El Cordero y el Rollo


“Y vi en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos. Y vi a un ángel fuerte que pregonaba a gran voz: ¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos? Y ninguno, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro, ni aun mirarlo. Y lloraba yo mucho, porque no se había hallado a ninguno digno de abrir el libro, ni de leerlo, ni de mirarlo. Y uno de los ancianos me dijo: No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos”.
Apocalipsis 5:1-5

INTRODUCCIÓN


               Llegamos al capítulo 5 del libro de Apocalipsis el cual abrirá la puerta para que se desencadenen los eventos que ocurrirán en un periodo de siete años conocidos como la gran tribulación. En este capítulo nuestro Señor Jesucristo entra en escena una vez más para dar cumplimiento a una tarea que nadie más que Él puede cumplir: abrir el libro y desatar sus sellos. En el capítulo cuatro el Padre es el protagonista principal, en este capítulo el Cordero de Dios toma el protagonismo principal.

EL LIBRO ESCRITO POR DENTRO Y FUERA


“Y vi en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos. Y vi a un ángel fuerte que pregonaba a gran voz: ¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos? Y ninguno, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro, ni aun mirarlo. Y lloraba yo mucho, porque no se había hallado a ninguno digno de abrir el libro, ni de leerlo, ni de mirarlo.
Apocalipsis 5:1-4

             En Apocalipsis 4:2 Juan vio al Padre sentado en el trono, y en este capítulo nos dice que en su mano derecha tenía un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos. Esta visión es muy parecida a la que el profeta Ezequiel tubo donde veía un rollo escrito por dentro y por fuera: “Y miré, y he aquí una mano extendida hacia mí, y en ella había un rollo de libro. Y lo extendió delante de mí, y estaba escrito por delante y por detrás; y había escritas en él endechas y lamentaciones y ayes”. (Ezequiel 2:9-10). Cuando en Apocalipsis 5 habla del libro se refiere a un rollo de papiro y no al libro que nosotros conocemos hoy en día. Estos rollos de papiro eran elaborados de una planta que llevaba el mismo nombre. Esta caña crecía en los lagos pocos profundos y juntos a los ríos de Egipto y Siria. El papiro como material tuvo un uso extenso hasta alrededor del siglo III d.C.

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El León de la Tribu de Judá y el Cordero de Dios

           En el antiguo oriente era una costumbre escribir revés y derecho sobre el papiro ya que constituía un material muy caro para la época y se acostumbrara optimizarlo. Aparte de ello también el texto aclara que estaba sellado con siete sellos. En la antigüedad se solía sellar con siete sellos aquellos documentos legales que constituían el testamento de una persona. El Sello era una impronta generalmente hecha en barro, cera o algún otro material blando, que impedía que una persona no autorizada tuviese acceso a su contenido. Los sellos podían ser retirados por aquellos que tenían la autoridad legal para hacerlo. Aquí encontramos que el libro que está en la mano derecha del que está sentado en el trono está sellado, por lo que el contenido del mismo esta velado y representa un misterio en ese momento. En cuanto al contenido del libro hay muchas opiniones. Posiblemente el contenido del libro se trate de los hachos y juicios que están a punto de venir sobre esta tierra ya que a partir de la ruptura del primer sello inicia la aparición del jinete blanco y le siguen a los restantes sellos una serie de calamidades para las naciones.

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Los 7 sellos

              Inmediatamente aparece en escena un ángel que pregona a gran voz: ¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos? Esta exclamación arroja un gran desafío para encontrar alguien que sea digno de retirar el libro de la mano derecha del que está sentado en el trono y rompa los siete sellos. Sin embargo, el mismo texto nos dice que no se encontró a nadie digno de hacerlo: Y ninguno, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro, ni aun mirarlo. La búsqueda se inició en los cielos y en la tierra con el fin de encontrar a alguien digno de desatar los sellos. Podríamos imaginarnos a una gran multitud de personajes que conforman a todos los grandes en la fe tanto del Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. Hombres como Enoc, el cual por su fe no vio muerte, Noé, el hombre que por su fe condeno al mundo. Abraham, el hombre que por su fe fue justificado y llamado amigo de Dios.

                 Podríamos ver en esta gran multitud a hombres como David, el hombre conforme al corazón de Dios, a todos los jueces que juzgaron a Israel en el tiempo que no habían reyes, todos los profetas que Dios levanto a lo largo de la historia de Israel antes del nacimiento de Cristo. Contaríamos en esa gran multitud a los apóstoles del Cordero, al Apóstol Pablo, a todos los padres de la iglesia primitiva, a los grandes maestros y reformadores, y no quedarían excluidos los grandes predicadores y misioneros de los últimos siglos. Pero aun cuando esta gran multitud de gigantes en la fe el ángel diría: Y ninguno, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro, ni aun mirarlo. Cuando el apóstol Juan escucho esta palabras irrumpió en un gran llanto ya que no había nadie digno de desatar los sellos: Y lloraba yo mucho, porque no se había hallado a ninguno digno de abrir el libro, ni de leerlo, ni de mirarlo.

EL CORDERO QUE FUE INMOLADO


“Y uno de los ancianos me dijo: No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos. Y miré, y vi que en medio del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos, estaba en pie un Cordero como inmolado, que tenía siete cuernos, y siete ojos, los cuales son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra. Y vino, y tomó el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono”.
Apocalipsis 5:5-7

               El llanto de Juan se debía a la enorme desilusión que llevo al saber que no había nadie que pudiera desatar los sellos y revelar el contenido del libro. No olvidemos que Juan estaba allí con el fin de recibir la revelación de las cosas que acontecerían en el futuro: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas, (Apocalipsis 3:1), y esto tuvo que haber sido muy frustrante para el apóstol. No obstante uno de los veinticuatro ancianos consuela a Juan presentando al único digno de tal tarea: Y uno de los ancianos me dijo: No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos.

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El que es digno

             Obviamente la persona digna de desatar los sellos y abrir el libro es nuestro Señor Jesucristo. En primer lugar el anciano lo presenta como el León de la tribu de Judá. Este título es una alusión a la profecía dada por Jacob allá en el libro de Génesis: “Cachorro de león, Judá; de la presa subiste, hijo mío. Se encorvó, se echó como león, así como león viejo: ¿quién lo despertará? No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh; y a él se congregarán los pueblos”, (Génesis 49:9-10). El león es un símbolo de autoridad y realeza, un título exclusivo de Jesús. En segundo lugar, el anciano presenta a Jesús como la raíz de David. Al igual que en el caso anterior, este título mira a una profecía del Antiguo Testamento. Dios le prometió al rey David que haría que su trono fuera eterno: “Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. El edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino. Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo. Y si él hiciere mal, yo le castigaré con vara de hombres, y con azotes de hijos de hombres; pero mi misericordia no se apartará de él como la aparté de Saúl, al cual quité de delante de ti. Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente”, (2 Samuel 7:12-16).

                 De igual forma, el profeta Isaías identifica al Mesías como el vástago de Isaí, el padre de David: “Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces. Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová”, (Isaías 11:1-2). Ambos títulos son una alusión al cumplimiento de las profecías mesiánicas en la persona de Jesús, el cual establecerá su reino de justicia. A continuación Juan vuelve su mirada y ve al que es digno de desatar los sellos y abrir el libro describiéndolo de la siguiente manera: Y miré, y vi que en medio del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos, estaba en pie un Cordero como inmolado, que tenía siete cuernos, y siete ojos, los cuales son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra. En primer lugar lo describe como un Cordero como inmolado. La figura de Cordero nos habla de la misión redentora de Cristo en nuestras vidas. La figura del cordero nos remonta hasta la época de la ley donde era necesario el sacrificio de un cordero perfecto para la expiación del pecado, sin embargo, todos estos sacrificios no eran suficientes para quitar el pecado del hombre, por lo que Dios se preparó su propio Cordero perfecto:

“Pero en estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados; porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados. Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; más me preparaste cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí. Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley), y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último. En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre”.
Hebreo 10:2-10

                 En el libro de Génesis podemos también encontrar una alusión al sacrificio de Cristo cuando Dios probó la fe de Abraham al pedirle que le sacrificara a su hijo Isaac en el monte Moriah: “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré”, (Génesis 22:2). Camino al lugar del sacrificio Isaac pregunto por el cordero y Abraham le respondió que Dios se proveería de uno: “Entonces habló Isaac a Abraham su padre, y dijo: Padre mío. Y él respondió: Heme aquí, mi hijo. Y él dijo: He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto? Y respondió Abraham: Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío. E iban juntos”, (Génesis 22:7-8). Y así ocurrió, Dios se proveyó: “Entonces alzó Abraham sus ojos y miró, y he aquí a sus espaldas un carnero trabado en un zarzal por sus cuernos; y fue Abraham y tomó el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Y llamó Abraham el nombre de aquel lugar, Jehová proveerá. Por tanto se dice hoy: En el monte de Jehová será provisto”, (Génesis 22:13-14). Y ciertamente Dios se proveyó de un Cordero perfecto alrededor de dos mil años después. El monte Moriah es una de varias montañas en Jerusalén y algunos creen que el monto donde Jesús murió, el monte de la Calavera, es el mismo donde Abraham ofreció a su hijo Isaac.

                 Juan el Bautista reconoció a Jesús como el Cordero de Dios: “El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, (Juan 1:29). En Apocalipsis es visto por el apóstol Juan como un Cordero inmolado. El apóstol Pedro hace referencia a Él como un cordero sin mancha y sin contaminación por el cual hemos sido salvos: “sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”, (1 Pedro 1:18-19). El apóstol Pablo lo compara con el cordero pascual: “Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros”, (1 Corintios 5:7).
Además de todo lo anterior, Juan describe al Cordero como inmolado con siete cuernos y siete ojos: tenía siete cuernos, y siete ojos, los cuales son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra. Y vino, y tomó el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono. Los cuernos en la Biblia son un símbolo de poder. En la profecía de Moisés a los descendientes de José, su poder lo compara a los cuernos de un búfalo: “Como el primogénito de su toro es su gloria, y sus astas como astas de búfalo; con ellas acorneará a los pueblos juntos hasta los fines de la tierra; ellos son los diez millares de Efraín, y ellos son los millares de Manasés”, (Deuteronomio 33:17). En las visiones de Daniel, las potencias nacionales y el mismo anticristo se representan a través de cuernos. En este caso los siete cuernos representan la omnipotencia de Jesús. Los siete ojos del Cordero nos sugieren plenitud de inteligencia y sabiduría. Todos estos títulos nos hablan acerca de atributos únicos de Dios. Jesús es el Dios omnipotente el cual es digno de tomar de la mano derecha del Padre el libro y desatar sus sellos para abrirlo: Y vino, y tomó el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono.
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El León de la Tribu de Judá y el Cordero de Dios

LA ADORACIÓN AL CORDERO


“Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos; y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra. Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de millones, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Los cuatro seres vivientes decían: Amén; y los veinticuatro ancianos se postraron sobre sus rostros y adoraron al que vive por los siglos de los siglos”.
Apocalipsis 5:7-14

             Una vez más los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes entran en escena, esta vez para adorar al Cordero. El texto registra que tenían arpas y copas de oro. Para los judíos las arpas eran uno de los instrumentos más usados en la música. En el libro de Génesis se nos dice que el arpa fue uno de los primeros instrumentos musicales en ser creados (Génesis 4:21), El rey David solía adorar a Dios con un arpa (1 Samuel 16:23). En los salmos se exhorta a adorar a Dios con arpas (Salmo 33:2; 98:5; 147:7). En fin, el arpa constituía uno de los instrumentos principales en la música judía y los veinticuatro ancianos están provisto por ellas lo que nos indica la presencia de música en el cielo. Aparte de eso los ancianos poseían copas de oro llenas de incienso. El incienso era una substancia aromática que se quemaba en el tabernáculo y posteriormente en el Templo (1 Reyes 9:25). El incienso era preparado según la fórmula de Éxodo 30:34-36 y se quemaba cada día y cada noche (Éxodo 30:7-8) como ofrenda. Ahora bien, en estos versículos de Apocalipsis el incienso representan las oraciones de los santos. Posiblemente los santos a los que aquí se refiere se trate de los mártires de la gran tribulación los cuales claman por justicia a Dios, ya que para este momento la iglesia estará en la presencia de Dios. Esto también nos muestra que para Dios las oraciones de sus santos es olor grato delante su presencia: “Suba mi oración delante de ti como el incienso, el don de mis manos como la ofrenda de la tarde”, (Salmo 141:2).

                Por tanto, podemos ver toda una escena de adoración en el cielo, con música e incienso, entonando un cántico de adoración delante del Cordero: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra… El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay… Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos.

              Además podemos observar en estos versículos quienes son los que participan en esta adoración celestial: Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de millones. Ahora el panorama había cambiado, las lágrimas de Juan se había convertido en un gran jubilo, el único digno de desatar los sellos se había presentado como el León de la tribu de Judá, la raíz de David, el Cordero que fue inmolado, nuestro Señor Jesús, el cual es Dios y tiene potestad de abrir el libro que está en la mano derecha del Padre.

            El libro está a punto de abrirse y dar paso a los juicios de Dios sobre esta tierra.



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