El Fruto del Espíritu: La Paz


“el mismo Señor de paz os dé siempre paz en toda manera. El Señor sea con todos vosotros”.
2 Tesalonicenses 3:16 (RV60)


                  La tercera característica del fruto del Espíritu que aparece en la lista de Gálatas 5:22-23 es la paz. Pero ¿que entendemos nosotros por paz? De acuerdo con los diccionarios, la paz es la situación o estado en que no hay guerra ni luchas entre dos o más partes enfrentadas. En el Nuevo Testamento la palabra griega de donde se traduce paz es eiréné (εἰρήνη) y se usaba en dos sentidos. En primer lugar, se usaba para denotar la serenidad que disfruta un país bajo el gobierno justo y benéfico de un buen emperador; y por otro lado también se aplicaba a un pueblo que sabía estar en gran armonía y serenidad. En el Antiguo Testamento la palabra hebrea que se traduce en nuestro idioma como paz es shalóm (שָׁלוֹם) y su significado en nuestro idioma denota no solo serenidad o ausencia de conflicto, sino que también encierra un verdadero deseo de completo bienestar físico, emocional y espiritual.  Por esta razón el decirle shalóm (שָׁלוֹם) a una persona era más que un saludo de presentación o despedida, es más, cuando un israelita decía Shalom a una persona estaba declarándole un auténtico deseo de salud, armonía, paz interior, calma y tranquilidad para aquel o aquellos a quien estaba dirigido este saludo. También vemos como los sacerdotes fueron instruidos por Dios para declarar esta bendición especial en medio del pueblo: El SEÑOR le ordenó a Moisés: «Diles a Aarón y a sus hijos que impartan la bendición a los israelitas con estas palabras:»“El SEÑOR te bendiga y te guarde; el SEÑOR te mire con agrado y te extienda su amor; el SEÑOR te muestre su favor y te conceda la  paz.” » Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, para que yo los bendiga.»”, (Números 6:22-27, NVI). Estos versículos son conocidos como la oración sacerdotal la cual tenía como objeto bendecir al israelita y traer la paz de Dios a su vida, a tal punto que cada vez que un israelita decía: shalóm (שָׁלוֹם), era más que simples palabras o un fetiche religioso, era una verdadera suplica al Señor porque les concediese el bienestar y la tranquilidad que caracterizan a la paz de Dios. Por todo esto podemos ver que de acuerdo con la Biblia la paz es un estado de completa serenidad que proviene no de factores externos, sino de la comunión y confianza que se establece a través de nuestro Señor Jesucristo, por ello dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo, (Juan 14:27, RV60).  Si esto es así, el mensaje del evangelio trae esta paz a través de ofrecernos el perdón de pecados a través de Cristo y una vez la tenemos podemos transmitirla a todo aquel que quiera recibir en su corazón este glorioso mensaje y por esto mismo Jesús les dijo a sus discípulos: “En cualquier pueblo o aldea donde entren, busquen a alguien que merezca recibirlos, y quédense en su casa hasta que se vayan de ese lugar. Al entrar, digan: “Paz a esta casa.” Si el hogar se lo merece, que la paz de ustedes reine en él; y si no, que la paz se vaya con ustedes”, (Mateo 10:11-13, NVI). Este bendito estado de serenidad y confianza es fruto del Espíritu Santo, y por tanto, una característica de todo creyente a tal punto que la mayoría de autores de las cartas del Nuevo Testamento, con muy pocas excepciones, acostumbraban saludar deseando gracia y paz a sus lectores. Por tanto, esta es una virtud muy importante que tenemos que estudiar a la luz de la palabra de Dios.

paz
El Fruto del Espíritu: La Paz

                
Es importante comprender que la paz de Dios operara en la vida de los hombres en tres sentidos que son: la paz entre Dios y el hombre, la paz entre el hombre y sus semejantes y la paz consigo mismo. Veamos en que consiste cada una.

Paz entre Dios y el hombre


“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.
Romanos 5:1 (RV60)

                 Una de las razones principales por las cuales el ser humano no encuentra la paz de su alma en las cosas de este mundo es por causa del pecado. John Bunyan quizás lo supo plasmar en su gran obra “El Progreso del Peregrino”, una obra alegórica donde su protagonista principal llamado Cristiano vivía angustiado por una enorme carga que sostenía en sus hombros (lo cual simbolizan la carga del pecado), y no se liberó de ella hasta que en una colina encontró a su Salvador, Cristo, que le desato de sus cargas y estas cayeron al suelo. Solamente en Cristo podemos encontrar el descanso de nuestras cargas, sean culpas, resentimientos, frustraciones y cualquier sentimiento producido en este mundo de maldad, y por ello Jesús un día declaro una de las promesas más maravillosas que podemos encontrar en la Biblia: Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es fácil y ligera mi carga”. (Mateo 11:28-30, RV95). En estos versículos Jesús hablaba a personas que estaban tratando desesperadamente de encontrar a Dios y de ser buenas, pero no lo lograban, ya que se hallaban sumidas en el agotamiento y la desesperación. Lamentablemente hoy en día muchos buscan aliviar sus penas en los placeres que este mundo ofrece, pero su fin es amargo. Por ejemplo, algunos trataran de encontrar el alivio en el alcohol y drogas, para escapar de su realidad, pero esto no les ayuda en nada: “¿De quién son los lamentos? ¿De quién los pesares? ¿De quién son los pleitos? ¿De quién las quejas? ¿De quién son las heridas gratuitas? ¿De quién los ojos morados? ¡Del que no suelta la botella de vino ni deja de probar licores!”, (Proverbios 23:29-30, NVI). Otros podrían querer encontrar la paz en las riquezas, pero la misma Biblia nos enseña que esto no será así: “Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores”, (1 Timoteo 6:10, RV60). Otros a lo mejor busquen la paz en las religiones, pero ni siquiera los judíos lograron alcanzarla, lejos de eso la ley y tradiciones les imponían enormes cargas que los abatían más: “Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas”, (Mateo 23:4, RV95). En el judaísmo existe una historia que ejemplifica perfectamente este último punto: “Había una pobre mujer en la vecindad que tenía dos hijas y un campo. Cuando empezaba a arar, Moisés (es decir, la Ley de Moisés) le decía: "No debes arar con un buey y un asno juntos." Cuando empezaba a trillar, él le decía: "Dame para la ofrenda y el diezmo". Ella se sometía a la ordenanza, y se lo daba todo. ¿Qué hizo entonces la pobre mujer? Vendió el campo, y se compró dos ovejas para vestirse con su lana y sacar algún provecho de los corderos. Cuando tuvieron los corderos, Aarón (es decir, el sacerdocio) vino y le dijo: "Dame los primogénitos." Ella cumplió la decisión, y se los dio: Cuando llegó el tiempo de esquilar, y se puso a esquilar sus ovejas, vino Aarón y le dijo: "Dame las primicias de la lana de las ovejas" (Deuteronomio 18:4). Entonces ella pensó: "No puedo resistir a este hombre. Mataré mis ovejas y me las comeré." Cuando hizo la matanza, llegó Aarón y le dijo: "Dame la pierna, las quijadas y el cuajar (los intestinos)". (Deuteronomio 18:3). Entonces ella le dijo: "Ni siquiera matándolas estoy a salvo de ti. Pues, venga: las consagro por voto" Y entonces Aarón le dijo: "En ese caso me pertenecen enteras." (Números 18:14). Y se marchó con ellas y la dejó llorando con sus dos hijas”.

Sin duda, las demandas de la ley o religiones, lejos de traer paz a nuestro corazón, solo son una pesada carga acompañada por un terrible sentimiento de insatisfacción. Martin Lutero es un buen ejemplo de esto. Siendo un monje, busco hacer todo lo que el catolicismo romano y apostólico le enseño para aplacar su culposa alma y escapar del juicio de Dios. Desde largas oraciones a todos los santos, penitencias que terminaban en duras flagelaciones y peregrinaciones a Roma, nada logro traerle la paz que tanto ansiaba, hasta que leyó en las Escrituras: “Mas el justo por la fe vivirá”, (Romanos 1:17, RV60). Verdaderamente solo esto necesita el hombre para librarse de las pesadas cargas y correr a los pies de Cristo por el descanso eterno: ¡la fe! Cuando es así podemos oír a nuestro Señor decir: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Aparte de esto Jesús nos invita a tomar su yugo sobre nuestros hombros. Los judíos usaban la palabra yugo con el sentido figurado de someterse a algo. Por mucho tiempo trataron someterse al yugo de la ley, pero fracasaron ya que el peso era demasiado grande para que un humano imperfecto lo llevara. No obstante, Jesús dijo: “Mi yugo es fácil”. La palabra fácil es jrestós (χρηστός) en griego, que realmente quiere decir que encaja bien. Los yugos de los bueyes se hacían en Israel de madera; se llevaba el buey al carpintero para que le tomara las medidas; luego se desbastaba la madera, y se llevaba otra vez al buey para probarlos de tal forma que encajaran bien en la bestia y no ocasionarle daño al momento de ponérselos. Podemos ahora imaginarnos a Jesús usando esta metáfora con la cual posiblemente estaba familiarizado ya que como carpintero debió haber hechos cientos de yugos antes de iniciar su ministerio y debió haber sido un verdadero profesional en esto. Ahora Jesús nos dice: “mi yugo encaja perfectamente en tu vida, yo tengo el plan perfecto que no te lastimará y te llevará a la felicidad”. Lo que quiera que sea que Dios nos destine encajará exactamente con nuestras necesidades y habilidades. Por tanto, solamente Cristo puede traer la paz a nuestras vidas, librándonos de la culpa del pecado y restaurando la comunión con Dios, tal y como Pablo lo dijo:

“Porque Cristo es nuestra paz: de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando mediante su sacrificio el muro de enemistad que nos separaba, pues anuló la ley con sus mandamientos y requisitos. Esto lo hizo para crear en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad al hacer la paz, para reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo mediante la cruz, por la que dio muerte a la enemistad. Él vino y proclamó paz a ustedes que estaban lejos y paz a los que estaban cerca”.
Efesios 2:14-17 (NVI)

Paz entre el hombre y sus semejantes


“Por lo tanto,  esforcémonos por promover todo lo que conduzca a la paz y a la mutua edificación”.
Romanos 14:19 (NVI)

                La paz que Cristo nos da no solo implica paz entre Dios y el hombre, sino también paz entre él y sus semejantes. Esta paz está orientada a mantener la unidad del cuerpo de Cristo, es decir la iglesia. Esta paz entre hermanos descansa en que tenemos una fe común y debemos buscar vivir en armonía y no promover las divisiones entre la iglesia: “Fiel es Dios, quien os ha llamado a tener comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor. Os suplico, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos viváis en armonía y que no haya divisiones entre vosotros, sino que os mantengáis unidos en un mismo pensar y en un mismo propósito”, (1 Corintios 1:9-10, BAD). Todos debemos buscar la forma de evitar que se produzcan rupturas en la comunión entre los miembros de la familia de la fe y esto definitivamente requiere un esfuerzo que todos debemos realizar: “Por eso yo, que estoy preso por la causa del Señor, les ruego que vivan de una manera digna del llamamiento que han recibido, siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor. Esfuércense por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz”, (Efesios 4:1-3, NVI). De allí que el apóstol Pablo exhorte a los creyentes a producir todas aquellas condiciones que contribuyan a este fin: “Por tanto, si sienten algún estímulo en su unión con Cristo, algún consuelo en su amor, algún compañerismo en el Espíritu, algún afecto entrañable, llénenme de alegría teniendo un mismo parecer, un mismo amor, unidos en alma y pensamiento. No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás”, (Filipenses 2:1.4, NVI). Sin embargo, es importan aclarar que esto no significa que se debe tolerar la indisciplina y a las personas que quieran causar daño dentro de la iglesia. El apóstol Pablo nos dice que debemos estar alerta para corregir con la sabiduría de Dios estas actitudes: “También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos”, (1 Tesalonicenses 5:14, RV60).

Otro aspecto importante que debemos considerar es que la paz cristiana no puede ser obtenida a expensas de sacrificar la verdad y la justicia de Dios. El mismo Jesús lo dijo de esta forma: No crean que he venido a traer paz a la tierra.  No vine a traer paz sino espada. Porque he venido a poner en conflicto al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, a la nuera contra su suegra; los enemigos de cada cual serán los de su propia familia. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá, y el que la pierda por mi causa, la encontrará”, (Mateo 10:34-39, NVI). Desafortunadamente el mundo no encaja con los principios de la palabra de Dios y esto muchas veces acarrea persecuciones, crítica y problemas que provienen de los enemigos del evangelio, aparte de que la iglesia está obligada a contender ardientemente por la fe a tal punto que no puede tolerar las herejías dentro de ella: “Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos”, (Judas 3, RV60). Ahora, la contención es en contra de falsas doctrinas y no en cuestiones de opiniones. Por ejemplo, las doctrinas que niegan la divinidad de alguna persona de la trinidad, la salvación por fe, o cualquier doctrina fundamental para la salvación es digna de ser defendida. Lamentablemente a veces se pierde tiempo discutiendo acerca de cuestiones como si se pierde o no la salvación, o cómo adorar a Dios, si debemos usar anillos de oro o no, algunas cuestiones triviales en cuanto al vestuario, etc. Los cristianos deben mostrarse siempre comprensivos y generosos unos con otros en asuntos de opinión y conciencia para no entrar en contiendas por cuestiones pequeñas. De esto Pablo nos dice:
“Reciban al que es débil en la fe, pero no para entrar en discusiones. A algunos su fe les permite comer de todo, pero hay quienes son débiles en la fe, y sólo comen verduras. El que come de todo no debe menospreciar al que no come ciertas cosas, y el que no come de todo no debe condenar al que lo hace, pues Dios lo ha aceptado. ¿Quién eres tú para juzgar al siervo de otro?  Que se mantenga en pie, o que caiga, es asunto de su propio señor.  Y se mantendrá en pie, porque el Señor tiene poder para sostenerlo. Hay quien considera que un día tiene más importancia que otro, pero hay quien considera iguales todos los días.  Cada uno debe estar firme en sus propias opiniones. El que le da importancia especial a cierto día, lo hace para el Señor.  El que come de todo, come para el Señor, y lo demuestra dándole gracias a Dios; y el que no come, para el Señor se abstiene, y también da gracias a Dios. Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni tampoco muere para sí. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos.  Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos. Para esto mismo murió Cristo, y volvió a vivir, para ser Señor tanto de los que han muerto como de los que aún viven. Tú, entonces, ¿por qué juzgas a tu hermano?  O tú, ¿por qué lo menosprecias?  ¡Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Dios!”
Romanos 14: 1-10(NVI)

Este pasaje tiene que ver con asuntos de práctica personal y privada tal como el comer ciertos alimentos, guardar días especiales, etc. No se pueden aplicar estos versículos a prácticas que vayan en contra de las doctrinas fundamentales relacionadas con el señorío de Cristo y la salvación. Aquellos que eran débiles en la fe habían confiado en Cristo. Algunos creyentes no aceptaban la enseñanza de Pablo acerca de ciertas prácticas, tales como aceptar que toda comida era limpia si se recibía con acción de gracias: “Esta gente prohíbe casarse y comer ciertos alimentos que Dios ha creado para que los creyentes y los que conocen la verdad los coman, dándole gracias. Pues todo lo que Dios ha creado es bueno; y nada debe ser rechazado si lo aceptamos dando gracias a Dios, porque la palabra de Dios y la oración lo hacen puro”, (1 Timoteo 4:3-5, DHH), sin embargo, los fuertes en la fe pasaban por alto algunas prohibiciones que no fueron específicamente declaradas en las Escrituras. Su fe era suficientemente fuerte para no sentir una conciencia culpable por ello. Pablo exhorta a que el fuerte en la fe no menosprecie al débil, y que el débil en la fe no juzgue al fuerte. Pero sí insiste en una cosa: sea cual sea el camino que escoja, que cada cual esté convencido de lo que hace. Sus acciones deben estar inspiradas, no en la conveniencia, sino en la convicción. Uno no debe hacer nada simplemente porque los otros lo hacen, ni porque está dominado por un sistema de tabúes más o menos supersticiosos; sino porque con la ayuda del Espíritu Santo ha llegado a la conclusión (basado en una sana interpretación de las Sagradas Escrituras) de que eso es lo que tiene que hacer. La siguiente historia puede ilustrar el hecho de no contender por cuestiones de opinión o triviales:


 Hace muchos años escuché que alguien contaba en tono de broma acerca de una Iglesia que estaba muy unida y esforzándose en su trabajo para el Señor. Hasta que a algún hermano con sueños de “licenciado en divinidades” se le ocurrió preguntar: “Oigan, ¿y Adán tenía ombligo?”. Ya sabes, el ombligo es la marca de que algún día estuviste unido a tu madre en su vientre. Adán no estuvo en el vientre de nadie. Fue creado directamente por el Señor. De pronto en la Iglesia hubo un gran silencio y caras de preocupación. Hasta que un hermano se acomodó su corbata, subió con mucha seguridad al púlpito y aseguró: “Hermanos, les ruego que no pongan en duda la Palabra de Dios. Tenemos la total certeza de que Adán tenía ombligo”. Para esto alguien que había leído cuanto libro encontró sobre la época de la Reforma y deseoso de constituir una nueva revolución espiritual, gritó: “¡Hey, alto! ¡Eso es blasfemia! Ya lo dijo Lutero, ‘a menos que se me convenza por las Escrituras y por la razón misma, no puedo ni quiero retractarme’. Adán no tenía ombligo”. Vivieron así por dos años sumamente duros hasta que finalmente se produjo lo ineludible: la gran división de los ‘ombliguistas’ y los ‘no ombliguistas’. Al poco tiempo los ‘ombliguistas’ disfrutaron de lo que ellos llamaban la bendición de Dios por haber estado dispuestos de luchar por la verdad y haberse librado de los aborrecibles ‘herejes’. Pero mientras estaban muy gustosos en una de sus reuniones agradeciendo el no ser como los otros ‘rebeldes’, a un hermano, que recientemente había terminado un estudio extenso sobre si es bíblico el uso de zapatillas, se le ocurrió una gran pregunta: “escúchenme en el nombre de la santísima verdad por favor: ¿el ombligo de Adán era hacia afuera o hacia adentro?”. Aquel día inolvidable se produjo una gran batalla que desembocó en una nueva división: los ‘ombliguistas adentristas’ de los ‘ombliguistas afueristas’.

              Esta graciosa ilustración nos muestra lo tonto que es contender por tales cuestiones que resultan triviales al fundamento de la fe del cristiano y que lo único que producen son divisiones innecesarias. Ahora bien, esto no significa que el creyente maduro debe hacer todo lo que quiera ya que en los asuntos de la libertad personal no debe considerar sus propios deseos si su conducta puede hacer caer a su hermano: “Por tanto, dejemos de juzgarnos unos a otros.  Más bien, propónganse no poner tropiezos ni obstáculos al hermano. Yo, de mi parte, estoy plenamente convencido en el Señor Jesús de que no hay nada impuro en sí mismo.  Si algo es impuro, lo es solamente para quien así lo considera. Ahora bien, si tu hermano se angustia por causa de lo que comes, ya no te comportas con amor.  No destruyas, por causa de la comida, al hermano por quien Cristo murió. En una palabra, no den lugar a que se hable mal del bien que ustedes practican, porque el reino de Dios no es cuestión de comidas o bebidas sino de justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo. El que de esta manera sirve a Cristo, agrada a Dios y es aprobado por sus semejantes. Por lo tanto, esforcémonos por promover todo lo que conduzca a la paz y a la mutua edificación”, (Romanos 14:13-19, NVI). Pablo dice que si mi conducta hará caer al débil en la fe debo abstenerme. Pablo hubiera añadido algo más: Que nadie pretenda hacer de su conducta la regla universal para todos los demás. Los seres humanos tenemos la tendencia a considerar que nuestra manera de hacer las cosas es la única perfecta, incluido el culto a Dios, o diciéndolo de otra forma: “Sea lo que sea lo que tienes entre manos, hazlo conforme a tu leal saber y entender; pero recuerda que otro lo haría de otra manera”. Haríamos bien en no olvidar que, en muchos casos, es nuestro deber tener convicciones; pero también dejar que los demás tengan las suyas sin tomarlos por publicanos o pecadores.

              Pablo exhorta de la misma manera a los corintios acerca del mismo tema: “Pues aunque haya los así llamados dioses,  ya sea en el cielo o en la tierra  (y por cierto que hay muchos  "dioses"  y muchos  "señores"), para nosotros no hay más que un solo Dios,  el Padre,  de quien todo procede y para el cual vivimos;  y no hay más que un solo Señor,  es decir,  Jesucristo,  por quien todo existe y por medio del cual vivimos. Pero no todos tienen conocimiento de esto.  Algunos siguen tan acostumbrados a los ídolos, que todavía comen carne estando conscientes de que ha sido sacrificada a un ídolo, y su conciencia se contamina por ser débil. Pero lo que comemos no nos acerca a Dios, ni somos mejores o peores por comer o no comer. Sin embargo, tengan cuidado de que su libertad no se convierta en motivo de tropiezo para los débiles. Porque si alguien de conciencia débil te ve a ti, que tienes este conocimiento, comer en el templo de un ídolo, ¿no se sentirá animado a comer lo que ha sido sacrificado a los ídolos? Entonces ese hermano débil, por quien Cristo murió, se perderá a causa de tu conocimiento. Al pecar así contra los hermanos, hiriendo su débil conciencia, pecan ustedes contra Cristo. Por lo tanto, si mi comida ocasiona la caída de mi hermano, no comeré carne jamás, para no hacerlo caer en pecado”, (1 Corintios 8:4-13, NVI). Verdaderamente el mantener la paz entre los creyentes es un reto. Mantener la unidad es sumamente clave y a veces parecería imposible, muchas veces ésta es deshecha por cuestiones de diferencias de opinión. Sin embargo, la Biblia nos exhorta a madurar a través del estudio de las Escrituras y hacer uso de la verdadera libertad que tenemos en Cristo Jesús.

Paz consigo mismo


                Al igual que el gozo, la paz del cristiano no depende de factores externos sino de la comunión y confianza depositada en Cristo Jesús. Esto no significa que una vez salvos no atravesaremos por problemas; sino más bien que hallaremos el pronto refugio en Cristo Jesús: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”, (Juan 14:27, RV60). Cuando creemos que Dios es el que pelea por nosotros y no ponemos nuestra confianza en nuestras habilidades o factores externos, sino solamente en Él; entonces Dios nos otorga su paz en todo momento o circunstancia. En la actualidad la ansiedad entre las personas ha crecido considerablemente y es la causante de las enfermedades cardiovasculares y de allí que los cristianos necesitamos en nuestro corazón esa paz que Dios nos otorga. En su carta a los Filipenses Pablo nos enseña la manera de cómo mantener esa paz en nuestros corazones independientemente cual sea nuestra situación y esta es la oración: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”, (Filipenses 4:6-7, RV60). El ser humano es vulnerable a todos los azares y circunstancias de esta vida y esto es ya en sí una situación preocupante; y en la Iglesia, a las preocupaciones normales se le añade la preocupación de querer llevar una vida piadosa en oposición al mundo. Por eso la solución de Pablo para este problema que roba la paz de los creyentes es la oración. Para mantener nuestra paz debemos orar y ser agradecidos por todo lo que se nos ha dado, presentar nuestras preocupaciones, metas, sueños o problemas a Dios en oración en todo momento y ante cualquier circunstancia para que la paz de Dios guarde nuestros corazones y pensamientos.



[1] Estudios Bíblicos, Casa de Oración, por Luis Rodas. http://casadeoracionmexico.info/blog/?p=885



            
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