El Fruto del Espíritu: Paciencia





 “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante”.
Hebreos 12:1 (RV60)


                La paciencia es otra característica del fruto del Espíritu en el creyente. En este versículo el autor de la carta a los Hebreos compara la vida cristiana con una carrera donde existe una gran número de testigos que nos observan. Este texto sugiere la idea de una competencia atlética en un gran anfiteatro. La palabra testigo en este versículo se traduce del griego mártus (μάρτυς), que literalmente significa mártir, y estos testigos o mártires son los héroes de la fe que aparecen en el capítulo 11 de esta misma carta, los cuales no son simples espectadores, sino verdaderos ejemplos que inspiran a los corredores. Los corredores griegos tenían la costumbre de desnudarse antes de la carrera con el fin de eliminar cualquier peso que pudiera hacerlos menos veloces, de igual manera, los creyentes debemos despojarnos de todo peso que nos angustie y en especial del pecado que nos asedia. Esta carrera debe ser corrida con mucha paciencia ya que no se trata de llegar primero, sino llegar a la meta. La palabra paciencia en este versículo viene del griego ipomoné (ὑπομονή), que literalmente significa constancia, resistencia o perseverancia. Por tanto, la paciencia es esa virtud que nos ayuda a mantenernos constantes y soportar las situaciones difíciles de la vida. De hecho, la vida cristiana requiere de constancia en medio de las circunstancias que nos rodea, para no desanimarnos en medio de las pruebas y desistir de la carrera. Necesitamos desarrollar la resistencia en medio de las calamidades y así culminar la carrera que tenemos por delante, de hecho, en varias partes de las Escrituras se visualiza la vida cristiana como una carrera.

“Pero de ninguna cosa hago caso ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios”.
Hechos 20:24 (RV95)

              Si nos damos cuenta, para el apóstol Pablo lo más importante era concluir con gozo su ministerio y vida cristiana, y esto lo compara con una carrera, y para ello estaba dispuesto a resistir los sufrimientos que le podrían venir en el futuro, y esa capacidad de resistir es la virtud de la paciencia. Pablo demuestra una vez más ser un ejemplo de verdadera paciencia al resistir todos los vituperios por la causa de Cristo y alcanzar la recompensa eterna al culminar su carrera. Esto se visualiza en su última carta dirigida a Timoteo donde expresa sus grandes pruebas por las cuales estaba atravesando y de las cuales podemos mencionar algunas de ellas:

1.      Las iglesias de Asia lo abandonaron: “Ya sabes que todos los de la provincia de Asia me han abandonado, incluso Figelo y Hermógenes”, (2 Timoteo 1:15, NVI), una vez la provincia de Asia, y en especial Éfeso brindo un gran apoyo a Pablo, sin embargo, ahora que estaba en prisión le daban la espalda y no se interesaba en él, siendo Figelo y Hermógenes los que conducían esta división.
2.      Se enfrentó a personas que introdujeron herejías en medio de la congregación: “Y sus enseñanzas se extienden como gangrena.  Entre ellos están Himeneo y Fileto, que se han desviado de la verdad.  Andan diciendo que la resurrección ya tuvo lugar, y así trastornan la fe de algunos”, (2 Timoteo 2:17-18, NVI). También para esta época la iglesia estaba siendo atacada por herejías que engañaba y separaba a algunos de la verdadera doctrina.
3.      Sufrió la decepción de desertores del evangelio: “Pues Demas, por amor a este mundo, me ha abandonado y se ha ido a Tesalónica. Crescente se ha ido a Galacia y Tito a Dalmacia. Sólo Lucas está conmigo”, (2 Timoteo 4:10-11, NVI). La tristeza invadía el corazón de Pablo al mencionar a su antiguo colaborador Demas que en Filemón 24 y Colosenses 4:14 se menciona entre los colaboradores; pero ahora lo había abandonado volviendo al pecado.
4.      También sus compañeros no lo respaldaron el día que tuvo su primera audiencia delante de las autoridades romanas. “En mi primera defensa, nadie me respaldó, sino que todos me abandonaron.  Que no les sea tomado en cuenta”, (2 Timoteo 4:16, NVI).
5.      Aparte de todo esto había personas que se empeñaban en dañarlo: “Alejandro el herrero me ha hecho mucho daño.  El Señor le dará su merecido”, (2 Timoteo 4:14, NVI).



paciencia
El Fruto del Espíritu: Paciencia


Todas estas cosas aunadas al hecho de que Pablo se encontraba en prisión eran suficientes para desmotivar a cualquier persona y desistir de la carrera. Al final, él se encontraba en prisión sin recibir la menor ayuda, unos se habían apartado en pos del pecado, otros lo abandonaron, no recibió el apoyo cuando tuvo su primera defensa, la iglesia de Asia no quería saber nada de él, las herejías y enemigos del evangelio estaban atacando sin compasión. Su único consuelo era Timoteo. Pablo pudo haber escrito en su epístola a Timoteo las siguientes palabras que a lo mejor oímos de muchos creyentes desanimados: “Estamos perdidos, yo aquí me pudro en una cárcel olvidado y despreciado, el evangelio de Jesucristo es atacado por todos lados y solo tú quedas allá afuera, pero tú eres muy joven para que te tomen en cuenta, aparte de que eres enfermo del estómago, débil y tímido. ¡Es nuestro fin!”. Sin embargo, no fue así, su paciencia lo mantenía aun en la carrera y visualizaba con fe el futuro de la iglesia en su hijo en la fe, Timoteo:

“Por eso te recomiendo que avives la llama del don de Dios que recibiste cuando te impuse las manos… Así que tú, hijo mío, fortalécete por la gracia que tenemos en Cristo Jesús… Pero tú, permanece firme en lo que has aprendido y de lo cual estás convencido, pues sabes de quiénes lo aprendiste… En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir en su reino y que juzgará a los vivos y a los muertos, te doy este solemne encargo: Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar… Yo, por mi parte, ya estoy a punto de ser ofrecido como un sacrificio, y el tiempo de mi partida ha llegado. He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, me he mantenido en la fe. Por lo demás me espera la corona de justicia que el Señor, el juez justo, me otorgará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que con amor hayan esperado su venida”.
2 Timoteo 1:6; 2:1; 3:14; 4:1-2, 6-8 (BAD)


              Es importante desarrollar el fruto de la paciencia ya que estaremos expuestos a diversidad de pruebas en nuestra vida cristiana y lo único que nos mantendrá en el camino de la fe es esa resistencia a las mismas. Esa resistencia ante las adversidades provoca una perseverancia y la perseverancia nos ayuda a superar cualquier tribulación que se presente, tal y como lo dice Pablo en Romanos: “En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. También por medio de él, y mediante la fe, tenemos acceso a esta gracia en la cual nos mantenemos firmes.  Así que nos regocijamos en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y no sólo en esto, sino también en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia (ipomoné, ὑπομονή), entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado”, (Romanos 5:1-5, NVI). Así que vemos la paciencia es una virtud que no solo nos ayuda a soportar las prueba con fe y perseverancia, sino le ayudan al creyente a desarrollar su carácter, y de allí que las pruebas tengan ese propósito en nuestras vidas.

Propósito de las pruebas


                 Las pruebas tienen diferentes propósitos en nuestras vidas. Muchas veces las pruebas vienen con el propósito de disciplinarnos o moldear algún aspecto de nuestro carácter para ser mejores instrumentos de su gloria. Dios como un Padre amoroso está dispuesto a someternos a disciplina cuando nos desviemos del camino correcto: “Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados”, (Hebreos 12:7-11, RV60). Por tanto, cada uno de nosotros tiene que vigilar su vida, porque si no vivimos de acuerdo con su voluntad, nuestro Padre celestial nos disciplinara a través de diferentes circunstancias que pueden llegar a causarnos dolor si no obedecemos a tiempo su llamado a la corrección. Un buen ejemplo de esto es el profeta Jonás el cual a pesar de que Dios lo había llamado a predicar a Nínive, se revelo embarcándose rumbo a Tarsis y por eso Dios levanto una enorme tormenta que por poco hunde el barco donde iba y al final termino en el vientre de un gran pez por tres días: “Entonces oró Jonás a Jehová su Dios desde el vientre del pez… Y mandó Jehová al pez, y vomitó a Jonás en tierra”, (Jonás 2:1,10, RV60). Por tanto, lo mejor es que atendamos rápidamente el llamado de atención de Dios y nos corrijamos, porque de lo contrario nuestro Padre celestial aplicara la disciplina necesaria para corregirnos.

              Otras veces las pruebas pueden venir a nuestras vidas con el propósito de que aprendamos a depender de su gracia. Por ejemplo, Pablo tenía una enfermedad por la cual había orado 3 veces, pero Dios no quiso sanarlo, sino que decidió dejársela para que el apóstol no se le olvidara su dependencia de Dios y no se engrandeciera más de lo necesario por la grandeza de su ministerio: “Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”, (2 Corintios 12:7-10, RV60). En algunas ocasiones pueden ocurrir situaciones difíciles que Dios permite, pero, aunque no lo entendamos, debemos tomar ventaja de ellas para acercarnos más a Cristo y así su poder se glorificara más en nuestro espíritu quebrantado.

En otras ocasiones las pruebas vienen a nuestra vida con el propósito de convertirse en desiertos espirituales que tiene como fin formar nuestro carácter y prepararnos para el futuro. Muchas veces estas pruebas se alargan convirtiéndose figurativamente en verdaderos desiertos espirituales y para cruzarlos definitivamente necesitamos paciencia. Muchos de los grandes líderes que encontramos en la Biblia cruzaron por desiertos antes de desempeñar la misión que Dios les había delegado. Así vemos que Moisés pasó 40 años en el desierto donde aprendió a ser un hombre humilde y obediente antes que Dios lo llamara a ser el libertador de su pueblo, David huyó al desierto cuando Saúl lo quería matar y allí aprendió a confiar en Dios y desarrolló su pericia militar antes de ser rey de Israel, los profetas con frecuencia pasaban un tiempo en el desierto antes de emerger con un mensaje, Juan el Bautista, el precursor del Señor Jesús, fue preparado por Dios en un desierto, Pablo se dirigió al desierto de Arabia antes de entregarse a su obra apostólica. Respecto a esto Jeff Caliguere nos dice: “Al dejar que sus desiertos lo moldeen, desatará y descubrirá una nueva habilidad para llevar fruto que permanezca, y entonces, como Pablo, desarrollará la habilidad de soportar los altibajos de la vida con confianza y esperanza”. Los desiertos espirituales desarrollaran en nosotros nuevas cualidades para nuestro bien, sin embargo, necesitamos atravesarlos y no desistir a la mitad del camino, y para ello necesitamos paciencia sabiendo que Dios tiene un plan especial para nosotros: “Sabemos que Dios va preparando todo para el bien de los que le aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo con su plan”, (Romanos 8:28, BLS), así que, cualquier sufrimiento por la causa de Cristo tendrá una gran recompensa en los que perseveren hasta el final: “Pues los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento”, (2 Corintios 4:17, BAD). En la medida que pasamos por diferentes pruebas y las vencemos nuestro carácter se vuelve más fuerte, nuestra fe crece y nos capacita para ser mejores instrumentos en sus manos a tal punto de desarrollar las cualidades de liderazgo que podamos necesitar para desempeñar nuestro ministerio con éxito. Por tanto, Dios permitirá las pruebas en nuestra vida con el fin de formar nuestro carácter y prepararnos para ser mejores siervos en su obra, y por ello Rick Warren dice: “La meta final de Dios para tu vida sobre la tierra no es la comodidad, sino el desarrollo de tu carácter”, (Rick Warren). Así que, vemos como la paciencia nos ayuda a soportar y perseverar en medio de las dificultades cristianas, y como las pruebas que atravesamos moldean nuestro carácter y perfeccionan nuestra fe.

La Paciencia con nuestros semejantes


“con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor”.
Efesios 4:2 (RV60)

                En la Biblia encontramos otra palabra en griego para referirse a la paciencia y es: Makrozumía (μακροθυμία) lo cual literalmente significa “lejos de enojarse”. En este sentido su uso se aplica a la paciencia que se debe tener respecto a sus semejantes. Crisóstomo la describe como el espíritu que tiene poder para vengarse, pero no se venga. Makrozumía es el espíritu que soporta los insultos y las injurias sin amargura ni queja. “Por lo tanto, como escogidos de Dios, santos y amados, vístanse de afecto entrañable y de bondad, humildad, amabilidad y paciencia (Makrozumía, μακροθυμία) de modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro.  Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes” (Colosenses 3:12-13, NVI). La Biblia nos exhorta a ser pacientes los unos a los otros en cuanto al trato personal a través de un verdadero amor, bondad y humildad. Nos enseña a perdonar las ofensas de los demás, así como Jesús nos perdonó todas nuestras transgresiones. Efesios 4:2 nos pide ser humildes y mansos. Estas fueron las actitudes que demostró Jesús cuando estuvo en la tierra. Se trata de actitudes que no afloran naturalmente, sino que deben cultivarse con la determinación de colocar al otro por sobre uno mismo. Sólo el Espíritu Santo puede darnos la capacidad de actuar de este modo con los demás en forma constante. El texto nos dice: soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor. La palabra “sopórtense” proviene del griego anéjomai (ἀνέχομαι) y se utiliza en el sentido de sobrecargar o sobrellevar; no obstante, el uso que Pablo le da a este vocablo tiene una connotación positiva. Denota la idea de ser paciente frente a las debilidades de los demás, es decir, aprender a sobrellevar las debilidades de otros. A menudo le pedimos a Dios que tenga paciencia con nuestras debilidades, sin embargo, no ejercemos este mismo tipo de paciencia con los demás. Ahora, lo que nos permite conocer mejor el sentido de esta palabra es el hecho de que el Nuevo Testamento se la aplica repetidas veces a Dios: “¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad (Makrozumía), ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?”, (Romanos 2:4, RV60). Si Dios hubiera sido un hombre, habría “perdido la paciencia” con el mundo por su desobediencia hace mucho tiempo. El cristiano debe tener con sus semejantes la paciencia que Dios ha tenido con él innumerables veces, sabiendo sobrellevar las imperfecciones de sus semejantes con gran paciencia.

Este tipo de paciencia nos ayuda a controlar los efectos de la ira. Somos seres humanos vulnerables y por tanto a veces nos dejamos arrastrar por nuestras emociones; especialmente por la ira. El manejo de la ira es un tópico importante. De acuerdo con la estadística se sabe que el 50% de la gente que acude para consejería, tuvo problemas con el manejo de su ira. La ira puede dañar la comunicación, romper las relaciones, y arruinar tanto el gozo como la salud de muchos. Y con mucha frecuencia la gente tiende a justificar su enojo, en vez de aceptar la responsabilidad por él. Hay un tipo de ira que la Biblia llama “justa indignación”, pero ésta no debe ser confundida con la ira humana. Pero veamos primero lo que dice la Biblia acerca de la ira.

1.      Nos impulsa a pecar: “Refrena tu enojo, abandona la ira; no te irrites, pues esto conduce al mal”, (Salmo 37:8, BAD).
2.      La ira ofende a Dios por cuanto es un pecado: “No entristezcan al Espíritu Santo de Dios; éste es el sello con el que ustedes fueron marcados y por el que serán reconocidos en el día de la salvación”, (Efesios 4:30, BLA).
3.      Es un pecado que debemos abandonar: “Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca”, (Colosenses 3:8, RV60).

Como seres humanos estamos sujetos a diferentes emociones incluyendo el enojo, sin embargo, el deseo de Dios no es que, no nos enojemos, sino que no dejemos que la ira controle nuestras vidas y nos impulse a actuar de manera inadecuada: “Si se enojan, no permitan que eso los haga pecar. El enojo no debe durarles todo el día”, (Efesios 4:26, BLS). Ahora bien, las Sagradas Escrituras nos dan algunos consejos para contrarrestar la ira:

a)     Primeramente, reconocer nuestra conducta impulsiva e iracunda como un verdadero problema: “El que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia”, (Proverbios 28:13, RV95). Si no lo reconocemos como problema jamás cambiaremos.
b)     Hay que reconocer que todas las pruebas y dificultades vienen a nuestra vida con el fin de desarrollar la paciencia: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia”, (Santiago 1:2-3, RV60).
c)     Dejar lugar a la ira de Dios, aun en los casos de extrema injusticia, y no ser nosotros los que tomemos la venganza en nuestras propias manos: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”, (Romanos 12:19, RV60).
d)     Combatir el mal con el bien no devolviendo mal con mal: “No se dejen vencer por el mal. Al contrario, triunfen sobre el mal, haciendo el bien”, (Romanos 12:21, BLS), pero cómo hacerlo: orando hasta por nuestros enemigos.
Comunicándonos para resolver el problema pensando bien lo que vamos a decir: La prudencia consiste en refrenar el enojo, y la honra, en pasar por alto la ofensa”, (Proverbios 19:11, DHH).

La paciencia de Job


“He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren. Habéis oído de la paciencia (ipomoné, ὑπομονή) de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y compasivo”.
Santiago 5:11 (RV60)

                 El libro de Job se caracteriza por su estilo poético y en cuanto a quien es su autor se sugieren a Moisés, Eliú, Esdras, Salomón entre otros. Ahora bien, el libro registra que Job vivió en un lugar llamado Uz nombre que deriva de uno de los descendientes de Sem (1 Crónicas 1:17) y de acuerdo con el relato bíblico de los pueblos que allí aparecen parece que estaba ubicada cerca de la tierra de los sabeos y los caldeos. Al observar las ciudades donde vivían los amigos de Job, podría ubicarse Uz entre el desierto de Siria en Arabia y no lejos de Edom. No olvidemos que Moisés vivió 40 años en Madían por lo que, si él fue el autor de este libro, posiblemente conoció la historia de Job durante este periodo. En el Talmud, los rabinos judíos afirman que Moisés fue el autor de Job. Este libro nos presenta una cara diferente del sufrimiento y lo primero que podemos aprender es la influencia de Satanás en los padecimientos humanos. También nos enseña que Dios tiene un propósito en cada prueba que viene a nuestras vidas y a través del ejemplo de Job podemos aprender cómo superarlas con paciencia. El libro comienza enseñándonos que Job era un padre piadoso, no dañado por la prosperidad, que ministraba como el sacerdote de toda su familia; sin embargo, un día Satanás pidió permiso a Dios para probar su fidelidad a lo cual el Señor accedió con la limitante de que su vida no le fuera tocada.


“Hubo en tierra de Uz un varón llamado Job; y era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal… Y dijo Jehová a Satanás: ¿De dónde vienes? Respondiendo Satanás a Jehová, dijo: De rodear la tierra y de andar por ella. Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal? Respondiendo Satanás a Jehová, dijo: ¿Acaso teme Job a Dios de balde? ¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene? Al trabajo de sus manos has dado bendición; por tanto, sus bienes han aumentado sobre la tierra. Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia. Dijo Jehová a Satanás: He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él. Y salió Satanás de delante de Jehová”.

              Como resultado Satanás arrojo su primer ataque en contra de Job, no obstante, éste retiene su integridad.

“Y un día aconteció que sus hijos e hijas comían y bebían vino en casa de su hermano el primogénito, y vino un mensajero a Job, y le dijo: Estaban arando los bueyes, y las asnas paciendo cerca de ellos, y acometieron los sabeos y los tomaron, y mataron a los criados a filo de espada; solamente escapé yo para darte la noticia. Aún estaba éste hablando, cuando vino otro que dijo: Fuego de Dios cayó del cielo, que quemó las ovejas y a los pastores, y los consumió; solamente escapé yo para darte la noticia. Todavía estaba éste hablando, y vino otro que dijo: Los caldeos hicieron tres escuadrones, y arremetieron contra los camellos y se los llevaron, y mataron a los criados a filo de espada; y solamente escapé yo para darte la noticia. Entre tanto que éste hablaba, vino otro que dijo: Tus hijos y tus hijas estaban comiendo y bebiendo vino en casa de su hermano el primogénito; y un gran viento vino del lado del desierto y azotó las cuatro esquinas de la casa, la cual cayó sobre los jóvenes, y murieron; y solamente escapé yo para darte la noticia”.
Job 1:13-19 (RV60)

              En pocos segundos Job se encontró con la realidad de la pérdida completa de todos sus bienes, estaba en banca rota y sus hijos estaban muertos, sin embargo, Job no atribuyó ningún despropósito a Dios: “Entonces Job se levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza, y se postró en tierra y adoró y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno”, (Job 1:20-22, RV60). Al fallar Satanás en su primer intento de flaquear la fe de Job a través de quitarle todos sus bienes materiales e hijos, pide una segunda oportunidad la cual le es concedida y esta consistía en invadir todo su cuerpo con una enfermedad maligna que lo atormentara de día y de noche.

“Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal, y que todavía retiene su integridad, aun cuando tú me incitaste contra él para que lo arruinara sin causa? Respondiendo Satanás, dijo a Jehová: Piel por piel, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Pero extiende ahora tu mano, y toca su hueso y su carne, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia. Y Jehová dijo a Satanás: He aquí, él está en tu mano; más guarda su vida. Entonces salió Satanás de la presencia de Jehová, e hirió a Job con una sarna maligna desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza”.
Job 2:4-7 (RV60)

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La paciencia de Job


A partir de aquí las pruebas no faltan y una tras otra buscan acabar con su paciencia para destruir su fe, éstas fueron:

1.      Su enfermedad lo atormentaba día y noche: “Y Job, sentado en medio de las cenizas, tomó un pedazo de teja para rascarse constantemente”, Job 2:8 (NVI).
2.      El consejo blasfemo de su esposa: “Su esposa le reprochó ¿Todavía mantienes firme tu integridad? ¡Maldice a Dios y muérete!”, Job 2:9 (NVI), sin embargo, retuvo su integridad: “Job le respondió: Mujer, hablas como una necia.  Si de Dios sabemos recibir lo bueno, ¿no sabremos también recibir lo malo? A pesar de todo esto, Job no pecó ni de palabra”, Job 2:10 (NVI).
3.      La llegada de los tres amigos de Job y los siete días de silenciosa dolencia: “Tres amigos de Job se enteraron de todo el mal que le había sobrevenido, y de común acuerdo salieron de sus respectivos lugares para ir juntos a expresarle a Job sus condolencias y consuelo. Ellos eran Elifaz de Temán, Bildad de Súah, y Zofar de Namat… y durante siete días y siete noches se sentaron en el suelo para hacerle compañía. Ninguno de ellos se atrevía a decirle nada, pues veían cuán grande era su sufrimiento”, Job 2:11,13 (NVI), y esto por poco agota su paciencia de tal manera que comienza a quejarse: “Después de esto, Job rompió el silencio para maldecir el día en que había nacido”, (Job 3:1, NVI). Esto nos muestra que a veces la angustia y presiones excesivas pueden arrastrarnos a quejarnos de las circunstancias, pero nunca maldijo a su Creador.
4.      Sus amigos lo recriminan y lo acusan injustamente de tener pecados ocultos los cuales, según ellos, eran la causa de todos sus males y por eso Dios lo estaba castigando ya que creían que era imposible que un justo padeciese así. Sin embargo, Job defiende su integridad (Job 4-31).


Sus tres amigos acusan injustamente a Job, veamos en qué consistía el discurso de cada uno de ellos:

Elifaz y la experiencia.



Elifaz es el primero en tomar la palabra: “Entonces respondió Elifaz temanita, y dijo: Si probáremos a hablarte, te será molesto; pero ¿quién podrá detener las palabras? He aquí, tú enseñabas a muchos y fortalecías las manos débiles; al que tropezaba enderezaban tus palabras, y esforzabas las rodillas que decaían. Más ahora que el mal ha venido sobre ti, te turbas. ¿No es tu temor a Dios tu confianza? ¿No es tu esperanza la integridad de tus caminos? Recapacita ahora; ¿qué inocente se ha perdido? Y ¿en dónde han sido destruidos los rectos? Como yo he visto, los que aran iniquidad y siembran injuria, la siegan”, (Job 4:1-8, RV60). Asimismo: Yo he visto al necio que echaba raíces, y en la misma hora maldije su habitación” (Job 5:3, RV60). También dijo: “Escúchame; yo te mostraré, y te contaré lo que he visto, (Job 15:17, RV60). De acuerdo con sus palabras Yo he visto, podemos concluir que Elifaz era una persona que basaba sus juicios en su experiencia. El creía que basado en lo que había vivido podía establecer reglas para juzgar cualquier situación. En su experiencia Elifaz había visto como el fin de los impíos era malo y que los justos vivían confiadamente. El creía que la razón por la cual Job estaba sufriendo era porque existía pecado oculto ya que nunca había visto a un verdadero justo sufrir. Pero ¡cuán equivocado estaba! Nosotros no podemos juzgar una situación basada en otras ya que cada una es diferente y tiene sus propios ingredientes, aparte de que nuestra capacidad de percepción no es infalible.

Bildad y los dichos antiguos.



Bildad es el segundo en hablar y su juicio está basado en los dichos y consejos de los antiguos: “Porque pregunta ahora a las generaciones pasadas, y disponte para inquirir a los padres de ellas; pues nosotros somos de ayer, y nada sabemos, siendo nuestros días sobre la tierra como sombra. ¿No te enseñarán ellos, te hablarán y de su corazón sacarán palabras? (Job 8:8-10, RV60). Los argumentos de Bildad están apoyados en los consejos de antiguos sabios. Basado en esto Bildad también cree que la razón por la cual Job se encuentra sufriendo es porque tiene pecados ocultos ya que según él: “He aquí, Dios no aborrece al perfecto, ni apoya la mano de los malignos”, (Job 8:20, RV60). Aunque podemos encontrar buenas sugerencias en los dichos de los sabios, debemos recordar que estos no son infalibles, ya que al final son hombres limitados como nosotros. Pudiera ser que la percepción de estos no sea aplicable para todas las situaciones de la vida o que simplemente no hayan considerado todas las posibilidades. En este caso sus fuentes de información no consideraban la idea de que un justo pudiera sufrir.

Zofar y el legalismo.



Consideremos ahora el discurso de Zofar naamatita para entender el fundamento de su opinión: “¡Oh, quién diera que Dios hablara, y abriera sus labios contigo, y te declarara los secretos de la sabiduría, que son de doble valor que las riquezas! Conocerías entonces que Dios te ha castigado menos de lo que tu iniquidad merece”, Leemos también: “Si tú dispusieres tu corazón, y extendieres a él tus manos; si alguna iniquidad hubiere en tu mano, y la echares de ti, y no consintieres que more en tu casa la injusticia, entonces levantarás tu rostro limpio de mancha, y serás fuerte, y nada temerás”, (Job 11:5-6; 13-15). Por la dureza de sus palabras podemos ver a una persona legalista. Al observar la terrible situación de Job, Zofar lejos de mostrar misericordia fue duro al emitir juicio sobre él. Cuantas personas son como Zofar los cuales bajo una apariencia de piedad se dedican a criticar duramente los errores de los demás, sin considerar que ellos mismos son también seres imperfectos. Lejos de consolar y exhortar para que estos vuelvan de su error solo los condenan haciéndoles sentir miserables e indignos, y muchas veces, como en el caso de Job, juzgan basados en las apariencias, atribuyéndoles pecados que ni si quieran han cometido.

Al final, tanto la experiencia como el apoyarse en la sabiduría de los antiguos sabios y el legalismo fallaron. Estos tres hombres estaban lejos de comprender la situación bajo la perspectiva de Dios por ello nosotros debemos buscar siempre la dirección divina por medio de sus Escrituras para actuar correctamente. Al considerar las duras críticas de sus amigos podemos ver como el libro de Job nos enseña el valor de la paciencia. La paciencia ayudo a Job a mantener su integridad y no caer en la trampa de Satanás, aun en medio de las circunstancias más difíciles e injustas. Es importante considerar que, a pesar de su paciencia, Job no era un muñeco de yeso que soportaba estoicamente los sufrimientos.

En segundo lugar, vemos como el sufrimiento prolongado y la incertidumbre de no saber la razón de sus sufrimientos lo llevo a un punto de quejarse y demandar una repuesta del Señor, sin embargo, nunca lo hace de una manera arrogante. Para enfrentar su dura condición, Job decide hacer un inventario de su situación pasada y aceptar su actual condición, contrario a muchas personas que cuando enfrentan situaciones similares viven quejándose, amargándose con los recuerdos del pasado y entran en depresión, buscan huir de la realidad a través de pastillas, entregándose a la depresión, refugiándose en el alcohol o en las drogas.

“¡Y ahora resulta que de mí se burlan jovencitos a cuyos padres no habría puesto ni con mis perros ovejeros! … ¡Y ahora resulta que soy tema de sus parodias! ¡Me he vuelto su hazmerreír! Les doy asco, y se alejan de mí; no vacilan en escupirme en la cara. Ahora que Dios me ha humillado por completo, no se refrenan en mi presencia. A mi derecha, me ataca el populacho; tienden trampas a mis pies y levantan rampas de asalto para atacarme”.
Job 30:1, 9-12 (NVI)


              La frase “Y ahora” introduce el lamento de Job sobre su actual situación versus su antigua prosperidad. Después de ser una persona respetada ahora hasta los jóvenes se burlaban de su mal y es visto como alguien despreciable. Su sufrimiento es tal que los siguientes versículos lo expresan de la siguiente manera:

“Y ahora la vida se me escapa; me oprimen los días de sufrimiento. La noche me taladra los huesos; el dolor que me corroe no tiene fin. Como con un manto, Dios me envuelve con su poder; me ahoga como el cuello de mi ropa. Me arroja con fuerza en el fango, y me reduce a polvo y ceniza. A ti clamo, oh Dios, pero no me respondes; me hago presente, pero tú apenas me miras. Implacable, te vuelves contra mí; con el poder de tu brazo me atacas”.
Job 30:16-21 (NVI)


              Con estas palabras Job describe su agotamiento físico y emocional debido a sus días de aflicción y compara los terribles efectos de su sufrimiento y enfermedad con ser estrangulado con poderosa violencia. Irónicamente, Job declara su frustración con Dios casi tan directamente como cuando expreso su confianza en su Redentor, lo compara con un villano que lo estrangula y lo arroja al fango sin ninguna consideración hasta humillarlo completamente. Job clama a Dios en medio de su martirio, pero no obtiene respuesta. A continuación, Job se dispone a realizar un inventario moral como una forma de decirle a Dios que era injusto el trato que estaba recibiendo. El alega nunca haber estado involucrado en los siguientes pecados:

1.      Lujuria (“Yo había convenido con mis ojos no mirar con lujuria a ninguna mujer”, Job 31:1, NVI).
2.      Falsedad y engaño (“Si he andado en malos pasos, o mis pies han corrido tras la mentira, ¡que Dios me pese en una balanza justa, y así sabrá que soy inocente!”, Job 31:5-6, NVI).
3.      Opresión a los esclavos (“Si me negué a hacerles justicia a mis siervos y a mis siervas cuando tuvieron queja contra mí, ¿qué haré cuando Dios me llame a cuentas? ¿qué responderé cuando me haga comparecer? El mismo Dios que me formó en el vientre fue el que los formó también a ellos; nos dio forma en el seno materno”, Job 31:13-15, NVI).
4.      Maltrato a los pobres, abuso o abandono a las viudas y huérfanos. (“Jamás he desoído los ruegos de los pobres, ni he dejado que las viudas desfallezcan; jamás el pan me lo he comido solo, sin querer compartirlo con los huérfanos. Desde mi juventud he sido un padre para ellos; a las viudas las he guiado desde mi nacimiento. Si he dejado que alguien muera por falta de vestido, o que un necesitado no tenga qué ponerse; si éste no me ha bendecido de corazón por haberlo abrigado con lana de mis rebaños; o si he levantado contra el huérfano mi mano por contar con influencias en los tribunales, ¡que los brazos se me caigan de los hombros! ¡que se me zafen de sus articulaciones!”, Job 31:16-22, NVI).
5.      Confiar en las riquezas más que en Dios. (“¿Acaso he puesto en el oro mi confianza, o le he dicho al oro puro: En ti confío? ¿Me he ufanado de mi gran fortuna, de las riquezas amasadas con mis manos?, Job 31:25-26, NVI).
6.      Alegrarse de las desgracias de otros incluyendo a sus enemigos (“¿Acaso me he alegrado de la ruina de mi enemigo? ¿Acaso he celebrado su desgracia? ¡Jamás he permitido que mi boca peque pidiendo que le vaya mal!”, Job 31:29-30, NVI).
7.      Adorar a dioses falsos (“¿He admirado acaso el esplendor del sol o el avance esplendoroso de la luna, como para rendirles culto en lo secreto y enviarles un beso con la mano? ¡También este pecado tendría que ser juzgado, pues habría yo traicionado al Dios de las alturas!”, Job 31:26-28, NVI).
8.      Hipocresía. (“Jamás he ocultado mi pecado, como el común de la gente, ni he mantenido mi culpa en secreto, por miedo al qué dirán. por miedo al desprecio de mis parientes”, Job 31:33-34, NVI).

Con estas palabras Job termina su soliloquio (monólogo) afirmando su inocencia y demandándole a Dios una respuesta por lo que lo invita a un juicio de donde cree que saldrá victorioso. Pero está a punto de darse cuenta de que las cosas no son como cree: “¡Cómo quisiera que Dios me escuchara! Estampo aquí mi firma; que me responda el Todopoderoso. Si él quiere contender conmigo, que lo haga por escrito”, (Job 31:35, NVI).


Nuestra vulnerable humanidad queda clara en la historia de Job, tanto sufrimiento nos puede en ocasiones impulsar a dudar de la fidelidad de Dios, a quejarnos y exigir respuestas, pero nunca debemos hacerlo con arrogancia y es allí donde necesitamos la paciencia que se traduce en la resistencia para no abandonar la fe en el Señor. El mayor peligro de los sufrimientos es el abandonar a Dios o negar su existencia. Job estaba siendo atormentado por su enfermedad, el desprecio de su esposa, el dolor por la pérdida de sus hijos y sus bienes, y encima de todo eso sus amigos lanzaban constantes acusaciones en contra de él, debieron crear una situación insoportable; pero al final cuando todo parecía no tener un buen final se deslumbro una luz ya que el Señor comienza a responderle todas sus interrogantes y lo hace a través de un joven llamado Eliú. Dios jamás nos dejara que seamos consumidos por un problema, si no, traerá su ayuda a nuestras vidas justo antes que las fuerzas nos abandonen. Por eso Pablo dijo: “Ustedes no han pasado por ninguna prueba que no sea humanamente soportable. Y pueden ustedes confiar en Dios, que no los dejará sufrir pruebas más duras de lo que pueden soportar. Por el contrario, cuando llegue la prueba, Dios les dará también la manera de salir de ella, para que puedan soportarla”, (1 Corintios 10:13, DHH). Nunca seremos probados más allá de nuestra fuerza, toda prueba es humanamente soportable y Dios nos dará la salida juntamente con ella. Cuando las fuerzas de Job estaban casi aniquiladas el Señor comienza a responderle todas sus interrogantes y lo hace a través de un joven llamado Eliú. Este joven resume la situación de Job tal y como él la percibe. Luego lo encara al decirle que no ha sido justo en atacar a Dios, Eliú va a la raíz del problema de Job: el tratar a Dios como si fuera igual. A lo mejor hay situaciones que no comprendemos y algunas nos parecerán injustas, pero no debemos poner en tela de juicio la soberanía de Dios, ya que jamás lo igualaremos en su eterna sabiduría porque “Dios es más grande que los mortales”, (Job 33:12, NVI). Eliú se pregunta: “¿Por qué le echas en cara que no responda a todas tus preguntas?” (Job 33:13, NVI). El hecho de que el ser humano no comprenda las acciones de Dios, no le da derecho para acusarlo de ser indiferente ante el sufrimiento y la injusticia: “¿Pero quién puede condenarlo si él decide guardar silencio? ¿Quién puede verlo si oculta su rostro? Él está por encima de pueblos y personas”, (Job 34:29, BAD).

El libro de Job revela un principio muy importante: Dios permite que los problemas vengan a nuestra vida no solamente por causa del pecado, sino para perfeccionar nuestro carácter.  El discurso de Eliú sobre la grandeza de Dios y su soberanía majestuosa sobre la naturaleza (Job 36-37) sirve como un preludio al clímax del libro: la respuesta del mismo Dios a Job (Job 38-42). En su discurso, el Señor reta a Job a responder a sus preguntas: “Prepárate a hacerme frente; yo te cuestionaré, y tú me responderás”, (Job 38:3, NVI). El Todopoderoso le exige a Job que le responda: ¿Dónde estabas cuando puse las bases de la tierra? ... ¿Quién encerró el mar tras sus compuertas cuando éste brotó del vientre de la tierra?... ¿Alguna vez en tu vida le has dado órdenes a la mañana, o le has hecho saber a la aurora su lugar, para que tomen la tierra por sus extremos y sacudan de ella a los malvados?... ¿Te han mostrado los umbrales de la muerte?... ¿Has llegado a visitar los depósitos de nieve de granizo…?... ¿Ha engendrado alguien las gotas de rocío?... ¿Acaso puedes atar los lazos de las Pléyades, o desatar las cuerdas que sujetan al Orión?... ¿Conoces las leyes que rigen los cielos?... ¿Sabes cuándo los íbices tienen sus crías? ¿Has visto el parto de las gacelas?... ¿Le has dado al caballo su fuerza?... ¿Eres tú quien lo hace saltar como langosta, con su orgulloso resoplido que infunde terror?... ¿Es tu sabiduría la que hace que el halcón vuele y que hacia el sur extienda sus alas?... ¿Corregirá al Todopoderoso quien contra él contiende?, (Job 38-39; 40:2, NVI). Ante tal sabiduría ¿quién podría contradecir al Todopoderoso y decirle que se ha equivocado? ¡Al fin Job entendió!

              Después de escuchar a Dios, Job se dio cuenta que había pronunciado “Cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía”, (Job 42:3, RV60). La palabra hebrea que se tradujo comprender (yada, יָדַע) implica mucho más que acumular información. Sugiere un conocimiento íntimo de las cosas que viene de la experiencia personal. Es más Job estaba admitiendo que todos sus discursos habían sido solo palabrerías, que no sabía realmente lo que estaba diciendo y ciertamente no de la manera que Dios sabe: “De oídas había oído hablar de ti, pero ahora te veo con mis propios ojos. Por tanto, me retracto de lo que he dicho, y me arrepiento en polvo y ceniza”, (Job 42:5-6, NVI).  Job quedó conforme al saber que sus sufrimientos eran parte de los propósitos de Dios, aun cuando no los comprendía en su mente finita. Hay una historia muy interesante que retrata esta enseñanza. Un día Agustín de Hipona se paseaba por la playa y en su mente estaba una pregunta constante que lo atormentaba: Si Dios existe por qué existe el diablo, por qué hay tanto sufrimiento y maldad. Obviamente no tenía las respuestas a ello. Mientras deambulaba a la orilla de la playa en esta lucha intelectual en su mente encontró a un niño que había cavado un pequeño hoyo y Agustín de Hipona le pregunto “¿qué haces?”, el niño le respondió: “estoy tratando de meter el mar en este agujero”, a lo que el maestro replicó: “niño tonto cómo quieres meter la inmensidad del mar en ese hoyo pequeñito”, el niño le respondió: “de la misma manera cómo tú quieres meterte la inmensa sabiduría del Altísimo en tu pequeña cabecita”. No tenemos todas las respuestas ni la sabiduría que Dios posee para comprender lo que nos pasa. Sin embargo, el libro de Job nos muestra que siempre hay un propósito divino aun en las circunstancias más dolorosas de nuestra vida. Pero necesitamos tener paciencia combinada con fe para no desmayar y alcanzar los propósitos de Dios. Al final Dios restauro la vida de Job, su carácter fue perfeccionado al conocer mejor a su Señor y las recompensas a su fe y paciencia fueron grandes. El comprendió que el Señor era Justo en todos sus caminos.  Lo exalto delante de los que lo acusaron injustamente:

“Después de haberle dicho todo esto a Job, el Señor se dirigió a Elifaz de Temán y le dijo: “Estoy muy irritado contigo y con tus dos amigos porque, a diferencia de mi siervo Job, lo que ustedes han dicho de mí no es verdad. Tomen ahora siete toros y siete carneros, y vayan con mi siervo Job y ofrezcan un holocausto por ustedes mismos. Mi siervo Job orará por ustedes, y yo atenderé a su oración y no los haré quedar en vergüenza.  Y conste que, a diferencia de mi siervo Job, lo que ustedes han dicho de mí no es verdad. Elifaz de Temán, Bildad de Súah y Zofar de Namat fueron y cumplieron con lo que el Señor les había ordenado, y el Señor atendió a la oración de Job”.
Job 42:7-9 (NVI)

También Dios lo prospero más que al principio:

“Cuando Job hubo orado por sus amigos, Jehová le quitó la aflicción; y aumentó al doble todas las cosas que habían sido de Job. Todos sus hermanos, todas sus hermanas y todos los que antes lo habían conocido vinieron a él y comieron pan con él en su casa. Se condolieron de él, lo consolaron de todo aquel mal que Jehová había traído sobre él y cada uno le dio una moneda de plata y un anillo de oro. Jehová bendijo el postrer estado de Job más que el primero, porque tuvo catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil asnas. También tuvo siete hijos y tres hijas. A la primera le puso por nombre Jemima; a la segunda, Cesia, y a la tercera, Keren-hapuc. Y no había en toda la tierra mujeres tan hermosas como las hijas de Job, a las que su padre dio herencia entre sus hermanos. Después de esto vivió Job ciento cuarenta años, y vio a sus hijos y a los hijos de sus hijos, hasta la cuarta generación. Job murió muy anciano, colmado de días”.
Job 42:10-17 (RV95)
             
Por tanto, debemos mantenernos firmes, esperando pacientemente en medio de las diferentes pruebas, consientes que habrá situaciones que nos harán sufrir que quizá jamás comprenderemos el porqué de algunas de ellas, pero jamás debemos cuestionar la soberanía y sabiduría de Dios ya que Él tiene el control de todo y al final nuestra fe será recompensada. Bien lo confirman las Escrituras diciendo que los padecimientos de los justos no son en vano: “Dichoso el hombre que soporta la prueba con fortaleza, porque al salir aprobado recibirá como premio la vida, que es la corona que Dios ha prometido a los que lo aman”, (Santiago 2:12, DHH).


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