afecto entrañable entre amigos, razón por la cual C. S. Lewis lo llamaba “amistad”. Para los antiguos la amistad era considerada una de las grandes virtudes y sentimientos que podían surgir entre dos personas, tal y como la Biblia lo registra referente a David y Jonatán: “Aconteció que cuando él hubo acabado de hablar con Saúl, el alma de Jonatán quedó ligada con la de David, y lo amó Jonatán como a sí mismo. Y Saúl le tomó aquel día, y no le dejó volver a casa de su padre. E hicieron pacto Jonatán y David, porque él le amaba como a sí mismo”, (1 Samuel 18:1-3). Lamentablemente hoy ha perdido su valor y solo basta preguntarnos cuántos amigos tenemos realmente para corroborar esta afirmación. Fileo nace como respuesta de lo que la otra persona ha hecho por ella y está influenciado por los sentimientos y emociones. Este tipo de amor, o mejor dicho cariño está limitado únicamente a los amigos y nunca a los enemigos o personas que le causan daño.
3.     Stérgo (στέργω), es un amor que da, comparte y se sacrifica entre familiares. C. S. Lewis lo llamo afecto, y lo considero el más humilde de todos los amores: El afecto, como ya he dicho, es el amor más humilde, no se da importancia. La gente puede estar orgullosa de estar «enamorada» o de su amistad; pero el afecto es modesto, discreto y pudoroso”. Es un amor hasta cierto punto instintivo, como el de una madre a sus hijos, pero es incapaz de ir más allá de la frontera de los lazos familiares. Aun así, este amor puede llegar a fallar y no es perfecto, y quizás el mejor ejemplo de esto lo tenemos en la familia de Isaac y Rebeca: “Y crecieron los niños, y Esaú fue diestro en la caza, hombre del campo; pero Jacob era varón quieto, que habitaba en tiendas. Y amó Isaac a Esaú, porque comía de su caza; más Rebeca amaba a Jacob”; (Génesis 25:27). Si nos damos cuenta esta familia tenía serios problemas ya que por un lado el padre amaba más al hijo que era cazador porque comía de su caza, mientras que la madre amaba más al otro porque era quieto y le ayudaba con los quehaceres de la casa. Aunque también uno puede encontrar buenos ejemplos de este tipo de amor, pero aun así este puede fallar, tal y como hoy en día les pasan a muchas personas que les han fallado a sus familiares.

4.   Agapáo (ἀγαπάω), es el amor de Dios. No está basado en las emociones sino en un acto voluntario, en la decisión de amar a una persona: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”, (1 Juan 4:10, RV95). Agapáo no ama como consecuencia de lo que otros han hecho por él, sino por voluntad propia, sin considerar méritos o esperar algo a cambio, se extiende a toda persona sin importar su condición social, económica, material y hasta a los enemigos, “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen”, (Mateo 5:44, RV95). Es un amor sacrificial y se desarrolla a través de la negación y la vida en el espíritu, este amor, el amor de Dios es perfecto y nunca nos fallara a diferencia de los otros tres amores.

Veamos con mayor detalle las características de este amor Agapáo.

El amor es el cumplimiento de todos los mandamientos


“Acercándose uno de los escribas, que los había oído discutir y sabía que les había respondido bien, le preguntó:
¿Cuál es el primer mandamiento de todos? Jesús le respondió: El primero de todos los mandamiento es: “Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Este es el principal mandamiento. El segundo es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay otro mandamiento mayor que estos. Entonces el escriba le dijo: Bien, Maestro, verdad has dicho, que uno es Dios y no hay otro fuera de él, y amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento, con toda el alma y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, es más que todos los holocaustos y sacrificios”.
Marcos 12:28-33 (RV95)

             En primer lugar decimos que el amor es el cumplimiento de todos los mandamientos. Un día un escriba vino a Jesús con una pregunta que se debatía a menudo en las escuelas rabínicas. En el judaísmo había una especie de doble tendencia. Estaba la tendencia a extender la Ley ilimitadamente en cientos y miles de reglas y normas; pero también existía la tendencia a tratar de reunir la Ley en una sola frase, una afirmación general que fuera el resumen de todo su mensaje. Moisés había recibido aproximadamente 613 preceptos en el monte Sinaí, sin embargo, David redujo los 613 a 11 en Salmo 15:

“¿Quién, SEÑOR, puede habitar en tu santuario? ¿Quién puede vivir en tu santo monte?   Sólo el de conducta intachable, que practica la justicia y de corazón dice la verdad; que no calumnia con la lengua, que no le hace mal a su prójimo ni le acarrea desgracias a su vecino; que desprecia al que Dios reprueba, pero honra al que teme al SEÑOR; que cumple lo prometido aunque salga perjudicado; que presta dinero sin ánimo de lucro, y no acepta sobornos que afecten al inocente. El que así actúa no caerá jamás”.
Salmo 15:1-5 (NVI)
                Isaías los redujo a 6.  

“Sólo el que procede con justicia y habla con rectitud, el que rechaza la ganancia de la extorsión y se sacude las manos para no aceptar soborno, el que no presta oído a las conjuras de asesinato y cierra los ojos para no contemplar el mal. Éste tal morará en las alturas; tendrá como refugio una fortaleza de rocas, se le proveerá de pan, y no le faltará el agua”.
Isaías 33:15-16 (BAD)
                Miqueas redujo los 6 a 3.

“¡Ya se te ha declarado lo que es bueno!  Ya se te ha dicho lo que de ti espera el Señor: Practicar la justicia, amar la misericordia,  y humillarte ante tu Dios”.
Miqueas 6:8 (DHH)
             
               Y otra vez Isaías redujo los 3 a 2.


“Así dice el SEÑOR: Observen el derecho y practiquen la justicia, porque mi salvación está por llegar; mi justicia va a manifestarse”.
Isaías 56:1 (NVI)
                Y finalmente Amós los redujo todos a uno.

“Así dice el SEÑOR al reino de Israel: Búsquenme y vivirán”.
Amós 5:4 (NVI)

                Todo esto nos muestra como algunos rabinos trataban de buscar entre todas las leyes, aquellas en las cuales se pudiera resumir toda la ley divina, de tal forma que cuando este rabino hizo esta pregunta ya era una costumbre entre los doctores de la ley de aquel entonces, y de manera ingeniosa Jesús tomó dos grandes mandamientos, y los aunó. La primera cita de este versículo es conocida entre los judíos como el Shemá: “Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”.  El Shemá es tomado de la primera palabra de Deuteronomio 6:4 y se convirtió en la confesión de fe judía: “Escucha (שָׁמַע  shamá, raíz primaria; oír inteligentemente), Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor”, (Deuteronomio 6:4, BAD).  Al Shemá Jesús le agrego el mandamiento de Levítico 19:18 para denotar que el amor al prójimo es consecuencia del amor a Dios: “No seas vengativo con tu prójimo, ni le guardes rencor. Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el SEÑOR”, (Levítico 19:18, NVI). Para Jesús, en estos dos mandamientos se resumía toda la ley y los profetas, y tenía toda la razón. De hecho si consideramos cada uno de los diez mandamientos nos vamos a dar cuenta que no son más que una consecuencia de practicar el amor tanto para Dios como para los hombres.

“Los primeros cuatro mandamientos tratan de las relaciones que deben imperar entre los hombres y Dios, y los restantes tienen que ver con las relaciones entre los hombres”
Pablo Hoff


                El mismo apóstol Pablo lo confirmó esta afirmación con las siguientes palabras: “Porque: No adulterarás,  no matarás,  no hurtarás,  no dirás falso testimonio,  no codiciarás,  y cualquier otro mandamiento,  en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo;  así que el cumplimiento de la ley es el amor”, (Romanos 13:9-10, RV60). Así podemos ver que los primeros cuatro mandamientos: No tener dioses ajenos, no hacer imágenes de estos dioses para adorarlos, no tomar el nombre de Dios a la ligera y guardar el sábado, están relacionados con amar a Dios con todo nuestro ser. Los restantes seis, honrar a los padres, no matar, no ser adultero, no robar, no mentir y no codiciar, se basan en el amor hacia el prójimo. Por tanto, podemos decir el amor es el cumplimiento de toda la ley, y como lo dijo Agustín: “ama y haz lo que quieras”.




El amor nos ayuda en nuestra relación con los demás.


“Les doy un mandamiento nuevo: Ámense unos a otros. Ustedes deben amarse de la misma manera que yo los he amado. Si se aman de verdad, entonces todos sabrán que ustedes son mis seguidores”.
Juan 13:34-35(BLS)

               El amor es el fundamento del carácter en la vida cristiana así como la principal de todas las virtudes humanas, sin él, las otras características del fruto serían imposibles desarrollarlas. Nuestro Señor Jesús instruyendo a sus discípulos los exhortaba no solo a amar a Dios, sino también a amarse los unos de los otros. El amor entre creyentes es una característica por la que se les debe reconocer en este mundo, a tal punto que nuestro amor no solo debe reflejarse en hacer buenas obras, sino en tener buenas relaciones con nuestros hermanos: “Pero si andamos en luz,  como él está en luz, tenemos comunión unos con otros,  y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”, (1 Juan 1:7, RV60). El apóstol Juan nos dice que el “andar en luz” es vivir amando a los demás. Por lo tanto, la iglesia del Señor debe diferenciarse del resto del mundo por el amor que se vive entre hermanos y por eso debemos esforzarnos por evitar toda clase de envidia, odio o sentimiento indigno que rompa esta comunión: “El que ama a su hermano vive en la luz, y no hay nada que lo haga caer. Pero el que odia a su hermano vive y anda en la oscuridad, y no sabe a dónde va, porque la oscuridad lo ha dejado ciego”, (1 Juan 2:10-11, DHH). El vivir amando a los demás nos afirma más en nuestra vida como nuevas criaturas, en contraste, el odio contamina nuestro corazón haciendo que nuestra vida carezca de dirección y nos sumerge en oscuridad. El apóstol Juan es contundente en este tema a tal punto que dice que nadie puede decir ser salvo y amar a Dios, si no ama a su hermano: “Si alguien afirma: Yo amo a Dios, pero odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto. Y él nos ha dado este mandamiento: el que ama a Dios, ame también a su hermano”, (1 Juan 4:20-21, NVI). El escritor Juan Ortiz nos dice: “Algunos creen que la prueba de nuestra salvación es la manera en que vestimos, si no fumamos, si no vamos al cine, si no engañamos a nuestro cónyuge y si no hacemos esto o aquello. No hacer ciertas cosas puede ser positivo, pero no es de tanta trascendencia como el amor. Y si tenemos amor, haremos todas esas cosas positivas. Si en el correr de los años hubiéramos puesto el mismo énfasis en amarnos como pusimos en no fumar, todo hubiera sido diferente”. Por tanto, Juan concluye que si hemos recibido el don de la salvación, en nosotros debe existir un verdadero amor por los miembros de la familia de la fe; de lo contrario no podemos afirmar que hemos nacido de nuevo: “Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”, (1 Juan 4:7-8, RV95).

                Ahora bien, en Lucas nuestro Señor Jesús nos da una importante lección acerca del amor al prójimo. El evangelista nos dice que en cierta ocasión se presentó un experto de la ley delante de Jesús preguntándole qué tenía que hacer para heredar la vida eterna, pero lo hacía porque quería tentarle. Nuestro Señor le contesto con otra pregunta diciéndole: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la interpretas tú? Aquel experto en la ley le respondió que lo único que necesitaba el hombre para cumplir la ley era amar a Dios y a su prójimo: “En esto se presentó un experto en la ley y, para poner a prueba a Jesús, le hizo esta pregunta: —Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Jesús replicó: — ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la interpretas tú? Como respuesta el hombre citó: —“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”, y: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” —Bien contestado —le dijo Jesús—. Haz eso y vivirás”, (Lucas 10:25-28, NVI). No obstante, aquel experto en la ley no quiso quedarse callado, sino que queriendo justificarse delante de Jesús le pregunto: ¿Y quién es mi prójimo?, a lo que Jesús respondió con la parábola del buen samaritano.

“Pero él quería justificarse, así que le preguntó a Jesús: — ¿Y quién es mi prójimo? Jesús respondió: —Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. Resulta que viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió y siguió de largo. Así también llegó a aquel lugar un levita, y al verlo, se desvió y siguió de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos monedas de plata y se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo —le dijo—, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva.” ¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? —El que se compadeció de él —contestó el experto en la ley. —Anda entonces y haz tú lo mismo —concluyó Jesús”.
Lucas 10:29-37 (NVI)

Como respuesta a su segunda pregunta, Jesús le relata la parábola que popularmente se conoce con el nombre de la parábola del buen samaritano la cual nos enseña mucho en cuanto al tema del amor hacia nuestro prójimo. El relato describe a un hombre, obviamente de nacionalidad judía, que descendía por una carretera de Jerusalén a Jericó. Entre Jerusalén y Jericó existen entre 27 a 30 kilómetros de distancia. Era una carretera estrecha que corre por una zona montañosa, escabrosa y rocosa la cual, durante los días de Jesús era bastante peligroso viajar por ella ya que solía ser un lugar preferido para los ladrones debido a que era solitario y bordeado de muchas cuevas las cuales les permitía una rápida huida después de sus fechorías.  Por esto mismo, Jerónimo la llamo “El camino de sangre”, y cuando Jesús dijo que aquel pobre hombre caía en manos de ladrones, estaba contando algo que corrientemente ocurría en este lugar. En esta parábola se presentan los siguientes personajes.

a)       El viajero. Obviamente se trataba de un judío. De alguna manera este viajero estaba cometiendo una imprudencia al viajar solo por este camino ya que sabía que estaba lleno de peligros por causa de los ladrones. Lamentablemente su imprudencia lo llevo directo a una trampa donde fue asaltado y gravemente lastimado: y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto.
b)       En segundo lugar aparece el sacerdote: Resulta que viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió y siguió de largo. Uno podría pensar que lo mejor que le puede pasar en estos momentos de gran necesidad es cruzarse con una persona piadosa, servidora de Dios; sin embargo, el sacerdote se apresuró a pasar de largo, ni siquiera se detuvo a ver su condición. Sin duda tenía presente que, si tocaba a un muerto, quedaba ritualmente impuro (Números 19:11), por lo que no le importó para nada la necesidad de aquel podre viajero.
c)       Luego tenemos al levita: Así también llegó a aquel lugar un levita, y al verlo, se desvió y siguió de largo. Este levita también no estuvo en la disposición de ayudarlo. A este levita, conocedor de la ley de Dios no le importó la condición de su hermano israelita, a lo mejor pensó que no valía la pena arriesgar la vida y decidió pasar de largo.
d)       Finalmente tenemos al samaritano: Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. La audiencia esperaría que ése fuera el más despiadado de todos ya que los samaritanos eran considerados personas despreciables. Los samaritanos eran una raza mixta que resulto de la fusión del remanente israelita con los gentiles que los asirios llevaron a la región de Israel en el año 722 a.C., después de la caída de la nación. Por el hecho de ser una raza mixta, eran vistos con desprecio por los judíos de sangre pura llegando a generarse una rivalidad entre ambas razas. Por tal motivo, podemos imaginarnos la reacción de aquel maestro de la ley que escuchaba la parábola cuando Jesús señalo la misericordia y amor de aquel samaritano, el cual sin importar las diferencias raciales y el peligro que podía asecharle, decidió ayudar al viajero. Esta parábola les enseñaba que el prójimo no solo es su compatriota, sino todos los seres humanos, sin diferencia alguna. Este samaritano a lo mejor no conocía exhaustivamente las Sagradas Escrituras como aquel sacerdote o levita, pero tenía una gran compasión que se extendía incluso a la raza que tanto lo odiaba. Aquel judío gravemente herido fue atendido por este samaritano y lo llevo a un mesón donde pidió al mesonero que le cuidase mientras el regresaba: Al día siguiente, sacó dos monedas de plata y se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo —le dijo—, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva”. Esta es la esencia del verdadero amor el cual se compadece del dolor ajeno, aun cuando sea de nuestros enemigos.

Esta parábola nos enseña lo que significa el amor al prójimo. Vanos pueden ser nuestros grandes conocimientos teológicos y privilegios en una congregación si nuestro amor hacia el prójimo es nulo, ya que este debe ser una consecuencia de la salvación que Dios nos ha otorgado al darnos una nueva naturaleza: “Ahora que se han purificado obedeciendo a la verdad y tienen un amor sincero por sus hermanos,  ámense de todo corazón los unos a los otros. Pues ustedes han nacido de nuevo, no de simiente perecedera,  sino de simiente imperecedera, mediante la palabra de Dios que vive y permanece”, (1 Pedro 1:22-23, NVI). Por tanto, ¿Deseamos saber si hemos nacido de nuevo? Es muy fácil, el apóstol Juan lo aclara de la siguiente manera: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, porque amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano permanece en muerte”, (1 Juan 3:14, RV95).

El amor: Fuente de motivación para ejercer nuestro ministerio


“Hagan brillar su luz delante de todos,  para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo”.
Mateo 5:16 (NVI)

             Como hijos de Dios somos responsables de ser testigos de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable, para ello se nos ha otorgado diferentes dones y habilidades que cada uno utilizamos en diferentes ministerios y en nuestra vida diaria. Sin embargo, ¿cuál debe ser la fuente de motivación que nos impulse a desarrollarlos? La motivación es el motivo ya sea interno o externo que impulsa a un ser humano a cumplir un propósito determinado. Estos motivos pueden ser muchos: vanagloria, ganancia, dolor, aflicción, lástima, etc., no obstante, la pregunta seria, ¿qué debe impulsarnos a nosotros los cristianos? La respuesta sería el amor de Dios. Cuando el amor de Dios nos impulsa a vivir en santidad, a ejercer nuestros dones espirituales para provecho de la grey de Dios, a ayudar al necesitado y servir en la iglesia podremos estar seguros que nuestras acciones son las correctas y no egoístas o equivocadas ya que es el amor de Dios el que regulará nuestras acciones. Por esto mismo David Yonggi Cho dice: “El amor del hombre es motivado por la responsabilidad y la compasión; pero el amor de Dios es motivado por el Espíritu Santo… El amor de Dios nos motiva a amar a Dios en integridad, sin ignorar a los necesitados”. Y el mismo apóstol Pablo nos dice que sin amor todos nuestros dones y sacrificios son vanos: “Si hablo en lenguas humanas y angelicales,  pero no tengo amor,  no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo conocimiento,  y si tengo una fe que logra trasladar montañas,  pero me falta el amor,  no soy nada. Si reparto entre los pobres todo lo que poseo,  y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor,  nada gano con eso”, (1 Corintios 13:1-3, NVI). Sin el amor nuestra vida cristiana carecerá de propósitos, por eso mismo debemos esforzamos por cultivar esta gran  virtud. David Yonggi Cho lo dice de esta forma:  “La motivación de cada cristiano debe ser el amor de Dios que es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. Esta motivación no solamente cambiará tu vida espiritual, sino también tu vida cotidiana. Sin el amor de Dios, todos nuestros esfuerzos espirituales edificarán muy poco”.

El amor es la fuente de donde se desprenden otras grandes virtudes


“El amor es paciente,  es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza,  no es egoísta,  no se enoja fácilmente,  no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa,  todo lo cree,  todo lo espera,  todo lo soporta. El amor jamás se extingue,  mientras que el don de profecía cesará,  el de lenguas será silenciado y el de conocimiento desaparecerá”.
1 Corintios 13:4-8 (NVI)


             En conclusión el amor es la suma total de todas las grandes virtudes cristianas. La paciencia, la bondad, la humildad, la fidelidad, la amabilidad, el dominio propio, la perseverancia, la tolerancia, la confianza en Dios y, en fin, todo lo que caracteriza a una buena persona es una manifestación de un corazón que ha aprendido a amar. Con sus palabras Pablo nos describe la verdadera naturaleza del amor: El amor es paciente,  es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza,  no es egoísta,  no se enoja fácilmente,  no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa,  todo lo cree,  todo lo espera,  todo lo soporta. Este amor trasciende más allá de la vida o incluso cualquier gran don de esta tierra: El amor jamás se extingue,  mientras que el don de profecía cesará, el de lenguas será silenciado y el de conocimiento desaparecerá. Si luchamos por desarrollar este tipo de amor podemos estar seguros que manifestaremos el fruto del Espíritu Santo como verdaderos hijos del Señor. 


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