El Fruto del Espíritu: Benignidad



“Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”.
Efesios 4:32 (RV60)

                En su carta a los Efesios Pablo exhortaba a los creyentes a ser benignos unos con otros, y la palabra que se traduce aquí como “benignos” es la palabra griega jrestós (χρηστός), la cual también puede traducirse como amabilidad o a veces como misericordia. Esta misma palabra aparece en el listado del fruto del Espíritu en la carta a los Gálatas: “En cambio, el fruto del Espíritu…  amabilidad (jrestótes, χρηστότης)”, (Gálatas 5:22, NVI). En su sentido etimológico la palabra benigno significa algo o alguien que no causa daño, y  en su carta a los Efesios, capítulo 4, versículo 32 el apóstol Pablo desarrolla a profundidad este concepto ya que nos dice cómo debemos ser benignos, es decir, amables (jréstós), y de acuerdo a sus palabras esto se logra siendo misericordiosos con las demás personas, sabiendo perdonar así como Dios nos ha perdonado a nosotros. Los griegos definían jrestós (χρηστός) como la disposición del corazón para considerar los asuntos de los demás como si fueran propios. Su enfoque está en considerar a los demás antes que a uno mismo, lo que provoca que sea bueno en todos sus aspectos. Así, en una sola palabra, jrestós (χρηστός), Pablo establece la ley de las relaciones personales: Debemos tratar a los demás como Jesucristo nos ha tratado a nosotros, con suma amabilidad. En sí, jrestós (χρηστός) revela un carácter generoso y no áspero, incapaz de hacer daño. La cualidad de la amabilidad se destaca prioritariamente en las relaciones con los demás. Como seres humanos, Dios nos creó mayoritariamente sociables, y es allí donde radica su importancia. Muchos de los problemas dentro de la iglesia vienen de las malas relaciones las cuales afectan la unidad de la misma. Como seres vivos estamos en constante comunicación, resolvemos problemas entre personas, amonestamos a los que hacen mal las cosas, animamos a los tristes, fortalecemos a los decaídos y si la cualidad de la amabilidad no existe entre nosotros podemos llegar a causar grandes conflictos al ser muy ásperos o imprudentes en el trato con los demás. Pablo nos muestra un precioso ejemplo de esta virtud:

“Aunque como apóstoles de Cristo hubiéramos podido ser exigentes con ustedes,  los tratamos con delicadeza. Como una madre que amamanta y cuida a sus hijos, así nosotros,  por el cariño que les tenemos,  nos deleitamos en compartir con ustedes no sólo el evangelio de Dios sino también nuestra vida. ¡Tanto llegamos a quererlos! Recordarán,  hermanos,  nuestros esfuerzos y fatigas para proclamarles el evangelio de Dios,  y cómo trabajamos día y noche para no serles una carga. Dios y ustedes me son testigos de que nos comportamos con ustedes los creyentes en una forma santa,  justa e irreprochable. Saben también que a cada uno de ustedes lo hemos tratado como trata un padre a sus propios hijos. Los hemos animado,  consolado y exhortado a llevar una vida digna de Dios,  que los llama a su reino y a su gloria”.

1 Tesalonicenses 2:7-12 (NVI)

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El fruto del Espíritu es benignidad

                   En estos versículos Pablo nos muestra un ejemplo de amabilidad. Pudiendo exigirles basado en su autoridad como apóstol, se presenta como un padre espiritual recordándoles su arduo trabajo a favor de ellos y el buen ejemplo que les dio, para animarlos, consolarlos y exhortarlos a llevar una vida santa. Estos versículos son un verdadero ejemplo de cómo ejercer la autoridad en la iglesia, y por eso Pedro animaba a los pastores a no ejercer su liderazgo como capataces sino dando el ejemplo en todo lo que hicieran: “Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; 3 no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria”, (1 Pedro 5:1-4, RV60).

Amabilidad es el resultado de un corazón restaurado



                  Lamentablemente por causa del pecado nuestro corazón es malo y desde el principio el hombre se ha desviado de los caminos de Dios en pos de lo que le desagrada: “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”, (Génesis 6:5). Siendo así, difícilmente el hombre puede ser benigno por el hecho de ser un ente egoísta. Sin embargo, el Señor transforma el corazón del cristiano por medio del poder del Espíritu Santo con el fin de que produzca el fruto deseado: “Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes”, (Ezequiel 36:26-27, NVI).  Una vez que el poder de Dios transforma nuestro corazón duro, es nuestra responsabilidad cultivar el atributo de amabilidad desechando todo aquello que dañe las relaciones que podemos tener con los demás: “Toda amargura, ira y enojo, y gritería, y maledicencia, con todo género de malicia, destiérrese de vosotros. Al contrario, sed mutuamente afables (jrestós, χρηστός), compasivos, perdonándoos los unos a los otros, así como también Dios os ha perdonado a vosotros por Cristo”, (Efesios 4:31-32, T. Amat). Por tanto, si somos cristianos, estamos obligados a desechar toda maldad y aspectos de nuestro carácter que sean ofensivos para los demás, antes debemos sustituirlos por buenas virtudes que favorezcan nuestras relaciones con nuestro semejantes, tal y como Pablo lo vuelve a declarar: “Dios los ama mucho a ustedes, y los ha elegido para que formen parte de su pueblo. Por eso, vivan como se espera de ustedes: amen a los demás, sean buenos, humildes, amables y pacientes. Sean tolerantes los unos con los otros, y si alguien tiene alguna queja contra otro, perdónense, así como el Señor los ha perdonado a ustedes”, (Colosenses 3:12-13, BLS).

La amabilidad es el resultado de nuestro sometimiento a Dios



                  Uno no se puede levantarse en la mañana y decir, “empezando hoy, voy a ser amable”. Aun las mejores intenciones fracasan cuando dependemos de nuestras propias fuerzas. Pablo dijo que la amabilidad era un fruto del Espíritu porque no puede crecer efectivamente sin el continuo trabajo del Espíritu en nuestras vidas. Vivir en el Espíritu significa ser controlado por su presencia, toda decisión y acción debe ser influenciada por su gloriosa presencia y por eso Pablo dice: “sean llenos del Espíritu”, (Efesios 5:18, RV60). Cuando esta presencia gloriosa actúa en nosotros comenzamos a reflejar el fruto del Espíritu y por ende la amabilidad, mejorando así nuestras relaciones con los demás. Dios no desea que sus hijos sean personas soberbias e insoportables, al contrario, la Biblia nos exhorta a través de la carta de Pablo a los Efesios a cuidar esta nuestras relaciones personales entre nuestros semejantes  “Sométanse unos a otros” (5:21); entre cónyuges: “Esposos, amen a sus esposas” (5:25); entre padre e hijo “Hijos, obedezcan en el Señor a sus padres…. padres, no hagan enojar a sus hijos” (6:1, 4); o incluso en las relaciones laborales “Esclavos, obedezcan a sus amos terrenales” (6:5). La amabilidad es uno de los productos del Espíritu trabajando en nuestras relaciones. Al vivir en obediencia, llenos del Espíritu, estos mandamientos bíblicos seguirán resonando y resonando en nuestras vidas y así las malas cualidades serán sustituidas por buenas virtudes como la amabilidad.

La amabilidad produce resultados positivos



                La Biblia muestra que la amabilidad produce resultados positivos y en primer lugar decimos que ayuda a nuestra conciencia a estar en paz consigo misma: “A su alma hace bien el hombre misericordioso; mas el cruel se atormenta a sí mismo”, (Proverbios 11:17, RV60). Cuando sabemos que no hemos ofendido a nadie y que nuestro trato ha sido justo con los demás podemos sentir una especie de satisfacción y paz, muy diferente cuando sabemos que hemos ofendido a una persona. En segundo lugar la amabilidad gana la confianza de la gente. Henry Drummond dijo: “La mejor cosa que un hombre puede hacer para su Padre Celestial, es ser amable con algunos de sus hijos”. Las relaciones están fundamentadas en la confianza y en este caso la amabilidad nos ayuda en este fin. En tercer lugar la amabilidad también suaviza el corazón duro y enojado de los hombres: “La respuesta amable calma el enojo, pero la agresiva echa leña al fuego”,  (Proverbios 15:1, BAD). Para pelear se necesitan dos personas y la Biblia nos exhorta a no entrar en contiendas necias y no responder según la insensatez de la otra persona, sino de manera prudente y cortes: “Nunca respondas al necio de acuerdo con su necedad, para que no seas tú también como él. Responde al necio como merece su necedad, para que no se estime sabio en su propia opinión”, (Proverbios 26:4-5, RV60). Si nuestras palabras no son ásperas, sino bien pensadas y prudentes, aunque duela lo que digamos edificara en lugar de destruir. Por ende, aun para hablar necesitamos amabilidad: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno”, (Colosenses 4:6, RV60). En general, la amabilidad ayuda el cristiano a ser una persona confiable y agradable, alguien en quien se pueda confiar. No olvidemos que Cristo nos ha llamado a testificar de su gracia, pero si nuestro carácter es insoportable y las palabras de nuestras predicaciones solo hieren, jamás tendremos el efecto que deseamos. Por esto mismo Pedro dijo: “¿Y quién es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien? Más también si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. Por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis, sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros; teniendo buena conciencia, para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo”, (1 Pedro 3:13-16, RV60). Esta actitud es un poderoso testimonio de nuestra cristiandad que le testifica al hombre que verdaderamente somos hijos del Todopoderoso, y por ello Frederick William Faber dijo: “La amabilidad ha convertido más pecadores que el entusiasmo, elocuencia, o conocimiento”. Finalmente podemos decir que cada uno de nosotros necesita buscar la forma de cómo desarrollar este fruto del Espíritu que nos ayudara a mantener la unidad de la iglesia a través de la perfecta comunión con todos los santos.


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